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Una ventana interior del Museo Thyssen-Bornemisza, de Madrid. /WMagazín

En defensa de la Ilustración en el siglo XXI (4): reconstruir la conversación democrática desde el humanismo

Intelectuales, expertos y creadores de diferentes países analizan en WMagazín las manifestaciones de un cambio de paradigma que varios identifican con el avance de la llamada ilustración oscura: la fragmentación de la verdad, la polarización y la erosión del espacio común para el diálogo. Participan Hélène Cixous, Wolfram Eilenberger, José Antonio Marina, David Rieff, Marbel Sandoval Ordóñez, Olivier Guez y Philippe Collin

La llamada ilustración oscura estaría ganando influencia en un escenario marcado por un cambio de paradigma acelerado por las redes sociales. La distorsión de la percepción de la realidad, la polarización, la confrontación ideológica y cultural y la expansión de la posverdad son algunas de las manifestaciones que, según los intelectuales consultados por WMagazín, acompañan ese proceso y erosionan los valores de la Ilustración y la conversación democrática.

Aunque desde perspectivas distintas, los pensadores y escritores que participan en la cuarta entrega de la serie En defensa de la Ilustración en el siglo XXI, de WMagazín, convergen en un diagnóstico común: la fragmentación de la verdad, la erosión del espacio público para el debate y el debilitamiento del humanismo ilustrado están tensionando la democracia y la convivencia en el siglo XXI.

La primera entrega se centró en por qué se atacan los valores de la Ilustración y qué se puede hacer para que sigan como guía del ser humano. Participaron László Krasznahorkai, escritor húngaro y Nobel de Literatura 2025; Daniel Innerarity, filósofo español; Nazareth Castellanos, neurocientífica española; y Javier Moscoso, filósofo español.

En la segunda entrega, los invitados reflexionaron sobre qué hacer para actualizar esos valores en estos tiempos de cambio de paradigma. Participaron Sami Naïr, politólogo, sociólogo y filósofo francés; Adriana Cavarero, filósofa y escritora italiana; Rob Riemen, filósofo y ensayista holandés; Pilar Quintana, escritora colombiana; y Valerio Rocco Lozano, profesor de Historia de la Filosofía Moderna.

En la tercera entrega se abordaron las mil formas que han tomado siempre los ataques a la convivencia armoniosa de la sociedad y al progreso en la igualdad. Principios, valores e ideas sobre los que se levanta la sociedad moderna, que aspira a la armonía de la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso.

Cinco ideas atraviesan buena parte de las reflexiones reunidas en esta cuarta entrega:

  • la fragmentación de la verdad;
  • la erosión del espacio común para el debate;
  • la creciente polarización política y cultural;
  • la crisis de la conversación democrática;
  • la necesidad de reconstruir el humanismo ilustrado.

La fragmentación de la verdad

 

La primera gran coincidencia entre los entrevistados gira en torno a la fragmentación de la verdad. Más allá de sus diferencias de enfoque, creen que la desaparición de un espacio común de hechos compartidos dificulta el debate democrático y favorece la polarización.

Olivier Guez, periodista y escritor francés, tiene una teoría sobre por qué los valores de la Ilustración son atacados por los partidos de ultraderecha o sectores de la derecha:

“No sé qué podemos hacer. Pero el gran problema es que ya no hay centro, no hay verdad. Por lo tanto, todo el mundo vive en un universo paralelo al de al lado.  Si queremos debatir el mejor lugar es el ágora, pero si cada cual tiene su propia ágora con su propia verdad, se hace prácticamente imposible”.

Una situación sobre la que Guez no deja de pensar y que protagonizará su próximo libro: “Es una novela contemporánea sobre cómo las redes han matado toda forma de verdad. Ese es el problema, que ya no hay verdad. Si ya no hay verdad, no podemos hablarnos. Yo digo qué bonita camisa roja. Pero si mi camisa es blanca, me dirás tú. No podemos debatir. Y, prácticamente, hemos llegado ahí, cada uno tiene su realidad. Entonces, ¿qué es lo que podemos hacer? No lo sé. Hay que cortar las redes a lo mejor, imposible. Es un periodo complicado, aterrador y fascinante, porque, realmente, es un gran punto de inflexión. Estamos entrando en cosas que no conocemos”.

Sobre esa pérdida de un espacio común para la conversación democrática también reflexiona David Rieff, aunque desde una perspectiva más política e institucional. El historiador, escritor, periodista y experto en política internacional, establece una relación directa entre democracia y redes sociales y advierte:

“Estamos en el fin de la época de la democracia burguesa. La democracia en el sentido actual está completamente agotada.

Es curioso lo que sucede en las redes sociales, porque de un lado todos pueden expresarse y parece una nueva democracia, en el sentido de que tú estás en tu pequeño barrio y tienes la posibilidad de expresar tus ideas y, posiblemente, que un montón de personas vean tus pódcast o tus Instagram. Pero estás con tus amigos, no hay intercambio. Es una ilusión. Esa democracia es todo lo contrario. Ahora las personas no saben cómo hablar entre ellos”.

Rieff considera que esta distorsión o mala interpretación de la democracia y la libertad por parte de la ciudadanía, se expande porque “también existe el fenómeno conocido, y que genera más clips, que es decir cosas más duras, más extremas. Se extiende una radicalización de la retórica. No importa la posición particular de la persona. Si eres moderado nadie va a mirar tus TikTok”.

Todo esto crea, para Rieff, una gran paradoja: “Esto es un fenómeno antidemocrático, porque en nombre de expresarse de esa manera lo que se hace es socavar la posibilidad de intercambios buenos, sinceros”.

Las reflexiones de Guez y Rieff convergen en una misma preocupación: cuando desaparece un terreno compartido sobre el que discutir los hechos, la conversación democrática se resiente. Es precisamente este escenario el que diversos analistas relacionan con el avance de la llamada ilustración oscura y con la erosión de algunos de los principios centrales de la Ilustración.

 

La democracia frente a los liderazgos disruptivos

Detalle de la portada del libro ‘Jaque a la democracia. España ante la amenaza de la deriva autoritaria’, de Joaquim Bosch (Ariel). /WMagazín

Si la fragmentación de la verdad explica parte del deterioro del espacio público, varios de los entrevistados se preguntan también quiénes protagonizan hoy ese cambio de paradigma y hasta qué punto existen paralelismos con otros momentos de la historia.

Junto a los partidos de ultraderecha que menoscaban los valores de la Ilustración, la escritora y pensadora francesa Hélène Cixous señala un nombre particular por su poder de resonancia e influencia planetaria:

“Es evidente que estamos en una situación que no hemos visto nunca. Antes, con Hitler, ya vimos una serie de cosas, con Putin también, porque sigue la estela de Stalin, pero lo de Donald Trump (presidente de Estados Unidos) es algo completamente nuevo que me genera muchísima estupefacción. Y, lo peor de todo, es que es un producto de la democracia. Estamos hablando de una potencia estadounidense que está basada en el sueño de la democracia, de la libertad, que comienza con la independencia de su país, que lucha por los derechos humanos, algo que ha hecho siempre. Pero hablo con amigos y amigas con ideas parecidas a las mías y siempre han dicho que esto ya lo hemos visto antes, pero, a la vez, nunca hemos visto algo así. Me sorprende”.

La socióloga y pensadora francesa entrelaza aquí la realidad con la literatura:

“Es como los personajes shakesperianos. Me hago la pregunta de si yo podría haber inventado Macbeth, y la respuesta es que sí. Y me pregunto si podría haberme inventado a Trump. La respuesta es no. Porque este hombre tiene una dimensión teatral, es un personaje con una dimensión distinta. Lo de Trump es una locura particular. Hitler estaba loco y era una locura ideológica: hacía lo que decía y estaba obsesionado con los judíos, nada que ver con el antisemitismo de hoy; pero hablamos de Trump, que todos los días imagina algo nuevo. Se necesita una imaginación enorme y hace cosas totalmente desorganizadas, descontroladas. La mayoría de poderes de las instituciones tienen su causalidad, su forma de proceder, pero de Trump no se sabe qué pasa con él. La pregunta sería: ¿Qué pasa hoy con Trump? ¿Qué está haciendo hoy Trump? De repente destruye el universo, te pega una patada y dice: ‘¡Uy! Te he destruido, lo siento. Ha sido sin querer”.

Para David Rieff, el problema de Donald Trump no es su política, aunque hay cosas que odia de ella: “El problema es que Trump es una versión de manicomio, es un borderline. No es de fiar. Es completamente inestable mentalmente. Hemos tenido gobiernos horribles y presidentes horribles, pero nunca uno tan loco. Ha dinamitado todo. Trump es como un adolescente que hace bullying en el colegio y todos le temen. Hay quien dice que a alguien así hay que plantarle cara, pero cuando esa persona mide tres metros, darle una patada no es la mejor estrategia”.

Más allá de las diferencias de diagnóstico sobre Donald Trump, Cixous y Rieff coinciden en que determinados liderazgos contemporáneos intensifican la desconfianza hacia las instituciones y alteran las reglas tradicionales del debate democrático.

 

La erosión del espacio común

Detalle de la portada del libro ‘Pandemocracia’, de Daniel Innerarity. /WMagazín

Pero los entrevistados advierten de que la crisis de la conversación democrática no puede explicarse únicamente por el impacto de las redes sociales o por determinados liderazgos políticos. También responde a causas sociales y económicas más profundas.

Una teoría sobre parte del origen de este resquebrajamiento de valores de convivencia, justicia, igualdad y cultura humanística la ofrece Philippe Collin, escritor francés y autor de la novela El barman del Ritz:

“Está en mi libertad ponderada. La libertad desencadenada, que no tiene ningún tipo de contrapeso. Y doy un ejemplo: he comprado, una casita, en el norte de Francia, que es el feudo de la extrema derecha. Hablando con la gente, me dicen que hay dos preocupaciones básicas. La primera es la sanidad pública, que ha desaparecido. Si tienes algún problema médico hay que esperar muchísimo, no hay médicos que te atiendan. La segunda preocupación es la educación nacional. Ellos dicen que están convencidos de que sus hijos no tienen futuro y vivirán una vida mucho peor que la que ellos han vivido. Por lo tanto, volvemos a las injusticias y a la necesidad de que alguien mejore esa desigualdad”.

Es la desafección ante un mundo que no parece cumplir sus promesas, porque va muy deprisa y los gobiernos y los políticos no han sabido ir ni a su velocidad ni a su ritmo en las soluciones, que Philippe Collin resume así:

“Si damos un poco de esperanza, ya sea en el ámbito de la sanidad o de la educación, es decir, que vuelva a haber una libertad ponderada, veremos resultados positivos.

En resumen, lo que ha habido es un repliegue del Estado frente a esa libertad desencadenada.

En cuanto a las humanidades, es verdad que se pueden considerar desde este discurso. Cabe preguntarse cómo se pueden seguir transmitiendo a las nuevas generaciones esas humanidades de una forma más dinámica, que no sean algo aburrido, es decir, que no se enseñen igual que hace cincuenta años. El mundo ha cambiado, pero se deben buscar formas eficaces con las que se logre transmitir esos valores fundamentales”.

A esa transformación del espacio público se suma otro de los grandes debates culturales contemporáneos: el alcance de las políticas identitarias y del llamado movimiento woke.

 

El debate sobre lo woke

La actriz Cate Blanchett en un cartel de la película ‘Tár’, de Tod Field. /WMagazín

Todos estos factores que erosionan los mejores valores de la Ilustración se han tergiversado con el auge de la cultura woke, cuyo origen es noble, explica David Rieff:

“Lo woke es una política identitaria de izquierda de nuestra época en varias partes del mundo. Se identifica como un movimiento emancipatorio, un movimiento para la justicia, un movimiento por las víctimas históricas del racismo, de las minorías, del poder de los imperios europeos y el imperio norteamericano en el caso de América Latina, sobre todo.

Dicen, fundamentalmente, que lo que importa es la representación. Se ha excluido a los gays, a los negros, a los mestizos, a las minorías, a las mujeres, y es necesario incluirlos, por supuesto, pero no hay una crítica del sistema”.

Esto, según Rieff, desvirtúa el objetivo verdadero de lo woke: “Para mí, no es un movimiento de izquierda, aunque se identifica así. Es más un movimiento de reforma moral, y hay vínculos entre la reforma moral y la izquierda tradicional”.

El politólogo es contundente en su análisis de lo woke: “Intenta destruir la gran cultura. No es la victoria de la justicia, es la victoria del kitsch, y detrás del kitsch está, obviamente, el dinero.

Lo que me subleva contra el elemento woke es que va contra la cultura tradicional o la cultura del pasado, sea europea o asiática. Su realidad fundamental es la opresión.

La idea de que somos más inteligentes, más morales, etcétera, que nuestros ancestros es una fantasía arrogante y pueril.

Ósip Mandelshtam, el poeta ruso, dijo que como artista entras en una conversación que ha ocurrido siglos antes y continuará una vez mueras. El arte es un continuum. Por el contrario, lo woke presenta una visión de un presentismo permanente. Para ellos, la vida personal de un artista vale más que su vida creativa. Es una visión bastante infantil de la realidad.

Un amigo mío amaba decir que los seres humanos no soportan mucha realidad. Es posible que el wokismo sea, simplemente, una forma más potente de rechazarla”.

En la reflexión de David Rieff, otra de las expresiones de esta crisis cultural aparece en el auge del fenómeno woke y en su relación con los valores universales de la Ilustración.

 

Responsabilidad de todos y más humanismo

Frente a los diagnósticos más pesimistas, la escritora colombiana Marbel Sandoval Ordóñez desplaza la mirada hacia la responsabilidad individual y colectiva para reconstruir esos valores.

Ante la pregunta de por qué cree que se atacan los valores de la Ilustración, Sandoval Ordóñez cita una frase de Viktor E. Frankl: “¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es”. Esta idea del neurólogo y filósofo austríaco, que sobrevivió a los campos de concentración del nazismo y es autor de El hombre en busca de sentido, sirve a la novelista para explicar que “vivimos un cambio en un mundo desigual en el desarrollo de sus sociedades, regiones y países, y sucede en el mismo tiempo en que los medios de comunicación y las redes, permiten el acceso a la información y también a la desinformación y a la exacerbación de pasiones, emociones y sentimientos, en circunstancias globales y particulares”.

Se trata de una situación en la que Sandoval Ordóñez señala a unos responsables:

“Son, sobre todo, los medios y las redes los que nos colocan en la situación de estar como en una gran plaza pública —la aldea global de McLuhan— en la que son menos los que tienen la formación y la claridad para discernir, mientras que el resto del espacio lo ocupan los vendedores de artilugios, fácilmente seguidos y aupados por masas necesitadas de escuchar promesas que alivien la incertidumbre y los miedos que desata este cambio.

Estos ‘pastores’ del capital, en su máxima expresión, erigidos a sí mismos en conductores de la manada –en virtud de un cerebro en el que privilegian el límbico, por encima de la razón––, prometen regresar a paraísos que no existen, pero que auguran seguros. Se instauran en un momento de la humanidad en que somos miles de millones y crecemos exponencialmente, mientras experimentamos cómo la naturaleza se sacude y el cambio climático amenaza la existencia en esta tierra, empezando por la nuestra.

¿Por qué lo hacen? ¿Por qué incitan este momento regresivo? Por algo totalmente humano y tan antiguo como nosotros mismos: la búsqueda de poder, la ambición sin límites, el narcisismo absoluto, la falta de empatía. Una muestra del corazón del hombre, que es complejo y perverso, como dijo un profeta, pero también límpido y resiliente, y esto abarca la razón, con lo cual, en el qué hacer ante esta situación me uno a lo que escribió Viktor Frankl, después de su paso por un campo de concentración: trabajar para que las decisiones de la inmensa mayoría sean por la vida, la libertad, el sentido progresista de lo humano; los valores cuyos resultados hemos disfrutado y que vemos en peligro de naufragar. Es difícil, utópico y necesario”.

 

La disputa contemporánea sobre la Ilustración ya no se libra solo en el terreno filosófico o político, sino también en el ecosistema emocional, tecnológico y cultural donde hoy se construye la percepción de la realidad. Si la Ilustración convirtió la razón y el conocimiento compartido en la base de la convivencia democrática, la llamada ilustración oscura representaría, según el diagnóstico común de los autores entrevistados, el avance de una lógica opuesta: la fragmentación de la verdad, la polarización y el debilitamiento del espacio común para el diálogo.

Si algo comparten los autores reunidos en esta cuarta entrega es la convicción de que la defensa de la Ilustración pasa también por reconstruir un espacio común para la verdad, el diálogo y el humanismo.

 

Serie completa:

En defensa de la Ilustración en el siglo XXI (1): intelectuales, expertos y creadores dicen cómo preservar sus valores ante los ataques que sufre.

En defensa de la Ilustración en el siglo XXI (2): cómo defender sus valores ante la erosión de la democracia y la convivencia.

En defensa de la Ilustración en el siglo XXI (3): las nuevas máscaras de sus enemigos y la distorsión de la verdad.

En defensa de la Ilustración en el siglo XXI (4): reconstruir la conversación democrática desde el humanismo.

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Winston Manrique Sabogal

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