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La filósofa española Marái Zambrano (Málaga, 22 de abril de 1904- Madrid, 6 de febrero de 1991). /Foto Fundación María Zambrano

La génesis de la «razón poética» en María Zambrano y las huellas de Nietzsche

A los 30 años de la muerte de la pensadora española (6 de febrero de 2021), el experto colombiano analiza el concepto clave de Zambrano y se pregunta: ¿por qué los estudiosos de su obra pasan por alto esta idea ya usada por Nietzsche?

Hace 30 años murió la filósofa y pensadora española María Zambrano (Málaga, 22 de abril de 1904 – Madrid, 6 de febrero de 1991), una de las mejores plumas del siglo XX, la primera mujer que obtuvo el Premio Cervantes de Literatura en 1988. Desde el reconocimiento de su obra en la segunda mitad del siglo XX, la importancia de su obra ha venido creciendo vertiginosamente, al punto de que las editoriales más importantes de España, como Siruela, Trotta, Cátedra, Alianza, etcétera, difunden su obra o publican estudios en torno a la misma. En América Latina, también, el Fondo de Cultura Económica ha reimpreso varias veces su pionero Filosofía y poesía y su fundamental El hombre y lo divino. Sin embargo, hay un aspecto que me llama profundamente la atención y es el siguiente: ¿por qué los múltiples estudiosos de su obra, cuando rastrean la génesis del concepto y del método “razón poética” pasan por alto que el mismo ya había sido usado por Nietzsche en el aforismo 119 de su libro Aurora? Más aún, ¿por qué no se plantea la relación que este concepto tiene en Nietzsche, que cuenta con algunos estudios específicos, y el significado que la pensadora española le dio al mismo? Eso es lo que trato de explicar en el presente artículo-homenaje en torno a su obra.

El concepto de razón poética es medular en la obra de María Zambrano. Es más, desde su bello libro Filosofía y poesía, de 1939, suele pensarse que uno de los grandes aportes de esta filósofa fue la feliz fusión de filosofía y poesía, de la razón y conocimiento poético. Y en estricto sentido, esta lectura es acertada, pero para comprenderla bien, para no simplificarla, debe entenderse que, en ella, ese concepto no fue posible sin su discipulado con Ortega y Gasset. Si Ortega y Gasset cuestionó la escisión entre la vida y la razón y si propuso que “el tema de nuestro tiempo” era la vida, como hizo en 1923, María Zambrano dio un paso más allá, de la mano de Scheler, y plateó la necesidad de un saber sobre el alma, como hizo ya en 1934, y transformó la razón vital orteguiana en razón poética. Y, sin embargo, esta operación no fue posible, sin la influencia de otros autores como Miguel de Unamuno y, especialmente, de Nietzsche, quien explícitamente usó la expresión “razón poética”.

En efecto, ya desde su primer libro Horizontes del liberalismo, publicado entre el final de la dictadura de Primo de Rivera y el advenimiento de la fugaz Segunda República, Zambrano llamaba a rescatar a Nietzsche o “algo de él”, especialmente, su apuesta por la “afirmación de la vida, desconfianza de la razón, valor moral de todo lo que es aumento de vida, superación constante, aprovechamiento del dolor en beneficio de los valores positivos, heroísmo del individuo como encarnador de los valores vitales”. Y como es sabido, en estos años publica artículos sobre Nietzsche como la reseña Lou Andreas Salomé: Nietzsche, de 1933, Nietzsche o la soledad enamorada y Nietzsche y Flaubert, de 1939; o los estudios específicos que hará después, en La destrucción de la filosofía en Nietzsche y en El hombre y lo divino. Y, sin embargo, ¿por qué a pesar de que Zambrano conocía a Nietzsche, y había leído su obra, incluyendo Aurora, la pensadora no reconoció explícitamente -que se sepa- que tomó la expresión “razón poética” del filósofo alemán?, ¿quiso ocultarlo?, ¿pasó por alto ese detalle? A esto se suma el hecho de que la propia pensadora consideró a Nietzsche un ser de la aurora, un renacer, y que tituló uno de sus propios libros con un título parecido, De la aurora, publicado en 1984. Aurora de Nietzsche se tradujo al castellano en 1902 según el clásico estudio Nietzsche en España (1890-1970), de Gonzalo Sobejano, por lo que es válido preguntarse ¿conoció Zambrano esa traducción? No está demás decir que esas primeras traducciones eran bastante limitadas y que María Zambrano no leía en alemán, lo que puede explicar su desconocimiento.

Sin embargo, no se trata de presumir de la mala fe de la filósofa, sino de comprender, también, que ella tuvo una relación heterodoxa con la filosofía, y que hacía un uso muy libresco de la misma como bien anotó en su momento Rafael Gutiérrez Girardot. Al respecto, Jesús Moreno Sanz, tal vez el mayor conocedor de su obra, dice que ella no hizo una lectura filológica de Nietzsche, sino que siempre se trató de “un Nietzsche, digamos, absorbido, memorizado e interiorizado”.

Este silencio de Zambrano es lo que ha llevado a sostener, como ya es habitual, que el concepto de «razón poética» tiene su primera formulación en diciembre de 1937 en un artículo titulado La guerra, de Antonio Machado. De ahí lo habría derivado Zambrano. Allí dice el gran poeta: “Poesía y razón se completan y requieren una a otra. La poesía vendría a ser el pensamiento supremo por captar la realidad íntima de cada cosa, la realidad fluente, movediza, la radical heterogeneidad del ser”. Y la pensadora comenta sobre este párrafo de Machado: “Razón poética de honda raíz de amor”. Con todo, como ha mostrado el ya citado Moreno Sanz y también Madeline Cámara, la primera vez que Zambrano usó esa expresión fue en 1937, pero no en diciembre sino en enero, en un texto escrito en Chile titulado A los poetas chilenos de Madre España.

La pregunta es: ¿por qué se minimiza en estas pesquisas la presencia de Nietzsche? Y para ir más al fondo del asunto: ¿qué significaba para Nietzsche la expresión “razón poética”? Como se dijo, es en Aurora donde aparece esa expresión, en el aforismo 119 titulado Vivencia y ficción. Allí Nietzsche alude, entre otras cosas, a la libertad de interpretación que se presenta en los sueños de nuestros estímulos nerviosos, libertad que no se da en la vigilia. Nietzsche postula la idea de que en los sueños se sacian los impulsos (instintos) de diferente manera, así como en distintos aspectos de nuestros actos y sucesos diarios. De paso, plantea la imposibilidad de conocer todos los impulsos de nuestro ser y lanza la atrevida hipótesis según la cual nuestra conciencia no es más que un comentario de un texto [los impulsos nerviosos] desconocido, pero sentido. Para referirse a la razón poética, el pensador alemán usa la expresión Dichtende Vernunft. Tampoco deja de ser curioso que la expresión aparezca en un tema- los sueños- en el cual los dos autores tienen cercanías de interpretación como ya mostré en el texto Nietzsche y María Zambrano: un diálogo en torno a los sueños.

Hay que decir que en los estudios que se han hecho sobre este concepto en Nietzsche, pero sin ninguna relación con María Zambrano, encontramos el artículo Nietzsche y la razón poética, de Luis Antonio Velasco Guzmán. En el estudio, se plantea específicamente la imposibilidad de llegar a conocer nuestra propia individualidad, lo cual implica, desde luego, la impotencia de la razón, y los límites de las pretensiones del racionalismo. Dice Velasco: “La imposibilidad de llegar a conocer qué es el individuo está cimentada en el hecho de que tal problema solo podría aclararse mediante la explicitación de los instintos más primarios, tal como Nietzsche lo enuncia, con el conocimiento exacto de su número y su fuerza, su flujo y su reflujo, su acción recíproca, y, sobre todo, las leyes que rigen su satisfacción, mas como todo esto no es susceptible de medición, la pretensión moderna se invalida a sí misma por ser a todas luces inapropiada”.

Los conocedores de la obra de Nietzsche y de María Zambrano, notarán inmediatamente la cercanía de estos planteamientos. Por ejemplo, Zambrano ha dicho explícitamente en Los sueños y el tiempo que “Por intenso y decisivo que sea, todo acto de conciencia deja un halo, un sobrante, un fondo vital intocado”, lo que lleva a que no podamos conocernos a nosotros mismos, o también: “El que mira, es por lo pronto un ciego que no puede verse a sí mismo”, como afirma en su bello libro Claros del bosque. Zambrano siempre denunció la soberbia de la razón y la manera como ésta dejaba de lado a las entrañas, a las pasiones y afectos humanos. Por eso abogaba por “entender lo que se siente, sin anularlo, sin dejar de sentirlo”; por “una inteligencia que rescata a lo más alejado de ella”, pues hay que “ir llevando el sentir a la inteligencia”. De tal manera que la razón poética de Nietzsche, esa que labraba interpretaciones librescas y daba rienda suelta a la imaginación, ofrecía un mayor conocimiento de nosotros mismos (aunque no total), del hombre íntegro, que el que ofrecía el conciencialismo y el soberbio racionalismo modernos, tal como esperaba la propia Zambrano. En fin, la razón poética nietzscheana es, también, una razón más ancha, más amplia. En eso confluían los dos pensadores.

Entre los especialistas en Zambrano, Moreno Sanz se percató de que en la pensadora española hay una “vinculación” entre la Dichtende Vernunft y la razón poética, y la establece correctamente a partir de Aurora, pero no desde el aforismo 119, sino del 43, donde Nietzsche dice: “el pensador necesita imaginación, arrebato, abstracción, insensibilidad, inventiva, presentimiento, inducción, dialéctica, deducción…síntesis”. En fin, diversos y múltiples modos de conocimiento, que van más allá de la razón a secas. Ahora, a lo que apunta Nietzsche es, a mi juicio, que el conocer es algo que requiere herramientas más afiladas que la razón tradicional, para lo cual se necesita advertir, también, “las operaciones previas del conocimiento en el hombre”.

Esta postura nietzscheana de la razón poética está más cerca de la de Zambrano que lo que normalmente se acepta por parte de los especialistas en la pensadora española. Ahora, eso no quiere decir que ella copió el concepto. No. Tal vez lo pasó por alto, como ya advertí. Tampoco implica que, como en el caso de Ortega, ella no haya ido más allá. De hecho, lo hizo, y con importantes contribuciones. Hoy sabemos que la razón poética zambraniana es una respuesta a la reducción de la vida por parte del racionalismo moderno, es una denuncia del empobrecimiento humano por parte de la sociedad burguesa; sabemos que es una respuesta a la crisis, a la “agonía de Europa”, y que se relaciona con un tipo de razón más ancha, más amplia, con un logos que se haga cargo de las entrañas, del intrahombre, que traduzca el sentir, pero también que se encarne y logre darle dirección a la vida humana. Es una razón que busca la unidad del hombre consigo mismo y con la totalidad de las cosas, con su fondo sagrado. Es más, como método, la razón poética renunciaba a la razón discursiva y le apostaba a la metáfora, reivindicó el rescate de las culturas, sus múltiples visiones del mundo, y al abrazo de otros saberes del hombre, como la superstición, la mística, la poesía, pues “nada de lo que como real llega al corazón debe ser anulado ni mandado fuera o dejado a la puerta; nada real debe ser humillado, ni tan siquiera esas semirrealidades que revolotean en torno del espacio viviente del corazón, pues que quizás en él acabarían de cobrar la realidad que apetecen o de dar su realidad escondida”.

Desconocer que María Zambrano fue más allá de Nietzsche, oscurece el hecho de que por lo menos desde los años 40 sus diferencias se acentúan más, y que tal vez Zambrano no le perdonó a Nietzsche el haber matado su Dios cristiano. Por ejemplo, Zambrano miró críticamente el proceso de secularización, y quiso superar el nihilismo con la mística, con el sumergirse en la nada, en la noche oscura, mientras que Nietzsche postuló la transvaloración de los valores y propuso el superhombre. Decir que Nietzsche ya había dicho todo lo que ella dijo después, es considerar, como suele hacerse en el medio colombiano, que la filosofía es una carrera de caballos, como si se tratara de determinar quién dijo primero algo, y quién se adelantó a quién. De lo que se trata es de descifrar los contenidos, tener claro los problemas filosóficos que se debaten de fondo, los problemas y las cuestiones que cada pensador encaró. Lo demás, es considerar la filosofía como un hipódromo.

  • Damián Pachón Soto es doctor en Filosofía, escritor, Profesor Asociado de la Universidad Industrial de Santander, Colombia, y Profesor Visitante Asociado del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe, Japón. Email: dpachons@uis.edu.co

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