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El cineasta español Luis García-Berlanga en un detalle de la portada de libro ‘Vida y cine de un creador irreverente’, de Miguel Ángel Villena, ganador del XXXIII Premio Comillas 2021 de editorial Tusquets. /Cortesía Tusquets

Luis García-Berlanga bajo la influencia de Blasco Ibáñez

La biografía 'Vida y cine de un creador irreverente' da una visión de cómo lo personal, intelectual y social se imbricó para alumbrar una de las mejores filmografías de España. Villena recuerda que la obra del autor de 'Los cuatro jinetes del Apocalipsis' fue determinante en el universo berlanguiano

Presentación WMagazín Luis García-Berlanga (Valencia, 1921-Pozuelo de Alarcón, 2010) es uno de los grandes directores de cine español. Varias de sus películas son consideradas clásicos: Bienvenido, Mister Marshall, Plácido, El verdugo o la serie iniciada con La escopeta nacional. Un universo berlanguiano en el que influyó el también escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). Este es uno de los aspectos más significativos de la biografía Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente, de Miguel Ángel Villena, ganador del XXXIII Premio Comillas 2021 de editorial Tusquets.

WMagazín publica varios pasajes del libro en los cuales Miguel Ángel Villena explica el por qué y el cómo de esas influencias de Blasco Ibáñez en el autor de La vaquilla. Cómo el universo blasquista contribuye a la creación del universo berlanguiano: «Berlanga leyó a Blasco siendo joven y le atraía el personaje, un poco excéntrico para él que era un señorito. Le atraía el bon vivant que era, su vida de mujeriego, sus viajes, un hombre que hizo de todo, fue anticlerical y vivió como un multimillonario», recuerda el biógrafo. No en vano, Blasco Ibáñez fue uno de los primeros escritores en crear un best seller planetario con obras como Los cuatro jinetes del Apocalipsis y varias de sus novelas fueron llevadas al cine de Hollywood.

Villena reconoce que durante su trabajo de investigación sobre Berlanga se sorprendió de la influencia que Blasco ejerció sobre este. El periodista y biógrafo empieza por recordar que cuando Blasco muere Berlanga era un niño aunque debía saber de él; además de que es casi seguro que debió enterarse del funeral multitudinario que recibió Blasco en su ciudad en 1928. «Berlanga lo admiraba, pero no solo como escritor, sino como personajes, como aventurero. Sabía que la vida de Blasco era novelesca», cuenta Villena.

Berlanga, agrega su biógrafo, encontró inspiración en algunas novelas de Blasco, pero sobre todo en él como personaje público. A mediados de los años noventa Berlanga hizo para Televisión Española una serie sobre su paisano, no exenta de polémica. Un cierre de capítulo que confirma como lo personal, privado, intelectual y social del cineasta español se imbricó para crear su propio estilo.

Los siguientes son algunos pasajes de Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente, de Miguel Ángel Villena, donde se refleja la influencia de Blasco Ibáñez sobre el gran cineasta español:

Luis García-Berlanga (izquierda), durante el rodaje de la serie sobre Vicente Blasco Ibáñez. /Cortesía de editorial Siruela

'Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente'

Por Miguel Ángel Villena

En cualquier caso, Blasco Ibáñez, un escritor de prestigio internacional ya en el declive de su vida, revivió su apasionada juventud de ardores republicanos y se convirtió en uno de los enemigos más encarnizados de Primo de Rivera. En un conocido panfleto titulado Lo que será la República española, el polémico, a veces contradictorio y siempre brillante líder de masas que fue Vicente Blasco Ibáñez publicó en 1925 un manifiesto público sobre el papel que debían desempeñar los intelectuales en aquellas horas críticas. «Pudo mantenerse al margen del combate», escribió a modo de vehemente autorretrato,

  • y, sin embargo, se lanzó a él plenamente convencido de que no iba a ganar nada y, en cambio, iba a perder mucho. Se unió sin vacilar a Miguel de Unamuno, a Eduardo Ortega, que luchaban valerosamente por la dignidad española sin fijarse en si sus nuevos compañeros de combate eran pocos o muchos. Dedicó el resto de su vida a la resurrección de España, al triunfo de la República y solamente tuvo una ambición: ocupar el extremo más avanzado de la primera línea de asalto, donde se reciben los golpes más terribles, donde pueden volverse más directos y certeros.

Como represalia por el panfleto, el Ayuntamiento de Valencia, gobernado por ediles nombrados por la dictadura, arrancó la placa de la calle que la ciudad había dedicado años atrás a su novelista y político más insigne. El nombre de Vicente Blasco Ibáñez quedó así proscrito. Pero el ascendiente de Blasco y del blasquismo republicano en Valencia, que había sido la fuerza política hegemónica durante décadas en el Ayuntamiento, no se había evaporado con el cambio del rótulo de una calle. Miles de personas desfilaron en silencio, y algunas entre lágrimas, ante la fachada de la editorial Prometeo, propiedad del escritor, tras su muerte en su exilio francés de Menton en enero de 1928. De este modo, el duelo por Blasco Ibáñez se convirtió en una de las mayores manifestaciones de masas contra el régimen militar de Primo de Rivera. Con toda seguridad, los ecos de esta movilización debieron de resonar también en la casa de los García-Berlanga, donde el padre de familia y exdiputado liberal se volcó más en los negocios que en la política durante la dictadura, a la espera de tiempos mejores. Entretanto, su mujer seguía ligada a la próspera pastelería, si bien eran sus hermanos Antonio y Luis quienes más se ocupaban del horno. Curioso personaje este Luis Martí Alegre, muy admirado por su sobrino, que fue pianista de cabarets de Barcelona en su juventud y más tarde compaginó la dedicación empresarial a la pastelería con su vocación de autor teatral de comedias de mediano éxito y tono costumbrista y con la dirección de la película El fava de Ramonet, el primer filme que se rodó en valenciano. Esta doble y peculiar condición de comerciante de éxito y de escritor popular aupó al tío materno de Berlanga durante el franquismo a la presidencia de la Caja de Ahorros, la de la Asociación Valenciana, de Caridad y la de la Junta Central Fallera, tres instituciones bien importantes en la alencia de la época. En suma, Luis Martí se convirtió en uno de los líderes de la ciudad y en un ejemplo de integración de los emigrantes que llegaban a la capital valenciana procedentes de Aragón y de Castilla en su mayoría. De hecho, su vinculación con el mundo de las fallas, una gigantesca red social en Valencia ya en aquellos años, demuestra que la participación en esta multitudinaria fiesta siempre actuó como un claro factor de integración social. No en vano Berlanga definió a su tío como un defensor de «un nacionalismo costumbrista, fallero, mediterráneo, folclórico… Mi tío Luis formaba parte de todo ese tinglado desde una perspectiva conservadora». Está claro que Luis Martí Alegre ejerció una gran influencia en la infancia y juventud de su sobrino que perduró en el tiempo.

Luis era apenas un niño en aquellas fechas de la muerte de Blasco Ibáñez y no debió de ser testigo de aquella manifestación. Seguramente observó en primera fila a sus doce años, quizá desde los escaparates de la céntrica pastelería de su madre, la impresionante procesión cívica (entre 300.000 y 400.000 personas llegadas de toda España asistieron al sepelio, según las crónicas periodísticas) que recorrió la ciudad entera acompañando el 29 de octubre de 1933 los restos mortales del novelista, cuya última voluntad había sido ser enterrado en Valencia. La dictadura primorriverista lo impidió, pero el Gobierno de la República no solo autorizó el traslado de los restos de Blasco Ibáñez, sino que varios de sus miembros, encabezados por el presidente Niceto Alcalá-Zamora, marcharon al frente del cortejo fúnebre. Fue, sin duda, el acontecimiento más multitudinario de los años de la Valencia republicana. El escritor, periodista y político de fama universal se había convertido en un auténtico mito en su tierra. Si los años de infancia y adolescencia resultan tan determinantes en la formación del carácter, de las aficiones y de la forma de ver el mundo, el imaginario de la obra de Luis García-Berlanga se nutre en buena medida de esa Valencia blasquista, fanfarrona y hedonista, autosatisfecha con una huerta que producía tres cosechas al año, genial pero inconstante, amante de los placeres, fenicia y tramposa, alegre y trágica a la vez. Esa Valencia se muestra a las claras en La barraca o en Arroz y tartana. O en la frase atribuida a Blasco Ibáñez de que la mejor página que había firmado era el cheque millonario que Hollywood le pagó en 1921 por los derechos para el cine de Los cuatro jinetes del Apocalipsis.

De esta manera, el cine de Berlanga no podría entenderse sin ese toque fallero, como suelen escribir sus críticos, un toque que remite a la horterada, la procacidad y la ordinariez más absolutas. Pero, no obstante, al mismo tiempo ese inconfundible estilo Berlanga apela a una filosofía del vitalismo, del carpe diem, de exprimir el presente como si fuera el último día de nuestras vidas. De hecho, el humor negro que el cineasta desplegó de modo magistral en muchas de sus películas y que llegó a la excelencia con El verdugo no representa otra cosa que el deseo de distraer a la muerte con la risa. O al menos con la sonrisa. Por otra parte, su cine coral está también inspirado en esas infinitas galerías de personajes de las novelas de Blasco, en especial las de tema costumbrista valenciano, por donde desfilan labradores, sirvientas, curas, tenderos, señoritos o revolucionarios, en un ambiente donde el sexo y el dinero marcan las reglas del juego. Todo muy valenciano. O muy mediterráneo si se prefiere. Un intrincado laberinto de pasiones, con el frecuente trasfondo de la lucha por la tierra, define los argumentos de muchas obras de Blasco Ibáñez y la escenografía de esos relatos bascula entre la huerta que rodeaba la capital valenciana y los barrios más representativos de la ciudad como la Lonja y sus alrededores, una zona muy cercana a la casa familiar de Berlanga, en la calle Barcelonina. Algunos historiadores sostienen con mucha razón que la Lonja, un elegante edificio del gótico civil del siglo xv, explica como ningún otro la idiosincrasia de una ciudad como Valencia, pagana y descreída, que se ha movido siempre a partir del comercio. La Lonja se alza como un templo fenicio, más decisivo para el devenir de la ciudad, por supuesto, que la cercana catedral. En definitiva, ese bullicio de los mercados, esa algarabía de voces que se cruzan, ese entrar y salir constante de personajes o esa descarnada promiscuidad social resuenan como señas de identidad en toda la filmografía de Berlanga. Todavía hoy, una visita sin prisas al mercado central de la ciudad evocaría para cualquier cinéfilo atento los planos secuencia de las películas berlanguianas.

Como escribió Rafael Alberti refiriéndose a su generación, también la de Berlanga, había crecido ya con Buster Keaton y con el cinematógrafo. A finales de los años veinte y, sobre todo, tras la implantación del sonoro en la década siguiente, el cine dejó de ser un espectáculo para chiquillos que era proyectado en barracones de feria. Por ello, empresarios avispados, que intuían el espléndido futuro del nuevo medio, comenzaron a construir locales para las proyecciones. De este modo, una ciudad como Valencia, que ya ha alcanzado una población de 300.000 habitantes en 1930, cuenta por esas fechas con media docena de salas de cinematógrafo, como Benlliure, Marina, Sorolla o El Cid, a las que cabía añadir incluso algunos teatros, como el Lírico o el Olimpia, que aprovechaban los huecos entre las representaciones para proyectar películas. Luis crece, por tanto, en una ciudad de larga tradición teatral que se va sumando poco a poco a la fiebre del cine. Ahora bien, la magia del cine no fue la única sorpresa tecnológica para los niños de los años veinte, porque dos grandes inventos iban a cambiar sus vidas y las de las siguientes generaciones: el avión y la radio. Acostumbrados ya los habitantes de las grandes ciudades a la proliferación de coches y a los incipientes problemas de tráfico, el asombro se trasladó a los cielos, donde los primeros servicios regulares de pasajeros coincidían con exhibiciones de avionetas o de globos para los aficionados más intrépidos. En cuanto a la radio, la primera emisora estable en Valencia empezó a emitir en 1931 con el nombre de Radio Grao, más tarde convertida en Radio Valencia.

En ese ambiente de un mundo en transformación y a su regreso del internado en Suiza en 1931, Berlanga se reintegra al colegio de los jesuitas en Valencia, donde comienza a dar señales de convertirse en un chaval gamberro e irreverente, mimado en su casa y poco dispuesto a aceptar la férrea disciplina de los curas.

Serie Televisión sobre Blasco Ibáñez

Luis García-Berlanga debió recordar en el otoño de 1996, mientras montaba la serie televisiva sobre Vicente Blasco Ibáñez (nacido en Valencia en 1867 y fallecido en Menton en 1928), el multitudinario traslado de los restos del escritor en la Valencia de su adolescencia. Las imágenes de aquel inmenso gentío de cientos de miles de personas, que inundó las calles de la ciudad para despedir a su paisano más famoso el 28 de octubre de 1933 en un cortejo presidido por las máximas autoridades de la República, cierran los dos capítulos de Vicente Blasco Ibáñez, la novela de su vida, que TVE y Canal 9 encargaron al director valenciano. La figura del gran escritor naturalista, admirador de Victor Hugo y Émile Zola, estuvo muy presente en la familia de Berlanga, al igual que en los hogares de muchos vecinos de Valencia, ya que la influencia del blasquismo marcó la vida política, social y cultural de la capital durante el primer tercio del siglo xx. Lector apasionado de Blasco Ibáñez desde joven, de novelas como Sónnica la cortesana o La vuelta al mundo de un novelista, entre otras, Berlanga reconoció su «admiración, mitificación, simpatía y complicidad» con el polifacético personaje. Con el paso del tiempo rodar algo sobre Blasco Ibáñez se convirtió en una obsesión para el cineasta.

Nacidos ambos en el cap i casal, pero castellanohablantes al ser descendientes de comerciantes aragoneses y de valencianos de las comarcas del interior; amantes de la buena vida y los placeres mundanos; mujeriegos, erotómanos y aficionados a juegos sadomasoquistas; retratistas magníficos de las sociedades de su tiempo; un punto fanfarrones y juerguistas como tantos otros en su tierra natal; visionarios y brillantes, muchos elementos comunes enlazan las biografías aparentemente distanciadas de Blasco y de Berlanga, que solo contaba siete años de edad cuando falleció el novelista. Tampoco cabe descartar que el cineasta sublimara en el escritor («aquella vida de crápula aumentó mi admiración por Blasco») algunas de sus aspiraciones y frustraciones. Tal vez Berlanga envidiara aquellas andanzas del pendenciero seductor, del triunfador multimillonario, que llegó a disfrutar de una vejez de lujo y grandes fiestas en la Costa Azul en un exilio dorado. En definitiva y a la altura de sus setenta y cinco años, el ya muy encumbrado director de cine aceptó encantado aquel ofrecimiento de TVE y Canal 9 para trasladar en imágenes su visión del intelectual y dirigente republicano. «Su vida es una película», afirmó Berlanga en las entrevistas del Berlanga Film Museum mientras el guion de la serie le hacía decir a don Vicente, una vez alcanzada la gloria en Hollywood con las versiones cinematográficas de algunas de sus novelas (Sangre y arena, Los cuatro jinetes del Apocalipsis), que «el cine es una novela en imágenes». Vidas paralelas y entrecruzadas, aunque en épocas distintas, las de estos dos valencianos ilustres.

Junto con el escritor y amigo Antonio Gómez Rufo, García-Berlanga trabajó durante tres años en el guion de esta serie televisiva. Con la ayuda también de su hijo Jorge, el cineasta se embarcó en el proyecto de Blasco Ibáñez, su primera experiencia en televisión, nada más acabar el rodaje de Todos a la cárcel. No era fácil, ni mucho menos, abordar cuatro décadas de la vida de Blasco Ibáñez, desde su juventud republicana hasta sus últimos años en Francia durante la dictadura de Primo de Rivera. A juicio de Gómez Rufo, el guion no respondió al de una pura serie biográfica, sino que fabularon y novelizaron sobre Blasco, aunque sin salirse de la época. (…)

Como eje argumental de la serie se muestra su agitada vida amorosa y sus aventuras, que incluyen temporadas en prisión por sus ideas, duelos a pistola por honor o acrobacias en globo, entre multitud de incidentes protagonizados por un tipo intrépido y siempre innovador. Tal vez Berlanga se contagió de la desbordante personalidad de Blasco Ibáñez a la hora de escribir el guion, ya que la serie peca de un exceso de acumulación de historias y de personajes. O quizá el cineasta aspiró precisamente a subrayar esa exuberancia del personaje. Sea como fuere, Berlanga no pasó tampoco por alto las perversiones o aficiones, como se prefiera, de Blasco Ibáñez, que reveló en más de una ocasión su gusto por el sadomasoquismo o su obsesión por «las mujeres de buen vivir o de mal vivir». Tampoco olvidó el cineasta reflejar las abundantes facetas demagógicas de un político que, a veces, viajaba en tren en primera clase hasta que justo antes de llegar al pueblo donde debía dar un mitin cambiaba su asiento a tercera. (…)

Fue la ya entonces muy famosa Ana Obregón una de las integrantes del equipo que protestó con más fuerza por el desprecio que los ejecutivos de TVE demostraron hacia la serie sobre Blasco Ibáñez. Su indignación obedecía, entre otras cosas, a que los dos capítulos habían sido emitidos juntos en un solo pase, el 25 de febrero de 1998, y en un horario de baja audiencia, entre la retransmisión de dos partidos de fútbol. Unos días después de aquel pase casi clandestino, sin apenas promoción previa, el director también estalló y en una rueda de prensa señaló que TVE no había puesto ni un duro y tan solo había facilitado una cámara y el negativo de la película mientras la Generalitat valenciana había aportado 500 millones de pesetas y Canal 9 (donde la serie fue emitida el 8 de octubre de 1997), unos 150. (…)

Como ya era habitual en algunas producciones berlanguianas, el Blasco Ibáñez televisivo no escapó a una polémica valenciana con repercusión en los medios periodísticos, ya que una nieta del escritor, Gloria Llorca, se quejó de que la serie ridiculizaba a su abuelo y a otros personajes de la época. La nieta llegó a exigir a la dirección de TVE que la serie no fuera emitida y manifestó que Berlanga debería pedir perdón a Sorolla y a Blasco. El cineasta reaccionó airado y contestó: «He hecho una aproximación a un personaje que me ha fascinado toda la vida, aunque la familia escriba cartas gitanas en las que me maldice a mí y a toda mi familia. La serie ha sido más rentable para la resurrección de Blasco de lo que han hecho los valencianos en veinte años».

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