El regreso a la Luna con Artemis II: un viaje literario desde los mitos hasta la nueva carrera espacial
El 1 de abril de 2026, la NASA envía la primera misión tripulada a la órbita del satélite desde 1972. Recordamos la historia de esta conquista y cómo los escritores han reflejado la evolución de la Luna en el imaginario: Ovidio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Leopardi, Brontë, Byron, Lorca...
Antes (incluso) de que desde el desierto,
hayas llegado hasta él,
En Uruk,
él ha soñado contigo.
Y en cuanto se levantó
le habló a su madre
y le contó sus sueños.
‘(He aquí), madre, el sueño.
(Que) he tenido esta noche:
(Mientras) me rodeaban
las estrellas celestes,
una especie de bloque (venido) del Cielo
cayó pesadamente junto a mí.
Estos versos, de hace casi cuarenta siglos, son los primeros que el ser humano escribió sobre el misterio de las luces que acompañaban la oscuridad más allá de la Tierra. No se menciona a la Luna de manera directa, pero ella alumbra estos versos como parte del enigma y los sueños de la existencia, reflejados en el final de la primera tablilla de la Epopeya de Gilgamesh. Está ahí, sin nombrarse, como una presencia que observa y acompaña.
Después de milenios de soñar con las estrellas, llegaría el deseo de viajar a ellas, como si contemplarlas no bastara y el ser humano necesitara también tocarlas, habitarlas, comprenderlas desde dentro. Y, de paso, por ambición y poder.
Primero lo hizo Apolo, ahora es Artemis, su hermana gemela, la que devuelve al ser humano a ese antiguo anhelo. Lo hace más de medio siglo después de la última misión espacial de la NASA alrededor del satélite, como si el tiempo no hubiera sido una pausa, sino una espera.
El 20 de julio de 1969, dos personas pisaron la Luna en el Apolo XI. Entre ese instante y 1972, seis veces más la huella humana quedó marcada sobre su superficie, antes de que el silencio regresara. Este jueves, primero de abril de 2026, el ser humano vuelve a la Luna, no para posarse aún, sino para rodearla, observarla, interrogar su lado oculto, ese que siempre ha permanecido fuera de nuestra mirada.
Si en los años sesenta, en plena Guerra Fría, Estados Unidos aceleró la carrera espacial para ganarle a la antigua URSS, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en el siglo XXI la presión es para adelantarse a China. La Luna vuelve así a ser territorio de deseo, pero también de rivalidad.

Antes de estas ambiciones tecnológicas, económicas o militares, la Luna ya habitaba la imaginación humana. Mucho antes de ser un destino, fue un símbolo; antes de ser conquista, fue pregunta.
Las personas la han reflejado en las artes y la han convertido en un espejo de sus preguntas. Siempre ha sido más misteriosa que el Sol: si este parecía inmutable en su forma y garantizaba la luz y los alimentos, la Luna dominaba las tinieblas y cambiaba constantemente: crecía, menguaba, desaparecía y regresaba, como si tuviera vida propia. De ahí su presencia en la mitología de todas las culturas y su reflejo en los libros donde ha sido diosa, guía, espejo y enigma.
Ahora que el ser humano vuelve a orbitar el satélite en la nave Artemis II, WMagazín recuerda algunos pasajes literarios de todos los tiempos inspirados o dedicados a la Luna: desde las historias orales convertidas en mitos griegos y en la Biblia, hasta autores como Ovidio, Safo, Dante, Shakespeare, Cervantes, Poe, Leopardi, Brontë, Shelley, Byron, Melville, Verne, Dickinson, Mansfield, Fitzgerald, Lorca, Capote, Borges, García Márquez…
Ovidio: Metamorfosis (2.000 a.C.)
(Diana, en griego Artemisa, hija de Júpiter y Latona, hermana gemela de Apolo; diosa virginal de la caza; diosa que representa a la Luna)
Apenas había marcado así todo dentro de límites finos,
cuando los astros, que habían estado mucho tiempo oprimidos
por ciega oscuridad, empezaron a hervir por todo el firmamento;
para que ninguna región estuviera sin sus seres vivos,
los astros y las figuras de los dioses ocuparon el suelo celeste,
las aguas tocaron a los brillantes peces para vivir allí,
la tierra recibió a las fieras y a las aves del aire movible.
(…)
al principio el cielo cubrió la tierra con una densa calima
y encerró entre sus nubes un calor sofocante; cuatro veces
la Luna completó su disco juntando sus cuernos; cuatro veces
menguó destejiendo su disco lleno, y durante todo ese tiempo
los cálidos astros soplaron con mortífero bochorno.
(…)
Tampoco puede ser nunca parecida ni idéntica
la forma de la nocturna Diana, y siempre la de hoy es menor que la de mañana si es creciente, y mayor si es menguante.
Safo: Se ha ocultado la Luna (580 a.C)
Se ha ocultado la Luna
También las Pléyades
Es la medianoche y las horas se van deslizando,
y yo duermo sola.

Biblia: Génesis (750 a.C. -200 d.C)
Entonces Dios dijo: “Haya luces en la bóveda celeste, que alumbren la tierra y separen el día de la noche, y que sirvan también para señalar los días, los años y las fechas especiales”.
Y así fue. Dios hizo las dos luces: la grande para alumbrar de día, y la pequeña para alumbrar la noche. También hizo las estrellas. Dios puso las luces en la bóveda celeste para alumbrar la tierra de día y de noche, y para separar la luz de la oscuridad, y vio que todo estaba bien. De este modo se completó el cuarto día.
Dante Alighieri: Divina comedia – Paraíso (1313-1321)
Y dijo Beatriz: “¡He aquí el partido
del triunfo del Señor y el fruto todo
que el girar de estos cielos ha cogido!”
Sentí a su rostro ardiente de tal modo
y a sus ojos de tal leticia llenos
que a pasar sin más frases me acomodo.
Como en los plenilunios más serenos
sonríe Truvia entre ninfas eternas
que pintan todos los celestes senos.
William Shakespeare: Romeo y Julieta (1599)
Romeo- Te juro, amada mía, por los rayos de la luna que platean las copas de los árboles.
Julieta- No jures por la luna, que en su rápido movimiento cambia de aspecto cada mes. No vayas a imitar su constancia.
Miguel de Cervantes: El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha (II parte 1615)
Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas sus armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacía él un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una luna resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía ser oído, en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo:
–Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le habrán traído a la memoria. (…)
Don Quijote quedó suspenso y atónito, así de la arrogancia del Caballero de la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba; y con reposo y ademán severo le respondió:
–Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi noticia, yo osaré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea; que si visto la hubiérades, yo sé que procurádes no poneros en esta demanda, porque su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda.

Cyrano de Bergerac: Viaje a la Luna (1657)
En la Luna sólo los animales andan sobre dos patas, por eso confunden al viajero protagonista con un avestruz. Al utilizar las cuatro extremidades, los lunáticos miran al suelo con orgullo, pues así contemplan los bienes de los que son señores; la cabeza erguida de las bestias muestra, en cambio, su actitud suplicante ante el Cielo por depender de los cuadrúpedos. ¿Y su lenguaje? Existen dos idiomas: el que habla el pueblo y el de la grandeza. Éste último es melódico y, en caso de afonía, la entonación puede suplirse con instrumentos musicales. Una aburrida conversación filosófica en la Tierra sonaría en la Luna como un armonioso concierto.
Lord Byron: No volveremos a vagar (1817)
Así es, no volveremos a vagar
Tan tarde en la noche,
Aunque el corazón siga amando
Y la luna conserve el mismo brillo.
Pues la espada gasta su vaina,
Y el alma desgasta el pecho,
Y el corazón debe detenerse a respirar,
Y aún el amor debe descansar.
Aunque la noche fue hecha para amar,
Y demasiado pronto vuelven los días,
Aun así no volveremos a vagar
A la luz de la luna.
Mary Shelley: Frankenstein (1823)
Cuando desembarcamos acababan de dar las ocho. Paseamos unos instantes por la orilla, gozando de la quietud del crepúsculo, y nos dirigimos de inmediato a la posada en donde, cuando hubo anochecido, contemplamos desde el balcón el maravilloso paisaje del agua, selvas y montañas que las tinieblas llenaban ahora de misterio. El viento del sur, que había cesado casi por completo, cambió al oeste y se puso a soplar con violencia. La luna, tras haber alcanzado su cénit, comenzaba a declinar; las nubes corrían ante ella, más veloces que una banda de buitres, haciéndola desaparecer en algunos momentos. Las aguas del lago comenzaban a ser agitadas por las olas.
Giacomo Leopardi: Canto nocturno de un pastor errante (1829-1830)
¿Qué haces, luna, en el cielo? Di, ¿qué haces,
oh silenciosa luna?
Sales de noche, andas
viendo desiertos, y después te escondes.
¿No estás aún fatigada
de recorrer las sempiternas sendas?
¿Aún no sientes hastío ni cansancio
de mirar estos valles?
Se parece a tu vida
la vida del pastor.
Sale al alba y conduce
por el campo el ganado, contemplando
rebaños, prados, fuentes;
luego, exhausto, descansa por la noche,
y no espera otra cosa.
Dime, luna, ¿qué espera
el pastor en su vida,
y tú en la tuya? Dime, ¿adónde tiende
este mi vagar breve
y tu curso inmortal?…

Emily Brontë: Cumbres borrascosas (1847)
Una tarde suave de septiembre, yo volvía del huerto con una cesta pesada de manzanas que había estado recogiendo. Había oscurecido, y la luna se asomaba sobre el muro alto del patio, haciendo que acecharan sombras confusas en los rincones de las muchas partes salientes del edificio. Dejé mi carga en los escalones de entrada a la casa, junto a la puerta de la cocina, y me detuve a descansar, y tomé algunas bocanadas más del aire suave y dulce; tenía los ojos puestos en la luna y la espalda a la entrada, cuando oí tras de mí una voz que decía:
-¿Eres tú Nelly?
Julio Verne: De la Tierra a la Luna (1865)
Así, amaneció el día cinco. Todos estaban excitados. Pasadas dieciocho horas, la gran aventura tendría que llegar a su fin.
Los expedicionarios no se cansaban de admirar al mundo maravilloso que les rodeaba.
En alas de su imaginación, los tres hombres se veían paseando por las regiones maravillosos y fantásticas de la Luna.
La conversación entre los tres compañeros era muy animada y llena de hipótesis. Cada uno de ellos especulaba en cómo sería la parte escondida de la Luna.
—¡Y pensar que somos los primeros seres humanos que disfrutamos de una experiencia así! —dijo MIguel—. La envidia que tendrán nuestros amigos cuando volvamos a la Tierra.
Katherine Mansfield: Preludio (1918)
Era la primera vez que Lottie y Kezia salían tan tarde. Todo parecía diferente: las casas de madera pintadas eran bastante más pequeñas que durante el día; los jardines mucho más grandes y salvajes. Brillantes estrellas moteaban el cielo, y la luna colgaba encima del puerto, espolvoreando de oro las olas. Las niñas podían ver lucir el faro de la isla de la Cuarentena.

Federico García Lorca: Romance de la Luna (1928)
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
-Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado…
Gabriel García Márquez: La noche del eclipse (2003)
La invocación sobrenatural la dispensó de escrúpulos. Así que se fueron a ver el eclipse en la camioneta de él, a una bahía escondida en un bosque de cocoteros, sin huellas de turistas. En el horizonte se veía el resplandor remoto de la ciudad, y el cielo era diáfano y con una luna solitaria y triste. Él estacionó al abrigo de las palmeras, se quitó los zapatos, se aflojó el cinturón y abatió el asiento para relajarse. Ella descubrió que la camioneta no tenía más que los dos asientos delanteros, que se convertían en camas con sólo apretar un botón. El resto era un bar mínimo, un equipo de música con el saxo de Fausto Papetti, y un baño minúsculo con un bidé portátil detrás de una cortina carmesí. Ella entendió todo.
-No habrá eclipse -dijo-. Sólo pueden ser en luna llena, y estamos en cuarto creciente.
Él se mantuvo imperturbable.
-Entonces será de sol -dijo-. Tenemos tiempo.
Antonio Muñoz Molina: El viento de la Luna (2006)
He coleccionado revistas y recortado fotografías en color de los tres viajes que han precedido al del Apolo XI y conozco de memoria los nombres de los astronautas y de los vehículos, los hermosos nombres en latín de los mares de polvo y de los continentes y cordilleras de la Luna. En las revistas el cielo sobre Cabo Kennedy es de un azul más puro y más lujoso que el que nosotros vemos cada día, y en él los cohetes Saturno acaban perdiéndose como puntas casi invisibles sobre una nube blanca, curvada, que casi parece una nube cualquiera en el cielo del verano. USTED PUEDE LLEVAR AHORA EL RELOJ CRONÓMETRO OMEGA QUE USAN LOS ASTRONAUTAS DEL PROYECTO APOLO.

Y aunque el ser humano no ha vuelto a pisar la Luna desde 1972, con la misión del Apolo 17, nunca ha dejado de enviar sondas y satélites en torno a la Tierra y al satélite. Sin embargo, en los próximos años se anuncian nuevas misiones tripuladas que preparan el regreso al alunizaje, en una etapa que algunos ya consideran la antesala del viaje a Marte. La pregunta es si China llegará antes a ese nuevo umbral lunar. Por lo pronto, la nave Artemis II viajará con cuatro astronautas, entre los que hay una mujer: Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen.
Empieza así la era de Artemis, hija de Zeus y Leto, hermana gemela de Apolo. Nacida en la isla flotante de Delos, según la leyenda, ella nació primero y ayudó a su madre a traer al mundo a su hermano. Diosa de la caza, la naturaleza salvaje, los bosques, la independencia y la Luna, Artemis parece señalar, desde el origen del mito, que este regreso no es solo una hazaña tecnológica, sino también una forma de memoria.
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Hay una obra pionera: Somnium: el sueño o la astronomía de la luna, de Jhojannes Kepler (publicada postumamente en 1634). Un relato compuesto por ficción y notas y comentarios científicos, auténtica anticipación de la ciencia ficción. El pretexto: un viaje a la luna. El objetivo: una astronomía lunar. Las universidades de Sevilla y Huelva publicaron en 2001 la versión castellana, con un amplio y rico estudio sobre esta novela corta y sobre la obra y aportes del científico alemán.