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Detalle de la portada de ‘A sangre y fuego’, de Manuel Chaves Nogales, en Libros del Asteroide. /WMagazín

La vigencia de Manuel Chaves Nogales: ‘A sangre y fuego’, la Guerra Civil española y la defensa de la democracia

Cuando se cumplen 90 años del inicio del conflicto (1936-1939), la obra del periodista y escritor sevillano reivindica el humanismo, denuncia la crueldad y recuerda que la democracia solo sobrevive lejos del fanatismo

“Mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad”. Estas palabras de Manuel Chaves Nogales sobre la Guerra Civil española (1936-1939) que vivió y de la que dejó testimonio en sus crónicas y artículos muestran la sinrazón del ser humano para desatar un conflicto basado en la intolerancia que deriva en la muerte del otro. La imposición de la fuerza, la polarización política, la intolerancia a las ideas ajenas, la falta de diálogo, la ausencia de humanidad y la falta de respeto a las personas y a la democracia ganan cada día más vigencia en España y el mundo.

Si bien es cierto que el detonante fue el golpe de Estado militar fallido del 17 y 18 de julio de 1936, dirigido por los generales Emilio Mola y Francisco Franco, a un gobierno republicano legitimado por las urnas, aunque inestable y dividido socialmente, el resultado fue la inhumanidad en los dos bandos; aunque ello no suponga equiparar las responsabilidades en el origen del conflicto. Además, la Guerra Civil la ganaron los nacionalistas, los militares, lo que dio origen a la dictadura del general Francisco Franco que gobernó entre 1939 y 1975, cuando murió.

Esa realidad de la Guerra Civil en la que la crueldad acabó imponiéndose en ambos bandos, en nombre de sus verdades respectivas, queda recogida en el libro A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897 – Londres, 1944). Un mosaico donde impera el dolor, la muerte, el miedo, la zozobra, la humillación, el sinsentido, el egoísmo, la crueldad… Pero que también recuerda la generosidad, la bondad, la solidaridad, los afectos y la belleza de la vida.

Piezas literarias que muestran a una persona comprometida con la democracia que vivió el derrumbe de la convivencia española como lo plasma aquí:

“Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario”.

Esa mirada liberal-democrática, honesta, lúcida y valiente, capaz de reconocer los hechos y los errores cometidos por unos y otros sin renunciar a sus convicciones democráticas, parece encontrar hoy cada vez menos espacio. El mundo tiende a la simplificación, a ver la realidad en blanco y negro, al “estás conmigo o estás contra mí”. Su manera de entender la vida y la escritura nacen de su experiencia directa y de una extraordinaria capacidad de observación periodística, atenta tanto a las dimensiones políticas como sociales de la realidad.

Chaves Nogales recuerda en sus escritos que nada viene de la nada, que los acontecimientos forman parte de procesos complejos y transversales y que los actos trascienden el momento.

Su obra termina reivindicando una aspiración que parece convertirse en utopía: la armonía, el respeto, la igualdad y la humanidad.

WMagazín recupera el comienzo del prólogo de Manuel Chaves Nogales en A sangre y Fuego, de 1937. Un texto escrito desde la razón y el corazón, cuando ambos comprobaron que el ser humano tiende al abismo.

“Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente”.

Chaves Nogales no pretende afirmar que todas las responsabilidades históricas fueran iguales. Su reflexión va más allá: muestra cómo el fanatismo político puede llevar a personas corrientes a justificar la crueldad y recuerda que la defensa de la democracia exige rechazar esa lógica, venga de donde venga.

A sangre y fuego reúne unas crónicas magistrales que rehúyen la tentación de explicar el presente como un hecho aislado. Chaves Nogales rastrea los orígenes de los acontecimientos, intenta comprender sus causas y reflexiona sobre el rumbo que pueden tomar y las consecuencias que tendrán más allá de la inmediatez. Sobre todo, retrata el prisma de la condición humana.

 

A sangre y fuego

Manuel Chaves Nogales

Yo era eso que los sociólogos llaman un “pequeño burgués liberal”, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio —como dicen los marxistas—, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, en fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria.

Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de la redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.

En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo.

Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.

De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable.

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el “camarada director”, y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de “pequeño burgués liberal”, de la que no renegué jamás.

Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo.

Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.

Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes.

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El periodista y escritor español Manuel Chaves Nogales (1897-1944). /Foto editorial Libros del Asteroide

Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944)

Biobibliografía de Libros del Asteroide, una de las editoriales clave en la recuperación de la obra del periodista y escritor desde 2013.

Los relatos que componen este libro están considerados por muchos como lo mejor que se ha escrito en España sobre nuestra guerra civil. Redactados entre 1936 y 1937 y publicados inicialmente en varias revistas internacionales, retratan distintos sucesos de la guerra que Chaves Nogales conoció directamente: “Cada uno de sus episodios ha sido extraído fielmente de un hecho verídico; cada uno de sus héroes tiene una existencia real y una personalidad auténtica”, dirá en el prólogo. “Pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”, Chaves fue uno de los más importantes escritores y periodistas españoles de la primera mitad del siglo XX. Como director del periódico Ahora permaneció en Madrid desde el inicio de la guerra hasta finales de 1936, cuando el gobierno de la República se traslada a Valencia y él decide exilarse. La solidaridad y compasión por quienes sufren en carne propia los horrores de la guerra permiten a Chaves observar los acontecimientos de la contienda con una equidistancia y una lucidez asombrosas. A sangre y fuego es sin duda una de las narraciones más inteligentes y llenas de vida de cuantas se han escrito sobre el tema; un verdadero clásico de la literatura española.

Se inició muy joven en el oficio de periodista, primero en su ciudad natal y más tarde en Madrid. Entre 1927 y 1937, Chaves Nogales alcanzó su cénit profesional escribiendo reportajes para los principales periódicos de la época y ejerciendo, desde 1931, como director de Ahora, diario afín a Manuel Azaña, de quien Chaves era reconocido partidario. Al estallar la guerra civil se puso al servicio de la República y siguió trabajando como periodista hasta que el gobierno abandonó definitivamente Madrid, momento en el que decidió exiliarse en Francia. La llegada de los nazis, que describiría magistralmente en el ensayo La agonía de Francia (1941), le obligó a huir a Londres, donde falleció a los cuarenta y seis años.

Además de brillante periodista fue autor de una espléndida obra literaria, sorprendentemente moderna, entre la que destacan sus libros sobre Rusia: La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929), la nouvelle La bolchevique enamorada (1930), Lo que ha quedado del Imperio de los zares (1931) y El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934); la biografía Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas (1935), considerada una de las mejores biografías jamás escritas en castellano; y su libro más famoso, A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (1937), impresionante testimonio de la guerra civil donde Chaves denuncia las atrocidades cometidas por ambos bandos con una lucidez adelantada a su tiempo. Su discurso, en defensa de la democracia y contrario a los totalitarismos, hizo que su obra fuese condenada al ostracismo durante medio siglo. Redescubierto en la década de los noventa, su fama no ha dejado de crecer desde entonces y actualmente es considerado uno de los grandes periodistas y escritores españoles del siglo XX.

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Winston Manrique Sabogal

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