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Ilustración de la portada de la novela ‘A veinte años, Luz’, de Elsa Osorio (Siruela). /WMagazín

El terror de la dictadura militar en Argentina (1976-1983): secuestros, vuelos de la muerte y robo de bebés

La novela 'A veinte años, Luz' (Siruela), publicada por la escritora y activista argentina en 1998, sigue vigente 50 años después del inicio del régimen cívico-militar liderado por Jorge Rafael Videla. La historia de una mujer que sospecha de su identidad ilumina la cruel realidad del país suramericano durante ese periodo

Presentación WMagazín La dictadura cívico-militar argentina, de 1976 a 1983, presidida por Jorge Rafael Videla, dejó unas 30.000 víctimas y un país represaliado en todos los ámbitos. Estas víctimas fueron resultado de torturas, secuestros, desapariciones, asesinatos en centros clandestinos, lanzamientos desde el aire en los llamados vuelos de la muerte y bebés secuestrados, robados o dados en adopción.

Este último escenario es el que aborda Elsa Osorio (73 años, Buenos Aires, 1952) en su novela A veinte años, luz (1998, Siruela). Un relato estremecedor y conmovedor sobre la travesía de una mujer en busca de su identidad, porque sospecha que fue robada al nacer durante el régimen de terror en Argentina.

El camino que emprende esta mujer sobre la verdad de su vida sirve a Elsa Osorio para iluminar todo lo que ocurrió en aquel tiempo oscuro y lleno de miedo en su país, así como sus consecuencias en las vidas personales, sociales y en todo el Estado: el derrumbe de lo humano.

El miércoles 24 de marzo de 1976 se inició el periodo de terror autodenominado Proceso de Reorganización Nacional que estuvo presidido por una junta militar, con Jorge Rafael Videla (1925-2013) como figura central.

La dictadura instauró un sistema represivo basado en el secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de personas. Creó centros clandestinos de detención y exterminio, entre ellos la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), convertida hoy en Espacio Memoria y Derechos Humanos. A este dispositivo se sumaron prácticas como los vuelos de la muerte, en los que lanzaban a algunas víctimas desde aviones sobre el Río de la Plata; se calcula que unas cinco mil personas fueron asesinadas de esta manera.

También se apropiaban de bebés nacidos en cautiverio o secuestrados junto con sus familias. Hasta 2024 se había recuperado la identidad de 137, y se calcula que faltan unos trescientos. El número de víctimas sigue siendo objeto de disputa, aunque los organismos de derechos humanos sostienen desde hace décadas la cifra de 30.000.

Este fue el sexto golpe militar en la historia argentina desde 1930 y formó parte de la llamada Operación Cóndor: la acción coordinada de gobiernos totalitarios del Cono Sur para eliminar a la oposición interna. En el libro El dictador, María Seoane y Vicente Muleiro recuerdan:

“En abril de 2001 el juez Rodolfo Canicoba Corral le endilgó a ese plan la calificación de ‘asociación ilícita’ entre los jefes de Estado de varios países. Junto con Videla resultaron imputados Guillermo Suárez Mason (Argentina); Augusto Pinochet Ugarte, Manuel Contreras y Pedro Espinoza Coronel (Chile); Alfredo Stroessner, Francisco Brites y Néstor Milcíades (Paraguay); Julio Vadora, Guillermo Ramírez, José Nino Gavazzo, Manuel Cordero, Enrique Martínez, Jorge Silveira y Hugo Campos Hermida (Uruguay). El juez Canicoba Corral imputó a Videla como integrante de la organización criminal pero el reo se negó a declarar una y otra vez. La querella siguió avanzando y sorteó todos y cada uno de los recursos planteados por los acusados: Videla fue bastante activo en esto. En septiembre de 2004 el juez Jorge Urso impuso a Videla prisión preventiva por 34 hechos de privación ilegítima de la libertad en torno de esas operaciones represivas coordinadas con sus pares de Latinoamérica”.

El siguiente es un extracto de la novela:

A veinte años, Luz

Elsa Osorio

 

Se bajó en cualquier esquina de la Glorieta de Bilbao y preguntó a unos chicos por el Café Comercial. Cruzó la avenida. Sentía que sus pies no pesaban, que su cuerpo entero era inconsistente y que podía caerse en cualquier momento. Ese irreal calor seco de julio la envolvía como si quisiera tragársela. «Bochorno» lo había llamado el chofer del taxi, y Luz pensó que era la primera vez que entendía el significado de esa palabra.

Había mucha gente sentada en las mesas de la terraza. Se dio cuenta de que no podía distinguir una persona de otra: bultos indiscriminados. Se quedó parada un rato blan diendo el libro en su mano. Si Carlos estaba allí, se acercaría. Lo mejor sería entrar, beber algo helado y si no aparecía al cabo de un rato, volver a salir a la terraza.

El aire acondicionado la reconfortó de inmediato. ¿Cuál de esos hombres solos sería él? Se sentó en una mesa y paseó su mirada por el café. Ese hombre que estaba en la mesa de al lado debía tener unos cuarenta y tantos años. De todos modos, ella no sabía cuántos años tendría Carlos. El hombre la miraba, pero no, no podía ser él, no le sonreiría así.

Con la mirada fija en la puerta, Luz pidió una coca-cola con limón. Carlos se acercó por atrás, se puso enfrente de Luz y la miró.

–¿Carlos? –preguntó Luz dudando entre extenderle la mano o no, y su brazo cayó sobre la mesa cuando él se sentó frente a ella como todo asentimiento.

Ninguno de los dos parecía querer empezar el diálogo. Carlos abrió y cerró la boca al mismo tiempo que Luz. Esa incomodidad en espejo les arrancó una sonrisa.

–Estoy bastante desconcertado. No sé quién sos, ni quién es esa tal Miriam, ni por qué me estás buscando. Vos no podés haber conocido a Liliana, sos muy joven.

Le trajeron la coca-cola y Carlos pidió un whisky.

–Ella le dijo a Miriam López su nombre.

–¿Miriam estaba en el campo de detención?

–No precisamente.

–¿Entonces dónde?

–En su casa. Liliana le dio su nombre en la casa de Miriam.

Desesperación o impaciencia leyó Luz en la cara de Carlos. No iba a hacer el papel de estúpida que hizo por teléfono.

–Carlos, yo voy a explicarle todo lo que sé. Llevo bastante tiempo haciendo averiguaciones. Fue difícil porque no sé el apellido de Liliana. ¿Cómo se llamaba?

–¿Eres periodista? ¿Has venido a entrevistarme? ¿Qué quieres? ¿Hacer un artículo, un libro? Yo hace siglos que no vivo en ese país, para mí no existe, ¿entiendes? No existe –y claramente agresivo–: ¿Quién te dio mi nombre? ¿Qué es esa historia de Miriam no sé qué? ¿Y cuándo estuvo Liliana en su casa? Eso no es posible.

Luz bebió un sorbo de su coca-cola, como para darse un tiempo antes de contestar una por una todas las ansiosas preguntas de Carlos.

–No soy periodista. Vine a verlo, no a entrevistarlo. Quería conocerlo, quiero saber… muchas cosas. Y sobre todo que usted las sepa. Su nombre me lo dio Miriam López, que ya le voy a decir quién es si me da la oportunidad –Luz parecía devolverle el mismo tono encrespado–. Soy yo la que voy a hablar. Usted, después, si se le da la gana –la voz quebrándose, tratando de encontrar un timbre justo–. Y si no se le da la gana, no. ¿De acuerdo? Sólo quiero que me escuche.

La presencia del camarero frenó las palabras de Luz. Carlos se tomó un tiempo antes de responder.

–Perdona si te hablé mal. Es que me has tomado por sorpresa. Quizás el que no quiere, el que teme tocar ese tema soy yo. ¿Sabes? Todavía me duele. Mucho.

Cuando Carlos miró para otro lado, Luz pudo darse cuenta, por primera vez desde que lo vio, de que Carlos era un lindo hombre, que le gustaba. Y ese gesto suyo de mirar para otro lado, qué increíble, lo mismo que ella hacía cuando quería disimular una emoción. Pero no podía permitirse observarlo, y descubrir lo que sentía, tampoco le quería tirar a boca de jarro esa frase que ella misma no sabía si osaría decir y que explicaría en un instante su presencia.

–¿Quién era Miriam?

–Miriam López conoció a Liliana en circunstancias bastante extravagantes… patéticas, diría, a mediados de noviembre de 1976.

Luz se preguntó por dónde empezar aquella historia: si por lo del parto en la clínica de Paraná, o por el otro, en el hospital de Buenos Aires. Quizás sería mejor hablarle desde el principio de esa extraña y poderosa alianza que se estableció entre Miriam y Liliana. Pero simplemente lo fue dejando salir como se daba, sin justificar siquiera por qué ella conocía tantos detalles de un lado y del otro. El otro, en verdad, lo conocía muy poco, casi nada, apenas lo que le había contado Liliana a Miriam. Y los últimos días de Liliana, sus primeros días. Si alguien podía ayudarla a conocer el otro lado era él, Carlos. Pero estaba tan perplejo con lo que ella le iba contando que apenas si la interrumpió para hacerle alguna pregunta, o algún comentario en esa primera hora.

–¿Quieres beber algo más? –Carlos hizo señas con la mano al camarero para que se acercara.

Darse una tregua, detenerse, calmarse, eso era lo que querían los dos.

–Una coca-cola. Parecés español –hablar de cualquier cosa, trivializar–, tu pronunciación, algunas palabras, usás siempre el tú.

–No, a veces lo mezclo con el vos, cuando hablo con argentinos. Pero hablo poco, por suerte, los evito. En verdad, odio a los argentinos, a la Argentina.

Carlos no pudo ver aquel rencor que encendió como fuego la mirada de Luz.

Luz miró el reloj.

–Voy a hablar por teléfono, no quiero que Ramiro se preocupe. Ramiro, mi marido –aclaró.

–¿Tienes marido ya? –y era asombro, aunque por qué, si él no sabía nada de la vida de Luz.

–Sí, y un hijo. Se llama Juan y tiene un año y medio.

 

Tal vez porque estaba a solas, Carlos se permitió preguntarse a sí mismo eso que desde que Luz cometió ese error (cuando dijo «salvarme» en lugar de «salvarla») lo estaba aguijoneando pero que no quiso o no pudo pensar entonces. Cuando él había dicho algo despectivo sobre Miriam, Luz había reaccionado violentamente.

–Esa hija de puta, como la llamás –ahí empezó a tutearlo–, se jugó el pellejo para salvarme.

¿Y si lo de «salvarme» no hubiera sido un error, o una alusión a algún otro episodio en el que esa mujer la hubiera salvado?, pensó Carlos, pero Luz lo había pasado por alto ya no recuerda cómo y siguió hablando de Liliana y de la nena. Sin embargo, ¿cómo era posible que ella supiera tanto? Pero ¿por qué no se lo decía directamente?, y él ¿por qué no se lo preguntaba directamente?

Quiso que Luz no se diera cuenta de lo que estaba sospechando, se dijo que demoraría todo lo posible esa pregunta, que aceptaría que ella lo contara como quisiera, o como pudiera. Si es que era así, porque también podía haber otra explicación.

Tal vez deberían cenar, le propuso Carlos cuando Luz volvió a la mesa.

No, ninguno de los dos tenía hambre. Cómo levantarse de esa mesa antes de saber toda esa historia.

–Me gustaría que siguieras contándome.

Y Luz tragó saliva y siguió y siguió hasta que al fin se lo dijo, ni recuerda cómo.

Carlos nunca se lo preguntó, pero cuando la tomó de las manos y la miró, los ojos empañados, Luz tuvo la certeza de que él la reconocía.

 

Otros libros sobre la dictadura argentina

A veinte años luz (1998). Elsa Osorio (Siruela).

Dos veces junio (2002). Martín Kohan (Sudamericana).

El dictador: Historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla (2001). María Seoane y Vicente Muleiro.

El genocidio como práctica social (2007). Daniel Feierstein (Fondo de Cultura Económica).

El vuelo. Horacio Verbitsky (La Cuarenta).

Fantasmas de la dictadura (2025). Mariana Tello Weiss (Sudamericana).

Lugar común la muerte (1979). Tomás Eloy Martínez (Alfaguara).

Nuestra parte de noche (2019). Mariana Enriquez (Anagrama).

Respiración artificial (1980). Ricardo Piglia (Anagrama).

Villa (1995). Luis Gusmán (Ediciones Contrabando).

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