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La escritora chilena Isabel Allende (Lima, 1942), autora de ‘La palabra mágica. Una vida escrita’ (Plaza y Janés). Foto cortesía Plaza y Janés – WMagazín

Isabel Allende responde a sus críticos y comparte su decálogo para escribir

La escritora chilena reflexiona sobre los hábitos, disciplina, silencios y obsesiones que sostienen su escritura desde 'La casa de los espíritus' (1982) y sobre el auge de las escritoras latinoamericanas

En la era de la estridencia digital el silencio es un bien preciado para escritores como Isabel Allende (83 años, Lima, 1942). Es la escritora en español más vendida en el mundo (75 millones de ejemplares de 29 libros traducidos a 42 idiomas), aunque su enorme popularidad nunca terminó de convencer a cierta crítica literaria. Su obra encarna una tensión persistente entre éxito comercial y prestigio cultural.

El método que acompañó su fenómeno editorial arrancó en 1981, cuando empezó a escribir su éxito La casa de los espíritus que la sorprendió a ella y a todos al año siguiente. (Mira aquí cómo se hizo La casa de los espíritus).

Desde entonces escribe entre la disciplina, el silencio, la intuición y la sensación de la presencia de sus seres queridos fallecidos.

Se levanta temprano, hace ejercicio, desayuna, se prepara y entra en su despacho donde escribe toda la mañana antes de mirar el mundo real. Las noticias pueden esperar: “Porque si me pongo a ver el teléfono y veo todas las brutalidades que ha hecho Trump, se me arruinó el día”.

Parte de los secretos de su escritura los revela en La palabra mágica. Una vida escrita (Plaza & Janés) sobre el cual habló en un encuentro virtual con medio centenar de periodistas de España y América Latina. Resultado de 45 años de escritura de libros como Eva Luna, Hija de la fortuna, Paula, Inés del alma mía, La isla bajo el marVioleta, El viento conoce mi nombre o Mi nombre es Emilia del Valle.

Periodista, dramaturga y exsecretaria de la FAO, Allende mantiene una relación conflictiva con parte del mundo literario. Aunque tiene millones de lectores, algunos críticos consideran que convirtió ciertos recursos del realismo mágico en una fórmula comercial y simplificó su narrativa para hacerla más accesible.

Una tensión que Isabel Allende describe así:

“Mi relación con la crítica es muy poca. Primero, porque yo no controlo lo que se va a decir de mí. No me van los juegos mentales: si dicen algo bueno, no lo exagero, si dicen algo malo, no me deprimo.

Pero la crítica es brutal con las mujeres. No solamente con los que venden más. Si una mujer escribiera un libro como El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, la tildarían de sentimental, de un libro de mujercita. Pero si es un hombre nadie piensa eso.

Una mujer escribe una novela histórica absolutamente investigada y hecha con cuidado y tiene que competir con otras novelas históricas, muy inferiores, pero están escritas por hombres. La crítica es muy fuerte contra las mujeres.

Ahora, hay un poco más de respeto, pero, en general, falta. Además de que te acusan de vender mucho”.

Lectura y escritura, realidad y ficción copan las páginas de La palabra mágica. Una vida escrita. Se trata de un libro que no fue idea suya, propiamente. Nació cuando la BBC le propuso protagonizar su programa Masterclass bajo el título de Magic Storytelling. La entrevistaron para veintiuna clases:

“Yo no tenía nada preparado. Me preguntaban, por ejemplo: ¿Cómo se desarrolla un personaje? Improvisaba y después ellos editaban. Entonces, me quedé pensando: Vaya, regalé a esta gente todo mi material, todo lo que he aprendido, toda mi experiencia. Voy a aprovechar eso para escribir un manual.

Como ese material estaba perdido, me centré en una parte de la escritura que no es manual: la creación, el proceso interno, emocional, instintivo que no solamente se aplica a la escritura, sino a cualquier proceso creativo. Porque la técnica para escribir la puedes aprender en un taller, en una clase. Pero hay otra parte más profunda y más simple que no la puedes enseñar, que la tienes que cultivar”.

De las diferentes respuestas de los periodistas surge este decálogo de Isabel Allende para escribir:

La escritora chilena Isabel Allende (Lima, 1942). Foto cortesía Plaza y Janés

 

Leer, leer

“Siempre he sido una lectora voraz. Me crie en una casa donde no había ni radio, porque mi abuelo consideraba que todas esas eran influencias vulgares.

La lectura era todo lo que había.

Empecé a leer desordenadamente, desde muy temprano, a los clásicos, a los rusos, por supuesto, muchos de los escritores en inglés que estaban traducidos. No sé cuántas veces leí todos los de Emilio Salgari. Esa literatura que hoy ya casi no existe. Ese fue mi alimento, después todos los libros.

Todos ellos tuvieron un tremendo impacto en mi manera de amar la literatura, que era lo que me gustaba, leer. Yo no leo novela de género, por ejemplo, detectives, thrillers, romance, ciencia ficción. Busco otro tipo de literatura, aunque no sé bien cómo definirla. De eso me alimenté hasta hoy”.

 

Espacio de silencio

“Se habla mucho de que hay que tener una habitación propia (en referencia al libro de Virginia Woolf). Esa habitación está dentro de la cabeza: es un espacio de silencio.

Ahí te puedes concentrar, ahí puedes convocar a los espíritus, a los personajes, a las historias, a la memoria, todo eso viene si estás callado. Pero si tienes el teléfono aquí al lado o pendiente de mensajes o pendiente de que los perros necesitan agua, no se puede. Ese silencio interior para mí es fundamental”.

 

Historias de familiares y conocidos

“Se puede escribir sobre la familia. Aunque puede traer consecuencias, el miedo no debe mandar.

Me refiero a que hay una especie de autocensura. Existe la censura de afuera, pero también la propia, el crítico que uno tiene adentro.

En el caso de la ficción yo no tengo ningún problema en utilizar a los miembros de mi familia porque los transformo. Agarro dos para crear un personaje o les cambio el nombre y las circunstancias. Si ellos se reconocen es un problema de ellos, pero yo tengo la libertad en la ficción de hacer lo que me dé la gana.

En una memoria, en cambio, están mencionados por sus nombres. Son personas, no son personajes. Ahí tengo que tener mucho más cuidado”.

Portada conmemorativa de los 40 años (2022) de ‘La casa de los espíritus’, de Isabel Allende, que recupera la imagen de la primera edición de 1982. /WMagazín

Desterrar el miedo

“Lo que hago para no tener miedo es escribir todo lo que me parezca. Después lo leo cuidadosamente para ver si es cierto o si es solamente una visión tangencial mía.

Luego le muestro el manuscrito a las personas que están mencionadas. Y ellos dirán si quieren estar en el libro o no. No cambio lo que hay porque esa es mi visión.

Cuando digo perder el miedo, es porque, a veces, uno se asusta más de lo que vale la pena asustarse. A veces alguien se puede sentir ofendido y te deja de hablar, pero qué se hace.

Después de escribir La casa de los espíritus, donde no hay nadie con su propio nombre, los transformé y los exageré y los moví como quise, la mitad de mi familia se ofendió igual.

Me vinieron a hablar cuando se hizo la película de 1993. Porque Jeremy Irons era mucho más importante que mis abuelos. De la miniserie solo he visto una parte muy pequeña, pero me pareció sensacional”.

 

Primera frase

“Muchas veces la primera frase no la elijo al principio. Empiezo a escribir y después, a mitad de camino, puede ser que aparezca una frase buena.

Eso era muy importante en el periodismo: título, subtítulo, primeras líneas, porque si no atrapas al lector ahí, lo perdiste. Y eso lo trato de aplicar cuando escribo.

La inspiración se trabaja

La casa de los espíritus empezó con Barrabás llegó a la familia por vía marítima. ¿De dónde salió esa frase? Te digo que no sé.

Lo único que sé es que Barrabás era el perro que tenía mi abuelo. ¿De dónde salió? Me la dictó un ángel verdaderamente. Diría que no es una cuestión de inspiración.

La primera frase hay que buscarla con mucho cuidado y se puede encontrar cuando ya llevas 300 páginas escritas”.

La memoria

“Cuando uno se pone vieja, como yo, se recuerda mejor y más intensamente lo más antiguo.

Ahora recuerdo mucho la infancia, la casa de mi abuelo, las cosas que me pasaron cuando era joven. La mayor parte de recuerdos me dan una vergüenza tremenda. Y me digo: ¿Cómo pude haber sido tan ignorante, tan impulsiva, tan indiscreta?

Pero tengo una ventaja inmensa respecto a la memoria: compartí con mi madre una vida entera de cartas. Desde 1987 tengo las cartas ordenadas en cajas por fecha. Si tú me preguntas qué pasó el 4 de julio del 1990, yo voy a la caja, saco el día y te puedo decir lo que pasó con la emoción del día.

Porque la memoria lo transforma todo, la memoria es como la imaginación. Esas cartas son mi memoria viva”.

 

Corrección y edición

“Sigo escribiendo con el mismo impulso, instinto, intuición, pero soy mucho más severa en la corrección. Después que el libro está terminado, ahí entra el crítico feroz”.

 

Amor

“Lo más importante que me ha pasado en la vida es el amor que he tenido. El amor que he dado más que el que he recibido.

Uno nunca olvida el amor que da. Se olvida del amor que se recibe mucho más rápido. Y yo estoy en una etapa de mucho agradecimiento”.

 

El boom de las escritoras

Isabel Allende pertenece a una generación de autores nacidos en una época de grandes cambios para el mundo: entre 1930 y 1945, el antes y el durante la Segunda Guerra Mundial. Los que empezaron a publicar durante la Guerra Fría y en los años sesenta. La época en que la industria editorial afinó su maquinaria y se potenció la diversidad de autores, géneros y temas.

“Pertenezco a la primera generación de escritoras y escritores que se formaron leyendo a los grandes escritores del mundo. Que son diez años o quince años mayores que yo.

Vivo en inglés, en los Estados Unidos, desde hace muchos años. Hay una librería y además ahora mis editores y mis agentes me mandan los libros que hay que leer. Muchas novelas son de mujeres, diría que un 70%. En América Latina hay un boom de la literatura femenina. Más mujeres que hombres escriben ficción. Porque más mujeres que hombres leen ficción”.

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Winston Manrique Sabogal

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