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La escritora mexicana Elma Correa autora de la novela ‘Donde termina el verano’, Premio Biblioteca Breve 2026, en Madrid. / WMagazín

Elma Correa: “En mi país nos matan por ser mujeres nada más”

La escritora mexicana retrata la violencia, la amistad y los afectos en la frontera de Mexicali en su novela 'Donde termina el verano', ganadora del Premio Biblioteca Breve 2026. En esta entrevista recuerda cómo llegó a la lectura y la escritura cuando todo estaba en su contra y reflexiona sobre la función de la literatura

En una de las últimas ciudades mexicanas en la frontera con Estados Unidos, donde el sol y el desierto están compinchados todo el año, la violencia contra la mujer se extiende, los problemas cercan a sus pobladores y apenas hay bibliotecas o librerías, una niña se hizo una gran lectora. Con el tiempo, se licenció en Lengua y Literatura Hispanoamericana, fue Maestra en Estudios Socioculturales y Doctora en Sociedad, Espacio y Poder, hasta convertirse en escritora. Se llama Elma Correa, nació en Mexicali, Baja California, en 1980. Es una cuentista muy destacada en México que, con su debut novelístico Donde termina el verano, ganó el Premio Biblioteca Breve 2026, de la editorial Seix Barral.

La historia se sitúa en una orilla del mundo, en una comunidad que vive al margen de la ley, cuyos pobladores solo quieren, en el fondo, afecto. En Donde termina el verano hay amistad, violencia, feminicidios, identidad, sueños no cumplidos, solidaridad, resentimientos, resiliencia y secretos compartidos de dos niñas que se hacen adultas acompañadas de la culpa compartida que horada sus vidas.

Antes de continuar con este universo literario, un viaje a su origen creativo, a los caminos que tomó la literatura para conquistar a su autora desde muy niña:

“Crecí en Mexicali en un entorno precarizado. Mi madre era enfermera y trabajaba mucho. Mi padre no estaba en el panorama, como suele suceder en muchas familias latinoamericanas. Mi mamá se hizo cargo de nosotras, cuatro mujeres, yo soy el sándwich, la tercera. Mi mamá estudiaba por la mañana y trabajaba de enfermera por la tarde y por la noche. La recuerdo, vestida, impoluta, con su uniforme blanco de enfermera y la cofia, cuando, antes de irse al hospital para el turno de noche, nos acostaba a las cuatro en una sola cama, nos tapaba con la sábana y nos leía para dejarnos dormidas.

Eran los años noventa. En Mexicali no había librerías y solo había una biblioteca pública que estaba lejos de nuestra casa, era muy difícil encontrar libros. Entonces, mi mamá no nos leía cosas infantiles, nos leía lo que tenía a la mano, algún libro horrendo o historias de vida o reportajes en la revista Selecciones. Recuerdo El gato negro, de Edgar Allan Poe, y yo pasé toda la noche pensando en el gato.

Lo importante de esa experiencia para mí no era lo que nos leía, sino que veía el rostro de mi madre y sus microexpresiones leyendo: la veía conmoverse y la veía sonreír y la veía ponerse triste o asustarse. Pero detrás del drama como algo real en ella. Yo pensaba que tenía que ver con los libros, con la lectura, con lo que estaba haciendo y me emocionaba mucho.

Yo no quería ser espectadora, quería ser protagonista. Así es que aprendí a leer muy chiquita, antes de entrar a preescolar ya leía. En los libros encontré un universo mejor que mi vida real. Empecé a leer y ya solo quise vivir ahí para siempre. Obtuve lenguaje, imaginación y me volví súper mentirosa, que es la base de toda buena ficción. Saber mentir, por supuesto.

Después, cuando crecí, recordaba aquellas noches de la infancia, y me daba cuenta de que mi mamá estaba preocupada porque nos iba a dejar solas en casa mientras se iba a trabajar. Tal vez mi mamá no sabía cómo nos iba a dar comida al día siguiente o cómo iba a pagar la luz, porque en el desierto es tan importante tener electricidad para la refrigeración y esas cosas. La gente se muere de calor allá.

Esa experiencia me volvió una lectora de un modo muy orgánico y muy natural. La lectura me llevó a la escritura”.

Elma Correa, ganadora del Premio Biblioteca Breve 2026 con la novela ‘Donde termina el verano’. /Foto de Iván Giménez – cortesía Seix Barral

Elma Correa evoca su pasado alrededor de una pequeña mesa redonda, en el hall de un hotel de Madrid. Es una mujer vivaz, de ojos inquietos y de sonrisa fácil y risa contagiosa.

Winston Manrique Sabogal. ¿Cuándo se acercó a escritores de manera consciente?

Elma Correa. Es chistoso porque, aunque soy mexicana, yo llegué primero a Raymond Carver antes que a Juan José Arreola, de gran tradición mexicana. El canon latinoamericano y a los grandes autores los leí en la universidad porque estudié letras; pero, por mi situación geográfica, leí otras cosas primero.

Así como me formé diferente como lectora, lo hice como escritora. En el origen está otro idioma traducido.

W. Manrique Sabogal. Usted es conocida por sus cuentos. Esta historia de Donde termina el verano, ¿cómo nació en su cabeza? ¿Cómo cuento o como novela?

Elma Correa. Pensé en la historia, pensé en la trama, pensé en los personajes, pensé en el escenario, lo pensé todo.

Como no tengo privilegios de clase, yo trabajo un montón, no tengo tiempo de escribir, soy una escritora que escribe en su cabeza siempre y, por eso, mis tiempos de escritura tienen que ser muy eficientes, no puedo desperdiciarlos. Tomo muchas notas y en el momento en el que me siento a escribir ya tengo casi todo listo en mi cabeza.

Le di muchas vueltas a esta historia, sabía en mi corazón que se me desbordaba. Desde el inicio sabía que la historia no cabía en un cuento, pero lo intenté. Hice pruebas, pero no era un cuento. Y me animé a escribir la novela.

W. Manrique Sabogal. ¿Cuándo surgió la novela en su cabeza? Y, ¿cuándo la empezó a escribir?

Elma Correa. El germen de la historia, la trama, los personajes, todo eso, empezó hace unos cuatro años. La empiezo a pensar y a trabajar mentalmente, a hacerme audios en el celular, a tomar notas. Luego todo eso lo vacío en la computadora.

El primer párrafo, por ejemplo, está armado, muchas veces, en mi cabeza en un 80 por ciento. Y me senté a escribir en el 2023. Al estar trabajando en una cosa y otra escribía cuando podía, en un descanso, de madrugada a todas las horas que tenía libres. Mis descansos son para escribir.

W. Manrique Sabogal. ¿Cómo siente o en qué nota que el lugar donde vive le influyó en la escritura?

Elma Correa. El desierto y la frontera como son tan específicas creo que me han vuelto resistente más que resiliente. Soportamos mucho. Es una respuesta al trauma también, pero aguantamos mucho. Hay una necesidad también, un  empuje para hacer las cosas. Todo está en contra y aun así lo intentamos.

Me pasó a mí con la escritura. Todo estaba en mi contra y aun así yo quería ser escritora.

W. Manrique Sabogal. La solidaridad ocupa un lugar especial en esta novela.

Elma Correa. En entornos tan hostiles es muy importante hacer comunidad, sobre todo los grupos que hemos sido históricamente vulnerados o tratados como subordinados: todos aquellos que no somos hombres blancos heterosexuales: las mujeres, las disidencias, los migrantes o las personas racializadas. Toda la periferia.

Si queremos sobrevivir, necesitamos de un modo o de otro estar juntos. Necesitamos tejer redes, sostenernos los unos a los otros. Suena romántico, pero a veces pasa. También me interesaba explorar qué ocurre cuando no pasa.

W. Manrique Sabogal. La amistad es otro pilar de la novela. La narradora dice: “Las personas se preocupaban demasiado por la familia. Por el amor romántico, por las relaciones de pareja. Sería por la creencia errónea de que garantizaban sexo. Cuando era la amistad lo que hacía más llevadero los altibajos de la existencia”. ¿Qué opina usted de esa idea?

Elma Correa. Estoy de acuerdo al 100 %. En este caso estoy muy de acuerdo con la narradora. En mi vida real eso es cierto. A mí me sostienen mis amigas. Yo sin ellas no sobreviviría. En un mundo que nos odia, que detesta a las mujeres, son ellas las que siempre me ayudan.

En mi país nos matan por ser mujeres nada más. No es el único país del mundo en el que pasa eso. Hemos avanzado como sociedad, pero falta un montón. La brecha salarial en los trabajos… Las realidades son muy tremendas.

En este sentido, creo que si bien la literatura no le debe nada a nadie y no tiene por qué tener una función social ni la literatura es un panfleto ni nadie tiene por qué convertirla en bandera de ningún activismo, desde mi experiencia, llegar a ese momento en el que alguien solo puede hablar del arte por el arte, construir arte por arte, tiene que ver con el privilegio, y ese es un privilegio que yo no tengo.

Entonces, en tanto mujer de un lugar muy específico del mundo, de unas circunstancias muy concretas, materiales e interseccionales; si bien mi novela no es para nada un asunto de denuncia social hay temas que me atraviesan como autora, como persona, como ser humano, como mujer y como narradora. Y eso me interesa explorarlo.

 

Donde termina el último verano, según el jurado del Premio Biblioteca Breve 2026, es “una novela extraordinaria sobre la amistad y la culpa entre dos mujeres a lo largo de los años en la brutal frontera entre México y Estados Unidos. Narrada con una técnica asombrosa y la dosis justa de suspense y emoción para mantener en vilo al lector, la novela pone en el centro de la trama cómo la lealtad está por encima de la ley en una comunidad sin piedad hacia los más débiles”.

La escritora mexicana Elma Correa. /Foto de Iván Giménez – cortesía Seix Barral

W. Manrique Sabogal. Un tema que late en la novela es el de los afectos, y, en concreto, el de la falta de afectos y lo conecta con el de los sueños truncados.

Elma Correa. Sí. Escribir esta novela y conversar sobre ella me ha ayudado mucho a darme cuenta de varias cosas. Creo que en el fondo soy como una optimista de closet. El mundo es horrible, pero tengo una luz y siento que si nos organizamos todo puede estar bien.

Además, ¡cómo nos falta amor! Es algo bien básico, elemental y muy real. El mundo afuera es tan salvaje, tan violento, tan agresivo, tan competitivo, ¿no? Vivir en el capitalismo es una cosa tremenda, es activar el modo de supervivencia constantemente. Y me parece que los afectos no sostienen y que, sin esos afectos, la ausencia de afectos, la ausencia de esta red de la que hablaba nos deja solos.

W. Manrique Sabogal. Si eso es así, y todas las personas buscan amor, ¿por qué cree que algunos líderes políticos, por ejemplo, torpedean o dinamitan a gran escala esa posibilidad del amor?

Elma Correa. Estamos también muy rotos. El amor es algo que se enseña, es aprender a querernos. El amor es una construcción, algo que se sostiene y que se mantiene.

Hay otras ideas sobre que el amor es como una llama que se enciende, y ¡pum!, mágicamente todo está bien entre todos. Cuando también es algo a lo cual hay que ponerle esfuerzo y ganas, entusiasmo y energía. A veces parece que no estuviéramos tan dispuestos a trabajar en ello. No sé por qué no se nos enseña, por qué no se nos explica a amar. Parece que tuviéramos que saberlo, porque sí.

W. Manrique Sabogal. La novela es una travesía hacia la felicidad que busca cada personaje con sus culpas y expiaciones.

Elma Correa. Me interesaba explorar su búsqueda. No sé si hay redención, pero explorarlo sí es posible. Me interesaban también ciertas tensiones. Me interesaban las relaciones de poder. Creo que en ese sentido la novela puede ser política. No política en los términos institucionales sino del poder entre los personajes y de cómo se movilizan las cosas, ciertas violencias.

Me interesaban las ideas que tenemos acerca de quiénes somos o quiénes seremos en nuestra vida. Las personas son permeadas por las historias que nos contamos también, por las cosas que creemos.

W. Manrique Sabogal. Hablando, ahora, de política institucional, ¿qué opina de las palabras del rey de España, Felipe VI, en las que reconoce que se pasaron en la Conquista de América?

Elma Correa. Dijo algo así como un par de abusos, pero, cariño, hablamos de genocidio. A todo hay que llamarlo por su nombre. Si te vas a disculpar, discúlpate, padre. También se tiende a romantizar todo con “si no hubieran llegado los españoles, ¿qué hubiera pasado?” Sabrá Dios qué hubiera pasado. No lo sabemos. Tal vez no estaríamos aquí conversando tú y yo, no tendríamos este idioma. Yo no habría escrito esa novela, no. ¡Qué sé yo! Entonces, mira, que resuelvan y que se den sus apretones de mano.

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Winston Manrique Sabogal

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