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Satanás tentando a Cristo, cuadro de Ary Scheffer. /Imagen de Wikipedia

‘La danza de los muertos’, cuento de Flaubert inédito en español, o cuando hablaron Jesús y satanás

El genio del autor de 'Madame Bovary' también se aprecia en sus cuentos reunidos en un solo volumen por editorial Páginas de Espuma. WMagazín, con apoyo de Endesa, cierra el especial del bicentenario del escritor francés con el comienzo de un relato que aborda sus temas capitales como lo filosófico, lo religioso, la culpa, la moral o las virtudes

Presentación WMagazín Jesucristo y el demonio se reunieron, hablaron, recorrieron los dominios oscuros y debatieron sobre lo divino y lo humano por obra y gracia de Gustave Flaubert en el cuento La danza de los muertos. Es uno de los relatos que la editorial Páginas de Espuma, con traducción de Mauro Armiño, ha editado en el volumen Cuentos completos para conmemorar los 200 años del nacimiento de uno de los fundadores de la novela moderna con el clásico Madame Bovary, el 12 de diciembre de 1821. Son historias caracterizadas por los sobrenatural y lo fantástico que Flaubert (1821-1880) no quiso publicar y muchas son póstumas.

WMagazín, con apoyo de Endesa, publica en primicia el cuento inédito en España La danza de los muertos de Gustave Flaubert. Es un relato que condensa gran parte de los temas abordados por Flaubert en el que plantea asuntos filosóficos y religiosos relacionados con la vida y la muerte, la culpa, la moral, las virtudes, los siete pecados capitales, del orgullo a la lujuria y el amor, claro. Con este cuento cerramos nuestro especial sobre el bicentenario de Flaubert compuesto por los reportajes: Gustave Flaubert: las claves para crear vida literaria y trascender el tiempo (1) y Cómo Flaubert convirtió a Madame Bovary en una persona real y otros secretos de su éxito (2)

Los cuentos de Gustave Flaubert (1821-1880) no parecen de Gustave Flaubert en una primera lectura rápida. A los 11 o 12 años empezó a escribir y a los 15 publicó el primero de ellos: Bibliomanía, en el cual un librero está dispuesto a matar por conseguir un libro. Un joven del siglo XIX con 15 años ya expresa no solo una vocación clara sino la nitidez de los temas y exigencia que lo acompañarán siempre.

«Con un nivel de autoexigencia artística como pocos autores han demostrado tener, Gustave Flaubert esperó hasta los treinta y seis años para publicar Madame Bovary, y, sin embargo, quiso privar a sus lectores de la mayor parte de su narrativa breve previa que, sin duda, está a la altura en calidad e importancia al resto de su obra. Gran parte del valor de esta edición de sus Cuentos completos reside en reunir por primera vez en nuestro idioma todos esos trabajos –casi desconocidos todavía– que permanecieron ocultos hasta su muerte, y que subrayaban ya la genialidad del autor francés», asegura la editorial Páginas de Espuma.

Este volumen de Cuentos completos incluye el último de sus libros, Tres cuentos (1877), hito del género compuesto por los clásicos Herodías, La leyenda de san Julián el Hospitalario y Un corazón simple, otras de sus obras maestras.

A continuación te inviamos a descubrir o redescubrir otro territorio de Flaubert:

Portada del volumen 'Cuentos completos', de Flaubert, editado por Páginas de Espuma /WMagazín

'La danza de los muertos'

Por Gustave Flaubert

I

Evocación

¡A la danza, los muertos! A la danza cuando suena medianoche y toda la nave se estremece con los sonidos de su lúgubre armonía. Entonces el cielo se cubre de negras nubes, los búhos vuelan sobre las ruinas y la inmensidad se puebla de fantasmas y de demonios, y se oyen voces sepulcrales, y gritos, y suspiros. Entonces las tumbas se entreabren, los esqueletos deshacen sus sudarios que la tierra ha pegado en sus huesos; se levantan, caminan, danzan. ¡A la danza, los muertos! Ha sonado la hora, salid de vuestras tumbas; oíd el bordón de las campanas cantándola. ¿No os cansáis? Danzad ahora que estáis muertos, ahora que la vida y la desdicha se han ido con vuestras carnes. ¡Vamos! Vuestras fiestas ya no tendrán día siguiente, serán eternas como la muerte; ¡danzad!, ¡regocijaos con vuestra nada! Para vosotros ya no hay preocupaciones ni fatigas, ya no existís; para vosotros ya no hay desdicha, estáis muertos. ¡Oh, muertos, danzad!

¡Danzad!, ¡que la ronda sea inmensa y la fiesta gozosa! Danzad hasta el alba, y luego volveréis a acostaros en vuestros lechos de piedra. ¡Elegid vuestras mujeres! ¡Que su cabeza sea blanca y sus largos dientes pulidos! Su piel es fría, ¿verdad?, ¡muy fría! Y sus ojos os miran. ¡Hace que salten mucho, que el vals las arrastre! ¡Cuánto placer! Están desnudas y os muestran sus corazones, el sitio donde estaba su alma, donde tantas veces han palpitado dulces cosas. Son hermosas, su talle es fino, sus uñas largas, pulidas, blanqueadas; sus cabellos flotan sobre sus hombros. ¡Danzad, muertos! ¡Besaos! Vuestras bocas ya no muerden; son puras ahora. La orgía con vino tinto, la lujuria, las mentiras, la blasfemia ya han desaparecido; el gusano ha pasado por ahí y se ha apoderado de los labios.

¡Vamos! La luna os alumbra, ¿hay lámpara más bella? Brilla a través de las nubes que la reflejan sobre vosotros como detrás de una cortina azul; ¡la llanura es inmensa, es la tierra, es la inmensidad, son los siglos en los que danzáis! Y si encontráis una mujer que os agrade, que sea más bella que los ángeles, cuyo sudario sea más sedoso y más largo, más suave, menos amarilla, menos desdentada, y que también os ama, sentaos juntos, abrazaos pensando en las alegrías pasadas en la tierra, y acostaos los dos sobre la hierba de las tumbas y vuestros cráneos se tocarán, se besarán.

Porque el amor hace revivir; y cuando ya no seáis nada, como la tierra sobre la que danzáis, un viento de estío, suave, lleno de perfumes y de delicias, tal vez se lleve vuestros polvos y los arroje sobre las rosas. ¡Danzad, muertos! Solo la noche es vuestra.

Pero ¿qué hacéis los largos días de invierno, cuando la nieve os cubre y se camina sobre vuestras cabezas? Lloráis en vuestros sudarios, dais vueltas en vuestro ataúd. Además, los gusanos suben sobre vosotros y a veces os despiertan.

Decidme, ¿hay duda de que las muchachas piensan en sus amores, los reyes en sus coronas y los locos en su gloria que se pudre como ellos? O esperáis la hora, la hora que no llega, y gemís de hastío, la madera os hace daño, la tierra os ahoga, y además hace frío y está oscuro.

–¡Oh, no! Nosotros dormimos.

II

Ese día, no sé qué parte de virtud, qué viento de filantropía había soplado sobre la tierra, pero Satán se aburría. Solo, en los cielos, en ese lugar donde se pone a Dios y donde los filósofos rechazan el vacío, se cansaba de esperar a las puertas del paraíso.

Jesucristo acertó a pasar y oyó a sus pies una risa que tenía de estertor y de orgullo al mismo tiempo.

–¡Tú otra vez, maldito! –dijo al ver el rostro condenado del muerto, de pie sobre un cometa, a unos cientos de pies más abajo.
Su voz era dulce, y la inmensidad vibró mucho rato con una armonía celestial.

–¡Otra vez yo, amo mío! Sabéis que soy eterno, que soy un Dios; la Escritura me lo otorgó y los más impíos tienen fe en mí.

–Tu orgullo es altivo y lleno de amargura; ¡basta!, cállate, espíritu de las tinieblas.

–¿Tenéis poder para hacerme callar?

–¡Cállate! Está escrito: «No tentarás al Hijo del hombre».

–Y eso es falso, repito una vez más; vos mismo lo habéis experimentado cuando teníais un hambre tan terrible en el desierto. Poco faltó, creo, para que el estómago no prevaleciese sobre la misericordia.

–¡Pero te vencí, serpiente! El día de mi muerte, hubo un estremecimiento de alegría en el cielo, y la tierra palpitó de felicidad hasta en sus entrañas. La esperanza había llegado a ella.

–Luego desapareció, esa noche misma tuvisteis una extraña fiebre en los Olivos.

–Cierto, fue una noche terrible. ¡Oh, cuántas tentaciones! Solo el amor me sostenía entonces.

–No tan bien como la cruz de madera en la que expirasteis.

–¿Y en cuanto al arcángel? ¿Negarás tu derrota?

–Eso no demuestra nada, porque triunfo cada día.

–¡De nuevo vanidad!

–¡Ah!, esa vanidad es algo admirable y que me sirve de un modo maravilloso, hago de ella el genio de los poetas y la virtud de las mujeres.

–¿Triunfas de verdad?

–Pregúntaselo a tu padre; si supieras… llorarías por sus sufrimientos pasados. Tu padre me quiere mucho, he reinado sobre todas las religiones, todas las castas, todos los imperios. Desciende conmigo a la tierra y verás.

–¿No está en ella el Espíritu Santo?

–No, hace ya varios siglos que murió de una fluxión de pecho.

–¡Siempre! Pero…

–¿Qué puedes hacerme? ¿Aniquilarme? Te lo agradeceré. ¿Aliviar mis penas? Soy demasiado orgulloso; y hacerme feliz, eso no puedes hacerlo. Ven conmigo, y si no hay suficientes vivos te mostraré los muertos, y enseguida verás quién de nosotros dos resultará vencido.

Y hubo una inmensa risa que colmó los abismos.

III

–Descended, y allá abajo veréis cómo soy el amo, cómo todo se inclina ante mí, cómo se me respeta, cómo se me inciensa lo mismo que a un soberano. Me siento en un trono más amplio que el de todos los reyes, cortejan a mis ministros, matan por ellos, y a mí me adoran. ¡Si supieras qué bello concierto zumba sin cesar en mis oídos! Todas las noches, voluptuosidades, todos los días, orgías, y el crimen por todas partes. ¡Oh, el crimen! ¡La sangre cuando humea y cuando la espada avanza! ¡Y además el oro en el que se revuelcan! Y mis mujeres, que hago más bellas que tus ángeles, porque los demonios aman mejor que los santos.

–Eso es muy tuyo, espíritu infernal: la lujuria en el cuerpo, la blasfemia en la boca, el orgullo en el alma.

–¿El orgullo? Tú no conoces sus delicias. Mira, es un licor que os quema, pero es embriagador.

–Y la blasfemia, ¿refugio de condenados?

–Es el único alivio de los que no lo tienen.

–¿Y la lujuria, de la que tan bien sabes servirte para envilecer a la criatura de mi padre cuando la asimilas al bruto?

–Contempla a esa bella criatura, ese reflejo de los cielos, el hombre más alto entre los hombres, Alejandro, revolcándose como un carretero borracho o un perro sarnoso en los brazos de una pelandusca. Mira, me río de todo corazón, si tengo un corazón, cuando veo a los filósofos quemar sus libros, a los santos tirar tu imagen, a los poetas arrojar sus ensoñaciones, para ir a lanzarse a los brazos de una mujer a la que al cabo de dos días yo admiro como podredumbre.

–Entonces, ¿tus voluptuosidades mayores son el suplicio de los hombres, y las lágrimas ajenas se convierten en tu alegría?

–Sí, ellas me alimentan, ese es mi único placer. Sufrir solo, como un cenobita, sería indigno de Satán, además, ¡yo sí que cumplo bien mis funciones! Cuando el Eterno me derribó, mis manos vencidas se crisparon sobre el mundo; todavía siguen desgarrándolo.

–¿Nunca piedad?

–Tengo más que tú y toda tu familia; doy a los que amo una impiedad dulce y alegre; borrachos, se duermen para siempre y pasan allí buenas noches…

Especial Bicentenario Flaubert:

1- Flaubert: las claves para crear vida literaria y trascender el tiempo.

2- Cómo Flaubert convirtió a Madame Bovary en una persona real y otros secretos de su éxito.

3- La danza de los muertos, cuento de Flaubert inédito en español, o cuando Jesús habló con Satanás.

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