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Emmanuel Carrère durante su discurso al recibir el Premio Princesa de Astruias de las Letras 2021 en Oviedo (España). / Imagen del vídeo de transmisión de la gala

Emmanuel Carrère explora el dolor y por qué se lo inflige el ser humano, al recibir el Princesa de Asturias de las Letras

El periodista y escritor francés recibe el galardón con un discurso en el que relata su experiencia como asistente al juicio por los atentados el teatro Bataclan, de París, en 2015

Presentación WMagazín El periodista y escritor Emmanuel Carrère (París, 1957) obtuvo el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2021 por haber «construido una obra personalísima generadora de un nuevo espacio de expresión que borra las fronteras entre la realidad y la ficción. Sus libros contribuyen al desenmascaramiento de la condición humana y diseccionan la realidad de manera implacable. Carrère dibuja un retrato incisivo de la sociedad actual y ha ejercido una notable influencia en la literatura de nuestro tiempo, además de mostrar un fuerte compromiso con la escritura como vocación inseparable de la propia vida».

Emmanuel Carrère es periodista, guionista y realizador de cine que publicó su primera novela en 1983: L’Amie du jaguar. Pero es en 2000 cuando da un vuelco a su literatura con El adversario, sobre el asesino Jean-Claude Romand. Al año siguiente Bravura y en 1986 El bigote. Otras obras son Una novela rusa, De vidas ajenas, Limónov, El Reino y Yoga (todas en Anagrama).

WMagazín publica el discurso completo del escritor francés al recibir el premio el 22 de octubre de 2021:

 

«Es un baño de horror en el que a veces nos preguntamos por qué nos lo infligimos»

Por Emmanuel Carrère

Me gustaría hablar y leer en español, pero por desgracia ni lo hablo ni lo leo. En compensación, acabo de echar una ojeada a mi biblioteca, que está clasificada por lenguas. Es una clasificación como cualquier otra, todos sabemos que ninguna es totalmente satisfactoria. Por orden alfabético, por géneros, por siglos, por editoriales, por afinidades, ¿por qué no? Por lenguas tiene sus ventajas.

En todo caso, me he percatado de que en el trío que encabeza la lista en los libros que ocupan las estanterías, el español se encuentra justo detrás del inglés y delante del ruso. Acercarme a esos estantes es saludar a viejos amigos. Un abuelo más joven que todos los jóvenes: Cervantes. Dos tíos irónicos y enigmáticos: Borges y Bioy Casares. Cortázar, en cuyo edificio viví diez años, en una calle del distrito 10º de París, en otro tiempo un barrio popular y hoy gentrificado… Roberto Bolaño, el hermano mayor con quien todo el mundo sueña, aventurero y encantador como debió de ser Robert Louis Stevenson. Y también algunos compañeros de ruta, más o menos de mi edad: Enrique Vila-Matas, Javier Cercas, Juan Gabriel Vásquez. Y mi querida prima Rosa Montero...

Quiero expresar mi gratitud a los autores que me formaron, pero asimismo a los editores que me han publicado. Si poco a poco mis libros han conquistado lectores en España, si esta noche me presento ante ustedes es en gran medida gracias al trabajo paciente y fiel de Anagrama. De Anagrama, es decir, de nuestro gran y querido Jorge Herralde, y quien dice Herralde dice también Lali Gubern, y quien hoy dice Anagrama dice también Silvia Sesé. Y es asimismo gracias al trabajo fiel y sutil de Jaime Zulaika, mi traductor desde hace años.

Hay una ausencia cruel esta noche. Es la de Paul Otchakovsky-Laurens, mi amigo y editor francés durante treinta y cinco años, fallecido hace tres. Nadie le sustituirá, pero está aquí Emmelene Landon, que es a la vez su viuda, una pintora y una escritora maravillosa y mi mejor amiga. La editorial POL continúa, y continúa bien, al mando de Jean-Paul Hirsch, que ha tenido la gentileza de venir con su esposa Jacinthe a este acto, así como François Samuelson, mi agente desde hace tantos años. Se lo agradezco a los tres, y doy las gracias, por último, a Charline Bourgeois-Tacquet, por ser la mujer que es, por dirigir las películas que dirige, por compartir la vida conmigo.

Ya está. Escribí este pequeño discurso creyendo haber, como se dice, «cubierto el expediente», y lo envié a la Fundación Princesa de Asturias para que fuera traducido a tiempo para la ceremonia. Unos días más tarde recibí un email de la Fundación que era una obra maestra de delicadeza. Me decían que mi pequeño discurso era maravilloso, absolutamente maravilloso, y mi lista de agradecimientos totalmente justificada, totalmente en consonancia con una circunstancia semejante, pero que precisamente en esta circunstancia, cómo decirlo, cabía haber esperado de mí un poquito más, algo -cito en inglés- más inspirational. No sé cuál sería la traducción exacta de este adjetivo: un poco más inspirador, un poco más inspirado, un poco las dos cosas. De todos modos, lo que se infería de este mensaje inmensamente delicado es que, creyendo haber hecho lo apropiado, del mismo modo que se respeta un dress code, yo había escrito un discurso convenido y hasta convencional, un reproche que sinceramente no me han hecho a menudo.

Yo no quería renunciar a mis agradecimientos porque las personas a las que he agradecido me son realmente queridas, pero he intentado para completarlos algo un poco más inspirador, y no me ha hecho falta buscar muy lejos. No he necesitado buscar muy lejos porque en este momento me ocupo de algo extrema e incluso trágicamente inspirador de lo que me gustaría decirles unas palabras.

El pasado 8 de septiembre se inició en París el juicio por los atentados cometidos, también en París, el 13 de noviembre de 2015, en las terrazas y en la sala de conciertos del teatro Bataclan. Estos atentados causaron 131 muertos. Ustedes, españoles, tuvieron que llorar a más víctimas el 11 de marzo de 2004, cuando hubo 61 fallecidos más, si es que esta contabilidad atroz tiene algún sentido. Para nosotros son los más letales perpetrados nunca en suelo francés. Los asesinos fueron abatidos o ellos mismos se explosionaron. Los catorce canallas que se encuentran en el banquillo de los acusados son lo que en francés llamamos seconds couteaux, comparsas, protagonistas secundarios, lo cual invalida la comparación que se hace a menudo con los juicios de Nuremberg, donde se juzgaron a muy altos dignatarios nazis. Pero el juicio de París tiene en común con los de Nuremberg su ambición histórica, sus enormes recursos y, en primer lugar, su duración: nueve meses. Decidí seguir íntegramente este juicio. De principio a fin, todos los días. No todos los días, por supuesto, ocurre algo interesante, pero no es posible saberlo de antemano. A veces, sesiones que todo el mundo prevé apasionantes resultan sumamente aburridas, y son apasionantes, en cambio, otras de las que no se esperaba nada, como las declaraciones de médicos forenses o de expertos en balística. Es una regla que conocen todos los cronistas judiciales y que prácticamente carece de excepción: basta con no estar presente para que suceda algo. Por eso, Majestad, Altezas, queridos amigos, por grande que sea el honor de estar aquí esta noche, una parte de mí permanece de alguna manera en ese tribunal.

Todos los que han seguido un gran juicio saben que es una de las experiencias más adictivas que existen. La ambición de este juicio es desmesurada: aspira a desplegar desde todos los ángulos, desde el punto de vista de todos los actores, remontándose lo más lejos posible en la genealogía de los acontecimientos, todo lo que aconteció durante aquellas horas terribles. Anatomía de un instante, por citar el título de la vigorosa crónica de Javier Cercas. Este juicio es también extraordinariamente extenuante. Día tras día chapoteamos en la sangre, las heridas físicas y morales, las muertes atroces y las vidas truncadas. Es un baño de horror en el que a veces nos preguntamos por qué nos lo infligimos.

Nos lo infligimos porque no es únicamente un baño de horror. Porque esos testimonios que se suceden semana tras semana, a razón de una quincena al día, son muchas veces extraordinarios ejemplos de humanidad. Esos supervivientes heridos en su cuerpo y en su alma se mantienen de pie. Nos hablan desde muy lejos, desde lugares de la experiencia humana que la mayoría de nosotros no conocemos. «El hombre», escribía Léon Bloy, «alberga en su pobre corazón recintos que todavía no existen, pero en los que el dolor penetra para que existan».

Ese juicio sirve asimismo para esto: para explorar colectivamente estos recintos de nuestro corazón. A lo largo de estos testimonios descubrimos otra cosa sorprendente. Las historias de naufragios, de catástrofes, del sálvese quien pueda generalizado, suelen revelar lo peor del ser humano. La cobardía, el cada cual a lo suyo, el canibalismo. Aquí, nada de eso. No podemos imaginar que se haya creado una ficción colectiva de nobleza y de grandeza de espíritu y, sin embargo, prácticamente sólo se nos han descrito ejemplos de ayuda mutua, de solidaridad, gestos a menudo heroicos. Muchos se reprochan haber pisoteado a otros mientras trataban de huir; ninguno de los pisoteados se lo reprocha a otros. Todos procuraron proteger al hombre o a la mujer amada, pero algunos hicieron algo más: arriesgar la vida para proteger a desconocidos. Es un misterio que por momentos convierte lo que es abominable en una infinita exaltación. Voy a terminar con dos citas este discurso que ahora se ha vuelto demasiado largo.

La primera es de Simone Weil:

«El mal imaginario es romántico, novelesco, variado; el mal real es monótono, desértico, aburrido. El bien imaginario es aburrido; el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagador. Por tanto, la ‘literatura de imaginación’ o es aburrida o es inmoral, o una mezcla de ambas cosas. Sólo escapa a esta alternativa cuando pasa de algún modo, a fuerza de arte, al lado de la realidad, lo cual sólo el genio puede hacer.»

La segunda es de una superviviente del Bataclan:

«Unos días después del atentado murió mi padre, y justo antes de morir me dijo: “Tú y yo consolamos a los demás de las desgracias que nos suceden”. Yo habría preferido no tener que consolaros».

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