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Un almendro en primavera. /WMagazín

Historia de los precursores de la biología moderna en el siglo XVIII: Linneo y Buffon

Jason Roberts publica la biografía de dos personajes que ayudaron a identificar y ordenar la vida en el planeta en 'Todos los seres vivos' (Taurus) Un recorrido iluminador sobre la condición humana y la naturaleza en el mundo. Publicamos una resseña y un pasaje del libro

Presentación WMagazín El siglo XVIII es un capítulo esencial en la historia de la razón y de la ciencia de la humanidad, un preámbulo de lo que sería el futuro. Conocido como el siglo de las luces o de la Ilustración, comenzó a avanzar firmemente tras haber nacido unas décadas antes. Mientras se fundaban principios de libertad e igualdad, también crecía el conocimiento sobre el planeta y todo lo que lo constituye.

Dos hombres, el sueco Carl Linneo (1707-1778) y el francés Georges-Louis de Buffon (1707-1788), aunque nunca se conocieron, dedicaron sus vidas a identificar y describir toda la vida en la Tierra. Sus caminos ofrecieron visiones profundamente distintas de la naturaleza y la humanidad.

Jason Roberts relata sus biografías en Todos los seres vivos. La gran carrera por entender la vida en la Tierra, traducido por María Jiménez Serrano y publicado por Taurus. Linneo, médico sueco devoto y con dotes de comerciante, sostenía que la clasificación debía responder a categorías ordenadas y estáticas. Buffon, aristócrata, polímata y director del Jardin du Roi en Francia, veía la vida como un remolino dinámico y complejo.

Carl Linneo (izquierda) y Georges-Louis Buffon. /Del la biografía ‘Todos los seres vivos’. /WMagazín

Aunque ambos acabaron lejos de sus objetivos iniciales, sus enfoques marcaron la historia de la ciencia. Linneo introdujo al mundo conceptos como “mamífero”, “primate” y “Homo sapiens”, pero negó que las especies pudieran cambiar y promulgó una pseudociencia racista. Buffon, por su parte, formuló los primeros esbozos de la ciencia evolutiva y de la genética, advirtió sobre el cambio climático global y cuestionó los prejuicios de su época.

El contraste entre sus investigaciones se mantuvo vigente mucho después de su muerte, mientras sus sucesores competían por definir la ciencia emergente que llegaría a llamarse “biología”.

Jason Roberts, presidente de Panmedia Corporation, entrelaza las vidas de Linneo y Buffon con la historia y la ciencia, mostrando cómo su aventura por comprender y ordenar el mundo de los seres vivos también refleja las luces y sombras de la condición humana, de la nobleza a la vanidad. Con este libro, obtuvo el premio Pulitzer en la categoría de Biografía en 2025.

WMagazín publica un extracto de Todos los seres vivos, una ventana a los orígenes del darwinismo y a la fascinante carrera por entender la vida en la Tierra:

Todos los seres vivos
La gran carrera por entender la vida en la Tierra

Jason Roberts

Tanto Buffon como Linneo habían nacido en 1707. Ambos se habían dedicado a compilar una vasta obra que debía abarcar la naturaleza entera, y ninguno lo había logrado. Pero ahí acababa todo parecido. Linneo fue la figura más destacada de la escuela de la historia natural conocida como sistemática, que priorizaba la tarea de nombrar y categorizar por encima de cualquier otra. Buffon fue el principal practicante de una forma más compleja de acercarse a la naturaleza, perspectiva que, apropiadamente, no vio necesidad de etiquetar. La mejor forma de denominarla hoy sería complexismo.

Linneo veía la naturaleza como un sustantivo. Un retablo inmutable en el que todas las especies se mantenían tal como habían sido creadas durante el Génesis. Para Buffon, la naturaleza era un verbo, un torbellino en constante cambio. Para Linneo, clasificar era conocer: ¿cómo podía comprenderse la vida si no se organizaba en categorías ordenadas? Buffon creía que clasificar era simplificar demasiado; un recurso que, si bien podía resultar útil con fines prácticos, corría el riesgo de incurrir en malentendidos fundamentales. Linneo creía que un solo espécimen podía servir para ejemplificar toda la especie a la que pertenecía, como si manifestara una «esencia» distintiva. Buffon pensaba que las especies eran mucho más fluidas y que estaban conectadas a lo largo del tiempo por unas fuerzas desconocidas.

Linneo traficaba con certezas y se congratulaba sinceramente de hacerlo. Así se describió a sí mismo en una de sus autobiografías (escribió cuatro): Dios mismo lo ha guiado […] Le ha permitido examinar Sus secretos y contemplar más de sus obras creadas que a cualquier otro hombre mortal antes que él. Dios le ha dado la mayor visión de la historia natural, mayor que la que nadie haya disfrutado. Dios ha estado con él, dondequiera que ha ido, y ha erradicado a todos sus enemigos y le ha hecho un gran nombre, tan grande como el de los más grandes hombres de la tierra.

Buffon, por el contrario, había llegado a creer que el único modo de estudiar la naturaleza era mantenerse en un estado de incertidumbre permanente: mostrar la voluntad de recoger observaciones y de explorar conexiones, pero manteniendo siempre una disposición al asombro, la expectativa de la sorpresa. Sus cosmovisiones eran fundamentalmente distintas, tal como lo ilustra la metáfora de la máscara y el velo que usaba Buffon. «Los mayores obstáculos para el avance del conocimiento humano residen menos en las cosas en sí que en nuestra forma de considerarlas —escribió—. La naturaleza […] no lleva más que un velo, y nosotros le ponemos sobre el rostro una máscara. La cargamos de nuestros propios prejuicios, y damos por supuesto que actúa y ordena su forma de operar del mismo modo que nosotros». Para él, los sistemas eran máscaras impuestas sobre la naturaleza. Representaban el deseo de ver la naturaleza como deseábamos que fuera y no como realmente es. Observar con paciencia, atisbando solo ocasionalmente algo debajo del velo, era una lección de humildad, pero para Buffon no había alternativa. La naturaleza era profunda y abundantemente compleja, quizá más allá de toda posible comprensión humana, pues los propios humanos formaban parte de la ecuación. Clasificarla en categorías ordenadas suponía negar las interrelaciones inherentes a la propia vida. «La naturaleza, desplegada en toda su extensión, nos presenta un cuadro inmenso —afirmó—, una serie continua de objetos, tan próximos y tan similares que sus diferencias son difíciles de captar. Esta cadena no es un simple hilo que se extiende únicamente en longitud, es una amplia trama o más bien un haz que, de intervalo en intervalo, echa ramas a los lados para unirse con los haces de otro orden». A juzgar por la multitud congregada y por los homenajes de aquella mañana de abril, se diría que la que había triunfado era la visión complexista que Buffon tenía del mundo: la naturaleza era una unidad dinámica que pedía ser contemplada y no una entidad estática que debía ser conquistada. Pero, solo cinco años después, Buffon sería vilipendiado como enemigo del progreso y arrinconado como símbolo de un pasado irrelevante que era mejor olvidar. Saqueadores en busca de chatarra extraerían sin ningún cuidado sus restos terrenales del mismo féretro que había sido paseado por las calles con toda solemnidad. Una multitud pertrechada de antorchas cruzaría las verjas de su amado Jardin, ignorando su monumental estatua (su ubicación hacía que fuera difícil destruirla) y clamando por la instauración de la imagen del hombre cuyo trabajo había sido paralelo y antítesis del de Buffon: un busto de yeso, moldeado a toda prisa y pintado a imitación del mármol, de Carl Linneo.

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En homenaje a Félix Manrique Perdomo (Colombia, 1937 – 2025), apicultor, periodista, fundador del Periódico y Radioperiódico Agrohuila y pionero del periodismo agropecuario, medio ambiental y de todo lo relacionado con el bienestar y conocimiento del planeta:

En recuerdo de Félix Manrique Perdomo. /WMagazín

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