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La escritora argentina Hebe Uhart (1936-2018). /Foto cortesía Adriana Hidalgo Editora- WMagazín

Hebe Uhart sorprende con inéditos póstumos de ‘El amor es una cosa extraña’

Se publica un volumen con tres novelas cortas de la escritora argentina fallecida en 2018. WMagazín avanza un pasaje de la historia titulada 'El tren que nos lleva' donde parece recrear episodios de adolescencia y juventud

Presentación WMagazín Uno de los escritores secretos de América Latina que empezó a ser conocido de manera tardía, a comienzos de este siglo XXI, fue Hebe Uhart. De la escritora, maestra y pensadora argentina (1936-2018) se publica el libro inédito El amor es una cosa extraña (Beni-Leonilda-El tren que nos lleva) (Adriana Hidalgo) que reúne tres novelas cortas que aumentarán su prestigio. La editorial continúa con la tarea de dar a conocer a esta escritora y cronista importante que merece más y más lectores.

WMagazín publica, en primicia, un pasaje del tercer libro: El tren que nos lleva. Una historia en la que Hebe Uhart parece recrear episodios del colegio. El mundo que se abre día a día con sus pensamientos en una cotidianidad en apariencia intrascendente que esculpe silenciosa la historia individual de cada persona. La escritora juega con esas mismas armas de la realidad: una escritura que relata situaciones en apariencia intrascendentes pero que modelan la vida de sus personajes. La suya propia.

La escritora argentina Hebe Uhart. /Foto cortesía Adriana Hidalgo

Hebe Uhart estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como docente primaria, secundaria y universitaria y colaboró con el suplemento cultural del diario El País de Montevideo. Escribió notas de viajes, crónicas de personajes y situaciones. En 2018 la editorial Adriana Hidalgo empezó el proyecto de publicación de la obra completa de Uhart comenzando con las Novelas completas, sigue sus Cuentos completos y termina con el volumen de Crónicas completas.

La compilación de las tres obras de El amor es una cosa extraña, escritas entre finales de los años ochenta y los noventa, es el resultado del trabajo de los amigos de Uhart y escritores Pía Bouzas y Eduardo Muslip.

A continuación un pasaje de El tren que nos lleva:

Portada del volumen inédito de Hebe Uhart 'El amor es una cosa extraña' (Adriana Hidalgo). /WMagazín

'El amor es una cosa extraña (Beni-Leonilda-El tren que nos lleva)', de Hebe Uhart

El tren que nos lleva

I

Cuando entré al colegio secundario, entré también en el anonimato; una jefa de celadoras de 1,50 m de estatura paralizaba en el patio de recreo a más de mil chicas: nos decían señoritas. Por suerte en el aula se entendía bien lo que pasaba: algunas vestían al esqueleto que tenía su sede ahí, otras le escondían el tapado de piel de perro a la profesora de francés y casi todas escribíamos al borde de la hoja, en distintos tipos de letra, primero “A”. Había ocho primeros años y sólo conocíamos de vista a las de 1° “B” porque estaban al lado: las de 1° “G” se perdían en lontananza. En ocasiones solemnes se cantaba el himno de la escuela, que decía:

“Dulce, dulce solar de la escuela, Samay Huasi la casa de paz”.

También padecíamos o gozábamos del anonimato en el tren que nos llevaba y traía de la escuela; recién al año siguiente visualizamos una barra de varones que se tiraban los libros por la cabeza. Nos gustaba uno de ellos, a todas el mismo. Pero en el pueblo donde yo vivía no existía el anonimato. Enfrente de mi casa estaba el almacén y los almaceneros eran totalmente identificables. El viejo era malhumorado, bizco y desconfiado. Su mujer, gorda y alta, tenía siempre la boca abierta para sonreír y saludar. Era una mujer de campo y debía estar agradecida por la sociabilidad que le ofrecía el almacén. La pareja joven era un poco más moderna (la vieja tenía siempre un turbante en la cabeza como si fuera parte de su uniforme). La mujer joven tenía turbante, pero debajo rulos y su marido, aunque buen mozo, llevaba un saco gris de almacenero, como el viejo, aunque menos incorporado a su alma. Los turbantes y sacos eran como la marca de la casa; todos estaban pálidos por vivir dentro del almacén. Junto al almacén estaba doña Carmen y el marido, tintoreros japoneses. Doña Carmen debía ser la más sabia en hablar de los dos: a él nunca lo escuché. No se entendía todo lo que decía, pero se reía con los ojos y la gente hacía de cuenta que entendía. Se comentaba que alguien quiso retirar una prenda sin pagar y ella le dijo: ¿No pagate? Dejate cugate (dejalo colgado). Uno sabía que había cerrado la tintorería porque pasaba el japonés un metro adelante y doña Carmen atrás, saludando y hablando con todo el mundo.

En la esquina estaba la farmacia de Carlos. Él siempre estaba distraído y nunca tenía lo que le pedían. “Está faltando”, decía. Parecía esperar que los medicamentos vinieran solos a los estantes. “Caramba, vamos a comprar a la otra farmacia.” “No, esperemos hasta mañana.” Carlos era medio pariente.

En primer año me tocó como compañera de banco una chica grande, como de quince años, que se llamaba María de las Glorias Argentina Deidamia Souto. Con ese nombre tan sonoro no aprendía una poma de nada. Tenía el dudoso privilegio de tener novio firme; él era un muchacho más grande. Yo asociaba su ignorancia a su noviazgo; ella me hacía escribir o corregir las cartas a su novio, porque escribía ángel con h. Pero después me dijo que le parecía que él tenía también errores de ortografía y que ella quería devolverle las cartas corregidas, para que quedaran bien. Yo lo hice, pero de mala gana y ese noviazgo me iba dando fastidio. En los recreos, para huir de María de las Glorias Argentina Deidamia, tomé la costumbre de caminar por el patio de recreo, sola. Iba a paso rápido como si tuviera algún objetivo, pero en realidad quería comprender en qué consistía esa multitud de chicas, algunas solas, otras en grupos. Una vez en el patio de recreo encontré a mi doble: era de piel blanca, cejas gruesas, la misma estatura. Ella no se reconoció en mí, no miraba y pensé ¿cuánta gente habrá en el mundo igual a mí? En ese patio también oí decir a alguien: “Moniquita Gaucheron”. Pensé: “Qué lindo nombre”. Y se me hizo más presente, con sólo nombrarla, la Moniquita, que todas las otras del patio, tantas como eran. Junto al portón de la calle del patio de recreos, estaba el vendedor de pirulines. Era sucio, medio idiota y decía todo el tiempo: “¿No quiere piruline, nena?”. Raramente le compraban: no lo miraban. Me enamoré de él aun sabiendo que era sucio y medio idiota: era distinguible desde cualquier ángulo de observación.

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