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Lucía Solla Sobral (España, 1989), autora de la novela ‘Comerás flores’. /Foto WMagazín

Lucía Solla Sobral: “Nos enseñan a defendernos, pero a ellos no les están enseñando a no atacar”

La autora de la novela 'Comerás flores', uno de los grandes debuts de la temporada (casi doscienos mil ejemplares vendidos), evoca sus inicios en la lectura y la escritura. En esta entrevista reflexiona sobre la violencia entre las parejas, el amor y la enseñanza de las humanidades

Tres personas leyendo en el salón de casa y el cuento de un abuelo que adora sus zapatillas y se resiste a cambiarlas son los primeros responsables de que Lucía Solla Sobral empezara a apasionarse por la lectura a los seis años. A los siete se animó a escribir sus propios relatos. Treinta años después se ha convertido en la escritora española revelación de la temporada 2025-2026: su novela Comerás flores (Libros del Asteroide) salió en septiembre del año pasado y ha vendido casi doscientos mil ejemplares y es una de las novelas más relevantes del año.

Antes de ser seducida por la narrativa, estuvo en los territorios de la poesía, mientras estudiaba filosofía y luego trabajaba en marketing. Aquellos versos privados explican en parte la musicalidad que atraviesa su prosa.

Esa sensibilidad poética encuentra un terreno fértil en una historia tan dura y compleja como la de Comerás flores:

La historia de Marina, una joven que se enamora de un hombre mayor. A través de esa relación, la novela explora cómo la necesidad de amar puede desembocar en vínculos desiguales y formas de maltrato psicológico. El amor como aliado y trampa. Las tensiones entre amar y ser amado, entre deseo y dependencia, revelan los laberintos de los afectos.

Lucía Solla Sobral fue una de las apuestas de WMagazín en 2026 en la serie de verano Avances literarios de viva voz, como puedes ver aquí:

Amor, relaciones, poder, dolor, espejismo, culpa, abuso…

¿De dónde nace una voz que ha irrumpido con una novela tan actual, profunda e intemporal?

Lucía Solla Sobral (Marín, Galicia, 1989) evoca su vida a través de los orígenes de su amor por la literatura en esta videoentrevista:

Empecé a escribir a los seis años

Cuando era pequeñita, vivíamos en Marín, en Pontevedra. Mi madre era funcionaria administrativa. Mi padre era autónomo, tenía un concesionario de coches. Y mi hermana estaba estudiando todavía. Recuerdo que cuando yo entraba en el salón de casa estaba todo en silencio y estaba mi padre con un libro, mi madre con otro y mi hermana con otro. Entonces a mí me nacía también buscar uno para ser como ellos, para ser grande.

El primer libro que recuerdo haber leído, al que le tengo mucho cariño, con unos cinco añitos, era el cuento infantil Las zapatillas del abuelo, de Joy Watson. Trata de un señor que le tiene mucho cariño a sus zapatillas de casa y no las quiere tirar. Y su mujer se las quiere tirar para comprarle unas nuevas. Y a mí me pasa un poco eso, me aferro siempre a las cosas que me gustan.

Con seis o siete años recuerdo un libro de poemas de Gloria Fuertes. Recuerdo que cada poema era sobre un animal y a mí eso me tocó mucho, creo que soy vegana ahora por culpa de Gloria Fuertes y de Morrissey.

A partir de ahí empecé a escribir a mano los cuentos en mi casa. Y mi madre en vez de decir que era una ocurrencia más de la niña los pasaba al ordenador, hacía portadas con el Paint de Windows y me los encuadernaba. Sentí que lo que hacía tenía cierta importancia. Como leía, supongo que intentaba imitar.

Eso fue muy de pequeña y lo fui olvidando. No tenía referencias, en mi casa se leía, yo leía mucho, pero tú creces con referencias musicales, con actrices, con actores, con futbolistas, pero no tienes escritores o escritoras en la pantalla tan a menudo.

Cuando empecé a disfrutar realmente de la lectura, en el sentido de elegir por mí misma los libros, fue en la universidad, cuando estudié Filosofía en Santiago de Compostela. Ahí tuve acceso a muchísimas obras de las bibliotecas de la ciudad. Comencé a leer poesía, sobre todo latinoamericana, a descubrir a Idea Vilariño, a Cristina Peri Rossi, a Alejandra Pizarnik, y ahí me volví loca. Recuerdo que en esa época yo decía: “Si tengo una hija, le voy a llamar Idea”.

La escritora española Lucía Solla Sobral. /Foto cortesía Libros del Asteroide

De la poesía a la narrativa

Empecé a escribir poesía. Según lo que iba leyendo yo iba intentando escribirla. Eran poemas que nadie más leía, solo los escribía para intentarlo.

Los temas que trataba no están tan alejados de los de ahora, porque en los cuentos ya hablaba sobre todo de mi familia, mucho de mi hermana, de mi hermano, de mis padres, del cole, también en los poemas.

En los cuentos que escribía de pequeña no había un argumento claro. Eran más sobre la cotidianidad y la rutina. Pero en los poemas escribía sobre el amor y la muerte. Y siempre los junté.

El desarraigo siempre estaba muy presente porque también lo está en mi vida. Siento que no logro saber cuál es mi sitio. No sé si es una cosa generacional. No encuentro mi lugar en el mundo, voy probando ciudades y en ningún sitio me asiento. Nací en Marín, estudié en Santiago, luego hice el máster en Sevilla, regresé a Galicia, trabajé en Santiago en marketing y ahora estoy en Oviedo.

Después de escribir poemas, hace cuatro años probé con la narrativa, me encantó y ahí sigo.

Antes de entrar a un taller literario con Marta Jiménez Serrano no escribía, solo una especie de newsletters o cartas para mí.

Siempre deseé escribir, pero no tenía un tema o no sabía que lo tenía, y tampoco me forzaba. Me gustaba escribir por escribir, disfrutar de la escritura. Soy muy feliz escribiendo, incluso este libro que es tan duro, yo fui muy feliz escribiéndolo y eso es lo único que quiero, de verdad, pasármelo bien haciéndolo.

Lo que me hace feliz al escribir es la experiencia de las palabras. Elegirlas, juntar una palabra con otra y leerlas en alto para ver cómo suena una frase, buscar una metáfora que sea un poco diferente, jugar con lo lírico dentro de la prosa. Me encanta ir experimentando. Leo mucho en alto para comprobar cómo suena y si te quedas sin aire al leer, si una frase pide ser más corta. Me divierte mucho.

La poesía dentro de la narrativa de manera muy sencilla me viene de las lecturas de Idea Vilariño. Cuando empecé a escribir me salió y me lo pasaba genial haciendo esas mezclas y buscando ritmos dentro de las frases, pero sin perder de vista lo cotidiano y sin hacer algo muy pomposo, buscando también la belleza.

Imitación e influencias

Cuando me apunté al taller de Marta y presenté mi primer texto era un texto de ella. Busqué sus clases porque me gustaba mucho cómo escribe ella. Presenté una escena de la novela, pero la voz narradora era en segunda persona, lo cual no tenía ningún sentido en el caso de mi historia. Era una influencia de Los nombres propios, de Marta Jiménez Serrano, que está en segunda, pero tiene un sentido que es que lo narra la amiga imaginaria.

Y yo hice lo mismo, porque es muy contagiosa y, por lo que dices tú, al final te gusta una voz de alguna manera y lo que acabas de leer es lo más fresco que tienes. También había leído a Carmen María Machado, que utiliza mucho la segunda persona.

Enseguida Marta me redirigió hacia la primera persona para entrar más fácilmente y empatizar con Marina, la protagonista.

Maltrato y el misterio del amor

Cada persona puede enfocarse en el amor que le llene más o en el que sea más sano para ella. Lo que pasa es que sí que nos educaron y crecimos pensando que lo más importante era encontrar una pareja, que no siempre es la que nos sienta mejor, pero estamos aferrados a esa idea y empezamos a pasar por alto nuestros límites y nuestro propio criterio porque esa pareja es nuestra meta final.

Y le concedemos poderes a ese amor que no tiene por qué tener, como si fuera un sanador, un anestesiante o un fin en sí mismo. Se lo concedemos inconscientemente, en la mayoría de los casos.

Con las redes sociales y todo el mundo digital ahora vivimos muy expuestos. Estamos alimentando la búsqueda de una idea; nos gusta más la idea del amor que el amor en sí mismo. Y al tener un escaparate toma fuerza esta idea de que puedo encontrar algo mejor. No me tengo que aferrar a esto porque ahora puede surgir otro amor, y otro, y otro. Ahora estamos más enamorados de una idea que viene amañada, porque es la misma idea de siempre. Y ahí ya viene entre comillas contaminada esa idea. No digo ni para bien ni para mal.

También lo que estoy viendo es que hay un terremoto en nuestro sentido de la vida casi a través de las redes sociales, pero al final para volver a estar donde estábamos antes, porque ahora hay esa tendencia a lo clásico. Todo este maremoto que hemos provocado es para volver a la casilla de inicio.

Si hay una tendencia a lo clásico es porque creíamos que estábamos innovando y tampoco estábamos satisfechos.

No sabemos las consecuencias de lo que estamos viviendo. Al final, es como decíamos: es la muerte y es el amor, es lo que nos atraviesa siempre en la vida.

Hace poco leí a Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso, que decía: “Como no sé si existe Dios o no o me da igual si existe Dios o no. Lo que nunca le perdonaré es que haya creado la muerte y el amor en el mismo universo”. Y creo que es un poco eso, que llevamos toda la vida intentando encontrar un sentido a la vida y es muy difícil. Entonces removemos todo, rebuscamos, intentamos romper estructuras, intentamos cambiar el sistema, pero el amor y la muerte van a seguir estando por mucho que cambiemos y es lo que más nos va a seguir preocupando.

 

Prensa y reenfoque de la violencia

Frente a toda esta revolución creo que los medios de comunicación abordan el maltrato como una noticia, y lo es, pero es mucho más que eso. Cada medio, además, está asociado a una ideología que tiene que respetar y que, claro, el periodismo real, o sea, lo que debería ser periodismo, es informar y los periodistas deberían informarse, sobre todo cuando hablamos de violencia.

Los titulares siguen siendo Una mujer aparece muerta, no sé qué, tal. Luego en la noticia te dice: “El novio puede ser el presunto tal o fue acuchillada”. Pero siempre es como en pasivo. Es como que la mujer fue acuchillada, no es que un hombre acuchilló a una mujer. Siempre es la mujer asesinada, la mujer acuchillada, la mujer que aparece muerta. Siempre el foco está en la víctima. Tenemos que empezar a cambiar el foco hacia el agresor. Hablo en femenino y masculino, puede ser una agresora también.

Tenemos que empezar a recalcar los comportamientos de los agresores y agresoras y dejar de educarnos constantemente a las potenciales víctimas para que no nos violen, no nos agredan o no nos maltraten. Y empezar a que ellos y entre ellos se eduquen y decidan educarse para no agredir, para no violar, para no matar. Porque, al final, nos están enseñando a defendernos, pero a ellos no les están enseñando a no atacar, matar o violar.

Estamos poniendo el foco de la educación en las víctimas en vez de en los agresores y así nosotras cada vez tenemos más herramientas, pero ellos también cada vez más porque lo estamos viendo también ahora, los aliados, supuestos aliados feministas son también los agresores. Porque ellos también tienen el discurso de qué nos tienen que decir para que creamos que son nuestros aliados.

 

Más enseñanza de humanidades

El arma que tiene el sistema político es no formar. Lo que está pasando ahora es que los más jóvenes son los que más votan a la ultraderecha. Tiene sentido porque no tienen ni idea del pasado; ni siquiera ya se estudia gran parte del temario.

Como ellos también tienen el control de la información en redes sociales, empiezan a publicar bulos y como ellos no tienen ni conocimientos ni autocrítica porque no se fomenta a través de las humanidades, pues se los comen. Además, son bulos que a ellos les vienen bien para perpetuar sus privilegios, que es lo último de lo que se quieren deshacer.

Esa bola se va haciendo gigante y provoca un bucle: cada vez menos formación, cada vez más bulos, cada vez más credulidad y cada vez más violencia.

Ellos sí intentan instalarse en sus privilegios porque es mucho más cómodo. Eso provoca frustración y de ahí luego salen los incels (involuntary celibate o célibe involuntario) y todos esos términos que circulan ahora por internet. Toda esa frustración deriva en violencia otra vez. Y volvemos al inicio. Esa violencia es la que nos enseñan a protegernos a nosotros, pero a ellos no les dicen nada.

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Winston Manrique Sabogal

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