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Gabriel García Márquez (1927-2014), en 1946 al graduarse de bachiller, en la Biblioteca Nacional de Colombia. /Foto WMagazín –

García Márquez, 15 momentos que lo llevaron a ganar el Nobel de Literatura

El 21 de octubre de 1982, hace 40 años, el autor de obras como 'Cien años de soledad' obtuvo el máximo galardón de las letras. Recordamos los episodios clave de su vida que inspiraron su creación literaria: desde las circunstancias de su nacimiento hasta sus trabajos en México en cine y publicidad. Un recorrido de WMagazín, con apoyo de Endesa

«Nada interesante me ha pasado después de los ocho años», Gabriel García Márquez.

Esos momentos Gabriel García Márquez los eternizó en su escritura que lo llevaron a protagonizar una historia, como sacada de uno de sus cuentos, cuando supo que había ganado el Premio Nobel de Literatura antes de que la Academia Sueca lo anunciara, el jueves 21 de octubre de 1982, y no se lo debía contar a nadie. Lo supo la fría noche de Ciudad de México del miércoles 20 de octubre. En su casa, Mercedes Barcha y Gabriel García Márquez se sobresaltaron cuando sonó el teléfono. Era una llamada de la Academia Sueca. Él se puso al teléfono, y escuchó que había ganado el Premio Nobel de Literatura. Antes de que se desencadenara el feliz cataclismo emocional, le pidieron que guardara el secreto, que no se lo dijera a nadie, hasta el día siguiente cuando el anuncio se hiciera oficial. Fue la noche más feliz, nerviosa y desvelada de su vida. García Márquez sabía lo que eso significaba en todos los sentidos, incluido el personal, porque ya era uno de los escritores vivos más queridos, solicitados y admirados del mundo y la cara más visible del llamado boom latinoamericano. Tenía 55 años y seis novelas y tres libros de cuentos publicados.

La Academia Sueca dijo que le concedía el Nobel “por sus novelas y cuentos, en los que lo fantástico y lo realista se combinan en un mundo de imaginación ricamente compuesto, que refleja la vida y los conflictos de un continente”. Lo decía por sus novelas La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1962), Cien años de soledad (1967), El otoño del patriarca (1975) y Crónica de una muerta anunciada (1981).Y por sus volúmenes de cuentos Ojos de perro azul (1955), Los funerales de la Mamá grande (1962) y La irresistible y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972).

La máquina de escribir donde Gabriel García Márquez escribió ‘Cien años de soledad’, y la medalla y el diploma del Nobel de Literatura de 1982, en la Biblioteca Nacional de Colombia, en Bogotá. /Foto de Lisbeth Salas – WMagazín

Mes y medio después de la concesión del Nobel, el 8 de diciembre, García Márquez (Colombia, 6 de marzo de 1927- México, 17 de abril de 2014) pronunció en Estocolmo su discurso de aceptación del Nobel titulado La soledad de América Latina, aplaudido durante varios minutos. El 10 de diciembre, durante la ceremonia de entrega del galardón, rompió el protocolo del frac al estar vestido de liqui-liqui. Luego, en el banquete con los reyes e invitados, el escritor colombiano ofreció uno de los discursos más bellos que se han escuchado, Brindis por la poesía, que en uno de sus pasajes dice que quiere creer que el premio le ha sido concedido como un homenaje a la poesía:

“A la poesía por cuya virtud el agobiante inventario de las naves que enumeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que la empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. (…)

La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”.

Ahora que se cumplen cuarenta años de que Gabriel García Márquez fuera premiado con el Nobel, trato de rastrear y ordenar las huellas de la poesía que le dio la vida o que él convirtió en eso hasta llevarlo a ese momento en que se ve obligado a protagonizar en secreto una de sus dichas más grandes y luego a ponerse de ruana Estocolmo en la entrega del galardón:

El niño Gabriel García Márquez en la portada de sus memorias 'Vivir para contarla' (Random House). /WMagazín

I. García Márquez: Del nacimiento a la entrada al periodismo

PRELUDIO

El cielo de Aracataca parecía venirse abajo convertido en agua la mañana del domingo 6 de marzo de 1927. En la casa de doña Tranquilina Iguarán Cotes y el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía estaba de parto su hija mayor cuando los gritos desesperados de unas mujeres ocultaron el estruendo de la lluvia: “¡Varón! ¡Varón! ¡Ron, que se ahoga!”, clamó la tía Francisca apurada por el corredor de las begonias. El recién nacido llegó al mundo con el cordón umbilical enredado en el cuello. El bebé se asfixiaba, lo liberaron del cordón y, para no arriesgarse a que muriera sin bautizar corrieron a hacerlo con agua bendita. Nadie sabía qué santoral era ese día para ponerle ese nombre, como mandaba la tradición católica y se hubiera llamado Olegario. Pero gracias al olvido del santoral le pusieron Gabriel, por el padre, y José, por el patrono de Aracataca. Con el sabor del ron, el niño resucitó y su llanto opacó el aguacero. Era el primogénito de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez. Hacía poco las campanas de la iglesia habían repicado nueve veces.

Estos sucesos de su nacimiento los reflejó y sublimó Gabriel García Márquez en varios de sus cuentos y novelas. La lluvia torrencial, por ejemplo, está en uno de los episodios fundacionales de su universo literario cuando junta lluvia, domingo y ecos de iglesia, en la primera aparición del nombre de su territorio mítico en el cuento Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, de 1955:

 “El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas”.

 

1 – Vida con los abuelos maternos

Los abuelos maternos de García Márquez: el coronel Nicolás Ricardo Márquez y Tranquilina Iguarán. /WMagazín

Gabriel José García Márquez no solo nació en casa de sus abuelos maternos, Tranquilina Iguarán Cotes y el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, sino que vivió con ellos hasta los 8 años. Allí anida el material más rico de su literatura e imaginación. Con su abuela, tías y demás mujeres de la casa crece rodeado de historias de ultratumba y con el abuelo pasa la mayor parte del tiempo, lo trataba y le hablaba como a un adulto, lo llevaba a todas partes y le contaba episodios trágicos del rosario de guerras de Colombia que había vivido como la Guerra de los Mil días. Nace entre ellos una complicidad secreta que ayuda a crear en la cabeza y el corazón del niño un territorio nuevo situado en alguna parte entre el mundo real del abuelo y el fantasioso de la abuela. Si el abuelo representaba la razón y las historias reales (inspiró al coronel Aureliano Buendía de Cien años de soledad) de la abuela tomaría prestada su “voz de palo” para dar credibilidad a sus historias mágicas.

Esos años en cataca, gentilicio de Aracataca, son los más fructíferos. Cuatro detalles: su abuelo es el primero que lo lleva a conocer el hielo que llega para la United Fruit Company y quien le cuenta muchas historias de guerra en las que participó, incluso el duelo donde mató a un hombre:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Las historias de fantasmas y miedo con que su abuela lo mantenía amordazado por las noches para que se estuviera quieto le sirven para las innumerables escenas y personajes fantásticos.

Y en la sala de esa casa, en un atril, está un libro esencial para el abuelo y para el niño: el diccionario.

«El abuelo fue el hombre más influyente en su vida», escribe Rodrigo García Barcha, el hijo mayor del escritor, en el libro Gabo y Mercedes: Una despedida (Random House), a partir de las últimas semanas de vida de su padre. Tanto que en sus últimos tiempos cuando la memoria se iba decía que quería irse a la casa, y todos sabían que se refería a la casa de Aracataca donde «dormía en un colchoncito en el piso junto a su cama (la del abuelo)».

«Nada interesante me ha pasado después de los ocho años», recuerda Gonzalo García que decía su padre.

La ausencia del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía fue tan importante para García Márquez que lo acompañó siempre y convirtió en incompletas todas sus alegrías futuras, por el hecho de que él no lo sabía, escribe Dasso Saldívar en la biografía Viaje a la semilla.

 

2 – El origen de la palabra Macondo

Entrada de la finca Macondo, en Aracataca, Colombia. /Foto WMagazín

Aracataca está en el interior de la costa Caribe rodeada de plantaciones de banano que, entonces, eran de la multinacional United Fruit Company. Calor y vientos barren sus calles y caminos polvorientos. El niño Gabito, como le dicen, acompaña varias veces al abuelo en tren. En uno de esos viajes en los que el ferrocarril pasa entre los bosques y plantaciones de bananos un día ve un letrero de lata que dice: Finca Macondo. Y así lo ve otro día, y algunos días más. Ese nombre curioso se aloja silencioso en su cabeza. Macondo es el nombre de un árbol de origen africano parecido a una ceiba, pero más estilizado.

La primera vez que García Márquez utiliza ese nombre es entre 1948 y 1949, cuando empieza a escribir su primera novela, La hojarasca, que se publicaría en 1955. El nombre de aquella finca empieza su transmutación mítica en la narración introductoria:

“De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. (…) hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca. (…) Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez. (…) Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a verlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”. Y es una línea más abajo cuando el escritor deja constancia de la fecha más antigua de ese pueblo en la tierra, al fechar ese informe así: ‘Macondo, 1909”.

Como La hojarasca no se publicará hasta 1955, García Márquez sigue usando el nombre de Macondo como un territorio en sus cuentos, de tal manera que los lectores lo ven y lo leen publicado, por primera vez, en el relato Un día después del sábado:

“Pero ese sábado llegó alguien. Cuando el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se alejó de la estación, un muchacho apacible, con nada de particular aparte de su hambre, lo vio desde la ventana del último vagón en el preciso instante en que se acordó de que no comía desde el día anterior. Pensó: ‘Si hay un cura debe haber un hotel’. Y descendió del vagón y atravesó la calle abrasada por el metálico sol de agosto y penetró en la fresca penumbra de una casa situada frente a la estación donde sonaba el disco gastado en el gramófono. (…) Y ahí penetró, sin ver la tablilla: Hotel Macondo; un letrero que él no había de leer en su vida”.

La segunda vez que los lectores se encuentran con el nombre de ese territorio mítico es en Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Pero es en 1967, en Cien años de soledad, cuando Macondo es fundado por los Buendía que entra en el imaginario universal.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

 

3 – Del calor caribe al frío de Zipaquirá y el profesor de literatura

Cuadro de Gabriel García Márquez (1927-2014), en 1946, al graduarse de bachiller, guardada en la Biblioteca Nacional de Colombia. /Foto WMagazín

Gabriel García Márquez es criado por sus abuelos maternos hasta los 8 años, en 1935. Entonces se va a vivir con sus padres. En 1943 lo envían a estudiar becado a Zipaquirá, a más de novecientos kilómetros y en el frío de los Andes. Llega con 17 años a cursar tercero de bachillerato en el internado del Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, a una hora larga de Bogotá. Participa en el periódico del liceo. En esos años fue crucial Julio Calderón Hermina, su profesor de Literatura, español y gramática, que lo estimula.

Son los años en que quiere ser poeta. Cuando leee a escritores del Siglo de Oro Español, desde Garcilaso de la Vega y Francisco de Quevedo; hasta otros más recientes como Rubén Darío, Pablo Neruda y Juan Ramón Jiménez. “El rector del Liceo pertenecía a ese grupo Piedra y Cielo, sino es por ese grupo no estoy seguro de haberme convertido en escritor”, habría dicho García Márquez, según Germán Castro Caicedo. Allí se graduó de bachiller.

 

4 –  El primer cuento bajo el influjo de Kafka

Página de El Espectador donde se publicó el primer cuento de García Márquez en 1947, ‘La tercera resignación’. /Foto WMagazín

Luego de graduarse de bachiller, en Zipaquirá, García Márquez se va a vivir a Bogotá. En 1947 empieza a estudiar Derecho para complacer a su padre. Por esas fechas lee La metamorfosis, de Franz Kafka, y cambia su perspectiva de la literatura.

En septiembre de 1947 publica su primer cuento en el periódico El Espectador, de Bogotá: La tercera resignación. Lo hace bajo el influjo de Kafka y las resonancias, conscientes o no, de su nacimiento cuando muchos pensaron que no viviría. Dasso Saldívar ha dicho que “Su lectura le trajo a la memoria el tono con que su abuela materna, Tranquilina, contaba las cosas, «con cara de palo». Entonces pensó que si lo narrado por Kakfa, convertir a una persona en escarabajo para reflexionar sobre diferentes aspectos del ser humano y la vida se podía hacer, él contaría la historia de su infancia en casa de sus abuelos con sus propios recursos”.

La tercera resignación narra la historia de un niño muerto que vive en un ataúd y crece en su casa con un ruido en su cabeza que no lo deja dormir:

“Allí estaba otra vez ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía; pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día a otro se hubiera desacostumbrado a él. (…)”.

Siete meses después, el 9 de abril de 1948 asesinan al candidato a la presidencia Jorge Eliécer Gaitán que desata el largo periodo conocido como La violencia, con grietas tan fuertes en la sociedad colombiana que se han sentido hasta el presente. Se le conoce como “el bogotazo”. Tres días de revueltas con incendios que llegan hasta la residencia donde vivía García Márquez y su universidad es cerrada.

 

5 – Regreso al Caribe, el comienzo del periodista

El magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, no solo cambia para siempre el destino de Colombia, sino también el del propio García Márquez. Con esos desórdenes y la universidad cerrada, se convierte en la coartada perfecta para regresar a la costa caribe. Se traslada a la Universidad de Cartagena de Indias y en mayo empieza a colaborar con el diario local El Universal.

Poco después deja la universidad para dedicase a escribir. En 1950 se muda a Barranquilla para colaborar con el diario El Heraldo. Escribe una columna con el seudónimo de Séptimus. Fueron años felices y de nuevas amistades personales, profesionales y literarias. Un periodo de bohemia.  Los años en que crearon el Grupo de Barranquilla. Un tiempo en que en paralelo escribía literatura y acaba su primera novela, La hojarasca.

Esa dualidad de periodismo y literatura, esa convivencia de realidad y ficción en sus manos, ese aprendizaje de la rigurosidad del periodismo y las técnicas de sintetizar la información en el primer párrafo pronto empezarían a metamorfosearse en su literatura de una manera magistral. Son memorables los comienzos de las novelas y cuentos de García Márquez que combinan literatura e información que interesa al lector. Pero aún le faltaría un elemento clave para cerrar el círculo que lo haría grande. Llegará diez años después.

Entrada de la finca Macondo, en Aracataca, Colombia. /Foto WMagazín

II. García Márquez: De la venta de la casa al matrimonio con Mercedes Barcha

6- La venta de la casa de los abuelos

Casa Museo Gabriel García Márquez, en Aracataca (Colombia). Replica de la casa original donde nació el Nobel colombiano, el 6 de marzo de 1927, y donde vivió ocho años con sus abuelos maternos. /Foto WMagazín

Una de las decisiones más tristes e importantes que toma García Márquez en su vida es con 23 años, en 1950. Y, a la vez, la que empezará a cambiar el rumbo de su destino como escritor. Aquel año su madre se presenta en Barranquilla y le dice que la acompañe a vender la casa. El mundo se le encoge tras esas palabras. Sabe a qué casa se refiere: la de los abuelos donde vivió sus primeros 0cho años. El viaje lo hacen de noche en una embarcación por la Ciénaga Grande de Santa Marta. Al día siguiente toman el tren hasta Aracataca. Nunca había regresado. Constata que es como si nunca se hubiera ido, el tiempo está estancado en su memoria, se vivifica al instante. Él siempre ha estado allí, esos años siempre han ido donde él ha ido. En el trayecto vuelve a pasar por la Finca Macondo, cuyo nombre ya ha citado en su proyecto de novela La hojarasca.

Tras enfrentarse a la venta inminente de la casa y el remolino de recuerdos y deshacerse de todo aquello con su madre, García Márquez queda “a merced de la nostalgia”. Y vislumbra lo que intuía: allí no solo sigue su vida, no solo es el pasado, es su futuro, está el nido de su literatura para recrearlo en un tiempo sin tiempo. El mundo vivido, escuchado y sentido; la procesión de historias y voces empiezan a ordenarse en su cabeza y a adquirir una dimensión que lo sitúa entre la Tierra y la imaginación o la fabulación.

Son los años en que había empezado a escribir la novela La casa que sería el embrión de Cien años de soledad que cargaba a todos lados.

«Nada interesante me ha pasado después de los ocho años», recuerda Gonzalo García que decía su padre.

7- Regreso a Bogotá, a El Espectador

Página de El Espectador con la crónica ‘Relato de un náufrago’, de García Márquez en 1955.

Gabriel García Márquez vuelve a Bogotá en 1954 para trabajar en El Espectador. Sus inicios los dedica a críticas de cine, una de sus pasiones. Don Guillermo Cano, director, y José Salgar, Jefe de Redacción, le asignan temas para reportajes. Perfecciona las técnicas del periodismo, de los títulos y, sobre todo, de los comienzos para atrapar al lector. Salgar le dice un día que tiene que coger la información y “torcerle el cuello al cisne”, tiene que atrapar desde el comienzo el motivo noticioso y de interés y no dejarlo escapar.

El periodista y escritor no solo lo escucha, va más allá: profundiza en la exploración de una armonía entre la verdad de los hechos, pero contada con escritura narrativa, con elementos prestados de la literatura. En 1955 publica una crónica por entregas que lo hace famoso en todo el país: Relato de un náufrago:

“El 22 de febrero se nos anunció que regresaríamos a Colombia. Teníamos ocho meses de estar en Mobile, Alabama, Estados Unidos, donde el A.R.C. Caldas fue sometido a reparaciones electrónicas y de sus armamentos. Mientras reparaban el buque, los miembros de la tripulación recibíamos una instrucción especial. En los días de franquicia hacíamos lo que hacen todos los marineros en tierra: íbamos al cine con la novia y nos reuníamos después en Joe Palooka, una taberna del puerto, donde tomábamos whisky y armábamos una bronca de vez en cuando. Mi novia se llamaba Mary Address, la conocí dos meses después de estar en Mobile, por intermedio de la novia de otro marino. Aunque tenía una gran facilidad para aprender el castellano, creo que Mary Address no supo nunca por qué mis amigos le decían «María Dirección». Cada vez que tenía franquicia la invitaba al cine, aunque ella prefería que la invitara a comer helados. Nos entendíamos en mi medio inglés y en su medio español, pero nos entendíamos siempre, en el cine o comiendo helados. Sólo una vez no fui al cine con Mary: la noche que vimos El Motín del Caine. A un grupo de mis compañeros le habían dicho que era una buena película sobre la vida en un barreminas. Por eso fuimos a verla. Pero lo mejor de la película no era el barreminas sino la tempestad. Todos estuvimos de acuerdo en que lo indicado en un caso como el de esa tempestad era modificar el rumbo del buque, como lo hicieron los amotinados. Pero ni yo ni ninguno de mis compañeros había estado nunca en una tempestad corno aquella, de manera que nada en la película nos impresionó tanto como la tempestad. Cuando regresamos a dormir, el marino Diego Velázquez, que estaba muy impresionado con la película, pensando que dentro de pocos días estaríamos en el mar, nos dijo: -¿Qué tal si nos sucediese una cosa como esa?”.

8- Libros, autores y dioses tutelares

Cuando El Espectador se agota con cada nueva entrega de Relato de un náufrago, García Márquez ya ha leído la mayoría de los autores que se convertirían en su referencia, desde los griegos clásicos como Sófocles y libros como Las mil y una noches y la Biblia, hasta autores como Garcilaso de la Vega, Franz Kafka,  William Faulkner, Virginia Woolf, John Dos Passos, John Steinbeck, Graham Greene,…

Aún le faltan unos años más para leer otra novela determinante en su vida literaria, la que le dará pistas sobre su realismo mágico. Se la recomendará su gran amigo Álvaro Mutis cuando ya se instalé en México y al regalársela le espeta: “Léase esa vaina para que aprenda cómo se escribe”. Será Pedro Páramo, de Juan Rulfo, publicada ese mismo 1955.

9- Viaje a Europa

Tras la publicación de Relato de un náufrago, García Márquez viaja a Europa como corresponsal. Está dos años y medio, viaja por diferentes países, Francia, Italia, Austria y llega a los países del llamado Telón de Acero. Escribe sobre todos ellos toda clase de temas y géneros, desde políticos hasta del espectáculo. La confianza que le ha dado el espaldarazo de Relato de un naufrago en su estilo hace que gane confianza en estos artículos europeos, sigue explorando formas de escrituras.

Estas piezas periodísticas, este corre–corre por ese mundo desconocido, pero sabido por él, y fascinante le da otro punto clave para su obra narrativa: ver Colombia y América Latina desde la distancia. Después llegará a Nueva York a la Agencia de Prensa Latina.

A la par que envía sus crónicas periodísticas escribe sus cuentos y novelas. De aquella época y de sus días de penurias en París es, por ejemplo, El coronel no tiene quien le escriba, de 1961. Ese ejercicio de periodismo y ficción se afina y retroalimenta, cada vez más. “La grandeza estriba en sus reportajes. Sus novelas provienen de sus textos periodísticos. Es un clásico del reportaje con dimensiones panorámicas que trata de mostrar y describir los grandes campos de la vida o los acontecimientos. Su gran mérito consiste en demostrar que el gran reportaje es también gran literatura”, dirá un día Ryszard Kapuściński.

10 – Mercedes Barcha, su esposa

Mercedes Barcha (1932-2020), esposa de Gabriel García Márquez.

Tras su periplo por Europa, Nueva York y Caracas, García Márquez regresa, brevemente a Colombia, a Barranquilla, en 1958. Lo hace para casarse con aquella niña de trece años a quien, entonces, le dijo que un día se casarían. Ella era Mercedes Barcha. La persona pilar de su vida sin la cual, prácticamente, no llegará a ser el autor prestigioso que un día ganará el Nobel de Literatura. Una mujer clave, sobre todo en el proceso de escritura de Cien años de soledad que lo catapultará a la fama.

Con Mercedes Barcha vivirá en México con sus hijos Rodrigo y Gonzalo. Ella creerá en él para que emprenda la misión de escribir Cien años de soledad en 1965, mientras administra, milagrosamente, los pocos ahorros y mantiene en pie la casa, la mujer con quien irá hasta la oficina de correos de Ciudad de México a enviar el manuscrito de la novela a la editorial Sudamericana, de Buenos Aires.

“Mi padre solía decir que era la persona más asombrosa que jamás hubiera conocido”, escribe Rodrigo García en Gabo y Mercedes: una despedida.

Video sobre viaje a Aracataca, donde están las raíces de Macondo y el mundo de literario de García Márquez.

III. De su nueva vida en México al Nobel

11- Vida y trabajo en México: cine y publicidad

García Márquez (sentado, tercero por la derecha) y Luis Buñuel (sentado, segundo por la izquierda) y su grupo de amigos del cine de México. /Foto archivo Gabriel García Márquez, Harry Ransom Center

Tras dos breves intentos de nuevas vidas, en Bogotá y su periplo por Europa, Caracas y Nueva York, Gabriel García Márquez confía su futuro a Ciudad de México. El lunes 26 de junio de 1961 llega en tren, con su esposa Mercedes Barcha y su primogénito Rodrigo, de casi dos años, luego de cruzar Estados Unidos en autobús. Lo espera su gran amigo Álvaro Mutis. Los primeros tiempos vive en los apartamentos Bonampak, en la calle Mérida. Después se mudarán a San Ángel Inn, en la calle de la Loma 19, en aquella casa de dos plantas donde escribirá su novela más famosa.

El escritor colombiano intenta reiniciar su vida un tanto desencantado del periodismo luego de que no tuviera una buena experiencia en la agencia cuba Prensa Latina, en Nueva York. Su horizonte, ahora, es el cine, su tercera pasión, después del periodismo y la literatura. Tiene un cerebro inquieto “funcionaba más como un artista”, explicará Mario Vargas Llosa en 2017. Busca el arte de contar y narrar a través del diálogo entre las artes. Y es en la escritura donde funde mejor eso.

A través de Mutis, sobre todo, Rodrigo Arenas Betancourt (escultor colombiano), Juan García Ponce (escritor mexicano) y Luis Vicens (librero y cineasta catalán) la cadena de amigos y conocidos se amplía y lo involucra en el ámbito cultural mexicano, y, por ende, del cine. A este arte llega a través de diferentes vías. Una de ellas es al trabajar para el productor Gustavo Alatriste “que lo puso a escribir en las revistas populares Sucesos para Todos y La Familia, antes de encargarle la escritura de dos guiones cinematográficos”, recordará Álvaro Santana Acuña en la conferencia Gabo en la CDMX, de 2020. Esa red de amigos o conocidos incluye a nombres como Carlos Fuentes, Luis Buñuel, Arturo Ripstein, Luis Alcoriza, Juan Rulfo…

Su vida se endereza económicamente. Participa en varios guiones de televisión como la adaptación de El gallo de oro, dirigida por Roberto Gavaldón, de 1964, con texto original de Juan Rulfo. La escritura es de Fuentes, él y Gavaldón. Tiene un papel central en Tiempo de morir, de Ripstein, que lo escribe junto a Carlos Fuentes.

García Márquez también trabaja en publicidad en algunas agencias como redactor o copy, que le obliga a un ejercicio de síntesis para vender un producto, buscar lo mejor de este y exponerlo al público para seducirlo. Una frase, una idea, un eslogan contundente que tenga recordación. Pero, al final, termina enfocado en el cine.

Al ejercicio del periodismo y la literatura de ficción se suman, entonces, el conocimiento de descubrir y aplicar el embrujo de la publicidad y de ritmo y visualización del cine. Su mirada cósmica de gran demiurgo está casi lista. Es tiempo de esperar cuándo se sincronizará todo esto, cuándo cristalizará su sueño original de convertir aquellos primeros ocho años de su vida, junto a sus abuelos Nicolás y Tranquilina, en el edén prodigioso de su obra.

Su maestría para titulares, comienzos de historias y sus finales de recordación se afina. Se convertirá en un maestro de ello, al punto de que los títulos de sus libros serán repetidos e imitados al infinito por sus colegas periodistas, desde Cien años de lo que sea y El otoño de quien sea, hasta Crónica de cualquier cosa anunciada, El amor o lo que se quiera en tiempos de lo que sea, pasando por El general o cualquier otro cargo en su laberinto, o Del amor o cualquier cosa y otros demonios.

Luego están los arranques memorables de sus novelas.

Pero García Márquez sigue empeñado en escribir su proyecto de La casa.

 

12- El milagro de Cien años de soledad

Gabriel García Márquez y las dos primeras portadas de ‘Cien años de soledad’. /WMagazín

En 1965 todo parece irle bien en México a García Márquez, vive en una casa de dos plantas, con su mujer y sus dos niños. Cuenta Saldívar, en Viaje a la semilla, que, hacia mitad de año, cuando van en el carro de vacaciones rumbo a Acapulco, el escritor tiene un destello creativo: ve en su cabeza el comienzo de Cien años de soledad y cómo podría hacerla. El rompecabezas empieza a armarse por el principio. Tiene 38 años, veinte años ha tardado la historia en cristalizar, en encontrar una salida a la altura de lo vivido y sentido por él durante sus primeros ocho años de vida junto a sus abuelos maternos Nicolás Ricardo Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán Cotes.

«Nada interesante me ha pasado después de los ocho años», dirá varias veces a lo largo de su vida.

García Márquez da media vuelta en el carro, adiós a las vacaciones, charla con su esposa Mercedes, le dice que ya sabe cómo hacer La Casa, le da el dinero que tiene ahorrado para que lo administre en el mantenimiento del hogar mientras escribe la novela, calcula unos seis meses. Se encierra en una habitación pequeña de unos tres metros de largo por dos y medio de ancho, una ventana al patio, una estantería con libros, la enciclopedia británica, una mesa, una máquina de escribir eléctrica y papel. La llama La Cueva de la Mafia, en homenaje a su grupo de amigos de Barranquilla. Los seis meses se convierten en año y medio. Mercedes Barcha se las ingenia para alargar el dinero, incluso empeña algunas cosas.

Unos quince meses después la termina. Para entonces la editorial argentina Sudamericana ya le había comprado los derechos, incluso enviado 500 dólares de adelanto.

García Márquez escribe desde muy temprano, al principio bajo los sonidos de Los Preludios, de Debussy, y de Qué noche la de aquel día, de los Beatles. Una vez cierra el comienzo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento….”, la novela empieza a salir sola. Comienza a escribir. Es la fabulación de Colombia, el mundo y la vida sustanciada en Aracataca a través de lo vivido en sus ocho primeros años con la convivencia de sus abuelos, su edén literario: las guerras y conflictos políticos y filosofa de vida del abuelo, las peregrinaciones de difuntos de la abuela. Los esquemas económico, social y cultural de la aristocracia cataquera le sirven de estructura.

Y sus experiencias de descubrimiento del mundo y la vida, como cuando a los 5 años llegó a casa asombrado porque había visto unos pargos como piedras supremamente frías. El abuelo Nicolás le explicó que estaban congelados. Gabito le preguntó qué era eso, el abuelo contestó que metidos en hielo, ¿Qué es el hielo? El abuelo lo tomó de la mano, caminaron por algunas calles polvorientas del pueblo, llegaron donde estaban los pargos y le enseñó el hielo.

Escribe Saldívar que la lectura de un párrafo del principio de Mrs. Dalloway le “transformó por completo” su “sentido del tiempo y le permitió vislumbrar en un instante todo el proceso de descomposición de Macondo y su destino final”. A esa relectura se suman el regreso con su madre a vender la casa en Aracataca, sus viajes a Valledupar y la Guajira lo que desencadena una visión dinámica y corrosiva del tiempo estancado que manejaba ya en La casa.

Todos los días llega a La cueva a las 8.30 de la mañana, después de dejar a los dos niños en el colegio. Escribe hasta las dos y media de la tarde, almuerzan. Luego la siesta, después un paseo por el barrio, y vuelta a La cueva a escribir, hasta las 8.30 de la noche cuando llegaban los amigos, Carmen Miracle y Álvaro Mutis y María Luisa Elío y Jomí García Ascot. Avanzada la novela, serán ellos y su esposa a quienes les lea lo escrito en cada jornada para recibir sus impresiones.

Los ahorros se acaban. García Márquez coge el carro Opel blanco, comprado con el premio de La mala hora, y va al Monte de Piedad a empeñarlo. Cuando este dinero se acaba es el turno de su esposa: empieza a empeñar algunas joyas, el televisor, la radio… Solo se queda con las “tres últimas posiciones militares”: su secador de pelo, la batidora con la que le prepara el alimento a los niños y el calentador que le sirve a su marido para escribir en las frías mañanas y noches de la ciudad.

En septiembre de 1966 supo que la historia de los Buendía y Macondo se acababa. “Las cosas se precipitaron a las 11 de la mañana. Estaba solo en la casa, no encontró a ninguno de sus cómplices para contárselo y no supo qué hacer con el tiempo libre. Después diría que tras la escritura del libro se había sentido vacío ‘como si hubieran muerto mis amigos”, escribe Dasso Saldívar.

Acabada la novela, García Márquez va con su esposa a la oficina de correos para enviársela a su editor Paco Porrúa, en Buenos Aires. El envío cuesta 82 pesos mexicanos. Solo tienen 50. Así es que dividen los 590 folios, de 28 líneas cada uno y cada línea de 60 matrices o golpes, por la mitad. Envían los diez primeros capítulos.

Regresan a casa, toman aquellas “tres últimas posiciones militares” y van al Monte de Piedad. Las empeñan por unos 50 pesos. Vuelven a la oficina de Correos con el resto de la novela. Al salir, su esposa, que no había leído el libro, le dice: “Oye, Gabo, ahora lo único que falta es que esta novela sea mala”.

Cien años de soledad llega a las librerías de Buenos Aires el martes 5 de junio de 1967, con una tirada inicial de ocho mil ejemplares que vuelan. Tiene en su portada un galeón español en medio de la selva, porque la encargada al artista mexicano Vicente Rojo no llega a tiempo. Pocas semanas después se imprime la segunda edición ya con la portada de Rojo que daría la vuelta al mundo: un mosaico de sellos que resumen elementos de la novela. Es el comienzo del éxito mundial, del prestigio, de la etiqueta de Realismo mágico que seduce al mundo y el gran destello que alumbra al llamado Boom latinoamericano.

 

13- El ojo providencial de Luis Harss y Paco Porrúa

Portada del libro ‘Los nuestros’, de Luis Harss, de 1962 donde aparece un desconocido García Márquez.

En 1962 Luis Harss, escritor chileno y profesor de Letras, publicó en la editorial neoyorquina Harper & Row, dirigida por Roger Klein, el libro Los nuestros. Se trata de una obra de entrevistas con diez escritores latinoamericanos que crea una panorámica de la literatura del continente y muestra su pluralidad de tendencias literarias del continente y su convivencia entre varias generaciones de autores. Sin pretenderlo, establece el canon de lo que se conocería como Boom latinoamericano.

En Los nuestros están nombres consagrados como Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti Julio Cortázar; emergentes y recién premiados como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, un brasileño como João Guimarães Rosa, y uno desconocido llamado Gabriel García Márquez que había publicado las novelas La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora y el volumen de cuentos Los funerales de la Mamá Grande.

Es en 1966 cuando editorial Sudamericana, al mando del editor español Francisco Porrúa, imprime una edición en español de Los nuestros que el libro adquiere relevancia. Porrúa se interesa por lo que dice Harss de García Márquez, el más desconocido de todos los entrevistados, le pregunta por él, Harss le recomienda que lea El coronel no tiene quien le escriba, le gusta tanto que pregunta por otras obras y Harss le deja las novelas La hojarasca y La mala hora, y los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande. Los lee y le pide a Harss el contacto del escritor colombiano.

Francisco Porrúa le escribe a García Márquez diciéndole que le gustaría tener los derechos de El coronel no tiene quien le escriba y el resto de su obra. Pero este le contesta que no los tiene. A cambio le ofrece una novela que está escribiendo. Porrúa acepta y pocas semanas después lee los cuatro primeros capítulos de Cien años de soledad:

“Desde el principio de la lectura comprendí que era una cosa nueva y admirable. No había duda. Entonces, como adelanto, Sudamericana le envió un sobre con 500 dólares”, me dijo el editor en una entrevista para el diario colombiano El Espectador, en 1997.

En septiembre de 1966 García Márquez firma el contrato con Sudamericana, la editorial donde había soñado publicar.

Varias semanas después Porrúa recibe en Buenos Aires Cien años de soledad. La editorial hace ajustes, encarga la portada al ilustrador mexicano Vicente Rojo, la portada no llega a tiempo para la impresión y deben improvisar una, así es que crean una con un galeón español azul en medio de la selva con tres flores naranja que parecen sostenerlo, en referencia al final del primer capítulo.

El 30 de mayo Cien años de soledad sale de la Compañía Impresora Argentina de la calle Alsina número 2049 de Buenos Aires. El martes 5 de junio llega a las librerías de Buenos Aires con una tirada inicial de ocho mil ejemplares. Quince días después la segunda edición con veinte mil ejemplares, pero ya con la ilustración famosa de los sellos rojos y azules de Vicente Rojo, luego más ediciones; la noticia se riega por Latinoamérica, salta a España… Un año después empieza a dar la vuelta al mundo al traducirse al francés y al italiano, hasta completar más de treinta hoy y más de sesenta millones de ejemplares vendidos.

 

14- Carmen Balcells

Carmen Balcells y Gabriel García Márquez. /Foto de Fundación Gabo

En 1962, la agente literaria española Carmen Balcells tiene su oficina en Barcelona desde donde empieza a cambiar las reglas del juego de las negociaciones entre escritores y editores. Cambió las cesiones vitalicias de derechos de autor que predominaban por contratos más reducidos en el tiempo y con una novedad: por regiones y/o idiomas. Es decir, más rentabilidad para el autor. Su idea era que los autores pudieran dedicarse solo a escribir y vivir de su escritura, despreocupados de llenar la nevera con otros trabajos.

Carmen Balcells lee a García Márquez por sugerencia del poeta español José Manuel Caballero Bonald que le recomienda la novela corta El coronel no tiene quien le escriba y los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande. En 1962 empieza a representarlo “como negociadora de sus traducciones”, según un artículo de la Fundación Gabo. El mismo texto añade: “El 5 de julio de 1965 llegó a México para avisarle al escritor que había pactado en Nueva York un contrato con Roger Klein, de Harper and Row, para editar por mil dólares y en inglés las cuatro obras que Gabo había escrito hasta ese momento: La hojarascaEl coronel no tiene quien le escribaLa mala hora y Los funerales de la Mamá Grande. Cuando estaba explicándole las condiciones contractuales a García Márquez, él le dijo: ‘Esto es un contrato de mierda’. Unos días después, ya con mejor ánimo, Gabo autorizaría a Balcells para que lo representara en todas las lenguas y lugares del mundo”.

Ese primer contrato con Roger Klein es muy significativo porque es el mismo editor que en 1962 publicó en inglés Los nuestros, el libro de entrevistas de Luis Harss, donde aparece un desconocido Gabriel García Márquez.

Tras el éxito de Cien años de soledad, en 1967, el escritor se instala en Barcelona con el apoyo de Balcells que empieza a negociar sus derechos de autor. Es en Barcelona donde García Márquez se dedica solo a escribir. Su siguiente proyecto es El otoño del patriarca.

García Márquez consideraba a Balcells una persona clave en su trayectoria: “Me gusta decir cuánto dinero gano y cuánto pago por las cosas, porque sólo yo sé el trabajo que me cuesta ganármelo, y me parece injusto que no se sepa. La única excepción a esta norma es que nunca hablo de dinero con los editores y los productores de cine, porque tengo un agente literario que habla por mí mejor que yo; primero, porque es mujer, y después, porque es catalana. Muchos editores la detestan por la ferocidad con que defiende los centavos de los escritores, sobre todo de los jóvenes y más necesitados, y el día que no la detesten empezaré a sospechar que se pasó al bando contrario”, escribiría el 21 de abril de 1982, en un artículo para El Espectador y El País titulado Una tontería de Anthony Quinn.

El cuento de García Márquez que más le gustaba a Carmen Balcells era Muerte constante más allá del amor: “Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para: morirse cuando encontró a la mujer de su vida…”.

 

15- El otoño del patriarca para desembrujarse + Crónica de una muerte anunciada

Tras la borrachera de Cien años de soledad y la explosión del término Realismo mágico, Gabriel García Márquez quiere soltarse de todo aquello. Quiere desembrujarse de Cien años de soledad. Empieza a escribir El otoño del patriarca, una obra más poética y en una metáfora más grande y profunda y existencialista sobre la plaga de los dictadores y tiranos de aquella América Latina, pero que representan a todos los que el mundo ha tenido. Empieza así:

“Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita”.

La novela la publica en 1975.

Seis años después aparece Crónica de una muerte anunciada. Es una de las obras más populares y leídas de García Márquez, mucho en los colegios de Latinoamérica e hispanos de Estados Unidos, y considerada por algunos como una de las mejores del autor no solo por la maestría en que convierte un hecho real en ficción, realidad, periodismo y literatura, sino porque a pesar que desde el inicio cuenta el final de la historia la gente quiere seguir leyendo:

«El día que lo iban a matar Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”.

Crónica de una muerte anunciada también es una de las obras más controvertidas por el tema tratado y con múltiples lecturas en estos tiempos: el asesinato del supuesto ex amante (Santiago Nasar) de una recién casada (Ángela Vicario) a quien su esposo (Bayardo San Román) repudia la noche de bodas por no ser «virgen». Una tragedia en nombre del amor donde no muere la mujer, pero es despreciada por todos y con el elemento de tragedia griega porque es la madre del joven asesinado quien, sin saber, le cierra la puerta de la casa a su hijo justo antes de que lo alcancen los asesinos, los hermanos Vicario.

 

Posfacio: El Nobel de Literatura 1982

Gabriel García Márquez con la medalla del Nobel de Literatura de 1982. /Foto tomada del Centro Gabo

La noche del miércoles 20 de octubre de 1982 en Ciudad de México, Gabriel García Márquez supo que había ganado el Premio Nobel de Literatura. Pero tenía que guardar el secreto hasta la mañana siguiente cuando la Academia Sueca lo hiciera oficial. El escritor no aguanta y se lo dice a su esposa Mercedes y a sus dos hijos, Rodrigo y Gonzalo, y correa casa de su gran amigo Álvaro Mutis.

Esa noche es como un día. El 21 de octubre la Academia Sueca diceo que le concede el Nobel “por sus novelas y cuentos, en los que lo fantástico y lo realista se combinan en un mundo de imaginación ricamente compuesto, que refleja la vida y los conflictos de un continente”.

Gabriel García Márquez tiene 55 años y publicadas seis novelas: La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1962), Cien años de soledad (1967), El otoño del patriarca (1975) y Crónica de una muerta anunciada (1981). Y los volúmenes de cuentos Ojos de perro azul (1955), Los funerales de la Mamá grande (1962) y La irresistible y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972).

Mes y medio después viaja a Estocolmo a recibir el premio con una gran comitiva colombiana envuelta en ambiente festivo.

El 8 de diciembre pronuncia su discurso de aceptación del Nobel titulado La soledad de América Latina, aplaudido durante varios minutos.

El 10 de diciembre, durante la ceremonia de entrega del galardón, rompe el protocolo del frac al estar vestido de liqui-liqui. Luego, en el banquete con los reyes e invitados, García Márquez ofrece uno de los discursos más bellos que se han escuchado en el que dice que quiere creer que el premio le ha sido concedido como un homenaje a la poesía. Lo titula Brindis por la poesía donde dice:

“A la poesía por cuya virtud el agobiante inventario de las naves que enumeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que la empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. (…)

La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”.

La máquina de escribir donde Gabriel García Márquez escribió ‘Cien años de soledad’, y la medalla y el diploma del Nobel de Literatura de 1982, en la Biblioteca Nacional de Colombia, en Bogotá. /Foto de Lisbeth Salas – WMagazín

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4 comentarios

  1. Este no es un artículo. Es la revisión completa de la vida de Gabriel Garcia Márquez y de su fantástica obra literaria.

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