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Cartel de la película ‘El jardín de los Finzi-Contini’, de Vittorio de Sica, basada en la novela homónima de Giorgio Basani. /WMagazín

El primer amor en grandes novelas y obras de teatro con los pasajes más bellos

De 'Romeo y Julieta', de Shakespeare, y 'Primer amor', de Turguenev; a 'El jardín de los Finzi-Contini', de Basani, y 'Llámame por tu nombre', de Aciman, han explorado las vivencias de la aparición del sentimiento amoroso. WMagazín, con apoyo de Endesa, celebra el Día de san Valentín con fragmentos de estos libros y sus adaptaciones al cine

El primer temblor de dicha y sueños. El primer amor que suele aparecer en los años juveniles, con final feliz o no, suele acompañar a las personas toda su vida. El recuerdo de lo vivido, desvelos y dichas, y lo soñado o esperado por este determinan parte de la identidad y la forma de ser del individuo. Su búsqueda, vivencia y/o espera aguardan en el horizonte. Es así como su realización representa en muchas personas el ideal de felicidad y belleza. Poetas, narradores, filósofos, dramaturgos y ensayistas de todos los tiempos han dedicado páginas a compartir su experiencia o a analizarla.

A estos amores primerizos reflejados en la literatura WMagazín, con apoyo de Endesa, dedica el día de san Valentín, 14 de febrero. Como prólogo a nuestro recorrido literario-amoroso recuperamos las palabras de Giacomo Leopardi en su inolvidable Recuerdos del primer amor (Acantilado). Una experiencia que colonizó su mente y sus sentimientos al conocer a los 19 años a Gertrude Cassi-Lazari, de 27 años, prima de su padre y dama de Pesaro, cuya amor secreto plasmó en su diario entre el 14 de diciembre de 1817 y el 2 de enero de 1818, y luego convirtió en su Elegía primera que formaría parte de los Cantos de El primer amor. Escribe Leopardi:

«Como necesito dar algún consuelo a mi corazón escribo estas líneas para explorar las profundidades del amor y poder recordar con la mayor exactitud cómo irrumpió en mi corazón esta pasión soberana».

Es una verdadera geografía y biografía del amor con todas sus oscilaciones, pirotecnias, desvelos y sueños desde que nace. Una obra capital del Romanticismo y del sentimiento amoroso y su acercamiento a la propia existencia y a la relación del ser con el amor y la pasión. El amor como medida del tiempo y escultor feliz, tormentoso o frustrado del destino de los individuos. De sus terrtorios desconocidos ya habló Platón.

WMagazín dedica su especial a recordar algunos de los pasajes de obras emblemáticas de la literatura que retratan el sentimiento amoroso cuando irrumpe por primera vez. Son varios los libros, pero nos hemos detenido en algunos de los que, además, tienen su versión cinematográfica para que quienes puedan vean la película, y, de paso, confirmamos el gran romance de la literatura y el cine. A continuación, historias de los primeros amores en novelas y obras de teatro:

'Romeo y Julieta', de Shakespeare, adaptada al cine por Baz Luhrmann (1996).

'Romeo y Julieta', de Shakespeare, llevada al cine por Baz Luhrmann en 1996

Julieta:

¡Ay de mí!

Romeo:

¡Ha hablado ahora!
¡Habla otra vez, oh, ángel luminoso!
En la altura esta noche te apareces
como un celeste mensajero alado
que en éxtasis, echando atrás la frente,
contemplan hacia arriba los mortales
cuando pasa entre nubes perezosas
y navega en el ámbito del aire.

Julieta:

Oh, Romeo, ¿por qué eres tú, Romeo?
¡Reniega de tu padre y de tu nombre!
Si no quieres hacerlo, pero, en cambio,
tú me juras tu amor, eso me basta,
dejaré de llamarme Capuleto.

Romeo y Julieta. William Shakespeare. Traducción de Josep Maria Jauma y Rubén Martín Giráldez (Debolsillo).

'La Princesa de Clèves', de Madame de La Fayette, llevada al cine por Jean Delannoy en 1961

'La Princesa de Clèves', de Madame de La Fayette, llevada al cine por Jean Delannoy en 1961

«La princesa estaba reclinada en un canapé; hacía calor y la presencia del señor de Nemours acabó por darle un sonrojo que no disminuía su belleza. Se sentó frente a ella, con ese temor y esa timidez que dan las verdaderas pasiones. Permaneció algún rato sin poder hablar; la señora de Cleves no estaba menos cohibida, de manera que permanecieron callados largo rato. Por último, el señor de Nemours tomó la palabra y le expresó sus condolencias por su aflicción. La señora de Clèves, muy deseosa de proseguir la conversación sobre este tema, habló durante un rato bastante largo de la pérdida que había sufrido; y por fin dijo que, cuando el tiempo hubiera disminuido la violencia del dolor, siempre le quedaría una impresión tan fuerte que su humor cambiaría. «Las grandes aflicciones y las pasiones violentas -replicó el señor de Nemours, – causan grandes cambios en los espíritus, y, por lo que hace a mí, no me reconozco desde que volví de Flandes. Muchas personas han notado este cambio, y hasta la Delfina me hablaba de eso ayer.

-Es cierto que lo he notado -replicó la señora de Cleves- ,y creo haberle oído decir algo al respecto.

-No me desagrada, señora, que lo haya notado -replicó el señor deNemours, -pero desearía que no fuese ella sola quien lo notara. Hay personas a quienes uno no se atreve a darles muestras de la pasión que se siente por ellas si no por medio de las cosas que no les interesan; y, no atreviéndonos a hacerles ver que las amamos, quisiéramos que al menos notaran que no queremos ser amados de nadie. Quisiéramos que supieran que no hay belleza, en cualquier rango que pueda hallarse, que no miremos con indiferencia, y que no hay corona que quisiéramos comprar al precio de no verlas más. Las mujeres -prosiguió,- juzgan generalmente la pasión que sentimos por ellas de acuerdo con el empeño que ponemos en agradarlas y en buscarlas; pero eso es cosa fácil, bastando con que sean un poco agradables. Lo difícil es no abandonarse al placer de seguirlas, es evitarlas, por temor de dejar traslucir al público y a ellas mismas los sentimientos que nos inspiran; lo que más demuestra un verdadero afecto, es volverse enteramente opuesto a lo que se era, y no tener ambición ni placeres después de no haber pensado toda la vida en otras cosas.

La señora de Clèves comprendía perfectamente la parte que le correspondía en aquellas palabras. Le parecía que debía responderlas y no consentirlas. Le parecía también que no debía entenderlas, ni demostrar que las tomaba para sí; creía que debía hablar y que no debía decir nada. El discurso del señorde Nemonrs le agradaba y la ofendía casi igualmente; veía en él todo lo que le había hecho pensar la Delfina, encontraba en él algo de galante y de respetuoso, pero también algo de atrevido y de demasiado inteligible. La inclinación que sentía por aquel príncipe le causaba una turbación que no podía dominar. Las palabras más obscuras de un hombre que agrada causan más agitación que las declaraciones abiertas de un hombre que no gusta. Permanecía, pues, callada y el señor de Nemours se hubiera dado cuenta de su silencio, del que quizás no hubiera sacado un mal presagio, si la llegada del señor de Clèves no hubiera puesto término a la conversación y a su visita».

'Primer amor', de Turguénev, adaptada al cine por Maximilian Schell en 1971

'Primer amor', de Turguénev, adaptada al cine por Maximilian Schell en 1971

«La joven seguía mirándome con la misma sonrisa burlona, entornando ligeramente los ojos y con la cabeza un poco ladeada.

–Ya he visto a Monsieur Voldemar –comenzó. (El sonido plateado de su voz recorrió mi ser como un dulce frescor) –. ¿Me permite que lo llame así?

–Con mucho gusto –tartamudeé.

–¿Dónde? –preguntó la princesa.

La joven princesa no respondió a su madre.

–¿Está usted ahora ocupado? –preguntó, sin quitarme los ojos de encima.

–No, princesa.

–¿Quisiera ayudarme a desmadejar la lana? Venga, pase a mi cuarto.

Me llamó con la cabeza y salió de la sala. Yo la seguí.

En la habitación donde entramos los muebles eran algo mejores y estaban distribuidos con más gusto. Aunque la verdad fue que en ese instante casi no pude notar nada: me movía como en sueños y a mi cuerpo lo invadía un bienestar tan poco común que lindaba con la necedad.

La joven princesa se sentó, sacó una madeja de lana roja y, señalándome una silla frente a la suya, desenvolvió cuidadosamente la madeja y la puso en mis manos. Lo hizo todo en silencio, con una graciosa dilación, mientras que en sus labios, apenas entreabiertos, reposaba la misma sonrisa diáfana y maliciosa. Empezó a enrollar la lana en una carta de naipe doblada por la mitad; de pronto me lanzó una mirada tan clara y fugaz que, contra mi voluntad, me estremecí. Cuando abría del todo los ojos, que los mantenía casi todo el tiempo entornados, su rostro cambiaba por completo, como si una luz lo iluminara.

–¿Qué pensó usted ayer de mí, Monsieur Voldemar? –me preguntó después de una pausa–. Seguramente le dejé una mala impresión.

–Yo… princesa… no he pensado nada… ¿qué derecho tengo? –respondí azorado.

–Escuche –siguió ella–. Usted no me conoce aún, yo soy muy rara; quiero que siempre se me digala verdad. He oído que usted tiene dieciséis años; yo tengo veintiuno. Ya ve que soy mucho mayor que usted, así que me deberá decir siempre la verdad… y hacerme caso –añadió–. Míreme, ¿por qué no me mira?

Mi confusión iba en aumento; pero levanté los ojos. Ella me sonrió, sin embargo no era la sonrisa de antes, sino otra, era una sonrisa de aprobación.

Bajando la voz con ternura, me dijo:

–Míreme, no me desagrada… Me gusta su cara; presiento que seremos amigos. ¿Y yo le gusto? –agregó con picardía.

–Princesa… –quise empezar.

–Haga el favor de llamarme Zinaída Alexándrovna y, además, ¿qué costumbre tienen los niños, digo, los jóvenes de no decir sinceramente lo que sienten? Eso está bien para las personas mayores. Pero yo le gusto, ¿no es verdad? (…)

–Lo sé todo, ¿para qué ha estado usted jugando conmigo?… ¿Para qué necesitaba mi amor?

–Soy culpable ante usted, Volodia… –confesó Zinaída–. Ay, qué culpable soy… –continuó y se retorció las manos. –Cuánto hay de malo, de oscuro y de pecador en mí… Pero ahora no juego con usted, yo lo quiero; usted no sospecha siquiera por qué y cómo… No obstante… ¿qué sabe usted?

¿Qué podía decirle? Ella estaba frente a mí y me miraba: y en cuanto me miraba yo le pertenecía por completo, de pies a cabeza… Un cuarto de hora más tarde corría yo con el cadete y con Zinaída a ver quién llegaba antes: no lloraba, sino reía, aunque mis párpados hinchados, al reírme, derramaban lágrimas. Llevaba anudada al cuello una cinta de Zinaída a modo de corbata, y grité de alegría cuando logré tocar su cintura. Ella hacía conmigo todo lo que se le antojaba».

  • Primer amor. Ivan Turguenev. Traducción de Natalia Dvórkina (Alianza).

'El jardín de los Finzi-Contini', de Bassani, adaptada al cine por Vittorio de Sica.

'El jardín de los Finzi-Contini', de Bassani, adaptada al cine por Vittorio de Sica en 1970

«Pasé la noche siguiente presa de gran agitación. Me dormía, me despertaba, volvía a dormirme. Y no dejaba de soñar con ella. Soñaba, por ejemplo, que estaba, exactamente como el día que había pisado el jardín por primera vez, mirándola mientras jugaba al tenis con Alberto. Ni siquiera en sueños le quitaba los ojos de encima un solo instante. Volvía a decirme que estaba espléndida, tan sudorosa y arrebolada, con esa arruga de terquedad y decisión tan feroz que le dividía la frente en vertical, de tan alerta como estaba en el esfuerzo por derrotar a su sonriente hermano mayor, un poco flojo y aburrido. Ahora, sin embargo, me sentía oprimido por un malestar, una amargura, un dolor casi insoportables. De la niña de diez años antes —me preguntaba desesperado—, ¿qué había quedado en esa Micól de veintidós años, en shorts y camiseta de algodón, en esa Micól de aspecto tan libre, deportivo, moderno (¡sobre todo, libre!), como para hacer pensar que había pasado los últimos años recorriendo las mecas del tenis internacional, Londres, París, Costa Azul, Forest Hills? Sí —comparaba—: Ahí quedaban de la niña los cabellos rubios y ligeros, estriados con mechones casi canos, los iris celestes, casi escandinavos, la piel color miel y, en el pecho, centelleando de vez en cuando fuera del escote de la camiseta, el disquito de oro del ‘sciaddài’. Pero ¿qué más?

Después, nos encontrábanlos encerrados en la carroza, en aquella penumbra gris y rancia: con Perotti sentado en el asiento delantero, inmóvil, mudo, amenazador. Si Perotti estaba ahí arriba —razonaba yo—, dándonos la espalda obstinado, lo hacía, desde luego, para no tener que ver lo que sucedía o podría suceder en el interior de la carroza, por discreción de criado, en una palabra. Y, sin embargo, estaba igualmente informado de todo, el viejo palurdo, ¡vaya si lo estaba! Su mujer, la pálida Vittorina, estaba ahí, de facción, espiando a través de los postigos entornados del portalón de la cochera (de vez en cuando atisbaba yo su cabecita, como de reptil, con sus lisos, negros cabellos brillantes, que asomaba cauta junto al postigo) con sus tristes ojos descontentos, preocupados, clavados en él, haciéndole a hurtadillas gestos y muecas convenidos.

Y estábamos incluso en su habitación, Micól y yo, pero ni siquiera entonces solos, sino ‘estorbados’ (había sido ella quien lo había susurrado) por la inevitable presencia extraña, que esta vez era la de Jor, que nos miraba fijamente con sus dos ojos de hielo, uno negro y otro azul. El cuarto era largo y estrecho y estaba, como la cochera, lleno de cosas de comer, pomelos, naranjas, mandarinas, y ‘làttimi’, sobre todo, ordenados en fila como libros sobre los tableros de grandes estantes negros, austeros, eclesiásticos, que llegaban hasta el techo: ya que los láttimi no eran en absoluto los objetos de vidrio de que Micól me había hablado, sino, precisamente como yo había supuesto, quesos, pequeñas y goteantes formas de queso blanquecino, como botellas. Micól insistía riendo para que yo probara uno de sus quesos. Y entonces iba y se alzaba sobre las puntas de los pies, ya estaba a punto de tocar con la punta del índice de la mano derecha uno de los colocados más arriba (los de ahí arriba eran los mejores —me explicaba—, los más frescos), pero yo no, no aceptaba en absoluto, angustiado, además de por la presencia del perro, porque sabía que fuera, mientras así discutíamos, la marea de la laguna estaba subiendo con rapidez. Si tardaba un poco más, la marea alta me dejaría sitiado, me impediría salir de su habitación sin ser visto. En efecto, había entrado de noche y a escondidas, en la alcoba de Micól: a escondidas de Alberto, del profesor Ermanno, de la señora Olga, de la abuela Regina, de los tíos Giulio y Federico, de la candida señorita Blumenfeld. Y Jor, el único que sabía, el único testigo de lo que había también entre nosotros, no podía contarlo.

Soñaba también con que nos hablábamos y por fin sin fingir ya, con las cartas boca arriba. Reñíamos un poco, como de costumbre. Micól sostenía que lo que había entre nosotros había comenzado el primer día, es decir, cuando ella y yo, aún sorprendidos de volver a encontrarnos y reconocernos, habíamos escapado para ver el parque, y yo, en cambio, aducía que ni hablar, que, en mi opinión, había comenzado antes, al teléfono, desde el momento en que ella me había anunciado que se había vuelto «fea», una «solterona de nariz roja». Yo no la había creído, como es lógico. No obstante, ella no podía imaginar siquiera —añadía yo, con un nudo en la garganta— cómo me habían hecho sufrir aquellas palabras suyas.

'Llámame por tu nombre', de Aciman, adaptada al cine por Guadagnino.

'Llámame por tu nombre', de Aciman, adaptada al cine por Luca Guadagnino en 2017

«Quizá todo comenzase poco después de su llegada, durante una de aquellas comidas tremendas, cuando se sentó junto a mí y me di cuenta de que, aparte de un ligero bronceado conseguido durante su breve estancia en Sicilia a comienzos de aquel verano, el color de las palmas de sus manos era igual de pálido que la suave piel de las plantas de los pies, la del cuello o la del envés de sus antebrazos, que no habían estado expuestas tanto al sol. Lucían casi de un rosa claro, tan brillante y suave como la parte inferior del estómago de un lagarto. Íntimo, casto, implume, como el rubor en la cara de un atleta o el atisbo de la aurora en una noche tormentosa. Me dijo cosas sobre él que nunca hubiese sabido cómo preguntar.

Puede que comenzase durante aquellas interminables horas después de comer cuando todo el mundo holgazaneaba en traje de baño por la casa, cuerpos espatarrados en cualquier lugar matando el tiempo hasta que alguien sugería ir a las rocas a darse un baño. Los parientes, primos, vecinos, amigos, amigos de amigos, colegas, o básicamente cualquiera al que le apeteciese llamar a nuestra puerta para pedir que le dejásemos utilizar nuestra cancha de tenis, todo el mundo era bienvenido a gandulear, nadar o comer y, si permanecían el tiempo suficiente, a utilizar la casa de invitados.

O quizá comenzó en la playa. O en la cancha de tenis. O durante nuestro primer paseo juntos el primer día que estuvo aquí cuando me pidieron que le enseñase la casa y los alrededores y, una cosa llevó a la otra, me las arreglé para llevarle más allá de las viejísimas puertas de hierro forjado y llegamos hasta el interminable solar vacío que llevaba hacia las vías del tren abandonadas que solían conectar B. con N.

—¿Hay alguna estación abandonada en algún lugar? —me preguntó mientras observaba entre los árboles bajo un sol abrasador, con la intención probable de formular una consulta típica que se debe hacer al hijo del dueño.

—No, nunca hubo una estación. El tren simplemente paraba cuando se le solicitaba.

Le llamaba la atención el tren; las vías parecían muy estrechas. Había gitanos que vivían en ellas ahora. Llevan habitando ahí desde que mi madre venía a veranear aquí cuando era niña. Los gitanos han transportado dos vagones descarrilados más hacia el interior. ¿Quería ir a verlo?

—Quizá luego.

Una indiferencia educada, como si se hubiese percatado de mi inoportuno entusiasmo por darle coba y se estuviese alejando de mí sumariamente.

Me dolió.

En lugar de eso me dijo que quería abrirse una cuenta en uno de los bancos de B. y luego hacer una visita a la traductora al italiano a quien su editor en Italia había adjudicado su libro.

Decidí llevarle allí en bici.

La conversación sobre ruedas no mejoraba la que habíamos tenido a pie. Por el camino paramos a por algo para beber. La bartabaccheria estaba completamente a oscuras y vacía. El dueño fregaba el suelo con un fuerte producto a base de amoniaco. Salimos de allí a toda velocidad. Un solitario mirlo que descansaba sobre un pino mediterráneo entonaba unas pocas notas que se perdían inmediatamente entre el zumbido de las cigarras.

Le di un buen trago a la botella grande de agua con gas, se la pasé y luego volví a beber. Me eché un poco en la mano y me froté con ella la cara, pasándome los dedos por el pelo. El líquido no estaba lo suficientemente frío ni tenía mucho gas, por lo que dejaba una sensación de sed mal aplacada.

¿Qué se podía hacer por allí?

Nada. Esperar a que acabase el verano.

Y entonces, ¿qué se hacía en invierno?

Sonreí al pensar en la respuesta que estaba a punto de darle. Él lo pilló al vuelo y dijo: «No me lo digas: esperar a que llegue el verano, ¿a que sí?».

Me gustaba que me leyese la mente….

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