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Detalle de la portada de ‘La canción de Aquiles’, de Madeline Miller (ADN). /WMagazín

La historia de Aquiles y sus pasiones, amores, guerras y gloria contada por Patroclo

La filóloga estadounidense, reconocida por su novela 'Circe', logró con su primer libro un punto de vista original para narrar al mítico héroe homérico. WMagazín publica un pasaje de 'La canción de Aquiles' que muestra cómo en la infancia de los dos guerreros asoma el destino que les esperaba

Presentación WMagazín Esta es una historia mil veces contada que reúne a mortales y dioses. La de Aquiles, la del héroe de todos los tiempos que prefirió la gloria y la vida en la memoria de los mortales a la inmortalidad. Su historia narrada por Homero en Iliada no solo es una obra pilar de la literatura y las artes y asomos a la Historia, sino que en ella están plasmados los rincones de la condición humana movida por las pasiones y lo que estas desatan, incluida una guerra. Si al comienzo es el rapto de Helena, el amor-desamor-despecho- lo que mueve a los ejércitos contra Troya, es la muerte de Patroclo en el campo de batalla lo que lleva a Aquiles a la guerra y la victoria, la pérdida del amor que desata la venganza inmisericorde.

WMagazín publica un pasaje de La canción de Aquiles, de Madeline Miller (ADN), quien narra la epopeya homérica desde el punto de vista de Patroclo, el guerrero y amigo íntimo de Aquiles. Es su voz la que se escucha en sus páginas y en ella prima la supuesta relación de amistad y amor entre los dos guerreros. La fuerza de esta relacion, más allá de la amistad, es lo que habría desatado la ira de Aquiles. Esta es la primera novela que escribió Miller, en 2011, y que la haría ganadora del Premio Orange 2012; luego se haría más popular y ganaría prestigio con la segunda titulada Circe (ADN), en 2018.

La filóloga y escritora estadounidense Madeline Miller. /Foto de Nina Subin -cortesía de ADN

Fiel al pensamiento de la Grecia clásica, Madeline Miller, empieza La canción de Aquiles con la marca del destino, en la manera como las Moiras no dejan al azar los hilos que tejen en la vida de cada uno. Es así como La canción de Aquiles empieza con el origen de todo, con la prehistoria nebulosa donde habría de comenzar el destino de Aquiles: el día que Patroclo siendo un niño debilucho conoce a Aquiles y este apenas se fija en él, y luego el momento en que Patroclo asiste, de niño, cmo pretendiente para desposar a la bella Helena, pero ella elige a Menelao.

Los hilos están puestos. Los mortales harán el resto. En algún momento del pasado asoma el futuro, en algún punto del camino entra el destino que habrá de ser.

Portada de 'La canción de Aquiles', de Madeline Miller (ADN). /WMagazín

'La canción de Aquiles'

Por Madeline Miller

El turno de organizar los juegos le llegó a mi progenitor cuando yo tenía cinco años. Venían hombres desde lugares tan lejanos como Tesalia y Esparta, gracias a los cuales nuestros almacenes rebosa­ban de oro. Un centenar de siervos trabajaron durante veinte días para alisar las pistas de carreras y retirar las piedras. Mi padre es­taba decidido a ofrecer los mejores juegos de su generación.

Recuerdo los cuerpos de los mejores corredores, morenos y relu­cientes a causa del aceite mientras realizaban los estiramientos en la pista bajo el sol. En la liza se daban cita maridos de amplios hombros, jóvenes imberbes y chiquillos. Todos tenían unas panto­rrillas muy musculosas.

Antes de la carrera sacrificaron al toro y vertieron la sangre del astado en la tierra y en cuencos de bronce. El animal murió en si­lencio, un magnífico augurio para los juegos en ciernes.

Los corredores se congregaron delante de la tarima donde mi padre y yo estábamos sentados, los trofeos reservados a los gana­dores en derredor: cráteras de oro donde mezclar agua y vino, trí­podes de bronce y lanzas de fresno rematadas con una punta del valioso hierro. Pero el verdadero trofeo descansaba en mis manos: una corona de laurel recién cortado; el verde de las hojas era agri­sado y yo lo frotaba con el pulgar para sacarle brillo. Mi padre ha­bía acabado dándomelo a regañadientes. Se tranquilizaba a sí mis­mo diciendo que solo debía sujetarlo.

Los más jóvenes competían primero. Habían hundido los pies en la arena, donde se removían, a la espera de que el sacerdote asin­tiera con la cabeza. Todos estaban en pleno estirón. Eran chicos larguiruchos de huesos muy marcados sobre la piel tensa. Mi mira­da recayó sobre un muchacho rubio entre docenas de jóvenes de cabellos negros y alborotados. Me incliné hacia delante para verlo mejor. Su pelo parecía miel bajo la luz del sol y entre sus mechones podía atisbarse la corona de un príncipe.

Era algo más bajo que los demás y su figura tenía esa redondez propia de la niñez que el resto de los competidores ya había perdi­do. Lucía una larga melena anudada atrás con un lazo de cuero; refulgía sobre la piel morena de su espalda. Cuando se daba la vuel­ta su rostro se veía serio, como el de un adulto. Rebasó a los muchachos más corpulentos de mayor edad en cuanto el sacerdote golpeó el suelo con el pie. Se movía con suma facilidad. Sus talones levantaban destellos rosáceos cual lenguas al relamerse. Ganó.

Lo miré fijamente cuando mi padre tomó la corona de laurel de mi regazo y se la puso en las sienes. Sus cabellos eran de un rubio tan intenso que las hojas verdes parecían casi negras. Su progenitor, Peleo, acudió a felicitarlo con una sonrisa de orgullo en los labios. Su reino era más pequeño que el nuestro, pero se rumoreaba que su esposa era una diosa y su pueblo lo adoraba. Mi propio padre lo observaba con envidia. Su esposa era estúpida y su hijo demasiado lento para tomar parte siquiera en la carrera de los de menor edad. Se volvió hacia mí y me soltó: «Así debería ser un hijo».

Sentí las manos vacías sin la corona. Observé a Peleo abrazar a su heredero. El muchacho lanzó al aire la laureola y volvió a coger­la. Reía con el rostro iluminado por la victoria.

(…)

El rey me hizo llamar. Según recuerdo, me fastidiaba mucho cruzar el gran salón del trono para luego arrodillarme frente a él sobre el suelo de piedra. Algunos monarcas habían optado por poner al­fombras a fin de aliviar las rodillas de los mensajeros que venían con nuevas y debían estar mucho rato hablando. No era el caso de mi padre.

—La hija del rey Tindáreo ya tiene edad para desposarse —anun­ció.

Me sonaba ese nombre. Tindáreo era rey de Laconia, en Esparta, y poseía grandes extensiones en las riquísimas tierras del sur, objeto de la codicia de mi progenitor. También había oído hablar de su hija, de quien se rumoreaba que era la mujer más hermosa de toda Hélade. Según se decía, Leda, su madre, había sido violada por el mismísimo Zeus, rey de todos los dioses, disfrazado de cisne. A los nueve meses nacieron dos grupos de gemelos: Cástor y Clitemnes­tra, hijos de su esposo mortal, y Pólux y Helena, deslumbrante pro­le de un dios; pero era bien sabido lo malos padres que eran los dioses. Se esperaba que Tindáreo proveyera a todos de su patrimo­nio.

Yo no respondí a las noticias de mi padre. Nada significaban para mí.

(…)

Se nos llamó para participar en el consejo, sentados en bancos cubiertos con pieles de vaca. Los criados retrocedieron hasta desva­necerse entre las sombras. Mi padre me puso una mano encima y me hundió los dedos en el cuello para avisarme de que no se me ocurriera moverme.

Había mucha violencia contenida en aquella estancia, donde tantos príncipes, héroes y reyes se disputaban un único trofeo, pero sabíamos remedar la civilización. Todos se fueron presentando uno por uno, mostrando su melena refulgente, su espléndido talle y sus carísimas ropas teñidas. Muchos eran hijos o nietos de dioses. Las hazañas de todos ellos habían merecido una, dos y hasta tres can­ciones. Tindáreo los saludó, aceptó sus regalos, los puso en una pila en el centro de la sala e invitó a hablar a todos, a fin de que hicieran la petición de mano.

Mi progenitor era el mayor, a excepción de un hombre que dijo llamarse Filoctetes.

—Es uno de los camaradas de Heracles —susurró el hombre sentado junto a nosotros con un tono de reverencia en la voz que fui perfectamente capaz de comprender.

(…)

Después le llegó el turno a Menelao, hijo de Atreo, sentado jun­to a Agamenón, ese hermano cuyo enorme corpachón recordaba al de un oso. Menelao tenía el pelo de un rojo muy llamativo. Era un hombre vital, fuerte, musculoso. Su regalo fue de lo más suntuoso: un hermoso vestido teñido.

-Aunque la dama no necesita adorno alguno —agregó con una sonrisa.

Era un discurso muy lacónico. Me habría gustado tener algo in­teligente que decir. Yo era allí el único menor de veinte años y que no era hijo de un dios. «Quizás el hijo rubio de Peleo esté a la altu­ra de esto», pensé. Pero su padre lo había dejado en casa.

Los hombres se fueron presentando uno tras otro hasta que me fue imposible recordar los nombres. Mi atención deambuló por la sala hasta acabar fijándose en la tarima, donde reparé por vez prime­ra en la presencia de tres mujeres con velo sentadas junto a Tindáreo.

bservé con fijeza la gasa blanca que cubría los rostros, como si fuera capaz de atisbarlos. Mi padre pretendía que una de ellas fuera mi es­posa. Las tres mantenían sobre el regazo unas manos hermosamente adornadas con brazaletes. Una de ellas era más alta que las otras dos. Me pareció ver un rizo negro tras el velo. Helena tenía los cabellos de un rubio muy claro, según recordaba, así que esa no era. Entretanto, había dejado de oír a los reyes y me llevé un susto al ver que Tindáreo nos miraba y pronunciaba en voz alta el nombre de mi padre.

—Sé bienvenido, Menecio. Lamento saber que tu esposa ha fa­llecido.

—Mi mujer vive, Tindáreo. Es mi heredero quien viene hoy a pe­dir la mano de tu hija.

Se hizo un silencio durante el cual yo me arrodillé, mareado, al ser objeto de las miradas de todos los presentes, que se volvieron hacia mí.

—Todavía no es un hombre. —La voz de Tindáreo parecía muy lejana. Percibí en ella una absoluta ausencia de emoción.

—Y no tiene por qué. Yo soy hombre suficiente por los dos. —Ese era el tipo de bravata que nuestra gente adoraba, una fanfa­rronada audaz; pero esta vez nadie rio.

—Ya veo —repuso Tindáreo.

—Si tu hijo es el pretendiente, tal y como tú mismo dices, dejé­moslo que se presente él mismo —repuso Tindáreo con afabili­dad.Incluso yo supe que me había llegado el turno de hablar.

—Soy Patroclo, hijo de Menecio. —Mi voz sonó aguda y áspera por la falta de hábito—. Estoy aquí como pretendiente de Helena. Mi padre es rey e hijo de reyes.

No tenía nada más que decir. Mi padre no me había aleccionado en modo alguno, pues no se le había pasado por la imaginación que Tindáreo me pidiera que tomara la palabra. Me incorporé y llevé la crátera hasta el montón de presentes y elegí un sitio donde no se cayera. Me di la vuelta y caminé de regreso a mi asiento. No me había puesto en ridículo con temblores ni tropezones y mis pala­bras no habían sido ninguna estupidez. Aun así, estaba colorado de pura vergüenza, pues era consciente de la imagen que debía de ofre­cer a ojos de aquellos hombres. (…)

—Entonces, he aquí la solución: creo que deberíamos dejar ele­gir a Helena. —Odiseo hizo una pausa para dar espacio a que esta­llaran los murmullos de incredulidad; las mujeres jamás tenían opi­nión en ese tipo de cosas—. Nadie va a poder culparte en tal caso, pero ella debe efectuar su elección ahora, en este mismo momento, para que no pueda decirse que ha recibido consejos u órdenes de tu parte. Y una cosa más —añadió, alzando un dedo—: Antes de que ella elija, todos los aquí presentes deben hacer un juramento: respe­tar la decisión de la novia y defender a su esposo contra todos los que intenten arrebatársela. (…)

El sacerdote convocó a los pretendientes uno a uno para que acudieran junto al fuego. Nos hizo unas marcas en las muñecas con sangre y cenizas y nos las ató como si fueran cadenas. Recité las palabras del juramento de espaldas a él y alcé los brazos para que todos me vieran.

Cuando el último pretendiente hubo pronunciado el compromi­so, Tindáreo se puso en pie y habló:

—Elige ahora, hija mía.—Menelao —contestó ella sin vacilar.

Nos sorprendió mucho a todos, que habíamos esperado suspen­se e indecisión. Me volví hacia el hombre de pelo rojo, que se puso de pie, con una enorme sonrisa presidiéndole el rostro. Estaba al­borozado cuando le palmeó la espalda a su hermano, que permane­cía en silencio. Todos los demás eran presa de la ira, la decepción e incluso la pena, pero ninguno echó mano a la espada, pues la san­gre untada en nuestras muñecas se había espesado y secado.

—Que así sea. —Tindáreo también se puso en pie—. Me con­gratula acoger en el seno de mi familia a un segundo hijo de Atreo. Para ti mi Helena, así como tu digno hermano se quedó como mi Clitemnestra. —Y señaló con un gesto a la mujer de mayor estatura, pensando que se levantaría. La mujer no se movió. Me pregunté si lo habría oído.

—¿Y qué me dices de la tercera chica, tu sobrina? —gritó un hombre situado junto al gigante Áyax—. ¿Puedo tenerla?

Los pretendientes rieron, felices de contar con algo que aliviara la tensión.—Llegas tarde, Teucro —dijo Odiseo con fuerza para hacerse oír por encima del barullo—. Está prometida conmigo.

No tuve ocasión de escuchar nada más. Noté la manaza de mi padre en el hombro, que me sacó a rastras del asiento.

—Aquí ya hemos terminado.Esa misma noche nos marchamos a casa y me subí a lomos de mi burro con la enorme decepción de no haber tenido la oportuni­dad de ver el rostro fabuloso de Helena.

Mi progenitor no volvió a mencionar jamás aquel viaje y una vez en casa los detalles de la visita adoptaron extraños vericuetos en mi memoria. La sangre, el juramento y la sala llena de reyes pa­recían lejanos y desvaídos; guardaban más semejanza con las in­venciones de un aedo que con algo que yo había vivido. ¿De veras me arrodillé allí delante de todos? ¿Y era verdad lo del juramento? La simple idea parecía un absurdo; resultaba tan estúpida e impro­bable como una pesadilla causada por una cena copiosa.

Las mejores portas del año 2020 en WMagazín. / Gif de Luis Manrique-WMagazín

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