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Librería del pabellón de la India, País Invitado de honor en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), 2026. /WMagazín

El valor de los libros y la lectura como placer, más allá del utilitarismo

El escritor colombiano Juan Esteban Constaín inaugura la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) 2026 con una reflexión sobre la importancia de la literatura no tanto como herramienta de mejora personal, sino como fuente de felicidad, experiencia y sentido en sí misma

Elogio del libro como placer de lectura, por su valor en sí como objeto, por la promesa de felicidad que guardan sus páginas, por el gusto de disfrutar de su compañía despojado de los atributos utilitaristas, de enseñanza y de múltiples servicios que le otorgan cada día, bajo el supuesto de que leer hace mejores a las personas. Como si el milagro de disfrutar de la lectura, de descubrir la belleza de la combinación de palabras, de emocionar y de activar la imaginación no fueran suficientes. Este es, en esencia, el punto de partida del discurso: una defensa del libro por lo que es, no por lo que promete hacer de nosotros.

Cuando resulta que eso es lo maravilloso de los libros y todo lo demás son consecuencias. Eso recordó y eso reivindicó el escritor colombiano Juan Esteban Constaín (Popayán, 1979) en la inauguración de la 38ª Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) 2026, del 21 de abril al 4 de mayo. Y lo hizo, no desde una teoría abstracta, sino desde la experiencia, con un relato en el que abrazó lo personal, lo literario, lo colectivo y las referencias históricas en compañía de otros autores con sus frases y reflexiones.

Una reivindicación del libro que el autor de obras como El hombre que no fue jueves, Ningún tiempo es pasado y su reciente El hijo del hombre. Grecia, Roma y el nacimiento del cristianismo convirtió en necesaria, en tiempos de entronización del utilitarismo y de que todo debe cumplir una misión calculada y razonada más allá de la emoción y del descubrimiento o reencuentro con la belleza y el despertar de una conmoción positiva en el alma.

Es, en el fondo, una declaración afectiva: un te quiero por lo que eres y no tanto por lo que espero de ti o por lo que me puedo beneficiar de ti.

Para desarrollar esta idea, Constaín recurre a historias que funcionan como ejemplos vivos de esa relación con los libros. Empezó su relato con la historia de Bruno Schröder, un minero alemán que murió a los 74 años, en 2023, dejando una casa llena de libros: setenta mil. Libros por todas partes, ellos sostenían su casa.

“Había construido esa casa con sus propias manos, una proeza que, gracias a su oficio, pudo emprender y terminar sin morir en el intento y la levantó solo con el propósito de albergar en ella el único objeto que le importaba de verdad en este mundo, su única pasión, su obsesión imperturbable y voraz: el libro”.

Este ejemplo abre una primera línea de reflexión: la del libro como presencia, incluso más allá de la lectura misma. Esta historia de amor libresca llevó a Constaín a recordar la de Jesús Arango Jaramillo, Chucho Arango, y su casa, “un gran maestro colombiano, la cual estaba en el barrio de Quinta Camacho, aquí en Bogotá, y ante cuyas ventanas yo siempre me detenía a ver y a codiciar desde la calle esos miles de volúmenes antiguos que la sostenían, que la cargaban a cuestas”.

Y esto tampoco lo digo porque sí. Supe alguna vez que las hijas de Chucho Arango querían donar esa biblioteca prodigiosa y un arquitecto les advirtió que podían hacerlo si así lo querían, pero que tuvieran en cuenta que ese mismo día la casa se les venía encima cuando se quedara vacía. Lo que la mantenía en pie, sus verdaderos cimientos, eran esos libros que se habían quedado allí sin su dueño y su mentor, su mejor amigo”.

Es aquí donde aparece uno de los núcleos del texto: la idea del libro como compañía. Es aquí cuando el escritor reivindica uno de los grandes atributos del libro: la amistad.

“Pocas cosas son más leales que los libros, su compañía silenciosa y luminosa, y otra, y otra, y otra más hasta el infinito. Por eso no hay un espectáculo más triste, o bueno, uno de los más tristes, que el de una biblioteca huérfana y sin dueño. Esos libros que quedan allí abandonados y expósitos, prisioneros de sí mismos, sin la mano que antes les daba vida y los redimía, que hacía que ocurriera ese misterio estremecedor que es la lectura, cuando, por fin, un libro ha llegado de su lector”.

Librería del pabellón de la India, País Invitado de Honor en la FILBogotá 2026. /WMagazín

Los libros de Bruno Schröder quedaron huérfanos, y esa orfandad les dio aún más vida y revelaron la verdad de su presencia en aquella casa y su significado en un minero alemán:

“Quien supo de su muerte fue su empleada del servicio. Una señora que iba una vez a la semana a cuidarlo y a limpiar la casa. Fue ella quien lo encontró sentado e inerte en un sofá. Fue ella, también, quien dio la noticia que le dio la vuelta al mundo. Allí había un tesoro que nadie iba a reclamar. (…)

Quien despejó de tajo esa idea equivocada fue su librero de años, décadas, que aclaró una cosa fundamental: Bruno Schröder era discreto y huraño. Casi nunca hablaba de lo que leía. Jamás tocaba temas intelectuales en su conversación. A duras penas decía que había dos tipos de libros igual de valiosos para él: los libros buenos y los libros malos. Eso era todo.

Su empleada lo confirmó. El señor Schröder, dijo: ‘Compraba libros, los acumulaba, los atesoraba’. Los acariciaba, los limpiaba, los cambiaba de sitio, los olía, pero nunca lo vio leer ninguno de ellos”.

Pero el relato no queda en la anécdota, sino que conduce a una pregunta inquietante: ¿por qué tener libros que no se leen? ¿Para qué los tenía? Cuando alguien llegaba a su casa era inevitable la pregunta: “¿Se ha leído todo esto?”. Constaín avanza en el misterio:

“Umberto Eco decía que no hay pregunta más estúpida que esa. Porque uno no compra libros para leerlos. No, sino para tenerlos. Para saber que están allí, para gozar de la dicha y la tranquilidad de su compañía y su presencia. La posibilidad maravillosa que todos ellos entrañan siempre de entregarnos algún día, por azar o por milagro, su contenido”.

Ahí reside gran parte del secreto y función de los libros. Valen por lo que son. Por eso, el escritor colombiano declara:

En los últimos años se ha impuesto la devoción casi religiosa, y a mi juicio excesiva, opresiva por el libro y la lectura como una especie de cura y salvación universal. Esa idealización del acto de leer como algo libertario y reparador en los tiempos más oscuros; una reivindicación del humanismo y la democracia contra la barbarie. Seguro que sí es así.

No me parece, tampoco, que este sea el lugar para ponerlo en duda o desatar esa discusión que puede acabar como la escena final de Benny Hill. Aunque, quizás, nunca esté de más el desmonte de esa premisa, según la cual, la lectura nos hace mejores personas, porque eso no es cierto. Más bien lo contrario”.

A partir de este punto, el texto se vuelve abiertamente crítico, cuestionando la idea de la lectura como salvación universal. Recuerda cómo grandes lectores han sido grandes bárbaros:

Lo otro es que darle a la lectura ese tinte sacro santo y siempre positivo y virtuoso, le quita lo mejor que tiene: su carácter festivo y anárquico. El placer incomparable que ella nos regala más allá de la moral, la ética ciudadana, la edificación de la persona, la felicidad de encontrarle alguna otra utilidad como si no fuera suficiente ya con la felicidad”.

Ah, la felicidad tan anhelada por todos aguarda allí, sin más, reconfortante, como amiga y como refugio. Lo sabía bien Miguel de Cervantes, y pronto se ha olvidado su, aquí, sí, mensaje:

“En ese sentido, Don Quijote de la Mancha, quizás el arquetipo mayor de la lectura y sus premios y demonios nos enseña, sobre todo, eso que buscamos en ella: el placer, una forma de vivir que no ocurre sino allí y así entre las páginas de los libros que más amamos.

Pero el Quijote, o Alonso Quijano, como ustedes quieran, era también un bibliófilo, un bibliómano, un adorador del libro como objeto y un convencido de la necesidad de poseer y acumular ese objeto, poblar nuestro mundo con él, cuantos más libros mejor. (…)

En la escena famosa del Quijote, en la que ocurre el escrutinio de su biblioteca, cuando el cura y el barbero empiezan a quemar esos libros, la mejor crítica literaria de la que tengamos noticia, para que no lo sigan enloqueciendo más, a él lo atormenta pensar, desde su cama, mientras delira, en los que no ha leído todavía, los que tiene allí y que los dos censores van nombrando sin conocerlos siquiera”.

Estanterías con libros de autores en español publicados en el siglo XXI. /WMagazín

La referencia no es casual, en ella se condensa la ambigüedad de la lectura, entre placer, delirio y necesidad de posesión. Y Juan Esteban Constaín desvela otro secreto:

“La mejor parte de los libros que tenemos, acaso la más importante, es la de los libros que no hemos leído y tal vez no vayamos a leer nunca, ¿qué más da? Pero están allí, nos acompañan y nos dan felicidad. Quiero insistir en algo:

Leer libros es una cosa, comprarlos y tenerlos y atesorarlos es otra. Son dos pasiones muy diferentes que a veces coinciden y concurren, y a veces no. Por eso la historia de Bruno Schröder me conmovió tanto desde que la leí hace tres años y cuando reaparece me gusta todavía más, porque es la historia de un amante verdadero del libro en cuanto tal. El libro en sí, como decían antes los filósofos platónicos.

Porque, así como se han impuesto en nuestro tiempo la idea empalagosa de que leer es siempre buenísimo y es una especie de triunfo moral de la persona, como si fuera un mérito, como si fuera una virtud, como si fuera obligatorio, también se impuso la idea contrapuesta de los que critican la posibilidad, habráse visto, de tener una biblioteca personal.

Para muchos, lo que hay aquí es arrogancia y pretensión, una corrupción desenfrenada y consumista, vanidad, el hedonismo, todo eso propio del capitalismo y su religión del individuo y la codicia. Como si querer comprar libros por la razón que sea fuera reprochable, mientras las bibliotecas públicas están llenas de textos maravillosos”.

Con esto se introduce una idea paradójica pero central: los libros no leídos también forman parte esencial de nuestra relación con ellos:

“Antes yo pensaba que la Tercera Guerra Mundial iba a ser entre turistas y lugareños, y la vamos a ganar los turistas, por supuesto. Pero ahora estoy convencido de que será entre distintas formas de la superioridad moral. A ver quién impone su idea del mundo mejor, más encomiable y pura que la de los demás. Pero el recelo a la gula de los libros y la inutilidad de las bibliotecas es una queja viejísima. (…)

¿Qué sentido tiene seguir acumulándolos? Ya sabemos que su gran mayoría, sí, hay que aceptarlo, no los vamos a leer jamás. Bueno, pues tiene justo ese sentido. Para eso lo hacemos, para conservar la ilusión. Y yo creo que esta feria, a la que vengo desde cuando se hizo la primera en 1988 tiene también esa dimensión festiva y delirante, libidinosa, la de ofrecerle a una cantidad de gente la posibilidad anual de desmandarse y excederse. Venir aquí a comprar y poseer cuantos más libros pueda y quiera con la esperanza de que alguno de ellos sea, algún día, un hallazgo y un punto de quiebra de su vida, un amor para siempre. Quizás no, seguro que no.

Sí, las conferencias, los diálogos, las conversaciones, como tanto se dice hoy, los autores, las presentaciones, los autógrafos, todo eso está muy bien, qué maravilla. Pero a mí me gusta llegar aquí porque comparto con muchos de sus asistentes, lo sé muy bien, somos una secta y nos reconocemos a lo lejos, esa emoción hambrienta e insaciable, esa necesidad abrazadora de seguir llenando de libros nuestra vida. Que nos dejen en paz”.

Aquí aparece una crítica más amplia: la de las distintas formas de superioridad moral. El escritor colombiano recuerda, entonces, a uno de sus cómplices y amigo eterno:

“También está el encanto de las mazorcas afuera, claro. Sus vendedoras que soplan con una tapa gigante el fuego, mientras el polvo del carbón va por los aires. Esa es la nieve que nos tocó en suerte y con la que nos reencontramos cada año al volver. Aquí vine siempre con mi inolvidable amigo Álvaro Pablo Ortiz, el ciudadano Álvaro Pablo Ortiz Rodríguez.

A quien me gustaría rendirle un tributo esta tarde. Pues era como la mezcla entre el Quijote, un rabino, Peter Kien, el protagonista de Auto de fe, la novela de Elias Canetti, de la que ya hablé, y el mismísimo Bruno Schröder, porque Álvaro Pablo no tenía casa, sino biblioteca.

Aquí veníamos los martes o los miércoles en la tarde, convencidos de que la marejada humana de los fines de semana era cuando más intranquilos íbamos a poder recorrer cada Módulo y lo que él llamaba cada galpón.

Cada pabellón, para decir el nombre sofisticado que desde hoy oiremos sin parar. Mentira, era cuando más angustia nos daba porque sabíamos que allí sí nos íbamos a quedar sin sueldo. Varias veces nos tocó devolverlos andando hasta mi casa.

Les confieso que ahora, siempre que vengo, tengo la sensación a la vez nostálgica y devastadora de que, de golpe, en algún rincón, me voy a encontrar con Álvaro Pablo, mientras él, sentado en el piso, está comprando una nueva edición de algún libro del poeta Alberto Ángel Montoya. Una edición más de las otras cinco o seis que ya tenía en su casa”.

Y como Constaín y su amigo Álvaro Pablo hay otra clase de lectores:

“Aquí también me he encontrado con el lector más importante y más culto que hay en Colombia, Fernando Bellosa, quien fue durante años, y por una bellísima coincidencia que tenía que ser mucho más que eso, el portero del edificio en el que vivía Felipe Ossa, el inolvidable librero de la Librería Nacional. Con Fernando nos veíamos aquí en la feria y en Trilce, la librería de don Guillermo Martínez, quien también nos hace mucha falta.

Y no conozco a nadie que haya leído tanto y de forma tan profunda y tan sabia como él. Pero su verdadera pasión en la vida, me lo confesó un día, no es la lectura, sino los libros. La concupiscencia libresca, como la llamaba Giorgio Manganelli, el gran prosista italiano: Llegar todas las noches a su casa con un botín, abrir cada uno de esos cofres inexplorados, saber que son una promesa, el amigo más fiel.

Una vez vi un grabado del signo de oro, un emblema con un perro que llevaba un libro entre los dientes. Lo descifré en el acto y eso que soy pésimo para los emblemas y su enigma: El libro es el mejor amigo del hombre.

En la Roma antigua, cuando un general victorioso volvía a la ciudad para recibir el triunfo, su consagración divina, una verdadera apoteosis del poder, un carro con cuatro caballos era llevado por un auriga para que todos allí vieran ese espectáculo de un guerrero que saludaba a la multitud, a su pueblo que ahora lo aclamaba como un Dios.

Pero a su lado iba un ser insignificante que le susurraba, le repetía sin parar: ‘Recuerda que eres mortal. Recuerda que eres mortal. Recuerda que eres mortal’. Tertuliano dice que la frase era aún más elocuente y fatal: ‘Recuerda que eres humano’. Eso podemos decir también de los libros de nuestra biblioteca, que nos susurran lo mismo todo el tiempo: ‘Recuerda que eres humano. Recuerda que eres mortal”.

En esa escena y en esa frase anida el milagro del libro… porque, en última instancia, el libro cumple una doble función: recordarnos nuestra finitud y, al mismo tiempo, ofrecernos una forma de permanencia, como lo hace Juan Esteban Constaín en esta historia que convierte en relato:

“Lo curioso, lo más bello, lo mejor, es que también nos recuerdan lo contrario. Que si hay alguna forma en este mundo de la inmortalidad está en los libros. Son ellos los que la encargan y la hacen posible. Y después nos preguntan que por qué queremos más. Por suerte tenemos esta feria”.

Estantería de libros de literatura infantil y juvenil. /Foto WMagazín

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Winston Manrique Sabogal

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