Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Palermo, 23 de diciembre de 18961 – Roma, 23 de julio de 1957), autor de ‘El Gatopardo’. /Foto tomada de Wikipedia
Giuseppe Tomasi di Lampedusa y las cartas a su esposa que revelan el origen de ‘El gatopardo’
Catarina Cardona crea en 'Un matrimonio epistolar' (Elba) un retrato personal y literario del escritor italiano. Misivas analizadas con su reflejo en la realidad personal y creativa que muestran, por ejemplo, cómo una cierta rivalidad con dos primos llevó al autor a escribir una obra maestra
Presentación WMagazín El amor propio de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Palermo, 1896-Roma, 1957) para no sentirse menos ante el triunfo que obtenían dos primos lo impulsaron a escribir, ya cerca de los sesenta años, una obra maestra del siglo XX: El gatopardo. Pero nunca supo del éxito de su libro. Murió la madrugada del 23 de julio de 1957, a los sesenta años, sin saber que alcanzaría la eternidad literaria con su única novela publicada un año después de su muerte y convertida en clásico instantáneo. Autor y obra siempre están presentes, pero esta temporada mucho más por dos motivos: un libro que analiza las cartas entre él y su mujer Alessandra Wolff von Stomersee, baronesa báltica y psicoanalista, titulado Un matrimonio epistolar (Elba Editorial), de Catarina Cardona, y una nueva adaptación de su obra maestra en formato de miniserie (Netflix). mientras revive la versión que hizo Luchino Visconti, en 1963, convertida en un clásico del cine.
Un matrimonio epistolar reconstruye la vida Lampedusa a través de algunas cartas muy significativas que hablan de su forma de ser, de su identidad, de sus gustos, de sus sueños, incluso, a través de lo que comparte con Alessandra Wolff. El resultado de Catarina Cardona es un retrato original, revelador, sensible y ágil sobre la vida de Lampedusa. Un arco de sentimientos, ideas y sueños de un escritor que van del amor a su tierra y a la lectura, hasta las inmersiones en la soledad.
Giuseppe y Licy, como llamaban a Alessandra en su familia, dice Catarina Cardona, “se escriben durante más de veinte años. Tanto es así que el suyo cabría definirlo como ‘matrimonio epistolar’. Y el porqué de este escribirse nace, ante todo, de las circunstancias. Giuseppe, demasiado ligado a la routine palermitana, a las que llama sus trottes [caminatas] a lo largo de via Maqueda, a la madre, a la cháchara de Palermo –como, por otra parte, Licy a la ‘cháchara del Báltico’–, se distanciaban, sí, pero con cautela. Licy, baronesa Alessandra Wolff von Stomersee, báltica de origen, fuertemente apegada a su lugar de nacimiento y en particular al castillo de Stomersee heredado del padre, no soportaba el calor siciliano (y no sólo el calor), y gustaba pasar largos períodos del año en su propiedad en casi completa soledad”.
WMagazín publica dos cartas reveladoras de Lampedusa: una en la que da pistas sobre el origen y el impulso que lo llevó a escribir El gatopardo y otra sobre un sueño enigmático que podría estar reflejado en el final de la novela. Es la obra epigonal de un hombre que desde niño fue un lector voraz que nunca se atrevió a escribir. Hasta los últimos tres años de su vida cuando cogió cuaderno y pluma para escribir con la misma pasión con la que había leído. Una vez terminó El gatopardo solo escuchó noes a la hora de publicarla. Murió con la incertidumbre, sin saber qué pasaría con ella. Un año después de fallecido, ya en 1958, la novela apareció en una edición de Giorgio Bassani bajo el sello Feltrinelli. Fue el comienzo de un clásico, mientras todos empezaron a mirar hacia atrás, hacia la vida de su creador.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa fue enterrado en el mismo cementerio de los Capuchinos de Palermo, donde el autor hizo enterrar al protagonista de su novela: el Príncipe de Salina, presagiando una tarde así:
“Antes de acostarse, don Fabrizio se detuvo un momento en el balconcito del tocador. El jardín dormía sumido en la sombra, abajo. En el aire inerte los árboles parecían de plomo fundido. Desde el campanario llegaba el novelesco ulular de los búhos. El cielo estaba limpio de nubes: aquellas que había saludado por la tarde se habían ido quién sabe a dónde, hacia tierras menos culpables, para las que la cólera divina había decretado una condena menor. Las estrellas parecían turbias y a sus rayos les costaba penetrar la mortaja del bochorno”.
A continuación, dos cartas con sus respectivos comentarios de Catarina Cardona:

Un matrimonio epistolar
Por Catarina Cardona
Impulso y origen de El gatopardo
31 de marzo de 1955, Via Butera, 28, Palermo
Queridísimo Guido […] han ocurrido (o más bien están a punto de ocurrir) dos hechos de suma importancia: he escrito una novela; estamos a punto de adoptar un hijo. Empiezo por el primero y menos importante: no tengo primos por parte de padre, quiero decir primos hermanos. En cambio, tengo tres por parte de madre. En los dos últimos años, se ha despertado en estos tres primos una apasionada actividad artística: uno de ellos se ha puesto a hacer aguafuertes, y en exposiciones en Roma y Milán ha tenido un gran éxito de público y de crítica; otro, que había pintado toda su vida como aficionado, a los sesenta años ha hecho su propia exposición, ha vendido sus cuadros en una semana y se ha proclamado gran artista; el tercero (el más joven, pero que tiene cincuenta y tres años) ha hecho imprimir un tomito de versos; envió un ejemplar al terrible Eugenio Montale y, a vuelta de correo, ha recibido una carta que lo proclama genio, ha recibido un premio literario en San Pellegrino, y sus poemas los publicará el mes próximo Mondadori con prólogo de Montale: entrevista en la prensa, fotografía en Epoca (julio de 1954); ¡vive Dios! (compra el volumen cuando salga: Lucio Piccolo, Canti barocchi). Aunque les tengo mucho cariño a estos primos (sobre todo a los dos últimos), debo confesar que me he sentido herido en lo más vivo: tenía la certeza matemática de que yo no era más tonto que ellos. De modo que me senté a la mesa y he escrito una novela: mejor dicho, tres largos relatos ligados entre sí.
Comentario de Catarina Cardona. Y así El gatopardo, según su autor, fue escrito por una especie de despertar del amor propio respecto a los queridos primos Piccolo de Capo d’Orlando, de repente tocados por la fortuna de la actividad y del éxito: “[…] tenía la certeza matemática de que yo no era más tonto que ellos”. Un arranque de orgullo. Pero ¿no había empezado ya todo antes, con ese sentimiento “qu’il est ridicule d’attendre ainsi et que je dois essayer d’échapper” y con ese sueño fatal –que será recurrente de forma casi idéntica en los años siguientes– en el que había dejado a sus espaldas todos los eidola [fantasmas] de su vida?
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Un sueño como un cuento
Palermo, 9 de noviembre de 1950.
La última noche que pasé en Capo tuve un sueño muy extraño y bastante inquietante. Estaba en Roma, en el Albergo Quirinale, con mi padre y mi madre (tú no apareces en el sueño). Me fue entregada una tarjeta postal impresa como las que llegan para los impuestos, en la que se me anunciaba que había sido condenado a muerte y que sería ejecutado al día siguiente a tal hora, en un cuartel cerca de Santa Maria Maggiore. Me despido de mis padres y al alba llego a este cuartel, vacío. Subo por una gran escalera, atravieso largos pasillos, y me presento en una especie de cuerpo de guardia donde tres militares están tumbados en una cama de madera, como las que hay en todos los cuerpos de guardia. Uno de ellos se levanta y me pregunta qué quiero: le enseño la tarjeta postal y le digo: “Soy el condenado que viene para la ejecución”. El militar se queda tan impresionado que sufre un desmayo. Los otros le tranquilizan diciéndole: “¡Qué tonto eres, pero si es él el que debe morir y no tú!”. Me preguntan a qué dirección hay que anunciar la ejecución y me dicen que espere en el pasillo. Yo espero un rato, veo que no hay nadie y pienso que es ridículo esperar así y que debo intentar escapar. (Se diría una novela de Kafka.) De hecho, vuelvo a bajar la escalera, salgo y deambulo por calles y caminos hasta que, hacia el anochecer, entro en una especie de club nocturno en el que veo a mi padre sentado en un velador, llorando y tratando de ahogar su pena en champán. Me acerco a él y le digo al oído: “Díselo a Mamá: me he escapado”. Y después de otras calles y otras peripecias, me encuentro por fin en la Marina, ante la verja de villa Giulia: escondiéndome de nuevo, pero seguro ahora ya de haber escapado al peligro».
Comentario de Catarina Cardona. Un sueño arquetípico, como una fábula, como un cuento, como una liberación. Uno de esos sueños en los que todo se condensa y en los que una vida entera, los afanes, las ansias, los afectos, las grandezas y las pequeñeces se decantan conjuntamente ante una fulgurante memoria de sí mismos para sí mismos. Un sueño, por tanto, como una historia, “a healing fiction”, una historia que cura, una historia que contar. Y que, para Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, duque de Palma, había llegado por fin el momento de contar.
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