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Ralph Finnes y Julian Moore en ‘El final del romance’, de Neil Jordan (1999), basada en la novela homónima de Graham Greene. /WMagazín

Graham Greene y la ambigüedad del amor, el deseo, la culpa y la fe en ‘El final del affaire’

La novela más celebrada del autor británico cumple 70 años, a la vez que se conmemoran 30 años de su fallecimiento. WMagazín publica el comienzo de este clásico del siglo XX en la nueva traducción de Eduardo Jordá en Libros del Asteroide

«Una historia no tiene ni principio ni fin: uno elige arbitrariamente un momento de la experiencia desde el cual mirar hacia delante o hacia atrás».

Así empieza Graham Greene (Inglaterra, 2 de octubrede de 1904- Suiza, 3 de abril de 1991) su obra maestra y uno de los comienzos literarios más recordados y que mejor refleja la propia historia de la novela: El final del affaire. Fue publicada en 1951 y presentada en una nueva traducción al español por Libros del Asteroide en 2019 a cargo de Eduardo Jordá con un epílogo de Mario Vargas Llosa.

El final del affaire es una de sus novelas más hondas en lo sentimental y humano al indagar en las ambigüedades y matices en sus personajes respecto al deseo, la ética, la culpa, la fe y la lucha entre el querer y lo que creían el deber. Esta historia entre Maurice, Henry y Sarah explora los mecanismo del deseo y del amor y los celos a partir de una infidelidad. La voz cercana del narrador, a la que insufla vida su traductor, brinda destellos continuos de la filosofía cotidiana de la vida, de la manera sobre cómo afloran tanto los sentimientos o ideas ingobernables, ambiguas o contradictorias, y del pragmatismo de buscar seguir avanzando de la manera menos dolorosa.

Greene fue periodista y llegó a ser subdirector de The Times. Después terminó como agente espía de MI6 en diferentes lugares del mundo y en periodos como la Segunda Guerra Mundial.

Aquella historia de Maurice, Henry y Sarah con ese comienzo tan sencillo y filosófico a la vez cuenta con un epígrafe, una frase de Léon Bloy, elegida a la perfección y que Graham Greene desarrolla en esta formidable novela letra a letra:

«En el corazón del hombre hay lugares que aún no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor».

Eso es en parte El final del affaire. Mucho se ha dicho de ella, incluidos escritores contemporáneos y posteriores. Hay tres opiniones que destacan y se complementan:

«El final del affaire es la mejor novela de Greene y también una de las más autobiográficas. Su meticulosa indagación sobre las luces y sombras de una relación sentimental, sobre los mecanismos del deseo y de la fe, y sobre los estrechos vínculos entre el amor y el odio conserva hoy la misma fuerza que cuando fue publicada en 1951. (…) Conmueve a todo lector sensible, por la eficacia de su estilo y la delicadeza de su construcción. (…) Sarah es el mejor personaje femenino de toda su obra»: Mario Vargas Llosa en el epílogo.

«Resulta especialmente conmovedora y bella la relación entre el amante y el marido, con una peculiar mezcla de lástima, odio, camaradería, celos y desprecio que está soberbiamente descrita. Y la protagonista es un personaje admirable»: Evelyn Waugh.

«El final del affaire es su obra maestra; una increíble, dolorosa y conmovedora interrogación sobre nuestras contradicciones»: Alex Preston, en The Independent.

Graham Greene (Inglaterra, 2 de octubrede de 1904- Suiza, 3 de abril de 1991).

Con motivo de los 70 años de la publicación de El final del affaire y los 30 de la muerte de Greene publicamos el comienzo de la novela editada por Libros del Asteroide en la traducción de Eduardo Jordá:

Portada de 'El final del affaire', de Graham Greene (Libros del Asteroide). /WMagazín

'El final del affaire'

Por Graham Greene

Una historia no tiene ni principio ni fin: uno elige arbitrariamente un momento de la experiencia desde el cual mirar hacia delante o hacia atrás. He dicho ‘uno elige’ con el impreciso orgullo del escritor profesional al que, en las pocas ocasiones en que se le ha tomado en serio, se le ha elogiado por su pericia técnica, pero ¿elijo por voluntad propia la oscura noche de enero de 1946, cuando vi a Henry Miles cruzando el parque bajo un vasto río de lluvia, o más bien esa imagen me ha elegido a mí? Según las reglas de mi oficio, lo apropiado, y lo correcto, es empezar justo ahí, pero si en aquel momento hubiera creído en Dios, también debería haber creído en una mano que me daba un golpecito en el codo y me insinuaba: «Habla con él, aún no te ha visto».

Porque ¿qué razón había para que yo hablara con él? Si el odio no es una palabra demasiado exagerada para usarla en relación con un ser humano, yo odiaba a Henry, y también odiaba a su mujer, Sarah. Y él, supongo, tuvo que empezar a odiarme después de los hechos de aquella noche; del mismo modo que tuvo que odiar a su mujer y a ese otro en cuya existencia, por fortuna, ni él ni yo creíamos en aquellos días. Así que esta es una historia de odio mucho más que de amor, y si en algún momento digo algo a favor de Henry o de Sarah se puede confiar en mí: escribo en contra de mis prejuicios porque mi orgullo profesional me impulsa a elegir la casi-verdad por encima, incluso, de mi casi-odio.

Me resultó raro ver a Henry en una noche como aquella: era muy comodón y después de todo —o eso pensaba yo— tenía a Sarah. Para mí, la comodidad es como un recuerdo equivocado en el lugar o en el momento equivocados: si uno está solo, prefiere la incomodidad. Y había un exceso de comodidad en la habitación que yo tenía alquilada en el lado malo del parque —el que daba al sur—, amueblada con los desechos olvidados por los anteriores inquilinos. Se me había ocurrido dar una vuelta bajo la lluvia y tomarme una copa en el pub local. El estrecho vestíbulo de mi casa, atiborrado de trastos, estaba lleno de sombreros y abrigos de desconocidos —el hombre que vivía en el segundo piso había invitado a cenar a unos amigos— y cogí por error un paraguas que no era mío. Luego cerré la puerta con vidriera y bajé con cuidado los escalones que, en 1944, habían recibido el impacto de una bomba y que aún seguían sin reparar. Tenía motivos para recordar aquel suceso y el hecho de que la vidriera —sólida y fea, de estilo victoriano— hubiera resistido la explosión con la misma entereza que demostraron tener nuestros abuelos.

En cuanto empezaba a cruzar el parque me di cuenta de que llevaba un paraguas equivocado…»

  • El final del affaire. Graham Greene. Epílogo de Mario Vargas Llosa. Traducción de Eduardo Jordá (Libros del Asteroide).

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