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Una protesta en Bogotá, con máscaras de Anonymous.

La historia de América Latina a través de sus ideologías extremistas, la incertidumbre y la cultura en pos de una identidad

LATINOAMÉRICA REESCRIBE SU BIOGRAFÍA 3 / En 'Delirio americano', el antropólogo colombiano crea un fresco revelador de un continente casado con el adanismo, "la tendencia a refundar la nación con revoluciones cada dos por tres sin darle continuidad a ninguna política de Estado". Un análisis por países y de manera global

Presentación WMagazín Uno de los libros más lúcidos y reveladores sobre América Latina, por lo que tiene de gran fresco de autorreconocimiento y autoevaluación de su historia para comprender el presente es Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina, de Carlos Granés, editado por Taurus. Este antropólogo colombiano reconstruye la biografía de un continente en sus realidades y sueños de manera documentada con una redacción ágil en la que están presentes las principales líneas que ha trazado el destino latinoamericano desde comienzos del siglo XX, hasta la actualidad en una conexión de causas y efectos que resulta revelador.

WMagazín publica un pasaje de este ensayo, una parte del penúltimo capítulo de la historia latinoamericana, que arroja luz sobre este presente de incertidumbre. Una aproximación al libro es el siguiente análisis de Granés:

«Las sociedades empiezan a dividirse en dos bloques, ambos populistas, ambos exaltados y redentores, menos interesados en establecer verdades objetivas que en ganar el relato mediático, en forzar las leyes para destronar, arrinconar o apresar al enemigo político, y desde luego en ganar el poder para que el otro bloque no lo tenga. Esta dinámica perpetúa uno de los problemas latinoamericanos, el adanismo, la tendencia a refundar la nación con revoluciones cada dos por tres sin darle continuidad a ninguna política de Estado».

Eso es América Latina, de arriba abajo, no termina de nacer y siempre avanza en zigzag, dando tumbos al borde de… Hasta llegar a este tiempo que lo simplifica todo, como en el resto del mundo, entre buenos y malos, el Bien y el Mal, blanco y negro. Y sus políticos presidenciales, y presidentes, se venden como salvadores, casi como mesías, y suelen guardar tics autoritarios que desprecian la democracia que han invocado. De ahí tantas protestas de la gente en los últimos años.

Delirio americano explica con gran pulso narrativo «desde las primeras reivindicaciones de una América Latina con identidad propia por parte de poetas y ensayistas, pasando por el surgimiento del comunismo y el fascismo y la irrupción del populismo en el subcontinente, hasta la resaca del boom, las nuevas tensiones entre lo local y lo global y la muerte de Fidel Castro en 2016, el libro rastrea el papel de las ideas y las artes en la invención de América Latina y en la construcción de las identidades nacionales durante las diversas dictaduras y revoluciones», señala la editorial de manera acertada.

Carlos Granés (Bogotá, 1975) se doctoró en Antropología Social por la Universidad Complutense de Madrid. Estuvo becado en la Universidad de Berkeley, California, donde finalizó su tesis sobre Antropología del arte, a la que posteriormente se le otorgó la máxima calificación (cum laude) y el Premio Extraordinario de Doctorado. En 2008 publicó La revancha de la imaginación. Antropología de los procesos de creación: Mario Vargas Llosa y José Alejandro Restrepo. En 2011 publicó El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales, por el cual recibió el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco.

No te pierdas este fresco de Delirio americano, un documento indispensable para conocer la vida del continente, las estrategias con las que los políticos han jugado con los sueños de la gente, los hilos de un sino trágico con nombres propios. En suma, conocer de dónde se viene, o, como dice un refrán español, «De aquellos polvos estos lodos»:

Portada del libro 'Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina', de Carlos Granés. /WMagazín

'Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina'

Por Carlos Granés

Lima, Quito, Buenos Aires, Bogotá, 1990-2022: La mala suerte de la democracia latinoamericana. La segunda ola de populismos

Entre 1979 y 1990 fueron cayendo uno a uno todos los dictadores militares, desde el ecuatoriano Alfredo Poveda Burbano hasta el chileno Augusto Pinochet, pero el regreso de la democracia no supuso la normalización de la vida institucional. Los años ochenta habían dejado al continente quebrado, con hiperinflaciones, deudas externas, monedas desvalorizadas y nuevas amenazas como el narco, la corrupción de los partidos tradicionales y los grupos armados contra o paraestatales. Lo único claro era que ya no había espacio ni para revoluciones de izquierdas ni para cuartelazos de derechas. Excepto Cuba y México, que tenían sus propios sistemas autoritarios, quien quisiera ascender al poder tenía que usar medios legales. América Latina volvía a estar como en 1945, forzada a seguir el camino democrático, así fuera a regañadientes. Y con una tradición liberal tan débil era de preverse que en esta segunda ola democratizadora se repetiría el fenómeno populista de la primera.

Ocurrió muy pronto en Perú y luego en Ecuador, donde Alberto Fujimori y Abdalá Bucaram recurrieron a las viejas estrategias nacionalpopulares, con sus alusiones a la raza o al antielitismo de los candidatos, para conquistar electorados. Fujimori llamó la atención durante su campaña manejando un tractor o vistiendo ponchos y chullos, y se vanaglorió de ser un «chinito» con un vicepresidente «cholito», las razas humildes y mayoritarias de Perú, siempre menospreciadas por las élites blancas. Bucaram, por su parte, exageró su campechanía hasta la extravagancia, compartiendo con el público su afición a las guatitas, el fútbol y las vedetes, soltando insultos y procacidades en sus mítines y haciendo estallar en carcajadas a los espectadores con sus imitaciones. En los escenarios cantaba, lanzaba chistes de dudoso humor criollo y tronaba en contra de la oligarquía. Lo acompañaba un grupo de rock, Los Iracundos, con el que convertía sus apariciones públicas en conciertos y pachangas. Él mismo grabó su propio disco, Un loco enamorado, subastó su bigote hitleriano y hasta puso su nombre en las bolsas de la leche .

Todas estas excentricidades y guiños les sirvieron para llegar al poder. Pero una vez allí, al menos para Fujimori, las cosas cambiaron . El nuevo presidente se quitó el disfraz de cholito, se puso saco y corbata y adoptó el semblante de un caudillo autoritario y neoliberal. Impuso el shock económico con el que había demonizado a Vargas Llosa en comerciales televisivos, y vio con satisfacción cómo las medidas de las que abominó en campaña controlaban la inflación, atraían la inversión extranjera y volvían a insertar a Perú en los circuitos financieros internacionales. Una vez que la economía mejoró y su imagen pública se fortaleció, estuvo listo para hacer la misma jugada que Velasco Ibarra: convertir su Gobierno populista en una dictadura personalista. Con el respaldo de las fuerzas armadas, en abril de 1992 cerró el Congreso y empezó a gobernar por decretos leyes. También en la línea del populista ecuatoriano, justificó su golpe como una medida moralizadora que le permitiría luchar contra la corrupción y el terrorismo de Sendero Luminoso. Luego procedió a legitimar su autogolpe al modo peronista, convocando una Asamblea Constituyente encargada de refundar el país y forjar, ahora sí, una verdadera democracia. Como el garante de ese horizonte de honestidad, pureza, justicia e igualdad era el mismo caudillo, el primer artículo que debía reformarse era el que impedía su reelección. Empezaba en ese instante un nuevo periodo en América Latina en el que los líderes populares y autoritarios, tanto de derechas como de izquierdas, buscarían romper los consensos constitucionales para redactar un nuevo texto a su medida .

Fujimori fue un pícaro oportunista sin proyecto ideológico que supo interpretar muy bien las ansiedades que estaba generando el terrorismo senderista . También tuvo suerte . A falta de un programa económico, copió el de Vargas Llosa justo cuando las medidas aperturistas estaban dando resultados positivos en América Latina. La reactivación económica y la derrota de Sendero Luminoso y del M R TA le darían a Fujimori una popularidad y un capital político descomunales. Ni la evidencia del desfalco —seis mil millones de dólares, se calcula que robó al Estado— ni la manera en que corrompió a las élites y destrozó las instituciones desplazaron al fujimorismo de la primera línea de la política . Hasta el día de hoy, aunque cueste creerlo, es una fuerza determinante en la vida pública peruana. Bucaram copió el modelo peruano, pero no fue tan hábil ni tuvo tanta suerte. Sus payasadas divirtieron al público-elector hasta que tuvo que subir los precios de la electricidad y el gas y se hicieron públicas las acusaciones de corrupción. Su pachanga dejó de hacer gracia y la ciudadanía se le echó encima. Solo llevaba seis meses en el Gobierno cuando el Congreso le volteó las cartas: aprovechó su extravagancia desmadrada para acusarlo de estar incapacitado mentalmente para presidir el país. El presidente había jugado a ser loco, sin sospechar que entregaba a sus adversarios una disculpa poco rigurosa, pero efectista, para destituirlo. Su salida del Gobierno en 1997 dejó a Ecuador hundido en un desgobierno y en una crisis brutal, que hicieron rodar por el palacio de Carondelet a diez presidentes durante los siguientes diez años, todo esto en medio de crisis bancarias y monetarias que golpearon con enorme fuerza a países como Ecuador, Argentina y Colombia. El desmadre que dejó Bucaram con su populismo neoliberal estaba allanando el camino para un nuevo populismo, esta vez de izquierdas, el de Rafael Correa .

La crisis bancaria de 1998, pero sobre todo los problemas de orden público ocasionados por la terrible ofensiva que emprendieron las FARC después del fallido proceso de paz de Andrés Pastrana, predispusieron a la sociedad colombiana a depositar sus esperanzas en un político que, por primera vez en casi cien años, llegaba a unas elecciones presidenciales sin el respaldo de los partidos liberal o conservador. La exitosa estrategia de Álvaro Uribe consistió en prometer lo que un país frustrado y humillado ansiaba oír. Seguridad, mano dura. Ese sería el eje de su gobierno, seguridad en las vías públicas y una lucha frontal y decidida contra la guerrilla. Su lema de campaña para las elecciones de 2002, «Mano firme, corazón grande», no dejaba ninguna duda al respecto: llegaba el populismo de derecha a Colombia. Como Fujimori, la promesa uribista de apretarle las tuercas a la insurgencia calmó las ansiedades de gran parte de una sociedad aterrorizada con los secuestros, chantajes y asaltos de las FARC. Su estrategia no fue el recurso racial o popular, sino el nacional. En un país —excepción latinoamericana— poco dado a los excesos nacionalistas, Uribe alimentó el patrioterismo, para aglutinar muchos apoyos y arrojar resultados importantes durante su primer gobierno: recuperó las carreteras, forzó a la guerrilla a replegarse en las zonas que había ocupado históricamente, devolvió la sensación de seguridad, y todo esto mientras el país, como buena parte del continente, vivía un boom económico con la exportación de materias primas. Sus éxitos en estos dos terrenos, el económico y el bélico, tendrían el mismo efecto que en Perú: una alianza inquebrantable entre sectores de las élites con el uribismo, y un camino despejado para modificar la Constitución .

El uribismo se debatió entre los actos heroicos y cinematográficos, como la liberación de Íngrid Betancourt, y la banalidad del mal encarnada en los falsos positivos, asesinatos extrajudiciales de más de seis mil civiles para engrosar los partes de guerra del ejército. Unos y otros sirvieron para apuntalar un relato o un espejismo que hacía creer que la derrota militar de las FARC estaba a la vuelta de la esquina. Los colombianos de bien estaban derrotando a la insurgencia terrorista: ¿quién no quería creer esa historia después de medio siglo de guerra de guerrillas? Era un recurso populista de enorme efectividad, que le permitió a Uribe corromper la tradición institucional y liberal colombiana para reformar la Constitución y mantenerse en el poder hasta 2010 . No contento con dos mandatos, promovió un plebiscito que seguramente, de no haberse estrellado contra la Corte Constitucional, le habría permitido ejercer como presidente por un tercer periodo .

La popularidad y el fervor que generaron los populismos neoliberales y antiterroristas en buena parte del establishment político, empresarial y mediático dieron a Fujimori y Uribe un ancho margen para obrar de forma dudosa. Durante los gobiernos de Uribe los periodistas fueron perseguidos y los jueces, espiados; se sobornó a congresistas para aprobar la reelección, y se hicieron pactos con políticos ligados al paramilitarismo. Por algunas de estas acciones fueron a dar a la cárcel dos ministros, dos directores del DAS, dos secretarios de seguridad y dos secretarios de la presidencia, mientras que Uribe, protegido por lo que en Colombia se conoció como el «efecto teflón», salió siempre limpio de investigaciones sobre paramilitarismo y narcotráfico que iban descabezando a su hermano, a su primo y a sus colaboradores más cercanos. Hasta una acusación bastante bien fundada por manipulación de testigos, que lo forzó a renunciar al Senado y produjo una detención domiciliaria, parece desvanecerse en los archivos de la Fiscalía. Con mucha menos suerte contó Fujimori, que sí acabó en la cárcel acusado de un par de masacres, usurpación de funciones, corrupción y algún que otro delito, lo cual no impidió que su «capital» político pasara a manos de su hija Keiko, ni que el fujimorismo sobreviviera como una fuerza desestabilizadora, des-tinada a proteger intereses mafiosos y a entorpecer el sistema democrático. Desde 2016, después de dos derrotas electorales, la mayoría parlamentaria de Keiko Fujimori hizo ingobernable Perú, y en junio de 2021, incapaz de digerir su tercera derrota consecutiva, congregó al poder mediático y a los bufetes de abogados más prestigiosos de Lima para intentar socavar el resultado electoral con una acusación de fraude basada en rumores e indicios, sin ninguna prueba real.

A la fiesta populista de los noventa también se unió el peronismo, como era de esperarse, esta vez en su versión neoliberal, menemista, para privatizar el sector público y controlar la crisis inflacionaria. Pero lo que inició bien, produciendo una pequeña bonanza, muy pronto se convirtió en una fiesta de negociados sin auditorías, deuda externa descontrolada, frivolidad y corrupción, que finalmente acabó en una enorme crisis económica que facilitó la aparición de los Kirchner, populistas de izquierda. También en Perú y en Colombia el fujimorismo y el uribismo alimentaron a sus némesis, políticos cuyo comportamiento en el poder al día de hoy es impredecible. En Perú una de estas candidaturas, la del improvisado Pedro Castillo, representante de un partido marxista-leninista-mariateguista con ideas cavernarias y autoritarias difícilmente compatibles con la democracia, ganó las elecciones de 2021. En Colombia ha mantenido inflada la imagen de Gustavo Petro, un exguerrillero de retórica grandilocuente que se arropa con etiquetas como «humanidad», «paz», «pacto» o «vida» para camuflar una personalidad mesiánica, capaz de pactar con grupos evangélicos y hasta con un exgobernador de dudoso pasado, vinculado a una masacre paramilitar, pero no de renegar explícitamente de los liderazgos autoritarios de Venezuela.

La guerra populista cada vez se impregna de más elementos religiosos porque ambas retóricas reducen la complejidad social y los muchos conflictos que surgen del choque de intereses a una simple batalla entre amigos y enemigos, entre el Bien y el Mal, entre Dios y Satanás o, como decía Gustavo Petro, entre las políticas de la vida y las políticas de la muerte. Todo viene a ser lo mismo, porque al final de lo que se trata en cada elección es de salvar a la patria del antipueblo o del anticristo; salvar a la nación del castrochavismo o del imperialismo colonialista heteropatriarcal. La causa moralista, como la patriótica, moviliza afectos, borra los matices y desemboca en una cruzada del todo o nada .

El hecho de que el marco ineludible de todas las contiendas políticas recientes haya sido la democracia, no ha fortalecido el sistema sino todo lo contrario. Las instituciones se han convertido en un campo de batalla en el que se ha abusado de todos los recursos a la mano: la vacancia, el impeachmento el obstruccionismo parlamentario. A falta de proyectos y soluciones para los problemas, el recurso inmediato es tumbar o desgastar al enemigo. Y esto, como es entendible, deslegitima el sistema; siembra sospechas anticipadas sobre los procesos electorales, la fiabilidad de los jueces, la solidez de los tribunales, la imparcialidad del periodismo y la posibilidad de dirimir objetivamente los conflictos que surgen en las luchas por el poder; una sospecha generalizada que ha disparado la tendencia conspirativa, la creación de realidades paralelas y la polarización extrema. El resultado puede verse en Perú, Brasil, Chile, México. Las sociedades empiezan a dividirse en dos bloques, ambos populistas, ambos exaltados y redentores, menos interesados en establecer verdades objetivas que en ganar el relato mediático, en forzar las leyes para destronar, arrinconar o apresar al enemigo político, y desde luego en ganar el poder para que el otro bloque no lo tenga. Esta dinámica perpetúa uno de los problemas latinoamericanos, el adanismo, la tendencia a refundar la nación con revoluciones cada dos por tres sin darle continuidad a ninguna política de Estado. La revolución es ahora legal y con votos, pero el resultado es el mismo: un cambio de gobierno es un nuevo comienzo con nuevas constituciones y hasta con nuevos nombres para los países. Es como si no se hubiera asimilado ninguna de las lecciones del siglo XX. Ahí seguimos, divididos entre los nuestro americanistas-identitarios-globalifóbicos-autoritarios que se miran en el ejemplo del castrismo y el peronismo, y los evangelistas-neoliberales-militaristas-patrióticos que evocan las dictaduras económicamente eficaces que acabaron con el terrorismo de izquierdas. Sigue habiendo democracia, pero cada elección es una guerra en la que el centroizquierda y el centroderecha, en lugar de pactar para frenar el delirio populista, acaban arrastrados por los radicalismos. Como quedó demostrado en las elecciones peruanas de 2021 y con la Asamblea Constituyente chilena, este empieza a ser el panorama de América Latina. Vale la pena ver cómo llegamos hasta aquí.

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