Detalle de la portada del ensayo ‘Resabiados y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual’, de Manuel Cruz (Galaxia Gutenberg). /WMagazín
“El problema no es que hagan falta utopías, sino que hacen falta horizontes”: Manuel Cruz ante el desencanto del presente
El filósofo español publica ‘Resabiados y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual’. Analiza cómo las diferentes visiones del mundo están siendo cuestionadas ante el desencanto e indignación de la gente que ve que la política y las instituciones no están a la altura de la época
“El problema no es que hagan falta utopías, sino que hacen falta horizontes”. Esta frase del filósofo español Manuel Cruz en su libro Resabiados y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual (Galaxia Gutenberg), condensa una de las ideas centrales de un ensayo que muestra un presente desértico y se pregunta cómo volver a imaginar el futuro.
“Sin ellos”, sin esos horizontes, continúa el filósofo, “estamos condenados a un activismo desnortado que, en el peor de los casos, puede entrar en sintonía con nihilismos irracionalistas de infausta memoria y, en el caso menos malo, en una sucesión de palos de ciego sin perspectiva de futuro alguna”.
A partir de ahí, Manuel Cruz traza una cartografía de la realidad que involucra a políticos y ciudadanos, gobiernos e instituciones. Analiza las causas, las acciones y las consecuencias de esas ruinas entre las que buena parte de la población siente que vive. Su mirada no solo señala los males y sus efectos: es transversal, pero, ante todo, humanista, autocrítica y esperanzadora.
El filósofo no está diciendo “hay que recuperar la ilusión” de manera sentimental, sino que sin una idea de hacia dónde ir, la acción política y social queda reducida a la reacción, la indignación y los movimientos sin dirección.
Una de las claves de su enfoque está en el final del libro, en los títulos de sus capítulos, que dicen mucho de ese recorrido:
Introducción: De la Gran Falsación a la Gran Decepción.
Primera parte. El mundo se nos ha ido de las manos.
Segunda parte. El yo es el nuevo campo de batalla.
Y, sobre todo, su cierre:
Conclusión: ¿Y si fuéramos nosotros los monstruos? (Tres matices para finalizar)
- Matiz uno: ni siquiera los monstruos son de una pieza.
- Matiz dos: no todo es malo en la incertidumbre.
- Matiz tres: pensar entre escombros.
Precisamente ahí está una de las claves del libro: en reivindicar el valor de los matices, que obligan a una mirada histórica y a observar los hechos desde distintos ángulos, temporalidades y disciplinas, sin reducirlos a una sola explicación. Comprender, que no justificar, parece hoy una tarea denostada y desplazada por enfoques totalizadores, dominados por el pensamiento único —el que sea—, la incultura, la superficialidad, la ausencia de diálogo y la “tombolización” y pontificación en las tertulias televisivas, youtubers y comentaristas, en general, en las redes sociales.
El filósofo y catedrático español muestra, justamente, la cara contraria: dar contexto al presente y al sentir de la gente; intentar expresar “por qué pensamos lo que pensamos”. No con frases hechas ni populistas ni ligeras, sino con datos, historia, sociología, economía, política y cultura en su sentido amplio. En suma, propone una cartografía en la que todos esos elementos aparecen relacionados e interdependientes. Recuerda algo elemental: los hechos de la vida son transversales, aunque la gente insista en verlos aislados.
Y la primera parte del ensayo, El mundo se nos ha ido de las manos, es reveladora: confronta esa realidad construida por todos, pero especialmente por los dirigentes políticos, los partidos y los gobiernos. La razón es que la realidad real ha desbordado a la realidad creída: las instituciones siguen interpretando el mundo con categorías que ya no alcanzan a explicar el mundo que tenemos. Los partidos no han sabido seguir el paso del presente, el ritmo de un tiempo que se transforma a una velocidad vertiginosa. Políticos y gobiernos no parecen haberse dado cuenta de que esa velocidad exige otras propuestas y estrategias, mientras siguen aplicando, en buena medida, las mismas fórmulas del siglo XX. El siglo XX ya es muy antiguo. Hay una desincronización entre la velocidad de transformación de la realidad y la velocidad de transformación de las instituciones.
Todo esto está presente en este ensayo, como lo están el desencanto, la decepción y la indignación, sentimientos y reacciones extendidos entre la ciudadanía. Con un elemento en ascenso: la corrupción y la impunidad.
Todo esto tiñe de negatividad el presente. Y así, este Resabiados y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual dialoga con el anterior libro del filósofo: El Gran Apagón: El eclipse de la razón en el mundo actual (Galaxia Gutenberg, 2022).
La gente quiere resultados. En la base de la pirámide de la vida están la salud, la educación, la vivienda, el trabajo, la seguridad, y, dependiendo de cada país, las prioridades cambian.
En 2011, la primavera árabe fue umbral y campanazo de los cambios que se necesitaban, pero ese momento ya queda lejos. Los problemas y necesidades son los mismos, pero potenciados en una espiral que no para: el mundo es analógico y digital, con todo lo que esto último implica en avances, cambios de hábitos y nuevos tecnofeudalismos; la población ha aumentado; el planeta vive un deterioro provocado por causas humanas; la democracia se deteriora…
WMagazín publica varios pasajes del libro de Manuel Cruz que ayudan a clarificar la situación, porque plantea que vivimos entre escombros, pero que el problema no es la ausencia de utopías, sino la ausencia de horizontes. Y que, para construirlos, necesitamos volver a pensar la complejidad del mundo sin entregarnos a las respuestas fáciles.

Resabiados y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual
Por Manuel Cruz
“El problema no es que hagan falta utopías, sino que hacen falta horizontes. Sin ellos, estamos condenados a un activismo desnortado que, en el peor de los casos, puede entrar en sintonía con nihilismos irracionalistas de infausta memoria y, en el caso menos malo, en una sucesión de palos de ciego sin perspectiva de futuro alguna.
Pero afirmar que necesitamos algo tan potente y efectivo como aquello que pretendemos reemplazar, esto es, un modelo holístico capaz de mejorar lo que ahora hay, en modo alguno puede interpretarse en el sentido de que, en tanto no dispongamos de él, quedamos condenados a la inacción. Por el contrario, estamos obligados a intervenir en lo existente porque si, en efecto, descreemos de concepciones hegelianas o hegelianizantes de la historia (las únicas capaces de darla por clausurada en algún sentido) hemos de asumir que la contingencia de lo histórico puede derivar tanto hacia lo mejor como hacia lo peor, y resultaría del todo absurdo que nos cruzáramos de brazos ante esta última posibilidad, con el argumento, por completo inconsistente, de que, en tanto que no dispongamos de una visión de conjunto alternativa, no hay nada que hacer, o poco importa cualquier cosa que hagamos.
De hecho, esto es lo que parece que está ocurriendo en nuestros días. Precisamente esa dificultad para formular una propuesta articulada acerca de aquel modelo de mundo que nos parece deseable, constituye un rasgo muy característico de nuestro presente. Ello no impide, sin embargo, que no podamos enunciar lo que nos parece indeseable, esto es, aquello en lo que vale la pena esforzarse para que no ocurra. Parafraseando las palabras que en 2002 hizo famosas en una rueda de prensa Donald Rumsfeld, el entonces secretario de Defensa de Estados Unidos, cuando enunciamos aquello que rechazamos estamos mostrando que hay cosas que no sabemos que sabemos, ya que dicho rechazo contiene una carga de lo que podríamos denominar conocimiento práctico, implícito, rigurosamente insoslayable.
Bien podríamos afirmar que, en nuestros días, ese rechazo, visto desde una perspectiva propositiva, está demandando un cambio en la forma de vida dominante. Forma de vida que, en el caso del neoliberalismo imperante, significa endeudamiento, consumo, expectativas sin esperanza, competencia desaforada, etcétera. Rebelarse contra todo eso puede ser considerado como la expresión de una forma de vida no-nata, contenida en el presente, que compete a la razón intentar desarrollar. Es preciso tener en cuenta este aspecto, especialmente para no incurrir en el error de atribuir a los gritos de dolor una autoridad mayor que a unos elaborados argumentos. Ahora bien, para cumplir correctamente la tarea de desarrollar la mencionada forma de vida es una condición indispensable valorar con la máxima precisión posible el peso que tienen los diferentes elementos que constituyen nuestra realidad en la generación de los efectos que se ponen en cuestión.
En este caso tener en cuenta el planteamiento de la filosofía de la ciencia popperiana puede resultarnos de utilidad. Y lo que los pensadores, en la línea del autor de la Lógica de la investigación científica (fundamentalmente Imre Lakatos), han planteado es que prácticamente nunca se produce una falsación de la totalidad de una teoría científica, sino que son los propios científicos los que se encargan de minimizar los daños del fracaso y acotan lo falsado a algún elemento particular de lo sometido a control experimental (un cálculo erróneo, un problema técnico con los instrumentos utilizados, etc.). Sin duda, esa resistencia puede ser criticable si se utiliza para ocultar una voluntad –en el fondo, dogmática– de escapar a la crítica, pero también puede ser considerada positiva si llama la atención sobre la necesidad de no extender a la totalidad de una propuesta compleja una refutación que, en realidad, sólo estaría afectando a una parte de la misma.
Pues bien, si tenemos en cuenta todo lo dicho, resulta perfectamente pertinente preguntarse qué ha quedado falsado y qué no en esa Gran Falsación a la que se está haciendo referencia. La advertencia es relevante porque a menudo podemos constatar cómo toda una visión del mundo –la de la izquierda de la Ilustración, para entendernos– queda descalificada con el argumento de que la forma política que adoptó a lo largo del pasado siglo XX, en el entonces denominado socialismo real, se saldó con un inequívoco fracaso. Pero inferir de ahí que tanto el conocimiento científico de la sociedad, en el que dicho modelo declaraba basarse, como el anhelo de emancipación en todos los órdenes que parecía animarle han quedado descalificados por dicho fracaso, resultaría abiertamente abusivo desde el punto de vista del discurso. Si bien debemos puntualizar que, con este proyecto histórico, se trata de adoptar la misma actitud que solemos mantener con el representado por la derecha de la Ilustración. Y así como en este último caso constituye casi un lugar común señalar que la deriva neoliberal adoptada por el capitalismo en los últimos tiempos no debería contaminar nuestro juicio sobre los antecedentes e impedirnos valorar los elementos positivos (incluso también emancipatorios) propios de la tradición liberal, idéntico trato, ponderado, habría que reclamar para quienes hicieron de la superación del capitalismo su máxima aspiración.
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