El escritor Italo Calvino (1923-1985) en la portada de ‘Los libros de los otros. Correspondencia, 1947-1981’ (Siruela). WMagazín
Italo Calvino advirtió de la importancia de la palabra y de preservar la “exactitud” para no crear mundos alternativos
El escritor y editor italiano escribió en el año de su muerte, 1985, las conferencias reunidas en 'Seis propuestas para el próximo milenio'. Reflexiones sobre asuntos que trascienden lo literario, reflejan el mundo y algunas alertan sobre grietas en la vida si no se hacen correctamente
“Italo Calvino es el punto de unión entre el existencialismo y el iluminismo”. Estas palabras de Carlo Ossola, uno de los mayores expertos en la obra del escritor italiano, resumen a la perfección la obra del gran narrador y ensayista italiano, uno de los autores del siglo XX más traducidos de su país. Y uno cuya última obra sirve de eslabón entre el siglo XX y el futuro con su capacidad visionaria de Seis propuestas para el próximo milenio (Siruela), donde en el capítulo de Exactitud, por ejemplo, defiende la importancia del rigor en la descripción de la vida, de los hechos, porque se corre el riesgo de distorsionar el mundo y crear realidades alternativas, bifurcaciones de lo real cuyas consecuencias son impredecibles. En última instancia, habla del lenguaje, de las palabras que construyen, deconstruyen y destruyen el mundo y la percepción que tenemos de este:
“A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, es decir, en el uso de la palabra: una peste del lenguaje que se manifiesta como pérdida de fuerza cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con nuevas circunstancias”.
Hace cuarenta años que Italo Calvino tuvo esta y otras reflexiones sobre temas literarios que le preocupaban: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia. Una obra que quedó inconclusa al fallecer el 19 de septiembre de 1985 y que pensaba compartir en la Universidad de Harvard, en la cátedra Charles Eliot Norton Poetry Lectures, durante el curso 1985-1986. Era un ciclo de conferencias sobre valores literarios que consideraba claves y que merecían conservarse en el siglo XXI. Pero su genio, que parte de lo literario, lo trasciende para ofrecer una mirada panorámica sobre la vida, y alertar sobre consecuencias como las que vive hoy el mundo, al menos relacionadas con la profusión de hechos alternativos.

Italo Calvino nació el 15 de octubre de 1923 en Cuba, pero no a orillas del mar, sino en el pequeño pueblo de Santiago de las Vegas perteneciente a La Habana. Allí vivió sus dos primeros años, luego sus padres regresaron a Italia. La infancia la vivió en San Remo y la adolescencia en Turín donde luego estudió agronomía, en 1943 desertó del ejército que iba a participar en la Segunda Guerra Mundial, se unió a un grupo de partisanos, pasado el conflicto colaboró con periódicos de Turín, estudió Letras, se especializó en Conrad, se afilió al Partido Comunista Italiano, empezó a trabajar como editor y pronto entró en el camino de la escritura de donde ya nunca se apartaría hasta su muerte el 19 de septiembre de 1985, en Siena, que lo sorprendió cuando trabajaba en su famosa y necesaria Seis propuestas para el próximo milenio.
Una andadura que inició con 24 años, en 1947, con su novela Il sentiero dei nidi di ragno, sobre su experiencia como partisano. Desde ese momento empezó a dar su visión del mundo con una mirada que combinaba la descripción bella de los lugares y los hechos con el propósito del relato de lo que quería contar, que primero aparece como un subtexto que poco a poco sale a flote hasta dominar la escena sin perder el detalle de lo visto que engrandece y humaniza toda intención racional.
Es ahí donde cobran sentido las palabras de Carlo Ossola sobre Calvino: “es el punto de unión entre el existencialismo y el iluminismo”. Donde la belleza y la verdad son innegociables.
Donde narrador y personajes dejan una de sus mejores enseñanzas: no miran, observan partiendo del detalle a lo panorámico, o de lo panorámico al detalle para dar cuenta del lugar que ocupa cada cosa en el mundo, cómo cada cosa deja su rastro en ellos y cómo ellos la dejan por donde van. Observar, observar, observar.
Eso son sus cuentos y novelas y sus ensayos. “Considera el detalle de la descripción como la base de todo”, explicó Carlo Ossola en una entrevista que le hice en 2015 para el diario español El País por su ensayo Italo Calvino. Universos y paradojas (Siruela). Porque Calvino consideraba que “sin una descripción precisa de las cosas no se puede reflexionar de la misma manera de algo que no lo hace. La narración debe ver las cosas y meditarlas”. Es así como lleva su mundo literario a la frontera entre lo real, lo posible y lo imposible.
Para entrar en el universo literario de Calvino Ossola sugiere El barón rampante, “luego puede seguir con las historias de Las cosmicómicas y, después, llegar hasta la novela Palomar. Sin olvidarnos de la parte teórica con Por qué leer a los clásicos”. ¿Pero qué libro puede unir todo eso? “La parábola de Un rey escucha. Lo importante no es el poder, sino una razón para vivir, aunque eso signifique perderse”.
Aparte de la belleza de sus narraciones, resuenan con más fuerza sus Seis propuestas para el próximo milenio con sus ideas sobre levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia.
La más importante o necesaria para estos tiempos, según Ossola, es Exactitud porque considera que “hay que nombrar las cosas exactamente, porque si no las nombramos de forma correcta nace el engaño. Y si nace el engaño nace la revuelta, y si nace la revuelta no nace la armonía”.
Cualquier parecido con el presente viene de allí. Del autoengaño y del engaño que alguien lanza y otros no contrastan.
Mejor recordarlo en las palabras del propio Italo Calvino:

Exactitud
“Para los antiguos egipcios el símbolo de la precisión era una pluma que servía de pesa en el platillo de la balanza donde se pesaban las almas. Aquella pluma ligera se llamaba Maat, diosa de la balanza. El jeroglífico de Maat indicaba también la unidad de longitud, los 33 centímetros del ladrillo unitario, y también el tono fundamental de la flauta.
Estos datos proceden de una conferencia de Giorgio de Santillana sobre la precisión de los antiguos en la observación de los fenómenos celestes, conferencia que escuché en Italia en 1963 y que tuvo en mí una profunda influencia. Desde que estoy aquí pienso a menudo en Santillana, porque me sirvió de guía en mi primera visita a Massachusetts en 1960. En recuerdo de su amistad inicio esta conferencia sobre la exactitud en la literatura con el nombre de Maat, diosa de la balanza. Tanto más cuanto que la Balanza, Libra, es mi signo zodiacal.
Trataré ante todo de definir mi lema. Exactitud quiere decir para mí sobre todo tres cosas:
un diseño de la obra bien definido y bien calculado;
la evocación de imágenes nítidas, incisivas, memorables; en italiano tenemos un adjetivo que no existe en inglés, ‘icástico’, del griego είκαστικός;
Y un lenguaje lo más preciso posible como léxico y como expresión de los matices del pensamiento y de la imaginación.
¿Por qué siento la necesidad de defender valores que a muchos parecerán obvios? Creo que mi primer impulso obedece a que padezco de una hipersensibilidad o alergia: tengo la impresión de que el lenguaje se usa siempre de manera aproximativa, casual, negligente, y eso me causa un disgusto intolerable. No se vaya a creer que esta reacción corresponde a una intolerancia hacia el prójimo: lo que más me molesta es oírme hablar. Por eso trato de hablar lo menos posible, y si prefiero escribir es porque escribiendo puedo corregir cada frase tantas veces como sea necesario para llegar, no digo a estar satisfecho de mis palabras, pero por lo menos a eliminar las razones de insatisfacción que soy capaz de percibir. La literatura -quiero decir, la literatura que responda a estas exigencias- es la Tierra Prometida en donde el lenguaje llega a ser lo que realmente debería ser.
A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, es decir, en el uso de la palabra: una peste del lenguaje que se manifiesta como pérdida de fuerza cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con nuevas circunstancias.
No me interesa aquí preguntarme si los orígenes de esta epidemia están en la política, en la ideología, en la uniformidad burocrática, en la homogeneización de los mass-media, en la difusión escolar de la cultura media. Lo que me interesa son las posibilidades de salud. La literatura (y quizá sólo la literatura) puede crear anticuerpos que contrarresten la expansión de la peste del lenguaje.
Quisiera añadir que no sólo el lenguaje parece afectado por esta peste. También las imágenes, por ejemplo. Vivimos bajo una lluvia ininterrumpida de imágenes: los media más potentes no hacen sino transformar el mundo en imágenes y multiplicarlas a través de una fantasmagoría de juegos de espejos: imágenes que en gran parte carecen de la necesidad interna que debería caracterizar a toda imagen, como forma y como significado, como capacidad de imponerse a la atención, como riqueza de significados posibles. Gran parte de esta nube de imágenes se disuelve inmediatamente, como los sueños que no dejan huellas en la memoria; lo que no se disuelve es una sensación de extrañeza, de malestar.
Pero quizá la inconsistencia no está solamente en las imágenes o en el lenguaje: está en el mundo. La peste ataca también la vida de las personas y la historia de las naciones vuelve informes, casuales, confusas, sin principio ni fin todas las historias. Mi malestar se debe a la pérdida de forma que constato en la vida, a la cual trato de oponer la única defensa que consigo concebir: una idea de la literatura”.
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