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Gonzalo Celorio (Mexico, 1948), Premio Cervantes 2025, y algunas portadas de sus libros. /WMagazín

Gonzalo Celorio o el arte de habitar la memoria

El escritor mexicano recibe el Premio Miguel de Cervantes, el 23 de abril de 2026, con una obra que convierte los recuerdos en materia narrativa y la imaginación en herramienta de conocimiento. Presentamos una cartografía de su mundo literario y personal

El tiempo es energía que no pasa: se acumula en la memoria y se transforma en imaginación. En ese cruce de fuerzas trabaja la literatura de Gonzalo Celorio (78 años, Ciudad de México, 1948), una obra que convierte la experiencia personal y la historia en materia narrativa.

Esa exploración sostenida a lo largo de décadas le valió el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2025, que recibe este 23 de abril de 2026 en la Universidad de Alcalá de Henares (España). Se le distingue, según el jurado, por “la excepcional obra literaria y labor intelectual con la que ha contribuido de manera profunda y sostenida al enriquecimiento del idioma y de la cultura hispánica. Ha consolidado una voz literaria de notable elegancia y hondura reflexiva en la que conjuga la lucidez crítica con una sensibilidad narrativa que explora los matices de la identidad, la educación sentimental y la pérdida. Su obra es, al mismo tiempo, una memoria del México moderno y un espejo de la condición humana”.

El jurado ha destacado que “en sus libros resuenan la ironía, la ternura y la erudición, trazando un mapa emocional y cultural que ha influido en generaciones de lectores y escritores. Celorio representa la figura del escritor integral: creador, maestro y lector apasionado. Constructor de un legado invaluable que honra la lengua española y la mantiene viva en su forma más alta: la de la palabra que piensa, siente y perdura”.

Gonzalo Celorio (México, 1948) en el ciclo Aprendemos juntos, del BBVA, en México, en junio de 2025. /Imagen del vídeo

Gonzalo Celorio, séptimo Cervantes mexicano, es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Cubana de la Lengua.  Entre sus novelas más destacadas figuran Amor propio, El viaje sedentario, Y retiemble en sus centros la tierra, El metal y la escoria y Mentideros de la memoria: y de la trilogía Una familia ejemplar formada por Tres lindas cubanas (2006), El metal y la escoria (2014) y Los apóstatas (2020).

Entre sus ensayos figuran El viaje sedentario (1994), México, ciudad de papel (1997), Ensayo de contraconquista (2001), Cánones subversivos (2009) y Del esplendor de la lengua española (2016), recogidos en dos volúmenes con el título De la carrera de la edad (2018). Tras Mentideros de la memoria (2022), ha publicado en 2025 el relato autobiográfico Ese montón de espejos rotos.

A lo largo de su trayectoria, Celorio ha reflexionado sobre el sentido de la literatura, la identidad y el paso del tiempo. Sus propias palabras permiten trazar una cartografía de su pensamiento:

 

Identidad (FIL Guadalajara, 2020)

“Soy escritor mexicano con ciudadanía española. Uno tiene una identidad cultural, pero esa identidad, en términos de la literatura contemporánea, ha quedado relegada a un segundo plano en la época de las independencias de los países latinoamericanos, salvo en Cuba, que lo hizo más tarde. El propósito fundamental de la expresión literaria es revelar la identidad nacional, en qué consiste la nacionalidad, primero hispanoamericana y luego las específicas de los flamantes países que surgieron”.

 

Literatura (FIL Guadalajara)

“Uno escribe para conocerse mejor a través del conocimiento de los demás. La literatura o la narrativa cumplen una función indagatoria; no solo recrean lo que ya el autor conoce, sino que le permiten al escritor hacer calas mucho más profundas en la realidad que le sirvió de punto de partida. En ese sentido, estoy convencido de que la literatura cumple una función cognoscitiva. Creo que es un instrumento, con recursos y discurso”.

 

Recuerdos (FIL Guadalajara)

“La literatura no solo da cuenta de lo que hacen los seres humanos, sino de lo que se recuerdan, inventan y de aquello en lo que creen. Todo ese universo es parte de la realidad. Pensar que la imaginación no es parte de la realidad es una mutilación. Cuando uno descubre un contexto, acaba por conocerse mejor a sí mismo. Traté de conocer a mis hermanos y me di cuenta de una serie de atavismos que comparto y heredé. Hay un sentido identitario”.

Gonzalo Celorio en la Fil de Guadalajara 2025. / Foto cortesía Universidad de Guadalajara

 

Imaginación (WMagazín)

“Sí, la imaginación saca a la luz las imprevisibles verdades de la historia. Lejos de lo que podría pensarse, creo que la imaginación no se opone a la realidad, sino que forma parte de ella, si consideramos el término ‘realidad’ en un sentido lato. Pero, además, la imaginación es un recurso imprescindible para cualquier indagación de la realidad. Los datos por sí mismos no hablan. Hay que interrogarlos y transformarlos en discurso. ¿Cómo? Con la imaginación”.

 

Lector (WMagazín)

“No soy yo el destinatario principal de mi obra. Creo firmemente que las historias que relato, por su dramatismo, por su dimensión épica, por su referencialidad histórica y, sobre todo, por su condición humana, pueden ser del interés de cualquier lector, porque un lector de novelas es aquel que, al asomarse a la vida secreta de los demás, descubre sus propios secretos y aquilata su pertenencia al género humano”.

 

Madurez literaria (WMagazín)

“Acaso la madurez literaria no consista en otra cosa que en morigerar la ambición de los desmesurados proyectos juveniles, que pretenden abarcar la totalidad. No sé hasta qué punto mi experiencia personal pueda hacerse extensiva a la generalidad de los jóvenes escritores. Por lo menos, es lo que suele ocurrir en numerosas novelas de aprendizaje en que el protagonista descubre su vocación literaria, desde el Stephen Dedalus del Retrato del artista adolescente, de Joyce, hasta el Jeromil de La vida está en otra parte, de Kundera.

El joven escritor desea crear una obra que dé cuenta de la totalidad del mundo; la totalidad del mundo exterior o la totalidad del mundo interior. En la vida ‘real’ esas desmesuradas ambiciones juveniles, por lo general, se quedan en un desideratum. En mi caso particular, a lo largo de mi carrera literaria he ido morigerando cada vez más mis proyectos. Cada una de las tres novelas que integran la saga Una familia ejemplar es menos ambiciosa que la anterior, por lo menos en lo que hace al ámbito histórico, pues abarcan temporalidades cada vez más acotadas. Ojalá que lo que han perdido en amplitud referencial lo hayan ganado en profundidad”.

Gonzalo Celorio (México, 1948).

Juventud (Ese montón de espejos rotos)

“En alta medida, la juventud es una invención moderna de las sociedades desarrolladas. Tal etapa de la vida no existía en muchos países hasta hace poco tiempo y en algunos no existe todavía. En el cuento «Luvina» de Juan Rulfo, para poner un ejemplo mexicano de mediados del siglo XX, un viejo profesor, que ha sido destacado en ese lugar paupérrimo y fantasmal del imaginario jalisciense de su autor, lanza una hipérbole por demás convincente; dice que ahí los niños ‘pegan el brinco del pecho de la madre al azadón’, es decir que saltan de la primera infancia a la vida laboral de los adultos sin pasar por la adolescencia, sin nunca haber sido jóvenes.

Cuando viajé por primera vez a París en 1978, al cumplir treinta años, me impresionó que las personas de mi edad y de mi condición prolongaran su juventud indefinidamente como eternos alumnos de posgrados acumulativos. Ellos, en Francia, eran solteros, estudiantes, becados, cuando yo, en México, ya era padre de familia y profesor universitario y tenía que procurar mi sustento y el de los míos sin más apoyo que mi propio trabajo. El periodo juvenil ha ensanchado sus fronteras en la medida en que nuestro país ha venido entrando en la modernidad. Ante la demanda de seguir siendo jóvenes aun cuando se haya llegado a la vejez, quienes vivimos el invierno de nuestras vidas nos vemos conminados a ser primaverales o por lo menos estivales: lúcidos, memoriosos y, sobre todo, saludables: ágiles, enhiestos, potentes. Sin duda tal presión es estimulante y contribuye a mejorar la condición de nuestras vidas y a prolongar su duración. No podemos evitar, sin embargo, que el tiempo haga su trabajo, pero algo podemos hacer para que su paso nos dignifique en vez de convertirnos, como con saña suele hacerlo, en una caricatura de nosotros mismos”.

 

Futuro (Ese montón de espejos rotos)

“El futuro, que la edad va encogiendo de manera dramática, cobra en la vejez una importancia mayúscula, proporcional a su disminución. Es poco el tiempo que nos queda para disfrutar la vida; hay que aprovecharlo como si se tratara de un renovado carpe diem invernal —como lo dije—. Ya no tenemos la misma energía de la primavera, pero, en compensación, disponemos de mayor capacidad selectiva, gracias a la experiencia que los años acumulan. Es entonces cuando el amor se diferencia de la aventura, la amistad se distancia de las meras relaciones sociales, la vida interior supera con creces la vida pública, y la soledad se vuelve fecunda”.

Gonzalo Celorio en la portada de su libro autobiográfico ‘Ese montón de espejos rotos’ (Tusquets). /WMagazín

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Santiago Vargas

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