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El mundo no está preparado para un futuro sin hidrocarburos y el aumento del cambio climático

Fred Vargas publica el ensayo ‘Calor y hambre. La humanidad en peligro’ donde explica la crisis del planeta y cómo los gobiernos y diferentes entidades no han dicho la verdad ni tienen alternativas reales a la crisis que afronta la humanidad

Debemos tener el valor de mirar de frente esta convulsión sin negarla y con todas sus consecuencias”, reclama Fred Vargas en su libro Calor y hambre. La humanidad en peligro (Siruela con traducción de Inés Bértolo). La escritora francesa y arqueóloga de formación se refiere a los estragos del cambio climático derivado de las acciones humanas y al poco empeño real en minimizarlas para garantizar un planeta habitable en condiciones razonables.

Un ejemplo de ello es la Cumbre del Clima de Belém, en Brasil, del 10 al 21 de noviembre de 2025. No hay muchos avances, con países como Estados Unidos dando la espalda y noticias no muy halagüeñas sobre el futuro del planeta en materia medio ambiental si no se toman medidas ya. Además, se extiende el negacionismo entre algunos gobernantes y políticos sobre el que las acciones humanas sean las grandes responsables de los efectos del cambio de las temperaturas que desatan una serie de consecuencias como el incremento de fenómenos meteorológicos (desde tormentas más potentes hasta sequías), afectando al sector agropecuario y con las consecuencias de la escasez de alimentos, pérdida de biodiversidad, deshielo en los polos y, por ende, aumento del nivel del mar que roba tierras, mientras todas estas alteraciones propagan enfermedades.

A cambio, la Cumbre Climática ha mostrado la presión de las grandes empresas petroleras, gas y carbón, de recursos fósiles, donde 1 de cada 25 asistentes pertenece a ellas, según un informe de la plataforma Kick Big Polluters Out (KBPO). La economía prima sobre la salud humana y del planeta, es decir del futuro común.

Fred Vargas hace un llamamiento para cambiar el rumbo del planeta porque, explica, vamos hacia la destrucción. Su libro se basa en su investigación exhaustiva que indica el vertiginoso y progresivo agotamiento de los recursos medioambientales, la contaminación del aire a causa de las emisiones de CO2 y otros gases, o la falta de utilización de las energías renovables.

Fred Vargas (seudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau, París, 1957), es mundialmente conocida como autora de novelas policiacas; ha escrito también el ensayo La humanidad en peligro. Ha obtenido los premios Princesa de Asturias de las Letras 2018, el International Dagger, el Prix Mystère de la Critique (1996 y 2000), el Gran Premio de novela negra del Festival de Cognac (1999), el Trofeo 813, el Giallo Grinzane (2006) o el Premio Landernau Polar (2015). Sus novelas han sido traducidas a múltiples idiomas.

WMagazín publica un extracto de Calor y hambre. La humanidad en peligro centrado en los recursos fósiles como principales causantes de esta situación alarmante:

Calor y hambre. La humanidad en peligro

Por Fred Vargas

“Voy a hablar del pico y el declive de los tres hidrocarburos responsables del calentamiento de nuestra Tierra, así como de la amenazante deforestación.

Las consecuencias de la rápida reducción de las reservas de petróleo son tales que intentaré abarcarlas todas, con atención al hecho de que cada porcentaje inferior de petróleo tiene un efecto proporcional a la baja sobre el PIB mundial y la economía en su conjunto.

Otros suspenses igualmente primordiales: ¿cómo conseguiremos desplazarnos? ¿Cómo nos comunicaremos? ¿Habrá luz? ¿Podremos calentarnos? Y, claro está, pregunta vital: ¿cómo nos alimentaremos?

Todas estas problemáticas derivan de una única causa: el declive y el fin del petróleo, amo y señor del funcionamiento de nuestras sociedades, al que seguirá el declive y fin del carbón y el gas.

En mi búsqueda de respuestas a estos importantísimos interrogantes, he lamentado mucho no haber encontrado ninguna en los distintos informes de los grandes órganos de decisión, ni de las agencias y sociedades, públicas y privadas (no me refiero aquí, por supuesto, al IPCC), que tienen la responsabilidad de prevenir el futuro, de dibujar escenarios futuros con el horizonte del año 2050. Los retos a los que nos enfrentamos son reales y muy vitales. Me he estado preguntando por este silencio. Efectivamente, podemos quedarnos perplejos y bastante estupefactos ante las imprudencias y las falsas pistas que entreveran estos informes, y que señalaré cada vez que nos topemos con alguna. (…)

Los dirigentes mundiales tardaron décadas en admitir que se acercaban las innumerables consecuencias del pico del petróleo, a pesar de que ya se predijo en 1972 en el famoso ‘Informe Meadows’. Esta incredulidad —que aún existía hace solo unos años— nos ha hecho perder un tiempo muy valioso para preparar una transición suave y a largo plazo, en lugar de pillarnos por sorpresa de forma brutal. Esta negativa a creerlo puede parecer absurda y, en cierto modo, lo es: la eventualidad era demasiado dolorosa e inaceptable, ya que implicaba tal alteración de nuestro modo de vida que contemplarla resultaba intolerable y provocaba un rechazo muy poderoso.

Podemos suponer, sin temor a equivocarnos, que, en el caso de los informes que he mencionado, están implicados los mismos mecanismos que generaron el rechazo ante el agotamiento del petróleo: ir más allá llevaría inevitablemente a enfrentarse a la evidencia de que se avecina una modificación integral de nuestro estilo de vida, algo que la psique rechaza por inaceptable. Así, nos encontramos de nuevo con el reflejo protector de la negación que instintivamente inhibe la investigación y propone escenarios inalcanzables al apostar por soluciones potenciales que no tendremos en 2050 e incluso antes.

En su conjunto, para llevar a buen puerto las previsiones y poner punto final al tema, estos análisis recurren siempre a tres remedios milagrosos que nos permitirán seguir viviendo de una forma que, aunque modificada o muy modificada, seguirá siendo bastante parecida a la actual: la existencia de vehículos eléctricos, el potencial de la biomasa (metanizadores, madera y biocarburantes, cuyos límites revisaremos más adelante) y otras fuentes de energía renovable, todo ello con el apoyo de la electrónica, que, a todas luces, aparece como algo eterno. Esta creencia (iba a escribir ‘fe’) en la perennidad de la electrónica, en absoluto respaldada, como si siempre hubiera existido y siempre fuera a existir, puede conducir a decisiones desastrosas. Citaré dos ejemplos: los operadores de telefonía ya están desmontando los antiguos sistemas de comunicación (con los teléfonos fijos y los faxes que los acompañan), sin darse cuenta de que su ‘fe’ en la perennidad de la electrónica los está llevando a cometer un error garrafal. Porque, cuando llegue el fin de la electrónica —y hablaremos de ello—, las antiguas redes, que ellos califican de ‘obsoletas’ y que habrían sido nuestra tabla de salvación, estarán desconectadas o defectuosas por falta de mantenimiento desde hace tiempo (a partir de 2023). Privados de los móviles y los e-mails, y sin transporte suficiente para prestar una centésima parte de los servicios postales actuales, nos veremos aislados de cualquier medio de intercambio, empezando por las Administraciones del Estado, ¡que ni siquiera podrán dar cuenta de nuestros impuestos! Es incomprensible que estas empresas de telecomunicación punteras no se planteen la mortalidad de la electrónica y nos envíen directos al paredón. En nombre de esta misma fe, la industria está abandonando las antiguas bombillas de filamento para imponer las led, que incluyen componentes electrónicos. Puede parecer un detalle sin importancia, pero ¿qué haremos cuando nos encontremos a oscuras? Hay muchísimos ejemplos de una ceguera similar —en realidad, de negación— y es vital que el mayor número posible de personas estén informadas. Es lo que hago aquí con ustedes, en mi humilde proporción.

En las previsiones de los grandes órganos de Gobierno nunca se alude a la inmensa crisis económica que provocará el fin del petróleo, como si el tema fuera un tabú absoluto: efectivamente, parece serlo, dado el silencio que lo rodea. ¡No es, sin embargo, ir demasiado lejos este empeño en el silencio! (…)

Ante la reducción de la movilidad, también se argumenta que, además de los vehículos eléctricos, tendremos los biocarburantes, y aquí nos encontramos con el otro remedio milagroso. Según ciertas estimaciones, la metanización y el etanol, por sí solos, deberían aportar todo el carburante que necesitemos. (…)

Porque los metanizadores, por muy numerosos que lleguen a ser, serán incapaces de proporcionarnos al mismo tiempo el volumen de biocarburantes necesario, de electricidad, de calor y de gas que se espera de ellos. Además, los biocarburantes a base de etanol devorarían demasiadas hectáreas y competirían con las necesidades agroalimentarias.

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