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Charles Baudelaire, en la edición bilingüe de ‘Las flores del mal’ (Vaso Roto), con fotografías de Fiona Morrison. /WMagazín

El genio de Baudelaire que superó el arte creador por medio de la libertad

El bicentenario del nacimiento del autor de 'Las flores del mal' (9 de abril de 1821) recuerda que fue uno de los autores que encarnó la modernidad. Creó una imagen diversa, un modo original de ver lo bello en la falta, en su vacío. Revolucionó lo establecido y buscó encumbrar imágenes que colmaran un vacío, la falta, la muerte

Hommage à Delacroix (1864), de Henri Fantin-Latour, donde aparece Charles Baudelaire (sentado a la derecha).

París, Museo de Orsay. En uno de los muros se exhibe un lienzo de Henri Fantin-Latour: Hommage à Delacroix (1864), famosa porque en ella aparece el poeta Charles Baudelaire, admirador de la obra del pintor. Bajo el cuadro, la cédula reza: «Assis: Louis Edmond Duranty, Henry Fantin-Latour, le peintre auteur du tableau lui-même, Jules Champfeury, Charles Baudelaire. Debout: Louis Cordier, Alphonse Legros, James Whistler, Édouard Manet, Félix Bracquemont, Albert Balleroy. Au centre un autoportrait d’Eugène Delacroix». Baudelaire había descubierto a Delacroix en una de sus frecuentes visitas al Museo del Castillo de Versailles en julio de 1838. Se trata de La batalla de Taillebourg. Diez años más tarde, dedicará todo un capítulo a la obra del artista, quien entonces exponía en el Salon. Con Delacroix inicia la pasión de Baudelaire por la obra de los románticos. Serán los pintores y poetas de la segunda mitad del Siglo XIX quienes encarnen la modernidad. Baudelaire supo bien que el resto de los expositores del Salon no prestaban suficiente cuidado a los elementos de la vida cotidiana. Ante todo, asumió la mitad fugaz y la mitad permanente de las cosas. En el poema A una que pasa dice: «Fugitiva belleza / cuya mirada me ha hecho de pronto renacer, / ¿no volveré ya a verte hasta la eternidad?».

La batalla de Taillebourg, de Delacroix.

Las calles de París empezaron a ser anchas avenidas en las que todos cabían: cafés, transeúntes, mercancías. En la calle todo era posible: el amor, la belleza, la multitud, como retratara Edgar Allan Poe –a quien Baudelaire leerá con fervor y a quien traduce–, y quien pedía que fuesen, los artistas todos, traductores de las calles, la pobreza, los distintos modos de humanidad. Así recuerdo al poeta Ledo Ivo, con esa necesidad de retratarlo todo: miseria, deshumanización de la sociedad. Baudelaire escribe Los ojos de los pobres, Lêdo Ivo Los pobres en la central de autobuses, un poema al que Juan Carlos Mestre responde con uno de los más bellos homenajes al poeta de Brasil: Cavalo morto (1). ¿Cómo olvidar a Lêdo Ivo y su sensibilidad que (¿quizá?) tomó de Baudelaire, tan próximo al arte, a su tierra, a todos los poetas a quienes escuchaba con aguda atención, este hombre que amó hasta el final a España?. ¿Cómo explicar si no su muerte acaecida en Sevilla, en diciembre de 2012? Amó la tierra de Góngora y Quevedo y también amó a Velázquez, Murillo, Ribera, Zurbarán, el Greco. A su hijo, el pintor Gonçalo Ivo. Ellos, poetas y pintores, aman al prójimo y aman el silencio, la belleza, la palabra, la imagen, las lejanas rocas del mar.

Estoy hablando de Baudelaire y vienen a mi mente Antonio Gamoneda, Clara Janés y Olvido García Valdés. Los tres poseen un modo singular de leer el arte, la «realidad», la poesía: leen la imagen como leen la vida misma; por ello nos la ofrecen trascendida. Así es como Baudelaire se acercaba a la pintura: repasando cada detalle de forma en que fuese éste y no el conjunto lo sustancial: «Señor: quiero rendir homenaje una vez más y por última vez, al genio de Eugène Delacroix, y os ruego acoger en vuestro diario estas pocas páginas en las que procuraré encerrar tan brevemente como sea posible, la historia de su talento, y la razón de su superioridad, que en mi opinión todavía no han sido reconocidos suficientemente, y también algunas anécdotas y observaciones sobre su vida y carácter». Con estas palabras se dirige el poeta al redactor de L’Opinión nationale.

Baudelaire consideraba que los poetas estaban más capacitados para leer y entender la obra de arte que los propios pintores: «Cabe recordar que los grandes maestros, poetas o pintores, Hugo o Delacroix, se anticipan siempre en muchos años a sus tímidos admiradores». Baudelaire expresaba asimismo su genio. El pintor debía de captar las imágenes vitales de la vida moderna con toda su fugacidad. Mirar el detalle, detenerse en él, ver el todo en la parte. No se interesó por la idea del retorno; tampoco por el ideal de la eterna juventud. He aquí su pensamiento: Con respecto al genio, el espectador es un reloj que detiene. ¡Pues yo busco el vacío, y lo negro, y lo desnudo! dice en unos versos de Obsesión.

Esa belleza amarga, inalcanzable, debemos alabar. En uno de sus poemas en prosa expresa: «El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido». ¿Rilkeano? No, en Rilke hay un dolor esperanzado, un canto último a Orfeo. Desde Shakespeare, sobre todo en Rey Lear el tema del vacío, la nada y la desnudez afloran con intensidad: «Somos para los dioses como moscas para niños traviesos; / nos matan para su diversión». El mismo sentimiento aflora en John Keats, quien ve en la rosa del almizcle el soplo que en la palabra recobra algo de la niñez. La flor se torna «el refugio rumoroso de las moscas en las noches de verano». Charles Baudelaire escribe en La Charogne (Una carroña), uno de los poemas que integran Las flores del mal:

Les mouches bourdonnaient sur ce ventre putride,
D’où sortaient de noirs bataillons
De larves, qui coulaient comme un épais liquide
Le long de ces vivants haillons.

Las moscas bordoneaban sobre el vientre podrido,
fuente de negros batallones
de larvas que manaban como espejo fluido
entre los vivientes girones. (2)

El amor es hielo en el fuego, dijo Keats, buscando la belleza. Para Baudelaire la imaginación será la reina de las facultades. Las flores del mal bastó para convertir su genio en el poeta de lo no convencional, el que encuentra trazos perfectos en la imagen, sea pintura, sea poesía. El arte de la imagen tiene en él su más alta representación. Lo que escribió era verdad habitada. Buscó decir lo inaprehensible: la lluvia, el sol, la arpía, el veneno: «El sol iluminaba la corrupción oscura», verdades intuidas por este joven precoz entregado a los excesos, a la experimentación, al ansia por asir el instante en el borde de las cosas. Como Keats o Poe, Baudelaire cantó a la belleza, a lo efímero: «¡Oh metamorfosis, portento / que el sentido abarca y resume! / ¡Es pura música su aliento / como su voz es perfume!».

Se le tildó de excéntrico, insolente, contestatario. Y lo fue. Logró crear una imagen diversa, un modo original de ver lo bello en la falta, en su vacío. Traductor de El principio poético de Poe, ve en la poesía una verdad revelada visible a través del movimiento del alma. La belleza en él no se ocupa ni de la moral ni de la búsqueda de lo permanente. Lo bello es el límite llevado a su perfección. El poeta muere parcialmente cuando se abre a la palabra pues se pierde entre la luz y la tiniebla –recuérdese el cuadro de Caspar David Friedrich colgado en el Museo Thyssen-Bornemisza–, El caminante sobre el mar de nubes (1818), en donde un hombre da la espalda al espectador y mira la Naturaleza. Aquí está presente Arthur Schopenhauer con su obra capital El mundo como voluntad y representación. Friedrich mira la magnificencia del paisaje, pero se mira a sí mismo. Busca la comunión con el mundo a pesar de que ha de estar solo entre las nubes. Rocas y montañas forman parte de la vida terrena, pero las ha sublimado. Se advierte en el silencio que baja del cielo.

Delacroix, Keats, Poe, Baudelaire, todos han padecido alguna pérdida en su infancia: (Delacroix pierde a su madre a los siete años, lo mismo Friedrich y Keats. El padre de Baudelaire muere cuando el poeta tiene esa misma edad). Juntos crean un movimiento capaz de enaltecer el espíritu humano y sublimar la pérdida. Buscan revolucionar lo establecido y encumbrar imágenes que colmen un vacío, la falta, la muerte.

En épocas en que el ser humano no logra conciliar o mejor dicho re-conciliar esa parte dolida, se aleja bajo el deseo de mostrar que ha sido capaz de trascender su dolor. Kant, en su Estética nos habla del Genio. Se trata de su proyecto filosófico concebido como una propedéutica. Con Kant, Baudelaire hallará la respuesta en los límites de la razón. Aplica las leyes científicas propias de la naturaleza e instaura lo Sublime, ese reino natural que sin el Genio no hubiese sido posible existir. Y, en Crítica del juicio Kant dice: «Arte bello es arte del genio». El genio de Baudelaire supera el arte creador por medio de la libertad. Una libertad ejercida en lo singular y cuyos efectos se insinúan en lo que de la Naturaleza hemos de aprehender: mediante el genio se expresa la Naturaleza. Y yo agregaría que se trata del espejo en el que el poeta se ve. En su vida todo es fugaz: el umbral, la flor, el brillo, la mosca, el veneno. Entonces el instante es duración, noche, letra, paso bajo el signo de la pérdida. Su poesía produce agitación, la flor de su madurez.

Baudelaire nos deja la tarea de entrar en el pozo, acompasar la tinta con el dolor de todos, experimentar en cada prójimo la libertad que somos, uno a uno, en cada gesto, en cada cielo, en cada voz. ¿Quién puede negar el olor de las flores, extraño encanto que nos llega en oleadas de frío?

(1) Tengo noticia de que Mestre dio de comer a quienes no tenían alimento durante la dictadura de Pinochet, durante la época en que el poeta y grabador vivió en Chile. También es autor del poemario La tumba de Keats.

(2) Charles Baudelaire, Las flores del mal, Versión al español de Manuel J. Santayana, Vaso Roto Ediciones, Colección Abstracta, España, 2014. P. 127.

  • Jeannette L. Clariond es poeta, traductora y editora de Vaso Roto ediciones.

Especial sobre Baudelaire y su concepto revolucionario de la belleza en este enlace de WMagazín.

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