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La escritora uruguaya Fernanda Trías durante su discuros al recibir el Premio Fil Sor Juana Inés de la Cruz 2021 por su novela ‘Mugre rosa’. /WMagazín

Fernanda Trías advierte del «terror climático» y denuncia la marginación que hace la sociedad de algunas personas

La escritora uruguaya recibe el Premio FIL Sor Juana Inés de la Cruz, por su novela 'Mugre rosa', premonitoria de la pandemia, con un discurso sobre las consecuencias del ser humano sobre el ecosistema, la "rueda del consumo y la producción" y la calidad de escritoras en todos los tiempos. Puedes leer los principales pasajes de su discurso en WMagazín, con apoyo de Endesa

A veces, como en algunas novelas, conviene empezar por el final. Empezar, entonces, por los agradecimientos: al jurado, a la Universidad y a la FIL de Guadalajara, a las instituciones que me apoyaron en estos años de escritura. O, acaso, debería empezar por relatarles el momento aquel, y que ya he contado muchas veces, cuando el celular sonó mientras yo estaba en el aeropuerto rumbo a una de las primeras ferias del libro presenciales desde el inicio de la pandemia y al otro lado oí la voz grave y reconfortante de Laura Niembro anunciándome la noticia. Tenía un bolso colgado del codo, un café en una mano, un sandwich en la otra y el teléfono apretado entre la oreja y el hombro bajo el bullicio de los altoparlantes. ¿Por qué será que los momentos inesperados se reciben con tanta calma? Tal vez porque su propia condición de inesperado los vuelve irreales, fantasmáticos, y por eso, una y otra vez, necesitamos volver a narrarlos. Como si quisiéramos confirmar su existencia. ¿Tuve una premonición? ¿Algo me había advertido que recibiría esa noticia? Ya me han llamado bruja. Ya me han dicho que predije la pandemia. Acaso al escribir Mugre rosa habré conjurado la pandemia con la misma fuerza con que soñé este premio. Lo dicho: he contado ese momento de la llamada en el aeropuerto y de la celebación ruidosa en la sala de embarque muchas veces a periodistas y amigos. Yo, al igual que la protagonista de Mugre rosa, no sé qué busco cuando revivo el pasado, qué señales y grietas en el tejido del tiempo, qué intento atrapar en las redes de la memoria esculcaldo ese instante preciso en que algo que no era, que nunca había sido, ya estaba empezando a ser. (…)

La crítica chilena, aquí presente, Lorena Amaro, dijo que Mugre rosa es una novela sobre la distancia, la que nos separa de la catástrofe, la de las personas que hemos amado y también de la muerte cuando ella se experimenta como una carcoma silenciosa del mundo conocido. Y dice Amaro: «La narradora insiste en preguntar por la frontera entre los finales y los comienzos».

Por qué la obsesión de la protagonista por encontrar ese punto exacto en que todo aún, tal vez, podría haberse evitado cambiando de rumbo. No conocemos la distancia que nos separa de la próxima catástrofe personal o colectiva. Pero sí conocemos la velocidad a la que avanza ese vehículo implacable que es el tiempo.

Si cada generación piensa su propio apocalipsis, yo pertenezco a la que está protagonizando el terror climático. Un terror que asume la forma difusa de un punto en el tiempo después del cual no habrá retorno. Para evitar lo peor, las emisiones mundiales de dióxido de carbono tendrían que reducirse en un 45% antes de 2030, y, actualmente, los compromisos que asumieron los diferentes países solo alcanzaría para disminuirlas en un 1%. Así las cosas, se estima que en menos de 80 años el 74% de las regiones que hoy son habitadas por seres humanos se habrán convertido en entornos de enfermedades letales. (Son todos datos de las Naciones Unidas).

De ahí a imaginar las migraciones masivas, las crisis de refugiados, la escasez de alimentos y las ciudades vaciadas hay solo un paso. El tic tac de ese reloj es ensordecedor. La pregunta, entonces, no debería ser por qué escribir una distopía, una ciencia ficción climática, sino cómo no escribirla. Hemos llegado a ese momento en que el clima de la historia y la historia el clima entraron en resonancia y pasaron a confundirse. Nuestro sueño de ser dioses nos ha llevado a alterar de tal manera la atmósfera que los océanos, el clima y los ecosistemas que nos hemos convertido en agentes geológicos. (…)

Ahora, ¿estamos en un final o en un comienzo? ¿Qué creemos que vamos a encontrar cuando lleguemos al hueso, cuando terminemos de roer a fuera el consumo de los recursos del mundo?.

La pandemia del covid-19 parece haber dejado claro que la gran máquina de producción de y de consumo no puede detenerse. En América Latina ya vimos las consecuencias: el aumento de la pobreza, los trapos rojos en Colombia, la desigualdad en los sistemas de acceso de salud. Vimos cuáles son los cuerpos que pusieron el cuerpo.

La pesadilla kafkiana del siglo XXI es estar atrapados en nuestra propia rueda eterna de consumo y producción. Una rueda que para poder seguir girando debe pasar por encima de innumerables vidas. No conozco a nadie que escriba a quien no le duela el mundo. Y ese dolor solo puede venir de un amor difícil, a veces imposible de procesar. Todo lo que se pierde late, como el muñón de Idea Vilariño. Y tal vez yo, que no creo en el tiempo como una línea recta, sino como una línea enredada cuyos bucles transitan por el sueño y la vigilia, haya querido anticiparme en este libro a la nostalgia de un mundo que aún creemos tener pero que ya está perdido. De ahí que la protagonista utilice la memoria como último refugio, porque, como dice George Perec, «escribir es tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva». Arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente. Dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca. O, como dice Piglia: «La narración alivia la pesadila de la Historia».

En Mugre rosa yo no quería examinar la realidad tanto como la existencia entendida como el campo de las posibilidades humanas. Ni la pérdida ni la nostalgia suceden en el vacío, en una cámara anecoica de la emoción, sino que le suceden a alguien, a personas individuales, anónimas, una narradora sin nombre, un niño enfermo, un anciano. Cada uno con su pequeña vida que no significa nada para muchos y singifica tanto para unos pocos.

La mugre rosa es un subproducto cárnico que la industria prefiere llamar Recortes finamente texturizados. Y cuya premisa es abaratar costos y hacer que todo, hasta lo indigesto, sea rentable. Se trata de un aditivo, una mezcla de grasa, pellejos, cartílagos, visceras, huesos, cabeza, patas que luego se recalienta, centrigura y luego se desinfecta con amoníaco para rellenar hamburguesas nuggets u otros productos. El amoníaco elimina las bacterias y ayuda a aglutinar lo que por impulso del desecho se resiste a aglutinarse.

Pero la mugre rosa son también esas personas que la sociedad preferiría no ver, maquillar con un eufemismo, con un color falsamente inocuo como el rosado. Son los cuerpos enfermos, las mentes desequilibradas y todo aquel que se resista a aglutinarse, los desehechos humanos. Y, como cualquier desecho, a menos que termine en nuestras hamburguesas debe ir a parar a algún receptáculo, algún lugar que lo contenga, sea el manicomio o sea esa zonas de la ciudad que solo habitan los parias. Los indigentes que deambulan por las calles devastadas de mugre rosa revolviendo la basura, exponiéndose al viento tóxico, son los olvidados por el Estado y por sus congéneres, nosotros. Son los zombies del capitalismo infectados por esa babaza indeseable que es la pobreza o son los potenciales portadores de la infección, el virus que a lo largo de las décadas ha tenido distintos nombres: VIH, sida, o covid-19. Como sea, están ahí para hincarnos el diente del miedo y el rechazo al otro, del ensimismamiento recalcitrante como única estrategia de supervivencia.

El miedo y el encierro son dos temas que vengo explorando desde que empecé a escribir y desde que se publicó La azotea en 2001, el exterior como amenaza, el otro desconocido, hostil, incomprensible. En esta novela intenté ir más allá en esa misma búsqueda: hay un encierro obligado, hay un afuera amenazador, pero son los vínculos afectivos rotos los que, en definitiva, agudizan la asfixia. Acaso la solución sea salir, exponerse a la contaminación, estar dispuestos a no salir ilesos para descubrir qué hay al otro lado del miedo.

Tal vez el público ya notó que no he hablado de mi condición de mujer. Incluso cuando este reconocimiento se otorga en nombre de Sor Juana, la patrona de las escritoras, que fue pionera en una lucha que tres siglos más tarde seguimos librando. En el último año participé en muchas mesas redondas y conversatorios donde el tema principal era ¿existe un boom latinoamericano en femenino? Incluso podría afirmar que en todas las mesas en que participé y en todas las entrevistas que se me hicieron nunca faltó la pregunta: ¿qué opina sobre este nuevo boom de escritoras latinoamericanas?

El Premio Sor Juana Inés de la Cruz se creó en 1993 en un momento en que la situación de las escritoras era distinta a la que es hoy. Nunca en la historia de la literatura, ni en la historia de la humanidad las mujeres que escribimos habiamos tenido tanta visibilidad. Nunca se habían publicado, leído, reseñado y premiado las obras de tantas escritoras. Y aún así seguimos siendo invitadas a mesas de un fenómeno que es extraliterario. La pregunta es insistente porque intenta buscar una respuesta en el lugar equivocado. Algo ha de estar pasando con la calidad de sus obras, parecen decir. Tal vez se trate de una generación brillante, excepcional. La historia misma de este premio da cuenta de que no es así, y la justa reparación mediante reediciones y premios a muchas autoras de generaciones anteriores algunas vivas y otras muertas dan cuenta de lo mismo. A pesar de ellos a las escritoras latinoamericanas se nos pide a diario que hablemos de nosotras mismas, sobre el hecho inaudito, aparentemente inimaginable, de que un cuerpo de mujer escriba y de que -Oh sorpresa- lo haga bien. Muchas de mis colegas y yo hemos alzado una voz de protesta: no queremos que se nos saque de un gueto para colocarnos en otro un poco más amplio, un poco más bonito y con muebles de mejor calidad.

Por eso hoy no quise pedir permiso para dedicar estos quince minutos de su atención, de sus micrófonos y de sus cámaras para hablar de aquello que también nos pertenece: el mundo en toda su complejidad, los libros, las historias, la creación literaria. Seguiremos trabajando para alcanzar esa utopía de la que habla Diamela Eltit: desbiologizar la literatura, democratizar la letra.

Quiero finalizar, ahora sí, agradeciendo calurosamente al jurado, a Ave Barrera, Andrea Jeftanovic y Eduardo Antonio Parra  quienes eligieron Mugre rosa entre tantas obras excelentes que se publican cada año. Agradezco a la Universidad y a la FIL de Guadalajara, a la Secretaría General Iberoamericana, a la revista Eñe y a la casa Velázquez en España y agradezco a la Universidad de los Andes en Colombia que desde 2019 viene apoyándome mi producción literaria que, como sabemos, no es un solo libro sino un esfuerzo sostenido en el tiempo, un tiempo de reflexion, de investigación y de escritura.

Y también quiero agradecer a México porque soy uruguaya, porque nací en dictadura y México y su embajada en Montevideo le tendieron la mano a cientos de personas perseguidas y víctimas del terrorismo de Estado. Salvaron vidas de amigos míos, de padres de amigos y de otros tantos compatriotas. Ojalá que nunca más tengamos que recurrrir de nuevo a su solidaridad. Para eso y para encontrar a los que seguimos buscando también se necesita la memoria.

Mucha gracias.

Puedes ver el vídeo completo del discuro de Fernanda Trías a continuación:

Fernanda Trías (Montevideo, Uruguay, 1976): Es escritora, traductora y docente de creación literaria. Magíster en escritura creativa por la Universidad de Nueva York (NYU). Publicó las novelas Cuaderno para un solo ojo, La azotea (Dharma Books + Publishing +Tránsito), La ciudad invencible y Mugre rosa (Literatura Random House 2020), y el libro de cuentos No soñarás flores, nominado al Premio hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez 2017. Sus libros se han publicado en Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, España, Francia, México, Perú y Uruguay, y próximamente serán traducidos al inglés, danés, italiano, griego, truco y portugués.

Ha integrado numerosas antologías de nueva narrativa latinoamericana y sus relatos se han traducido a varios idiomas. Obtuvo la beca Unesco-Aschberg en 2004, y el Premio a la Cultura Nacional en Uruguay en 2006. También recibió el Premio residencia SEGIB-Eñe-Casa de Velázquez que se otorga en España a un escritor latinoamericano (2017), y fue destacada por The New York Times en español como uno de los diez mejores libros de 2020. Actualmente vive en Bogotá, donde es profesora en la Universidad de los Andes y en la maestría en escrituras creativas de la Universidad Nacional.

El Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz es un reconocimiento al trabajo literario de las mujeres en el mundo hispano instituido en 1993, que premia a la autora de una novela publicada originalmente en español. Este premio está dotado con diez mil dólares en efectivo para la autora ganadora.

El Premio Sor Juana fue concebido y bautizado por la escritora nicaragüense Milagros Palma. Se ideó para ser entregado al término del IV Simposium Internacional de Crítica Literaria y Escritura de Mujeres de América Latina, que se realizó en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 1993. Después de esa primera entrega, el premio quedó integrado a las actividades de la Feria y ha sido otorgado cada año, con excepción de 2000, cuando se declaró desierto.

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