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La poeta mexicana Leonor Pataki (Oaxaca, 1995). /Foto cortesía Fundación Loewe

El gato de Leonor Pataki: una propuesta poética para cambiar la vida

La poeta mexicana obtuvo con ‘Una madeja de estambre’ el Premio a la Creación Joven de la Fundación Loewe. Versos profundos y meditativos en los que el gato es el protagonista como modelo de un nuevo modo de sentir

El gato de Leonor Pataki es una propuesta revolucionaria de estar en el mundo. Nace en poemas escritos a deshoras, en cuadernos dispersos y apuntes sueltos; surge de una mirada que oscila entre lo cotidiano y lo sagrado, y de una comprensión del amor libre. Versos sigilosos que terminaron por reunirse en Una madeja de estambre (Visor) y, según el poeta español Jaime Siles, funcionan “como modelo de lo que todo humano debe ser”.

Con este poemario, Leonor Pataki (30 años, Oaxaca, México, 1995) obtuvo el 38.º Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe a la Creación Joven 2025. Se trata de un libro inscrito en el llamado poema discurso, “caracterizado por su desarrollo y contenido conceptual”. El propio título, Una madeja de estambre, es ya una imagen plástica y visual, asociada a otra no menos nítida: la del gato que juega con ella e intenta deshacerla o desentrañarla”, añadió Siles, miembro del jurado, en la entrega de los premios en Madrid.

El poemario aborda múltiples temas, pero, aclara el poeta, “el núcleo somos nosotros y el poemario nos recuerda que morir sin dejar huella es, tal vez, la forma más limpia de existir”.

En los versos profundos y meditativos de Pataki, Jaime Siles reconoce “un nuevo modo de sentir y una nueva forma de pensar encarnada en una escritura con decidida voluntad de estilo”.

Leonor Pataki ha escrito y dedicado su libro a los gatos que ha conocido, inspirada, también, por grandes escritoras que admira, y que están en el tejido del poemario:

Louise Glück, Wislawa Szymborska, Nadine Gordimer, Gabriela Mistral, Svetlana Aleksiévich, Olga Tokarczuk, Alice Munro, Toni Morrison, Herta Müller, Simone de Beauvoir, Marta Nussbaum, Simone Weil, Iris Murdoch, Emily Dickinson, Clarice Lispector, Marguerite Yourcenar…

Esto no significa que haya una voluntad culturalista, “sino el deseo y, también, la necesidad de explicar el genoma de su feminismo. Porque la voz que aquí habla es la de una mujer que intenta encontrar no tanto la explicación del mundo, como el lugar que ella ocupa y debe ocupar en él”, agrega Siles.

Los gatos han guiado los sueños de la poeta mexicana: “Como el gato de Cheshire, que cuestiona y al mismo tiempo guía a Alicia para salir de un camino confuso. Me he dedicado a contemplarlos detalladamente desde que tengo memoria. He descubierto y he aprendido de su naturaleza salvaje. Y para decir cosas de las que a veces no hablamos y, sin embargo, nos quitan el sueño”.

Lo he visto negociar con la gravedad como si fuera hermana,
no enemiga ni carga, sino una cuerda que no amarra.
Se suspende entre las tejas, en equilibrios sin altar,
sin hacer del riesgo un espectáculo, ni del salto, un poema.
Desde el alféizar me observa con esa paciencia
que sólo conocen quienes no esperan nada a cambio
.

En Una madeja de estambre, continúa Jaime Siles, “el gato sirve como correlato objetivo para, a través de él, mediante él y desde él, articular una amplia serie de consideraciones de todo tipo, temporales, mentales, morales, fisiológicas, gnoseológicas y metafísicas que ponen en juego dos figuras: la del gato y la del yo, haciendo que la naturalidad física de la primera de ellas, la del gato, se convierta en objeto de análisis primero y en objeto de contraposición después frente a las convenciones sociales a las que está sometida la segunda, el yo”.

Gran parte de la mejor poesía de este siglo y de la anterior, recuerda Siles, “tematizó esta misma contraposición al tematizar, también, las distinciones del sistema. Leonor Pataki lo hace, también, pero no del mismo modo. Y esto es un rasgo que subraya su innovación y su singularidad”.

Ni Baudelaire escapó a la seducción del gato, como cuando afirma, en un poema, que el gato no tiene necesidad de palabras. Una idea que Pataki reutiliza, según Jaime Siles, “en una vuelta de tuerca más, en un significativo giro que invierte la perspectiva de Ángel González, que en su poema Introducción a las fábulas para animales decía: ‘A toda bestia que pretenda perfeccionarse como tal, ya sea con fines belicistas o pacíficos con miras financieras o teológicas o por amor al arte simplemente, no cesaré de darle este consejo: que observe al Homo sapiens y que aprenda’.

Leonor Pataki invierte el orden y propone al gato como modelo que todo humano debe ser”.

Una madeja de estambres crea un retrato integral del gato, desde lo físico y sus destrezas, hasta su actitud, y señala, según Siles, que este “no se disculpa, no pide perdón, no dramatiza su retorno; y enseña así que el gato no requiere jaula ni cerrojo y que el amor que se encierra pronto se convierte en cautiverio. Sus salidas y sus marchas no son sino otra forma de decir: Existo también allí, donde no estoy”.

El tiempo, el espacio, el yo y la identidad forjada por el ser humano están presentes en el poemario, en contraposición con la filosofía del gato al que le basta el instante, “porque su identidad no depende de raíces, sino de la huella momentánea que deja al posarse. Y el yo poético, que es el que aquí habla, reflexiona así: Yo que he vivido mirando para encontrar sentido, descubro en su modo de ver la libertad de no necesitarla.

El gato funciona aquí como correlato objetivo: no comparte su tristeza porque tampoco necesita gestos para confirmar su dolor. Por eso es una lección de cómo se sobrevive sin traicionar la memoria del que se fue”.

Otra ruptura en la perspectiva predominante de vivir y observar la vida que propone Leonor Pataki, según el poeta español, está en que “el gato representa la consagración de lo espontáneo como única norma y nos hace ver que, tal vez, el orden es otra forma de miedo, una prisión de simetrías forzadas y que vivir, de verdad vivir, es permitir que el caos sea también un himno, un lenguaje del cuerpo que no necesita traducción”.

Todo lo anterior converge en un sentimiento en el que “el amor no es un acto de fusión, sino un acto de reconocimiento del otro en su diferencia. El gato nos enseña que amar es permitir que el otro sea otro sin creer que se convierte en uno mismo. Y es que su saber emerge del silencio, y en ese silencio aprendemos que el tiempo no es lo que se pierde, sino lo que se vive y que no todo debe ser desvelado; pues lo que no se abre es tan necesario como lo que se revela. Y esa es tal vez su máxima lección, que el misterio tiene su lugar y que no siempre necesitamos poseerlo”.

Una parte de ese mundo la leyó Leonor Pataki a través de su poema Del sigilo y el peso de lo indómito:

A veces me despierta el peso exacto del sigilo,
la criatura que no pide, que se impone un regazo,
con la gravedad de un planeta pequeño y desobediente.
Su cuerpo, una vida de tibieza, reposa como si supiera
que el mundo fue hecho para sostenerle,
No para que él lo cargue ni le rinda cuentas.

Yo, que me parto el menor reproche,
le observo cerrar los párpados como si un Dios
se permitiera la fatiga y no necesitara testigos.
Y pienso, no hay en él la esclavitud de los fines,
ni la prisa de llegar a nada que no haya sido ya suyo.
Lo han tachado de fiero, pero feroz es quien suplica.
Él no ruega, no emite juramento,
es la forma pura del rechazo al chantaje.

Hay quien dice que es indiferente y se equivoca:
Ama sin servidumbre, con una devoción que no se arrastra
como quien te reconoce sin necesitar confirmación.
Yo, que fui educada a morir en cada intento de ternura,
aprendí a vivir de nuevo en su mirada que me implora.
Él me lava el rostro con una lengua de ceniza,
como si el mundo fuera sucio solo para mí.

Y cuando parte con la lentitud de los exilios,
se lleva consigo el concepto de compañía
para que nadie lo convierta en mercancía.
Nadie puede comprar esa forma de quedarse lejos,
como un umbral que, sin cerrar la puerta, te protege.
Nadie puede robarle su manera de volver,
como si nunca se hubiera ido del todo.

Y me parece que, al mirarlo, recobro lo innombrable,
la dignidad de los seres que no necesitan disfraz
para mostrarse dignos.
Y en él persiste la verdad que no busca aplausos,
persiste lo que no desea parecer eterno.
El animal que no adora ni se deja adorar,
pero permanece.

***

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Maribel Lienhard

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