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La Nobel de Literatura Louise Glück (Nueva York, 1943) en el jardín de su casa de Cambridge, Massachusetts, en diciembre de 2020. /Foto de Premio Nobel – Daniel Ebersole

La Nobel de Literatura Louise Glück elogia la poesía íntima que reclama la presencia del lector

La poeta estadounidense recibe de manera remota el máximo galardón de las letras en su casa de Cambrige. "La Academia Sueca está eligiendo honrar la voz íntima y privada, que la expresión pública a veces puede aumentar o extender, pero nunca reemplazar". Lee el discurso en WMagazín

Presentación WMagazín Los poemas que le hablan a ella, que reclaman su presencia; los poemas de voz privada y casi clandestina alrededor de los cuales solo están el autor y el lector son los que siempre le han gustado a Louise Glück (Nueva York, 1943), Nobel de Literatura 2020. Lo contó en su evocador y reflexivo discurso de aceptación del máximo galardón de las letras. Lo hizo desde su casa en Cambridge (Estados Unidos) ante la imposibilidad de que la Academia Sueca hiciera la tradicional ceremonia en Estocolmo debido a la covid-19. Tenía unos cinco o seis años cuando jugó a crear una especie de olimpiadas en busca del poema más grande que arrojó dos finalistas: The Little Black Boy, de William Blake, y Swanee River, de Stephen Foster.

En aquellos versos que reclamaban su presencia de «niña tímida y temerosa» y la hacían sentir privilegiada están los orígenes poéticos y vitales de Louise Glück. «Me sentí atraída, entonces como ahora, por la solitaria voz humana, levantada en lamento o anhelo», cuenta Glück. El Nobel lo obtuvo por “su inconfundible voz poética, que con austera belleza hace universal la existencia individual”. Es el resultado por un estilo nutrido de las cosntantes visitas de Louise Glück volvió a este tipo de poetas: «Poetas en cuya obra desempeñaba, como oyente elegido, un papel crucial. Íntimo, seductor, muchas veces furtivo o clandestino. No poetas de estadio. No poetas hablando consigo mismos».

 

El anuncio del Nobel de Literatura la sorprendió por eso aquella mañana de octubre. Demasiada luz brillante sobre ella, dice. Eso la llevó a preguntarse y lanzar la pregunta en la entrega del Nobel: «¿Qué le sucede a un poeta de este tipo cuando el colectivo, en lugar de aparentemente desterrarlo o ignorarlo, aplaude y enaltece? Yo diría que un poeta así se sentiría amenazado, superado».

Eso siente Glück. Considera que al recibir este galardón «la Academia Sueca está eligiendo honrar la voz íntima y privada, que la expresión pública a veces puede aumentar o extender, pero nunca reemplazar».

Louise Glück reside en Cambridge (Massachusetts) y es profesora de inglés en la Universidad de Yale. Su primer libro es Firstborn de 1968. Ha recibido varios premios como el Pulitzer (1993) por El iris salvaje y el Nacional del Libro (2014).

Ha publicado doce poemarios y algunos ensayos sobre poesía centrados en la búsqueda de claridad, varios de ellos en editorial Pre-Textos. «La infancia y la vida familiar, la estrecha relación con padres y hermanos, es una temática que ha seguido siendo central para ella», señala la Academia Sueca.

El siguiente es el discurso de Louise Glück en sus principales pasajes:

La Nobel de Literatura 2020 Louise Glück (Estados Unidos, 1943). /Ilustración de Nobel Prize - Niklas Elmehed.

Discurso del Nobel de Literatura 2020

Por Louise Glück

Cuando era una niña pequeña, creo, de unos cinco o seis años, organicé un concurso en mi cabeza, un concurso para decidir el poema más grande del mundo. Hubo dos finalistas: The Little Black Boy, de Blake, y Swanee River, de Stephen Foster. Caminé de un lado a otro por el segundo dormitorio en la casa de mi abuela en Cedarhurst, un pueblo en la costa sur de Long Island, recitando, en mi cabeza como prefería, el inolvidable poema de Blake, y cantando, también en mi cabeza, la inquietante y desoladora canción de Foster. Cómo llegué a leer a Blake es un misterio. Creo que había algunas antologías de poesía en casa de mis padres entre los libros sobre política e historia y las muchas novelas. Pero asocio a Blake con la casa de mi abuela. Mi abuela no era una mujer estudiosa. Pero estaba Blake, Las canciones de la inocencia y la experiencia, y también un pequeño libro de las canciones de las obras de Shakespeare, muchas de las cuales memoricé. Particularmente me encantó la canción de Cymbeline, probablemente sin entender ni una palabra, pero escuchando el tono, las cadencias, los imperativos sonoros que fueron emocionantes para una niña muy tímida y temerosa. «Y tu tumba será célebre». Así lo esperaba.

Las competiciones de este tipo, por honor, por grandes recompensas, me parecían naturales; los mitos que fueron mi primera lectura se llenaron de ellos. El poema más grande del mundo me pareció, incluso cuando era muy joven, el más alto de los grandes honores. Esta era también la forma en que mi hermana y yo estábamos siendo criadas, para salvar a Francia (Juana de Arco), para descubrir el radio (Marie Curie). Más tarde comencé a comprender los peligros y las limitaciones del pensamiento jerárquico, pero en mi infancia parecía importante conferir un premio. (…)

Estaba segura de que Blake de alguna manera era consciente de este evento. Entendí que estaba muerto, pero sentí que seguía vivo, ya que podía escuchar su voz hablándome, disfrazada, pero era su voz. Sentí que me hablaba solo a mí o especialmente a mí. Me sentí singular, privilegiada. También sentí que era Blake con quien aspiraba a hablar, con quien, junto con Shakespeare, ya estaba hablando.

Blake fue el ganador de la competición. Me sentí atraída, entonces como ahora, por la solitaria voz humana, levantada en lamento o anhelo. Y los poetas a los que volví a medida que envejecía eran los poetas en cuya obra desempeñaba, como oyente elegido, un papel crucial. Íntimo, seductor, muchas veces furtivo o clandestino. No poetas de estadio. No poetas hablando consigo mismos. (…)

Blake me estaba hablando a través del niño negro; él era el origen oculto de esa voz. No se le podía ver, del mismo modo que el pequeño niño negro no fue visto, o fue visto de manera inexacta, por el desprevenido y despreciativo niño blanco. Pero sabía que lo que decía era cierto, que su cuerpo mortal provisional contenía un alma de luminosa pureza. Lo sabía porque lo que dice el niño negro, su relato de sus sentimientos y su experiencia, no contiene ninguna culpa, ningún deseo de vengarse, solo la creencia de que, en el mundo perfecto que le han prometido después de la muerte, será reconocido por lo que es, y en un exceso de alegría protege al niño blanco más frágil del repentino exceso de luz. Que esta no sea una esperanza realista, que ignore lo real, hace que el poema sea desgarrador y también profundamente político. La rabia herida y justa que el niño negro no puede permitirse sentir, de la que su madre trata de protegerlo, la siente el lector o el oyente. Incluso cuando ese lector es un niño.

Pero el honor público es otro asunto.

Los poemas por los que me he sentido atraída más intensamente durante toda mi vida son poemas del tipo que he descrito, poemas íntimos o de confabulación, poemas a los que el oyente o lector hacen una contribución esencial, como destinatario de una confianza o un clamor, a veces como co-conspirador. «No soy nadie», dice Dickinson. «¿Tú también eres nadie? / Entonces hay un par de nosotros, no lo digas … ”. O Eliot: “Vámonos, entonces, tú y yo, / Cuando la noche se extienda contra el cielo / Como un paciente eterizado sobre una mesa …”. Eliot no es convocando a la tropa de boyscout. Le está pidiendo algo al lector. En contraposición, digamos, a Shakespeare: «¿Te compararé con un día de verano?»: Shakespeare no me está comparando con un día de verano. Se me permite escuchar un virtuosismo deslumbrante, pero el poema no requiere mi presencia.

En el tipo de arte que me atrajo, la voz o el juicio del colectivo es peligroso. La precariedad del habla íntima se suma a su poder y al poder del lector, a través de cuya agencia se alienta la voz en su súplica o confianza urgente.

¿Qué le sucede a un poeta de este tipo cuando el colectivo, en lugar de aparentemente desterrarlo o ignorarlo, aplaude y enaltece? Yo diría que un poeta así se sentiría amenazado, superado.

 Este es el tema de Dickinson. No siempre, pero a menudo.

Leí a Emily Dickinson con más pasión cuando era adolescente. Por lo general, tarde en la noche, después de acostarme, en el sofá de la sala.

¡No soy nadie! ¿Quién eres tú?
¿Tú también eres nadie?

 Y, en la versión que leí entonces y todavía prefiero:

Entonces hay un par de nosotros, ¡no lo digas!
Nos desterrarían, ya sabes…

 Dickinson me había elegido, o me había reconocido, mientras estaba sentada en el sofá. Éramos una élite, compañeras en la invisibilidad, un hecho que solo nosotras conocíamos, que cada una corroboró por la otra. En el mundo, no éramos nadie.

Pero, ¿qué constituiría un destierro para las personas que existen como nosotros, en nuestro lugar seguro debajo del tronco?

El destierro es cuando se mueve el tronco. No me refiero aquí a la perniciosa influencia de Emily Dickinson en las adolescentes. Estoy hablando de un temperamento que desconfía de la vida pública o la ve como el ámbito en el que la generalización borra la precisión y la verdad parcial reemplaza la franqueza y la revelación cargada. A modo de ilustración: supongamos que la voz del conspirador, la voz de Dickinson, es reemplazada por la voz del tribunal. «No somos nadie, ¿quién eres tú?». Ese mensaje se vuelve repentinamente siniestro.

Fue una sorpresa para mí la mañana del 8 de octubre sentir el tipo de pánico que he estado describiendo. La luz era demasiado brillante. La escala es demasiado grande.

Aquellos de nosotros que escribimos libros probablemente deseamos llegar a muchos. Pero algunos poetas no ven llegar a muchos en términos espaciales, como en el auditorio lleno. Ven llegar a muchos de forma temporal, secuencial, muchos a lo largo del tiempo, hacia el futuro, pero de alguna manera profunda estos lectores siempre vienen solos, uno por uno.

Creo que al otorgarme este premio, la Academia Sueca está eligiendo honrar la voz íntima y privada, que la expresión pública a veces puede aumentar o extender, pero nunca reemplazar.

El pequeño niño negro

Por William Blake

Mi madre me parío en el yermo sur,
Y yo nací negro, mas oh, mi alma es blanca.
Blanco como un ángel es el niño inglés:
Pero yo soy negro, cual de luz privado.

Mi madre me educó bajo un árbol,
Y sentados antes del calor del día,
Me puso en su falda, después me dio un beso,
E indicando al oriente, empezó a decir:

“Mira el sol naciente: allí habita Dios,
Y brinda su luz, obsequia su calor;
Y hombres, bestias, árboles y flores reciben
Solaz en el alba, ventura en la tarde.

Y nos da en la tierra un exiguo tiempo
para que aprendamos a sobrellevar del amor los rayos;
Y estos cuerpos negros, y este ardiente rostro,
Son sólo una nube, cual bosque sombrío.

Cuando nuestras almas el calor resistan,
La nube se irá, oiremos su voz:
“Salid de la fronda, mis hijos amados,
Y en torno a mi tienda gozad cual corderos”.

Así habló mi madre, después me besó,
Y así yo le digo al pequeño inglés:
Cuando ambos de negra y alba nube libres,
En torno a la tienda de Dios retocemos,

Del sol guardare hasta que al fin pueda
Feliz reclinarse sobre nuestro padre;

Después tocaré su pelo de plata,
Seré como él y ha de amarme entonces.

3 comentarios

  1. La poeta es muy hábil, y encara con válido y pertinente subterfugio una importante cuestion: Salir de lo privado a lo publicó en virtud de un Premio de alcance global. Por eso traslada el protagonismo a la niña-lectora ( cualquiera de nosotros) eludiendo la atención que el premio proyecta sobre ella,la poeta, ocupando el sofá del lector. Es su manera de ocupar su lugar en la eternidad, » el futuro», preservando para si justamente aquello por lo que ha sido galardonada.

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