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La ángela que corona el edificio Metrópolis, de Madrid, España. /WMagazín

El origen legendario de Madrid, la ciudad de todos y Patrimonio Mundial de la Unesco

Ahora que la capital de España forma parte de la lista de lugares a preservar con el área formada por el Paseo del Prado y el Parque del Retiro recordamos las raíces históricas y mitológicas de la ciudad con un pasaje de la novela 'El origen de las ciudades'

Presentación WMagazín En tiempos en que se busca la reconciliación con el planeta y la relación con las urbes reclama una nueva estrategia, esta novela recrea e imagina desde la historia y los mitos antiguos el origen de la sociedad y con ella las ciudades como una manera de un mayor conocimiento de la propia especie y, de paso, una búsqueda de soluciones en el pasado. Se titula El libro de las ciudades y lo ha escrito Ana Rossetti (Siruela) como una obra para ser leída por personas de todas las edades. «Un libro poético y apasionante que explica, a la vez que alimenta, el conocimiento y la curiosidad sobre los cimientos de nuestra sociedad actual», explica la editorial.

WMagazín publica un pasaje sobre el surgimiento legendario de Madrid, en España. Una mirada original con aliento de fábula que da a la capital española un nuevo aire. Sobre todo ahora que la capital de España ha entrado en la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco con el proyecto titulado El paisaje de la luz que incluye el Paseo del Prado y Parque del Buen Retiro.

El libro de las ciudades aborda perspectivas y temas diversos que se entretejen en la experiencia de quien vive en comunidad, y que necesita del otro para conocerse mejor. Un rosario de historias esparcidas por el mundo conforman esta novela que cuenta «cómo en la polis las mujeres perdieron la ciudadanía, o cómo el ingenio de una mujer permitió la fundación de una de las ciudades más míticas de la historia; nos habla también de la que ha sido y sigue siendo «la ciudad de todos», y de cómo elementos tan dispares como el poder de la poesía o el tráfico de personas subyacen en el origen de otras poblaciones».

El pasaje seleccionado por WMagazín es el de los orígenes de Madrid:

Ilustración de Valle Camacho para 'El libro de las ciudades' (Siruela). /WMagazín

'El libro de las ciudades'

Ana Rossetti

Ocno encontró algunos pastores que vivían en chozas salpicadas por las montañas. Los pastores habían venido del oriente con sus familias hacía tantos y tantos años que habían perdido los mapas de sus patrias respectivas. Los llamaban «carpetanos», que quiere decir: «los sin ciudad». Ocno les preguntó por qué no habían tratado de agruparse para organizarse mejor y protegerse del pillaje de los bandidos y de los ataques de las fieras.

—Nuestros antepasados nos dijeron que no podíamos construir nada hasta que recibiésemos una señal —le respondieron los pastores. Aunque pertenecían a distintas tribus, el mandato era el mismo para todos.

Ocno, con gran emoción, les explicó su sueño y ellos comprendieron que el antiguo augurio se había verificado. En ese instante, una bandada de aves removió el cielo con sus persistentes giros, señalando un preciso lugar. Los pastores fueron a sus chozas, llamaron a sus familias y les comunicaron la noticia: ya podían tener una ciudad propia donde vivir.

 

Trazaron la muralla para ganarle al viento y circunscribir la tierra; dentro, distribuyeron los edificios formando calles y plazas. Hombres y mujeres de cualquier edad, desde niñas y niños que ya podían sostenerse sobre sus pies hasta ancianos que se ayudaban con bastones, hicieron rodar las piedras y las apilaron en muros rectos y fuertes; excavaron cimientos, surcaron fosos, arrancaron columnas de los montes. Todo era un ir y venir prensando calzadas. Pronto, las cabañas fueron abandonadas por los sólidos edificios en torno a un majestuoso templo. Resultó una ciudad magnífica, pero cuando iban a inaugurarla surgió un dilema.

En el pórtico del templo, alzado sobre una blanca escalinata, se apiñaban las ofrendas a la divinidad, pero las enormes puertas permanecían trabadas en sus goznes de bronce y sus firmes cerrojos, mientras que en la plaza grupos de hombres y mujeres se enzarzaban en violentas disputas. Eran gentes de distintas procedencias y cada familia reclamaba para sí el templo para honrar a sus divinidades ancestrales. La discordia había impuesto sus batallas y los puñales empezaban a zigzaguear como culebras.

Ocno, desde lo más alto del templo, apartado de las luchas, contemplaba los tejados oblicuos, maravillándose de que todo el esfuerzo y toda la sincronía empleados en común no habían sido suficientes para cohesionar a las familias en una única comunidad. Con tristeza se preguntaba cuál sería la suerte de la nueva ciudad y la suya propia, ahora que los trabajos habían cesado.

Estaba absorto en sus dudas cuando la voz se dejó oír por encima del tumulto:

—Esta ciudad debe ser para Metragirta.
—¿Quién es Metragirta? —preguntó Ocno.
—Es Cibeles y Ceres y Démeter y Gea y Rea y Gaia…, tiene muchos nombres.

—Pero ¿no ocasionará esto más disensiones y reyertas? —se preocupó Ocno.

—No temas, porque todos esos nombres pertenecen a la misma Madre: la Tierra que acoge a todas sus criaturas.
—No sé cómo voy a explicárselo…
—Ni debes. Tu misión ha concluido aquí —le dijo la voz—. Debes desaparecer para que ellos mismos puedan encontrar la dirección de sus vidas.
—¿Y adónde debo ir ahora? —quiso saber Ocno.

Pero la voz enmudeció.

Cuando Ocno bajó del pináculo del templo, las peleas cesaron instantáneamente. Él condujo a los litigantes fuera de las murallas hasta el bosque reluciente por la humedad del río. Una vez allí se detuvo y toda la población lo rodeó en silencio, esperando. Ocno les pidió que le ayudaran a cavar un hoyo profundo y a tallar una piedra. Cuando todo estuvo dispuesto, se congregaron las familias. Ocno se purificó, se perfumó, se coronó con una guirnalda de flores y bajó a la fosa. Los jóvenes la cubrieron con la piedra mientras se entonaban himnos y se recitaban oraciones; durante tres días, permanecieron allí turnándose en los cánticos y en los rezos, esperando un milagro.

Al tercer día, al cumplirse la última luna, una tormenta jamás vista se desató sobre el valle. Entre el resplandor de los relámpagos descendió de los montes un carro de nubes conducido por una mujer. Una anciana la reconoció y gritó: ¡Metragirta!, y hombres y mujeres se postraron ocultando el rostro. La tierra tembló cuando sobre ella se posó el carro de la diosa; un gran estruendo conmovió el aire agitando sus espíritus y quebrando la piedra sepulcral, pero luego cayó una suave lluvia que chasqueó sobre hojas y tallos rítmicamente.

Cuando escampó, ya era de día. La naturaleza se había calmado; la población, sin distinción alguna de tribus ni familias, se acercó a la fosa: la losa de piedra había saltado en mil pedazos. Ocno ya no estaba allí, en su lugar había crecido una hierba muy fina esmaltada de flores.

Esta es la leyenda de la ciudad de Metragirta, que después se convirtió en Magerit. Ahora se llama Madrid, pero todavía sigue siendo la ciudad de todos.

 

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