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La escritora española Soledad Puértolas en la sección Autorretrato artístico de un escritor/a, de WMagazín./ Foto tomada de Wikipedia

«La música en casa era la alegría de ser mayor. Siempre me ha gustado bailar»: Soledad Puértolas

AUTORRETRATO ARTÍSTICO DE UN ESCRITOR/A 8 La narradora española, miembro de la RAE y Premio Liber al Autor/a hispanoamericano/a más destacado de 2022 evoca sus primeros recuerdos con la belleza y las artes, el modo en que el cine ha influido en su literatura. Es nuestra invitada a la serie de WMagazín, con apoyo de Endesa

El mar, la música de baile, bailar, bailar… El movimiento y los sonidos del paisaje de la naturaleza que parecen artísticos y los del cuerpo… Ahí están los primeros asombros, alegrías y felicidades ante la belleza y las artes que tuvo Soledad Puértolas de niña. Luego vendrían sus ensoñaciones y fabulaciones literarias en su cuarto de juegos en Zaragoza (España), y el cine en sesiones continuas, incluidas “¡Todas las de vaqueros!”, y Schubert, y la música de ópera, y la pintura, sobre todo, a través de su esposo, el pintor Leopoldo Pita.

Son las artes y el descubrimiento de la belleza que han acompañado a Soledad Puértolas (Zaragoza, España, 1947) en su vida personal y literaria hasta convertirla en una de las escritoras españolas contemporáneas más relevantes con más de cuarenta obras traducida a varios idiomas. Desde 2010 es miembro de la Real Academia Española (RAE) y este 2022 recibió el Premio Liber al Autor/a hispanoamericano/a más destacado por “el fuerte compromiso de su literatura con los valores sociales y su constante defensa del libro, la lectura y la Propiedad Intelectual”.

En unas semanas publicará, con la filóloga Elena Cianca, Alma, nostalgia, armonía y otros relatos sobre las palabras, en Anagrama. Un periplo por algunas palabras del español, sus orígenes, su evolución, sus significados, sus secretos y sus misterios.

En su adolescencia y juventud, Soledad Puértolas nunca pensó que escribiría. De hecho, a los 14 años se fue a ciencias porque las monjas del colegio le dijeron que era buena para las matemáticas. Así es que en la universidad se matriculó en Ciencias Políticas, pero no terminó, luego en Ciencias Económicas, y tampoco.

Se encontró con el amor, a los 21 años, y se casó. Con su pareja se fueron a vivir a Noruega, a Trondheim, pero, pronto, se trasladaron a California (Estados Unido) donde hizo el Máster de Lengua y Literatura Española y Portuguesa. En 1972 nació su hijo Diego, que se haría escritor. En 1974 regresaron a España. Al año siguiente publicó su primer cuento: El recorrido de los animales. Y en 1980 debutó en la novela con El bandido doblemente armado, y entró en la geografía de las nuevas escritoras españolas.

Desde su casa en Madrid, Soledad Puértolas evoca la manera como descubrió la belleza y las artes y cómo estás han influido en su literatura para crear este Autorretrato artístico de una escritora. En el prólogo de su nuevo ensayo dice: “Las palabras se llaman unas a otras. Nosotros, sus usuarios, eternos aprendices de la lengua y de la vida, las llamamos también, las convocamos, las lanzamos al aire, las dejamos marchar, sin saber si llegarán a perderse o alcanzarán objetivos imprevistos”.

Ahora, en esta video entrevista, Soledad Puértolas crea su autorretrato artístico con las siguientes palabras:

La escritora Soledad Puértolas en un mosaico con algunas de las obras, artistas o lugares bellos clave en su vida: de arriba a bajo: el mar en la playa la Concha, de San Sebastián, fotograma de 'Con la muerte en los talones', de Hitchcock; Schubet y un detalle de un cuadro de su esposo Leopoldo Pita. /WMagazín

Autorretrato artístico de una escritora: Soledad Puértolas

El paisaje exterior es el primer recuerdo que tengo de algo bonito. La literatura para mí pertenece a mi casa, nace en mi casa, en mi cuarto, en mi cuarto de jugar que es donde están mis primeras ensoñaciones, pero ya con vocación literaria de que se convirtiera en otras cosas que no eran solo ensoñaciones.

Más que una música, un cuadro o cualquier otra manifestación artística, mis primeros recuerdos de algo bonito tienen que ver la belleza natural del paisaje que consideramos algo casi artístico. Mi padre nos llevaba a los pirineos. Yo nací en Zaragoza y tuve los riachuelos, no tanto la montaña, como los valles que quedaban ahí en medio. Una sensación de felicidad, de tranquilidad, me daban aquellos arroyos, aquellos árboles tan verdes que creaban la sombra. El verano era cuando viajábamos y ahí aparece el mar. El mar para alguien de interior como yo supone un cambio total, algo inesperado que no te imaginas ni su existencia por mucho que haya dibujitos, ilustraciones, mapas. Aquella masa de agua y las olas que venían. El primer mar debió ser en Valencia, pero los viajes a San Sebastián los recuerdo especialmente porque el verano lo pasábamos en Pamplona que está cerca.

Playa de la Concha, en San Sebastián (España). /Foto de Turismo Euskadi

La sensación más fuerte que tengo de todo eso es la humedad, el olor a salitre y el tacto, lo que cambiaba la piel, más que el color. Es como sentirte dentro de otro medio… Lo salado del mar y la humedad que se produce en aquella distinta calidad del aire que hay a la orilla del mar no es lo mismo, yo soy una niña de piscinas, tanto en Zaragoza como en Pamplona, donde están mis veraneos.

Paso mucho tiempo en Galicia y frente al mar, lo que más aprecio, la primera sensación cuando llego allí, es esa sensación en la piel. El mar lo debí conocer en Valencia muy pequeña, sin embargo, mis padres pasaron más tiempo en Valencia. Pero la conciencia del mar la tengo hacia los diez años.

Pasando a las artes, el primer recuerdo es la música. En mi casa había mucha afición por la música. Mi abuela había sido una gran pianista y mi padre era un gran aficionado a la música. Cuando digo música me refiero a la música de baile. La idea que tengo, aunque no puede ser verdad, es que en casa los sábados venían sus amigos y se bailaba. Recuerdo el cha cha chá, recuerdo el baión y toda esa música de los años cincuenta. El rock and roll fue más tarde, y le toco a mi hermana mayor y yo medio lo cogí, a mí me tocó mas Dylan y todo eso.

La música resonaba en mi casa, era el mundo, era la alegría de ser mayor. Me encanta la música de baile de los años cincuenta. Siempre me ha gustado muchísimo bailar. Ahora, si es que bailo, bailo a solas porque ya en estos momentos nadie a mi edad sale a bailar, y tampoco me apetece. Pero sí en fiestas familiares, si los nietos vienen yo bailo porque siempre me ha gustado bailar; es una manifestación estupenda, de disfrutar. La idea del baile me sigue gustando.

En el grupo de primos y amigos yo era la pequeña, y recuerdo que se cantaba muchos boleros, rancheras, y yo me las sabía. Se cantaba al anochecer, en la huerta de mis tíos en Pamplona que era donde pasábamos el verano.

Aunque para escribir lo hago con música clásica de fondo, no soporto el silencio. No, de ninguna manera… Funciona como una compañía de fondo, y la música clásica me permite concentrarme, porque si suenan unas tonadillas que me gustan pues me voy con ellas y termino de otra manera. De la música clásica soy de Schubert.

Escribir en silencio me parece rarísimo, los escritores que lo hacen son héroes del silencio.

El compositor austriaco Franz Schubert. /Imagen tomada de Wikipedia

Hace dos o tres años escribí una novela titulada Música de ópera. Es una especie de homenaje a esta abuela que no llegué a tratar, pero que era una gran pianista. La ópera está presente en mi casa por mi padre que le gustaban las óperas. Ponía óperas de fondo muchas veces. De ellas lo que más me gusta es la música, más que ver la ópera en sí. Es una música muy bonita, los cantos, en las voces hay maravillas.

La zarzuela también me gusta. De pequeña, en Zaragoza, teníamos el teatro en frente de casa, íbamos mucho. Me gusta la alegría de la zarzuela.

Las músicas de ahora no tanto. No soy de salsa, ni de reguetón, por ejemplo. Son músicas que responden a una mentalidad juvenil que yo no tengo. No pertenezco a esa cultura musical. En cambio, el reggae me parece maravilloso, y el raï me encanta.

Fotograma de Cary Grant en ‘La muerte en los talones’, de Alfred Hitchcock.

El cine es otro arte importantísimo para mí. Quizá sea el descubrimiento, después del paisaje o la música que anda por ahí envolviéndome, lo que más me gusta. Fui mucho al cine a partir de los 14 años, cuando se hacían planes independientes. En Pamplona los días que llovía en lugar de ir a la huerta de mis tíos nos íbamos al cine y nos tragábamos sesiones continuas. ¡Todas las de vaqueros! Del cine me fascinaba esa sensación de la vida a ese lado de la pantalla. Creo que el lenguaje del cine, a la larga, sí que me ha influido mucho a la hora de escribir.

Es un lenguaje más económico porque caen las descripciones larguísimas. El cine te libera de esas páginas descriptivas de las novelas decimonónicas. Yo lo agradezco muchísimo. Para mí ha sido estupenda esa influencia.

Vi mucho cine de vaqueros, pero ya estoy saturada de tanta pompa, tanto caballo, de esa música invasora que te sacaba de la realidad.

Más adelante me interesaron las películas de cine negro, todo lo relacionado con lo policíaco. Hitchcock, por supuesto. Una de las películas que más he visto es Con la muerte en los talones.

Detalle de una obra del pintor Leopoldo Pita.

La pintura es un acompañamiento enorme en mi vida. Mi marido es pintor. Tengo con él conversaciones casi continuas sobre arte. Cada vez valoro más la pintura abstracta, que es la expresión de nuestro tiempo. Doy mucha importancia al color, a la línea, la línea me gusta más tipo geométrica que las curvas, lo digo un poco generalizando. Lo redondo no me va tanto como los vértices o cierta combinación de ambos. Las formas geométricas matizadas me interesan más que los alborotos. Entre un Pollock y un Rothko me quedo con un Rothko.

Estoy rodeada de cuadros de mi marido, no tienen título. En esta habitación hay varios, entre ellos dos pequeños de una serie con una composición de color y de formas que me sugieren la idea entre el juego, el drama y la imposible resolución. Es un poco inquietante. Transmiten complejidad y vitalidad.

Hago mucho collage. Me gusta hacer mucho collage en verano con restos de periódicos. Soy un desastre, pero hay temporadas que hago collage y no me quedan mal… Me gusta mucho la textura del periódico, de las fotos que reproduce la prensa porque es una textura muy fina, entonces la puedes pegar muy bien a unas láminas de cartón y allí las combinas y las troceas.

La belleza es como esta sensación, esa búsqueda de la armonía, de una especial dulce armonía. Lo ideal sería esta expresión que es una expresión que está mucho en nuestra literatura, desde los poemas anónimos hasta Garcilaso y sigue, sigue que es dulce armonía. Esto sería el deseo máximo: conseguir la dulce armonía. La belleza te hace, de vez en cuando, como tocarla un momento, la belleza se va, la belleza es fugaz.

La armonía también porque es el equilibrio, casi por definición, es inestable. Pero la idea de armonía y esa dulzura, la dulzura en un sentido profundo, de consuelo, de algo embriagador, de algo que te llena, de alguna manera te trasciende de todo lo que eres. Eso eso sería para mí la belleza, esos atisbos que te proporcionan, de vez en cuando, un golpe de belleza, un paisaje, una ópera, una pintura y dices, sí, aquí está este atisbo de dulce armonía

He sido consciente de momento bellos varias veces, por fortuna. Los jardines me encantan, los árboles. Después del mar sería el árbol, a la sombra de un árbol en verano y leyendo o escribiendo o cociendo, yo soy muy costurera; entonces estás allí y, de repente, eres consciente de la maravilla que es estar bajo un árbol y eso, por fortuna, me pasa, es frágil, se va enseguida, es fugaz, pero sí, me pasa, me pasa. Y, mientras me pase, supongo que tendré deseos de mantenerme. Son momentos fugaces, pero maravillosos.

 

  •  Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) reside en Pozuelo de Alarcón (Madrid). En Anagrama ha publicado doce novelas: El bandido doblemente armado (Premio Sésamo 1979), Burdeos, Todos mienten, Queda la noche (Premio Planeta), Días del Arenal, Si al atardecer llegara el mensajero, Una vida inesperada, La señora Berg, Historia de un abrigo, Cielo nocturno, Mi amor en vano y Música de ópera; ocho libros de cuentos: Una enfermedad moral, La corriente del golfo, Gente que vino a mi boda, Adiós a las novias, Compañeras de viaje, El finChicos y chicas Cuarteto; dos volúmenes de textos autobiográficos: Recuerdos de otra persona y Con mi madre, y el ensayo La vida oculta (Premio Anagrama). En 2010 fue nombrada miembro de la Real Academia Española.

Retrato artístico de un escritor/a

Puedes ver AQUÍ el Autorretrato artístico de Liudmila Ulítskaya.

Puedes ver AQUÍ el Autorretrato artístico de Ángeles Mora.

Puedes ver AQUÍ el Autorretrato artístico de Alfredo Bryce Echenique.

Puedes ver AQUÍ el Autorretrato artístico de Elena Poniatowska.

Puedes ver AQUÍ el Autorretrato artístico de Piedad Bonnett.

Puedes ver AQUÍ el Autorretrato artístico de Rafael Argullol.

Puedes ver AQUÍ el Autorretrato artístico de Margo Glantz.

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