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Máscaras de la exposición ‘Wunderkammer (cámara de maravillas en alemán)’, de Ana Juan, en CentroCentro, de Madrid. /WMagazín

En defensa de la Ilustración en el siglo XXI (3): las nuevas máscaras de sus enemigos y la distorsión de la verdad

Intelectuales, expertos y creadores de diferentes países advierten en WMagazín sobre las mil formas que han tomado los ataques a la convivencia social, al progreso en la igualdad y a los valores democráticos y humanistas. Una combinación de dinámicas políticas, mediáticas, tecnológicas, económicas y emocionales. Participan autores como Hélène Cixous, Wolfram Eilenberger, José Antonio Marina, David Rieff, Marbel Sandoval Ordóñez, Olivier Guez o Philippe Collin

¿Por qué avanzan los movimientos anti-ilustrados? El mundo afronta un tiempo de placas tectónicas que se reacomodan. Viejos consensos se agrietan, certezas políticas y culturales pierden estabilidad y nuevas preguntas emergen antes de que aparezcan respuestas. La realidad necesita reformularse, porque las categorías con las que se entendía el mundo ya no alcanzan para explicarlo.

La modernidad construyó un horizonte de progreso sostenido por la razón, la ciencia y los ideales democráticos. Pero el desfase entre sus promesas y un mundo que avanza más deprisa que las soluciones ha resquebrajado parte de esa confianza.

Mil formas han tomado siempre los ataques a la convivencia social, al progreso en la igualdad y a los valores democráticos y humanistas. Hoy, muchas de esas presiones se concentran en el legado de la Ilustración, una de las grandes conquistas intelectuales, culturales y políticas de la modernidad, aunque no exenta de contradicciones y límites históricamente discutidos. Aun así, muchos de los avances democráticos y sociales contemporáneos nacen también de ese legado.

Sobre esos principios —la razón, la ciencia, el pluralismo, el humanismo, la libertad y la aspiración al progreso— se ha levantado buena parte de la sociedad contemporánea. Ideales inacabados, en revisión permanente, hoy tensionados por múltiples factores, distintas mutaciones de la propia modernidad chocando entre sí:

El avance de los autoritarismos y de la fuerza sobre el diálogo político; la manera en que algunos líderes desacreditan la ciencia y el conocimiento; los riesgos de retroceso en derechos conquistados de las mujeres, de la comunidad LGBTIQ+ y de las minorías; el debilitamiento de la enseñanza humanística; la simplificación extrema del lenguaje político; la creciente sustitución del debate público complejo por dinámicas emocionales, identitarias y polarizantes amplificadas por entornos digitales.

¿Por qué suceden estos embates?

Detalle de la portada del libro ‘Política para perplejos’, de Daniel Innerarity (Galaxia Gutenberg). / WMagazín

Es una erosión que no responde a una sola causa ni a un único adversario, sino a una combinación de dinámicas mediáticas, tecnológicas, económicas y emocionales.

La crisis actual mezcla frustración económica, desconfianza institucional, agotamiento democrático, aceleración tecnológica y una transformación profunda de la manera en que las personas se informan, se relacionan y construyen identidad.

Una parte de este fenómeno se debe a la desafección y al desencanto de la ciudadanía, que observa cómo aumentan las desigualdades mientras los Estados no logran responder a las necesidades de la población en un mundo que avanza mucho más deprisa que las soluciones.

Esto hace que muchas personas dejen de creer en los valores que promete la Ilustración, mientras algunos líderes y movimientos manipulan y distorsionan la realidad, potenciando la posverdad. Todo ello ocurre en un escenario digital donde las redes sociales amplifican la polarización, la simplificación del debate público y la difusión de desinformación.

Estas son algunas de las conclusiones de varios autores invitados a las tercera y cuarta entregas de la serie En defensa de la Ilustración en el siglo XXI, de WMagazín. Participan nombres como Hélène Cixous, David Rieff, Wolfram Eilenberger, Olivier Guez, Marbel Sandoval Ordóñez, Ignacio Miguéliz o Philippe Collin.

La primera entrega se centró en por qué se atacan los valores de la Ilustración y qué se puede hacer para que siga siendo una guía del ser humano. Participaron László Krasznahorkai, escritor húngaro y Nobel de Literatura 2025; Daniel Innerarity, filósofo español; Nazareth Castellanos, neurocientífica española; y Javier Moscoso, filósofo español. Lee la primera entrega AQUÍ.

En la segunda entrega, los invitados reflexionaron sobre qué hacer para actualizar esos valores a estos tiempos de cambio de paradigma. Participaron Sami Naïr, politólogo, sociólogo y filósofo francés; Adriana Cavarero, filósofa y escritora italiana; Rob Riemen, filósofo y ensayista holandés; Pilar Quintana, escritora colombiana; y Valerio Rocco Lozano, profesor de Historia de la Filosofía Moderna. Lee la segunda entra AQUÍ.

 

La tormenta perfecta contra la Ilustración

Foto WMagazín.

La Ilustración es un movimiento iniciado a finales del siglo XVII y que cristalizó en el XVIII, con fallos importantes que se han superado, y que se ha ido mejorado poco a poco. Valores que crearon un nuevo orden por conquistar y perfeccionar, sobre todo a través del fortalecimiento de la democracia, que, a veces, es menoscabada.

Steven Pinker se preguntó, en 2018: “¿Qué es la Ilustración? En un ensayo de 1784 con esa pregunta como título, Immanuel Kant respondía que consiste en ‘la salida de la humanidad de su autoculpable inmadurez’, su ‘perezosa y cobarde’ sumisión a los ‘dogmas y fórmulas’ de las autoridades religiosas o políticas. El lema de la Ilustración, proclamaba Kant, es: ‘¡Atrévete a saber!’, y su demanda fundamental es la libertad de pensamiento y de expresión. ‘Una época no puede establecer un pacto que evite que las épocas subsiguientes amplíen sus ideas, acrecienten sus conocimientos y purguen sus errores. Eso supondría un crimen contra la naturaleza humana, cuyo auténtico destino reside precisamente en semejante progreso”.

Y ese pensar y esa libertad de adquirir unos conocimientos y saberes libres es lo que hoy está en juego. Sami Naïr ya advirtió, en la anterior entrega:

“Hemos entrado en un paradigma nuevo donde lo que cuenta es la comunicación, no la estructuración de la humanidad. Eso es muy importante. Y ahí está la economía. La economía es el soporte, esa economía de mercantilización generalizada es el soporte de ese proceso. Y de ahí viene una crisis del humanismo tradicional. La Ilustración moderna debe ser concreta, hacer de la singularidad del ser humano su universalidad, y no buscar su identificación conmigo, mi nación, mi visión del mundo. Hay que aprender a pensar en términos de conceptos-mundo, en función de la totalidad del género humano. Y debemos fundamentar la educación sobre esta mirada mundial”.

El mundo vive lo que podría llamarse una supertormenta perfecta, un conjunto de fuerzas que contribuye a la erosión de la credibilidad de los valores de la Ilustración, gestada de manera progresiva con la llegada del siglo XXI. Es una revolución social y un cambio de paradigma impulsados por temas como:

Economía:

  • Jubilación de modelos centenarios de negocios, empresas e instituciones y reconversión de todo.
  • Capitalismo y neoliberalismo desbocados.
  • Crisis económica.
  • Entronización del utilitarismo.

 

Tecnologías emergentes:

  • Globalización a través de internet consolidando un mundo dual, analógico y digital.
  • Aparición y auge de las redes sociales, como nuevos espacios de interacción y disputa de ideas.
  • Comienzo de grandes cambios de hábitos de las personas impulsados por el mundo digital.
  • Avance de la polarización social, intensificada por la comunicación digital.
  • Irrupción de la inteligencia artificial.
  • Expansión del tecnofeudalismo, donde la tecnología redefine relaciones de poder y control.
  • Inicio de la quinta revolución industrial, marcada por la colaboración entre seres humanos y tecnologías avanzadas, y la apertura hacia un futuro posthumano.

 

Política:

  • Desencanto de la ciudadanía ante las políticas.
  • Resurgimiento de autocracias y gobiernos con tics autocráticos o dictatoriales.
  • Dicotomías entre libertad y seguridad o entre derechos y deberes.
  • Confirmación de un cambio geopolítico en cinco bloques, pero dominado por tres: Estados Unidos, China y Rusia, con Europa y el resto del mundo casi como observadores.
  • Ruptura de los modelos de la diplomacia y del multilateralismo.
  • Reaparición de la imposición por la fuerza y de la guerra.

 

Social:

  • Aumento de las brechas económicas, sociales, culturales y tecnológicas.
  • Declive en la enseñanza de las humanidades.
  • Auge del individualismo.
  • Amenazas de retrocesos en algunos derechos que se creían conseguidos.
  • Consolidación de la era de la posverdad y de las informaciones falsas.
  • Emergencia climática en espiral.

 

Rehabilitar la Ilustración

“Hay un intento de culpar a la Ilustración de todos los males”, lamenta el filósofo español José Antonio Marina. Dice que no le extraña que Steven Pinker haya escrito un libro de quinientas páginas en defensa de la Ilustración: “Esa culpabilización me parece injusta. La Ilustración fue un movimiento liberador. Su idea de ‘razón’ no es ese frío mecanismo utilitario que algunos pretenden que condujo a los campos de exterminio nazis, sino la búsqueda de evidencias universales. Debemos rehabilitar la Ilustración”.

El filósofo se topa con que se vive una coincidencia de factores en un tiempo donde hay crisis intelectual, descrédito y desafección hacia la política, inflación de la economía que todo lo vuelve utilitario en detrimento de las humanidades, una ética maleable al gusto de cada político o persona, y el auge de la identidad y del yo que raya en el narcisismo…  Y traza un arco sobre el detonante de este intento de demolición o desajuste social:

“El siglo XX fue un siglo de pérdida de certezas y de crisis de autoridad, en ambos casos por un exceso previo de dogmatismo. Hubo una pérdida de confianza en la capacidad de la inteligencia para resolver los problemas. Los sistemas totalitarios se hundieron, los sistemas religiosos, también, y la filosofía salió trasquilada. En la década de los ochenta hubo un renacimiento de los sistemas democráticos, pero a comienzos del siglo XXI empezaron a decepcionar a la ciudadanía. La crisis de 2008 agravó esta situación. El neoliberalismo se encontró sin armas, y el socialismo había perdido su interés por la igualdad y se embarcó en la defensa de las identidades. La economía se globalizó y los corazones se localizaron. Emergieron los nacionalismos. La filosofía colaboró en el desbarajuste con su crítica a la racionalidad y a la verdad, y con un relativismo que justificaba cualquier injusticia. Como he explicado muchas veces, asistimos al triunfo del conductismo. Skinner ha triunfado. Estamos tan pendientes de los premios, que acabamos adoptando múltiples adicciones. Vivimos el desdén por la libertad, el auge de los sistemas autoritarios, un repliegue hacia la felicidad subjetiva, olvidando su nexo con la pública felicidad. Como ve, hay demasiadas fuerzas en acción”.

Ignacio Miguéliz, historiador, filósofo español y comisario de la exposición El sueño de la razón. Del siglo de las luces a la inteligencia artificial, explica que el siglo de la Ilustración es denostado, cada vez más, “aprovechando un momento de grandes incertidumbres individuales y colectivas en el que tratan de imponer el miedo y se busca retroceder en logros ganados para las personas, desacreditar la ciencia, tratar de imponer creencias religiosas, restablecer categorías humanas, según su raza o procedencia, subestimar la cultura y la creación artística. Tratan de restar importancia a la educación humanista en favor de lo utilitario, lo cual merma las herramientas para que la gente tenga una mayor comprensión de la vida, de sí misma y de lo que sucede a su alrededor. Todo esto desembocaría en una falta de criterio y de análisis transversal de los eventos”.

Reivindicar las humanidades

Detalle de la web de Più libri più liberi y de la AIE – Associazione Italiana Editori, Italia. /WMagazín

El siglo XX, en términos filosóficos, fue el siglo del lenguaje y, ahora, “con la inteligencia artificial cerramos la época de lo escrito y entramos en la época de lo oral. Porque todo lo que está escrito perderá valor e identidad”, explica Wolfram Eilenberger. Pero, el filósofo alemán guarda una esperanza: “que una de las consecuencias de este giro de la IA será que entremos en una cultura oral en la educación”.

¿Tiene algo que ver el declive en la enseñanza de las humanidades y el desdén por ellas por parte de algunas instituciones y políticos en esta situación que vive el mundo? ¿Por qué la Ilustración tiene tantos enemigos?

Wolfram Eilenberger considera que “el futuro de lo humano, radica en que la gran trampa de las humanidades hoy, especialmente en la filosofía, pero también en otras disciplinas, es la alternativa incorrecta. Y la alternativa es la relevancia de esa disciplina para la sociedad. La alternativa falsa es que o eres activista o eres científico. Las humanidades en muchos países son irrelevantes porque son políticamente irrelevantes. ¿Por qué? La base del activismo es la aspiración hacia la emancipación.

Algunas de esas humanidades se perciben a sí mismas como activistas. Pero vuelvo a mi idea de la Ilustración. Eso traiciona la esencia de lo que esas disciplinas deberían ser. Y lo mismo se aplica a la ciencia. La filosofía en este siglo XX que describo ha luchado por ser una ciencia, y no es ni puede ser una ciencia. Por lo tanto, las humanidades están bajo enorme presión en todo el mundo. Intentan defender su caso porque efectivamente estamos en esa dicotomía de ser activistas o científicos y están perdidas. Van a perderse en esa dicotomía”.

Ante la cuestión de un mundo cada vez más extractivista y una sociedad más utilitarista, Wolfram Eilenberger se pregunta si estamos seguros de que la enseñanza de las humanidades deba seguir existiendo: “Algo en mí me dice que tienes razón, que no puedes ser un buen ciudadano, no puedes tener juicio y entender la cultura en la que estás u otras culturas sin eso que dices, sin esa base. Pero si piensas en las universidades, a estas no les interesan tanto la gran historia como la percibimos. Se interesan en la historia relacionada con sus propias experiencias. Es decir, es muy yoísta, muy instrumentalizado, podríamos decir como dices tú.

¿Pero, acaso, no es posible pensar una existencia cultural con sentido, consciente que se libera de esa exigencia de entender su propia historia? Estaría hablando de una sociedad atrapada en el presente, pero, tal vez, cultivando métodos de claridad que sean más asiáticos, más ligados a la meditación. Como trabajar con tu cuerpo para llegar a un cierto nivel de claridad. Lo que quiero decir es que, tal vez, es uno de los cambios que tenemos que hacer y soy demasiado mayor para esto, pero puede no ser la única forma de existir con sentido”.

La Ilustración es un proyecto inacabado que se enriquece con cada época. Hoy, en un mundo dual, analógico y digital, se necesita volver a pensar en cómo sus valores fundamentales pueden guiar nuestra política, educación, cultura y vida cívica.

  • Próxima entrega: Fragmentación de la verdad, redes sociales y cómo recuperar la cultura humanística.

Serie completa:

En defensa de la Ilustración en el siglo XXI (1): intelectuales, expertos y creadores dicen cómo preservar sus valores ante los ataques que sufre

En defensa de la Ilustración en el siglo XXI (2): cómo defender sus valores ante la erosión de la democracia y la convivencia

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Winston Manrique Sabogal

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