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La tiranía de un canon de belleza femenina digital agrava la salud, la inseguridad y la opresión de la mujer

La periodista desenmascara el problema del acoso estético en el libro 'Diva virtual. Cómo un mundo obsesionado con la imagen ha distorsionado el cuerpo de las mujeres (y qué podemos hacer para cambiarlo)'. Cada día más personas sucumben a la uniformidad de una belleza que las perjudica. Reseña y avance del ensayo

Presentación WMagazín El que una persona quiera tener una imagen física determinada es legítimo, como lo es que quiera responder o encajar dentro de un tipo de belleza determinada. Forma parte del proceso de la identidad del individuo. Pero esta búsqueda puede adquirir connotaciones delicadas o conducir a la distorsión de sí misma y de la realidad cuando se pasa la raya del control o manipulación para alcanzar determinado aspecto físico. Un comportamiento y deseo que preocupa cada vez más y que afecta más a las mujeres de tal manera que se le identifica como la dictadura de la belleza que está intoxicando a las mujeres.

Ellen Atlanta aborda de manera clara y directa este escenario con una mirada analítica y propositiva en el libro Diva virtual. Cómo un mundo obsesionado con la imagen ha distorsionado el cuerpo de las mujeres (y qué podemos hacer para cambiarlo), en editorial Deusto, con traducción de Nerea Gilabert Giménez.

El acoso sobre un canon o prototipo de belleza determinado se ha incrementado en las redes sociales al punto de que se ataca, desprecia o descalifica a mujeres que se salen de ese canon preestablecido que desconoce el paso natural del tiempo y señala como ideal, hoy, cómo debería ser una mujer bella: “piel sin arrugas, labios carnosos y ojos de gata. Con curvas, pero no gorda; delgada pero exuberante. En el mundo no existen muchas mujeres así, por lo que este estándar inalcanzable contribuye a recordarnos día a día todas nuestras carencias”.

Una de las preguntas del libro es: ¿puede decirse que algo te empodera cuando se beneficia de tus inseguridades?

Para ayudar a esa respuesta, Ellen Atlanta desenmascara el negocio artificial de la belleza a partir de su historia personal junto a la de otras mujeres. Este ensayo abre en canal esa realidad cruel, comercial, inhumana, banal e injusta que, en realidad, va a contracorriente de un mundo multicultural que abraza toda clase de bellezas y que Umberto Eco definió como de “politeísmo de la belleza”. Diva virtual es una invitación para que las mujeres recuperen el control y la libertad de sus cuerpos, sus vidas.

Se trata de un anhelo contradictorio y contraproducente en la época del yo, del individualismo, y del deseo de ser únicos. La razón es que, si bien esta dictadura de la belleza busca que la persona, en este caso la mujer, sea bella y distinta, todas terminan pareciéndose. Se diluye la diferencia, la singularidad y el atractivo natural, es una especie de plastificación de la belleza, la glorificación de lo artificioso. Un boomerang que homogeniza a la mujer y la lleva a una especie de rebaño. Porque tener el mismo rostro de todos es perder la identidad, la individualidad.

Ellen Atlanta es periodista y asesora de empresas centradas en la generación Z y la cultura millenial. Trabajó en la industria cosmética durante una década y fue consultora para marcas como BeautyCon y Estée Lauder. Como periodista, Ellen ha colaborado con medios como The TimesElle UKDazed y Grazia.

Los siguientes son algunos pasajes de este ensayo de Ellen Atlanta:

Diva virtual

Por Ellen Atlanta

Sabía que quedarme mirando a alguien era de mala educación, pero no podía evitarlo. Era una cara que reconocía, pero no del todo. Era como si Kylie Jenner llevase una máscara de Kylie Jenner, una cosa inquietante. Su cara en la vida real no terminaba de cuadrarme, pero supongo que no le hacía falta.

Cada época viene de la mano de un ideal de belleza —de Marilyn a Twiggy, de Kate Moss a Kylie— que sirve como referente para perpetuar la necesidad de compararnos. En la era digital de la sobreestimulación, en la que nos bombardean constantemente con rostros atractivos, Kylie se convirtió en el modelo del estándar posmoderno, el que más se ha extendido de la historia. La proliferación masiva de imágenes en internet y la consiguiente vigilancia a la que nos sometemos a nosotras mismas han dado lugar a un ideal de belleza construido con base en extremos: rasgos exagerados, diseñados para atraer desde la pantalla, para adaptarse a la perfección al formato en píxeles, para destacar cuando se meten en una cuadrícula

En 2019, Jia Tolentino bautizó esta imagen homogénea de la belleza femenina como la cara Instagram, y la definió como “una cara joven, por supuesto, sin poros en la piel y con unos pómulos marcados. Ojos felinos y pestañas largas y caricaturescas; una nariz recta y pequeña, y unos labios carnosos y exuberantes”. Es el rostro de algunas de las mujeres hoy más populares del ámbito digital —de Kylie Jenner a Kim Kardashian, de Bella Hadid a Emily Ratajkowski—, y ha constituido un nuevo complejo industrial en el que una única estética facial se populariza e idealiza entre la población general —incluyéndome a mí, a Sienna y a Eliza—. El resultado es una cultura de la belleza homogénea, en la que las mujeres anhelan los rasgos de las demás y se esfuerzan por alcanzar ideales que sólo pueden lograrse mediante los procedimientos estéticos, lo cual normaliza el uso de las inyecciones cosméticas, la cirugía estética, la edición de fotos y los filtros para conseguir ese aspecto.

Tener éxito en la cultura de la belleza digital pasa por ajustarse a esta uniformidad genérica, por tener ese rostro. Las personas más seguidas en redes sociales tienen una apariencia peculiarmente similar y adoptan posturas casi idénticas. En un estudio cualitativo en el que se analizaron los rostros de cincuenta modelos e influencers con un gran alcance social (al menos según el número de seguidores en Instagram), se descubrió que el 64% tenía los ojos rasgados, como los de los gatos, mientras que el 86% tenía los labios carnosos. El cien por cien de ellas lucía una barbilla prominente, unos pómulos marcados y una mandíbula definida. Además, el 78 % tenía la nariz recta y respingona; el 84 %, las cejas altas, y el 98 %, los surcos lagrimales poco profundos. En cuanto a la textura de la piel, el 84 % de las influencers presentaban unos rostros con una ausencia total de arrugas o líneas de expresión, y el cien por cien estaba libre de acné. En total, casi la mitad de las mujeres de la muestra reunía todas las características de “la cara Instagram”.

Las tendencias de belleza de las dos últimas décadas no se han sustituido unas a otras, sino que se han acumulado a pesar de sus contradicciones, incluyéndose mutuamente mientras agravan nuestras inseguridades. Las mujeres no sólo tienen que ser delgadas o voluminosas, sino también esbeltas de brazos, pantorrillas y vientre, con curvas en las caderas, el trasero y los pechos, todo ello manteniendo una cintura estrecha, una piel sin imperfecciones, una melena espesa y un nivel adecuado de definición muscular.

A pesar de la aparición del movimiento body positive, las estadísticas de trastornos alimentarios son peores ahora que en los años noventa. Paralelamente, se ha producido un incremento de la demanda de retoques estéticos. Según el Banco Nacional de Datos sobre Cirugía Plástica Estética de Estados Unidos, el número de procedimientos con bótox se incrementó un 54%, entre 2019 y 2020, y los rellenos faciales aumentaron un 75%. Para 2022, la popularidad de estos procedimientos no quirúrgicos había crecido otro 23%. Reino Unido es el mercado de crecimiento más rápido a nivel mundial en lo que se refiere a rellenos para el rostro, y los cirujanos plásticos británicos informaron de un aumento del 70% en las solicitudes de consulta con respecto a 2020. Según un estudio reciente, el 28% de las personas de entre dieciocho y veinticuatro años y el 31% de las de entre veinticinco y treinta y cuatro se han sometido a algún tipo de tratamiento estético (frente a una media de tan sólo el 21% para el total de la población británica). Más de la mitad de las mujeres de entre dieciséis y veintinueve años se plantean someterse a retoques estéticos ahora o en el futuro. A medida que el capitalismo vaya colonizando más ámbitos de la conciencia femenina, no cabe duda de que se irán añadiendo más tratamientos y procedimientos a los que las mujeres deberán recurrir para alcanzar el estándar de belleza.

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Las investigaciones demuestran que, a medida que aumenta el culto a las famosas, disminuyen los niveles de autoestima. Hay estudios que constatan la correlación entre ver imágenes idealizadas en internet, sentirse insegura sobre tu apariencia y fantasear con cambiar de aspecto. El antropólogo Robin Dunbar sostiene que sólo estamos programados para mantener redes de ciento cincuenta conexiones. La realidad actual, saturada de contenido, ofrece más oportunidades que nunca para compararnos: en tan sólo unas horas en las redes sociales podemos ver más de ciento cincuenta imágenes de otras personas. Nuestros cerebros no están hechos para ver a tanta gente guapa, y mucho menos a través de un algoritmo que favorece a aquellas personas que más se ajustan a la norma, difundiendo su contenido para aumentar la visibilidad.

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Las conversaciones en torno a la autonomía corporal y nuestro derecho a decidir se han centrado en el embellecimiento y los procedimientos cosméticos, mientras que los derechos de las mujeres relativos al aborto, la seguridad frente a la violencia que sufren y el acceso a los anticonceptivos están siendo revocados en todo el mundo. Nos empodera preocuparnos por la perfección física mientras los gobiernos toman el control de nuestros cuerpos. Nos tragamos los mensajes en tonos pastel que hablan del poder femenino al mismo tiempo que se nos arrebatan nuestros derechos.

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La autovigilancia actúa como una extensión de la noción del filósofo francés Michel Foucault sobre el efecto panóptico: en una estructura carcelaria abierta y circular, los prisioneros tienen más autocontrol, dado que viven asumiendo que siempre los están observando. El modo en que las mujeres hemos interiorizado los ideales de belleza y nos monitorizamos a nosotras mismas es una trampa similar. La omnipresente cultura de la belleza y la mercantilización de las redes sociales han llevado a las mujeres a observarse y cosificarse continuamente, ya que hemos interiorizado esta mirada panóptica y analizamos nuestros rostros y cuerpos en busca de cualquier desviación del canon.

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El patriarcado se aprovechó de Kylie, de su odio hacia sí misma y de su obsesión por el físico, y nos hizo entrar a todas al trapo. Pero ahora está surgiendo una nueva forma de colonizar la conciencia femenina, esta vez más sigilosa, que sigue ganándole terreno a la competencia y aislando a sus víctimas. Nos convierte tanto en opresoras como en oprimidas, y nos mantiene atrapadas en una espiral de autoflagelación que viene erosionando el terreno que hemos ido ganado a lo largo de las últimas décadas. La cara Instagram (y el estándar de belleza cada vez más estricto del que deriva) refuerza un poder patriarcal que se disfraza de empoderamiento femenino. Por primera vez en la historia, nosotras, como consumidoras y cautivas, también perpetramos la estrategia que nos perjudica, y lo hacemos mediante las imágenes que compartimos.

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No creo que la decisión de alterar tu aspecto para satisfacer los cánones de belleza pueda hacerse desde una posición de empoderamiento. Tampoco creo que sea una elección inherentemente feminista, aunque se englobe en una narrativa de libertad y progreso. Me atrevería a decir que, al asumir este trabajo estético, estamos contribuyendo a la opresión de otras mujeres, especialmente de las que más se alejan del ideal por motivos de etnia, clase, capacidades o proximidad a los rasgos deseados. El ideal de belleza es más alcanzable para las mujeres que ya se acercan a él. Por ello, cuanto más guapa eres, más guapa debes llegar a ser y, por lo tanto, más se intensifica la carga.

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No obstante, lo más cruel de todo es que la belleza, a fin de cuentas, se define por la singularidad. En cualquier época, el ideal siempre ha sido aquello más difícil de alcanzar, el reservado a los privilegiados. Si, llegados a cierto punto, hay demasiadas mujeres que logran alcanzar el estándar de belleza, éste inevitablemente cambiará para mantener su carácter excepcional. En cuanto nos hayamos puesto al día y todas nos parezcamos, moverán la portería de sitio y la dificultad aumentará. Quienes puedan permitírselo seguirán el ritmo; a quienes no, se las dejará atrás. Para muchas de nosotras, el fracaso y la decepción son inevitables.

  • Diva virtual. Cómo un mundo obsesionado con la imagen ha distorsionado el cuerpo de las mujeres (y qué podemos hacer para cambiarlo). Ellen Atlanta. Traducción: Nerea Gilabert Giménes (Deusto).

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Ellen Atlanta
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