Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural

El poeta y pensador argentino Hugo Mujica, en un apartamento durante su estancia en Madrid al recibir el XXXVIII Premio Internacional de Poesía Loewe 2025. /Foto WMagazín

Hugo Mujica: “Ahora no tenemos un relato que nos cuente qué y para qué estamos viviendo”

El poeta y pensador argentino recibe, en Madrid, el Premio Loewe de Poesía por 'Las hojas, la brisa y la luz danza la sombras'. En esta entrevista evoca su vida, desde la infancia, y el origen de sus temas capitales: la luz, la filosofía, la belleza de lo sencillo y el silencio

Todo empezó cuando tenía seis años. Hoy, con 83, sus poemas vuelan por todos lados. El niño al que la ceguera de su padre empujó a trabajar en una fábrica de vidrio, donde moldeaba vasos al fuego; el que transformaba los pliegos de clásicos franceses destinados a envolverlos en libros; el que jugaba a mirar el sol hasta que su anillo rojo le brillaba en los ojos antes de que las lágrimas los nublaran, escribe hoy en una mesa de cristal junto a un florero de rosas blancas. Es el poeta y pensador Hugo Mujica, frente a una terraza desde donde, si estira el brazo, parece poder tocar la iglesia de San Jerónimo el Real y, bajando un poco la vista, el Museo del Prado.

Hugo Mujica (Avellaneda, Buenos Aires, 1942) es un hilo invisible que conecta la anarquía, el dibujo, la ceguera, el vidrio, la lectura, el existencialismo, la pintura, la contracultura hippie, las drogas psicodélicas, el misticismo, el silencio, la escritura, el sacerdocio, los versos y la luz. Sus vivencias empezaron a transformarse en poemarios con la publicación de Brasa blanca, en 1983. A partir de ahí una sucesión de poemarios y ensayos, quince de cada género literario, hasta Las hojas, la brisa y la luz danza las sombras (Visor) con el cual ha obtenido el XXXVIII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2025.

Estos días de marzo, el hijo de una familia obrera, sindicalista y anarquista argentina está en Madrid para recibir el galardón y dar recitales poéticos.

Bajo un cielo azul pálido, una luz suave despereza la mañana fría. Los primeros visitantes del Prado esperan que el museo abra a las diez. A su lado, sobre una pequeña cuesta, solo un hombre barre algunas hojas en la explanada donde están la Real Academia Española y la iglesia de San Jerónimo el Real. El lugar parece impregnado de un silencio monacal, el mismo que emana del que fuera uno de los monasterios más conocidos de la ciudad.

Hugo Mujica conoce muy bien ese silencio y esa serenidad. Estuvo en tres monasterios de la Orden Trapense: en Estados Unidos, en la Abadía de Saint Joseph (Spencer Abbey), donde conoció al místico Thomas Merton y comenzó a escribir poesía; en Argentina, en el Monasterio de la Trapa, en Azul, Buenos Aires; y en Francia, en Mont-du-Chat, Saboya. Pasó siete años con voto de silencio.

Tras esa experiencia dejó la orden, siguió su búsqueda espiritual por Grecia y regresó a Argentina, donde se ordenó sacerdote en 1983 y dedicó su vida a la filosofía y a la escritura.

Hugo Mujica (Argentina, 1942) en Madrid en marzo de 2026. /WMagazín

Lo que primero llegó a la vida de Hugo Mujica fue el dibujo. Recordarlo le da un halo de alegría a su rostro de barba blanca corta. Es un hombre bajito, calvo, de mirada interrogativa y voz serena, vestido en tonos grises oscuros sentado en un sofá beige de cojines muy mullidos.

Desde muy chiquito dibujaba todo el tiempo, y ganaba premios en el colegio de primaria con dibujitos que hacía en el pizarrón. Desde chico empecé a estudiar pintura. En la Argentina podías hacer simultáneamente la escuela secundaria y bellas artes. Después estudié la carrera de Bellas Artes. Pinté hasta los 30 años”.

 

Con este poemario en el que la luz lo toca todo, resulta inevitable relacionar la historia de su papá que quedó ciego cuando el poeta tenía seis años y que marcó su relación con la luz y el vidrio.

“Lo que recuerdo como luz es cuando yo trabajaba de chico. Mi padre había perdido la vista y para ayudar en casa empecé a trabajar desde los 13 años. Lo hice en una fábrica de vidrio llamada Papini y ahora Cristalux que ocupaba cuatro manzanas. Yo estaba en la sección de vidrio, de todo lo que se hacía con vidrio. Teníamos lo que se llamaba una caña, que es un hierro que soplábamos creando unas formas y teníamos que ir con eso al horno. De ese horno me acuerdo siempre porque lo que veía era fuego donde tenías que meter esa caña porque el vidrio es como gelatina y tenías que girar y enroscar la caña porque estaba líquido. Después tenías que llevarlo dándole vueltas todo el tiempo para que no se derritiera del todo. Pero lo que me acuerdo siempre eran de las bocas del horno de donde salía un fuego impresionante.

En un mismo horno dos o tres chicos estábamos con eso, creando algo en vidrio. Por ejemplo, vasos que había que envolver en papel de periódicos y pliegos de libros de unas cuatro páginas puestos sobre las mesas. Mi madre trabajaba en esa sección. No sé por qué había tantos de esos pliegos. Lo cierto es que llevábamos a casa varios y armábamos libros, novelas tipo El jorobado de Notre Dame, Los miserables, muchos clásicos franceses y les ponía tapas con papel madera y su nombre. Yo leía esos libros que armábamos. Leía mucho. No los conservo, se perdieron en alguna mudanza.

Ahora que me haces recordar esto de la luz, el vidrio y el fuego, debo decir que el sol para mí era muy importante. De chico jugaba a combates con el sol.

Yo era muy friki. El asunto es que si vos mirás el sol primero te enceguecés, pero si vos perseverás, el sol se vuelve un aro todo rojo y lo podés ver y la vibración como que da vuelta. En general te hace llorar antes. Entonces yo jugaba si yo tenía que cerrar los ojos o lograba verlo plasmado en rojo.

El sol siempre para mí era como mi enemigo. No, enemigo no, un rival con quien yo jugaba. Un cómplice de juegos”.

 

Dibujo y lectura empezaron a compartir su vida de adolescente trabajador. Desde entonces, un escritor lo ha acompañado siempre.

“En la adolescencia leí a los existencialistas, porque en los años cincuenta el mundo era francés. Había entrado en Martin Heidegger y otros alemanes. Escribí tres libros sobre él. No lo conocí, pero es la persona con quien más tiempo pasé en mi vida. Heidegger fue estructurante para mí. Más tarde me metí mucho con filosofía oriental y estética que también leí. Estudié bellas artes.

La poesía vino muy tarde en mi vida. Muy tarde”.

Hugo Mujica, a través de la ventana, en Madrid en 2026. /WMagazín

Antes de esto, el futuro poeta vivió y fue parte de la contracultura de los años sesenta del siglo XX. A los 19 años se había ido a vivir a Nueva York. Su vida oscilaba entre las lecturas de los existencialistas, estudiaba arte, pintaba expresionismo abstracto, conoció al poeta Allen Ginsberg de la Generación Beat y exploraba la espiritualidad oriental y las drogas psicodélicas; fue amigo de Timothy Leary, gurú del LSD.

“Contracultura parece una palabra agresiva. Soy de fronteras. Pero al revés nunca, o sea, no encajo.

Tengo una metáfora de mí mismo que me encanta porque nací el 30 de agosto y me registraron el 2 de septiembre y para mí esos tres días sin que me registraran es como que conservo eso de no pertenecer del todo. Estar, pero no documentado, ser polizón siempre. Siempre hay un lugar que no coincide.

Yo viví en el Lower East Side, en Greenwich Village, y decía: ‘Yo quiero tener amigos hippies”. Yo moría por tener amigos hippies. Y alguien hablando conmigo me dice: ‘Porque ustedes los hippies’. Y ahí me di cuenta de que yo era hippie.

Usaba la camisa con charretera como todos, la sandalia, o sea, la cotidianidad del que la vive. Cuando recuerdo estas cosas como lo del sol, hace milenios que no me acuerdo, ahí recupero. Ahora, cuando yo volví muchos años después, ya cuando estuve en la trapa, cuando salí y me fui a vivir al campo, cuando volví a la Argentina, ahí escribí mi biografía. Pero no como biografía, y la tiré. Porque de lo que me di cuenta fue de que lo que estaba haciendo era contando, más o menos. Tengo una performance que empieza diciendo que somos frankensteins, porque uno agarra pedazos de la vida y los cose y, si pasa algo, los mueve. Me di cuenta de que lo que estaba contándome era una hilación de lo que había vivido.

Y medió por recuperar mucho mi vida desde la pandemia. Y, como no pasa nada, llega el pasado”.

 

Guarda silencio. Piensa ante la pregunta de si hay algún momento en su vida que haya vivido con naturalidad y que se convirtiera en un hecho especial que lo marcara. Un momento iluminador que lo habría de guiar y hacerle tomar conciencia de algo vital en su vida y en la vida.

“Recuerdo cuando siento que descubrí la belleza. Estaba Nueva York y había ido a hacerme unas sandalias de hippie, que tenían que ser hechas a mano, porque era de un rigor el mundo hippie (y se ríe). La tienda estaba en Greenwich Village. Entré en un negocito, me acuerdo de que había una puerta con cortina de tela y no había nadie. Entré y estaba sonando a todo lo que da una cantata de Bach. Ahí entendí que estaba bien vivir para eso. Fue la conciencia de la belleza, como ser tomado, o abrirme a eso”.

 

Es cuando tiene esos veintipocos años cuando un pintor le cambia la concepción de la vida: Giorgio Morandi.

“Morandi es una de mis pasiones. En la semana de Arco Madrid fui a la feria, caminé y, de repente, vi un Morandi. Había en el estand un tipo inglés muy distinguido que me parecía que hasta lo podía comprar. Pero se fue. Entonces, entré y le dije a la chica: ‘Mira, no voy a comprar un Morandi, no me alcanza ni para el marco, pero ¿cuánto vale?’. Y me respondió: ‘Tres millones de euros’. Y nos pusimos a hablar media hora enamoradísimos de Morandi.

En mi casa de Buenos Aires tengo una reproducción de Morandi.

Antes yo decía que quería pintar como Morandi. He dicho que quería vivir como la pintura de Morandi. Y como para mí vivir es escribir, ahora quiero escribir como pintaba Morandi.

No recuerdo dónde vi un cuadro suyo por primera vez. Pero sí recuerdo la primera vez que vi un cuadro suyo de verdad. Fue en mi primer viaje a Europa. Tenía unos veintipico de años, fui a Bolonia y visité la casa museo de Morandi.

Escribí un ensayo sobre él (Giorgio Morandi. Still life, 1960). Hablo del silencio que transmite Morandi también. Sus obras no te dan a especular. Te dan a expandirte, a sentir.

Otros cuadros que me gustan son La danza azul de Matisse que la vi, en el MoMA. En esa época yo estaba fascinado con el Guernica, de Picasso, que estaba en el mismo museo. Un día lo toqué”.

Hugo Mujica, en Madrid, en marzo de 2026. /WMagazín

Antes de cumplir los treinta años, Hugo Mujica asiste, en agosto de 1969, a un momento estelar de los años sesenta y en el cierre de una etapa de su vida: el Festival de Woodstock.

“Recuerdo muy concretamente que la primera noche llovía. Estábamos todos al aire libre, pero estaba todo bien. No sé por qué me acuerdo de que llegó Joan Baez, a eso de las dos de la mañana porque el horario de las actuaciones iba mal. Llegó en helicóptero. Después, se paró en el escenario descalza. ¡Cómo me viene la imagen! Y lo primero que dijo fue: ‘Estoy embarazada’. Y de todo el campo salió un ¡ooohhh! Me acuerdo de eso y de que contó que el novio acababa de estar preso. No sé por qué recuerdo mucho esa escena con tantas cosas que pasaron esos días, ¡qué sé yo!”.

 

Después de Woodstock empieza su periplo por los monasterios trapenses. Fue en el tercer año de aquel tiempo de silencio cuando, mientras preparaba té, ve por la ventana cómo el sol desciende y los colores de la tierra cambian. Allí empieza a escribir. Escenas en movimiento cargadas de filosofía que conectan lo visible con lo espiritual y en un aire de silencio, serenidad y luz que invocan momentos sencillos de la vida. Sobre todo, en este poemario de Las hojas, la brisa y la luz danza las sombras. Sus versos y sus palabras recuerdan lo que dijo la artista española Soledad Sevilla: “La luz no está para ser vista, sino para ver a través de ella”.

“La presencia de todo en mi obra no es adrede. Pero después de escribir varios poemas sueltos, me voy dando cuenta de que estoy hablando de algo. En unos hablo mucho sobre los vientos, en otros sobre la lluvia. Hay libros que contienen algo de eso, temas que te aparecen de libros anteriores.

Cuando doy clase pregunto qué están viendo. Me dicen que ropa o esto y lo otro. Y les digo que no están viendo la luz. Lo que pasa es que la luz muestra sin mostrarse.

O sea, desaparece en lo que muestra.

Recuerdo que cuando visité la casa de Morandi, que es como museíto, había un video donde un tipo contaba que cuando le va a hacer una entrevista a Morandi este le pregunta: ‘¿Le molesta esperar un minuto?’. Y Morandi se queda parado frente al caballete, mirando. Pero en el caballete no hay nada. Se está como media hora parado, mientras el tipo piensa: ‘Está loco’. Pasan y pasan los minutos, hasta que Morandi le dice:

‘Disculpe, estaba estudiando la luz”.

 

Una fascinación por la luz que Mujica compartió en la entrega del Premio Loewe al recitar varios poemas. En su libro están al final de cada página, precedidos del silencio y de la nada, suspendidos en el vacío o sosteniendo ese vacío. Le leo uno de esos versos:

Y hay estrellas
que caen
sin que nadie
las mire, que se apagan
sin encender un deseo…

Le digo que me parecen de una belleza estremecedora, sencilla y real, con una sensación de orfandad. El poeta asiente con un movimiento suave de cabeza, sube las cejas y abre un poco las manos para decir:

“Y de una gran desolación… Nos reconciliamos o nos consolamos. Es un poema muy fuerte. Es la ausencia de los otros. Una vida frustrada. Pienso que abrazo también esa desgracia. Pero también está lo otro, que es la otra cara”.

Hugo Mujica en marzo de 2026, en Madrid. /WMagazín

Todas esas vivencias lo llevan a que en sus poemas haya un despojamiento de las cosas y del propio yo, como del deseo de exiliar a ese tirano del yo, que cada día parece más desbocado.

“Está desatado porque se agotó aquello a lo que estaba atado. Primero a la cultura griega con la gramática y con la lógica. Era el principio de identidad, el soy yo, no puedo ser otra cosa. Entonces, los griegos, cuando eso se desató en su época, cuando Atenas pierde la guerra con Persia y con los otros griegos que la dominan, ahí vienen los extranjeros, se arma una confusión y aparecen Platón y Aristóteles y surge la lógica como contención y como expulsión de lo que no es el principio de identidad.

Ahí se arma una especie de corsé sobre qué es lógico y qué no es lógico; qué es razonable y qué no es razonable. Esto duró hasta el Renacimiento. Ahí se empieza a romper. El planteamiento es cómo tienen que estar fijos los conceptos porque el cambio generó toda esa catástrofe.

Entonces, hay que negar aquello que obnubila la razón. Y eso va a ser el cuerpo, los sentimientos, lo sensible. Cuando Platón ve que lo que toda su teoría no va, ve que en otro lado está yendo bien, el mundo de las ideas.

El yo vive una falta de contención. Cultura quiere decir contención, qué sentido doy a las vivencias. Ahora, estamos teniendo vivencias riquísimas y múltiples, pero no logramos darle forma. Lo que falta es una forma para las vivencias.

Esa fue la lógica o lo que se llamó los grandes relatos. Ahora no tenemos un relato que nos cuente qué y para qué estamos viviendo. Cuando lo tengamos volveremos a generar una cultura. Ahora estamos en un impasse. Todavía se está rompiendo lo que fue. Pero los seres humanos somos genios en la deconstrucción, mostramos la falsedad de todo lo que venía viviéndose, pero no aparece la construcción, no somos creativos”.

 

Y eso que involucra al mayor invento de la humanidad, uno que para Hugo Mujica encadena a todos los demás inventos.

“El lenguaje es el mayor invento. Lo damos por descontado, pero fue un invento. Cuando critican tanto a la ciencia, que, obvio, yo también, digo: ‘Nosotros siempre fuimos ciencia. La computadora es la proyección de escribir más y con más memoria. Pero nosotros inventamos el lenguaje. Y eso contribuyó a nuestra propia evolución.

 

Al tiempo que el lenguaje posee el don de Proteo de metamorfosearse y adaptarse, solo que no a voluntad. El poeta lo ve en estos tiempos de cambios e incertidumbres donde el lenguaje vive una revolución que parece obligarlo a evolucionar para nombrar, reinventar o definir momentos y situaciones inéditas.

“No creo que sea una cuestión de lenguaje, porque nosotros estamos actuando fuera del lenguaje, en el desborde de la lógica, el desborde de las instituciones, de todo estos que vivimos.

Varias veces he puesto como ejemplo la necesidad de liberarnos de la gramática, de alguna forma, y del principio de identidad. El lenguaje ha incorporado letras o vocales que han roto la gramática para poder insertar una novedad.

Pero creo que el desborde es tal que no se va a arreglar con el lenguaje, porque en diez minutos estamos cambiando la significación de las palabras y adaptándolas y, obviamente, manipulándolas. Las palabras se gastan, pero es normal.

El lenguaje vive. Ya surgirá la renovación de palabras. Pensá que palabras como odio y crueldad no se usaban. Ahora, de repente, mi presidente dice: ‘No odiamos suficientemente a los periodistas’. Y se puede decir eso y se sigue.

Las palabras están, pero en cada época tienen su significado y su impacto.

En mis poemas, todo, generalmente, parte de una palabra, pero no para al principio”.

Hugo Mujica lee uno de sus poemas ganadores del Premio Loewe de Poesía. /WMagazín

Los poemas de Hugo Mujica son un contraste frente al mundo actual de estridencias en todos los ámbitos. La deconstrucción de la que habla, el mundo de la queja y lo no constructivo menoscaba los valores nacidos en el Renacimiento y la Ilustración, la ciencia y la razón, los embriones de libertad y democracia que han hecho avanzar al mundo hasta hoy.

“Se socava todo esto porque creo que fracasaron en el siglo XX con guerras. De la Primera Guerra Mundial no se aprendió nada y vino la segunda y el genocidio, Hiroshima, Nagasaki… El siglo XX fue el derrumbe de esa historia que duró mientras duró. Pero, después, estaban huecos esos valores.

Ahora seguimos hablando de democracia, pero lo que hay no son democracias. Nos muestran dos fotitos si hay que elegir entre dos, elegimos, pero ya sabemos hasta qué nos dicen a través del teléfono a quién tenemos que votar. No fracasó en el mal sentido, se agotó.

La alternativa es peor. Pero, de nuevo, no es que la alternativa tampoco está fija. Son tanteos, ¿viste? No logramos generar otra carta de la humanidad. Y además, pensá que todo eso que estamos nombrando nosotros hasta el siglo XIX era Europa y hablábamos en nombre del mundo. Occidente es chiquitito, pero vivíamos como que éramos todo.

Hubo una cosa maravillosa durante el Mundial de Fútbol de 2022 en Qatar, cuando hacen un reportaje a uno de estos jeque árabes y le dicen que ellos quieren posicionarse como ejemplo ante nosotros, y el jeque dice: No, no, nosotros a ustedes los compramos con los países árabes”. Y tenía razón. Nosotros creíamos que éramos todo. Eso es una gran herida en nuestro narcisismo.

El mundo con estos políticos está loco. El otro día me preguntaban que pensaba de todo esto y le dije: ‘No, yo no pierdo el tiempo en pensar. Porque no entra dentro del pensamiento, entra dentro del capricho del patotero’, Ya no hay lógica, ni lógica institucional desde la cual pensar. Donald Trump hace guerras e ignora al Congreso y eso impacta en todo el mundo.

No sabes qué hacer porque teníamos la lógica para entender y estos se fueron de la lógica. No sé si hay que esperar que se derrumbe todo, no sé. Un amigo mío que es cocinero dice: ‘Pues cómo come hamburguesa, tengo mi esperanza en la hamburguesa, que lo reviente”.

Y Hugo Mujica ríe desesperanzado. Se acomoda en el sofá, toma su poemario de tapas negras charoladas, lo abre al azar y lee un poema:

 

Hay que resguardar
la noche, no encender
una antorcha
porque hay caminos
que solo alumbran
las sombras
y atajos que solo
la entrega

abre.

***

Suscríbete gratis a la Newsletter de WMagazín en este enlace.

Te invitamos a ser mecenas de WMagazín y apoyar el periodismo cultural de calidad e independiente, es muy fácil, en este enlace.

Si quieres conocer WMagazín y sus secciones especiales PULSA AQUÍ. 

Te invitamos a ser mecenas de WMagazín, es muy fácil, en este enlace.

Visited 15.712 times, 3 visit(s) today
Winston Manrique Sabogal

5 comentarios

  1. Hola, José Carlos, muchas gracias. Nos alegra que te guste la entrevista con Hugo Mujica. Y que leas WMagazín. Un saludo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter ·