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Detalle de la foto de Marcel Proust en el Hotel Ritz, de París, hacia 1890-1895. Del Libro ‘Proust. La memoria recobrada’ (Plataforma Editorial). /WMagazín

Marcel Proust: el genio de convertir la vida y el Tiempo en arte

LOS AÑOS 20 DEL XX: la década prodigiosa que cambió la literatura 1 / El autor de 'En busca del tiempo perdido' cambió para siempre la manera de aproximarse a la existencia. Presentó una nueva forma de observar la vida: realidad, memoria, literatura y pensamiento en uno solo. WMagazín, con apoyo de Endesa, recuerda conceptos clave definidos por el mismo Proust

Afuera, la tarde del verano es sofocante. Marcel Proust trata de leer un libro resguardado en su habitación en penumbra por la gracia de las persianas de madera echadas por cuyas minúsculas ranuras se cuela el sol como alas de mariposas amarillas. Es la imagen que describe él. Es su vida convertida en arte. Es la cotidianidad, lo corriente, lo que nunca se mira convertido en belleza. Y así todo, su vida entera visible e invisible dentro de la Vida, apreciada, pensada y descrita con su letra que da forma a la gran puesta en escena de las criaturas como él que habitan el mundo en un espacio y en un tiempo de pasado, presente y futuro pero que él, Proust, convierte en un solo instante donde convive todo.

Lo hizo en su monumental proyecto literario En busca del tiempo perdido. La vida como un cuadro vivo de los hechos físicos y visibles y de los emocionales visibles, invisibles e imaginados, una obra de teatro en representación perpetua, el lector como testigo y espectador de vidas ajenas.

Si bien es cierto que lo empezó a publicar en 1913, vísperas de la Primera Guerra Mundial, con Por el camino de Swan, es a partir de 1919, terminada la conflagración bélica y cuando el mundo empieza su gran cambio y llena su horizonte de ilusión, cuando Proust continúa la publicación de su proyecto con A la sombra de las muchachas en flor que le valió el Premio Goncourt.

Dos años después, en 1921, sale a la luz El mundo de Guermantes, aquel lugar de veraneo donde el sol es capaz de transformarse en infinitas mariposas de alas amarillas para acompañar la oscuridad. El escritor muere en 1922, aunque deja escrito los otros cuatro volúmenes restantes que se editan de manera póstuma en esa década de los años 20: Sodoma y Gomorra (1922-23), La prisionera (1925), La fugitiva (1927) y El tiempo recobrado (1927).

Con Marcel Proust y su obra inolvidable abrimos la serie Los años 20 del XX: la década prodigiosa que cambió la literatura, tras el prólogo inicial que puedes leer en este enlace.

Marcel Proust (París, 10 de julio de 1871 – 18 de noviembre de 1922) da testimonio de la vida que pasó en su mundo, de lo que vivió él, y con él lo que se fue del mundo. La memoria como recurso para mostrar la existencia en el interior de un individuo y de este como testigo y reflejo del mundo exterior. Lo que fue pasó, pero se conserva, vive, está. Lo antiguo, lo que está yendo lo que viene en sincronía. El relato, en el torrente de recuerdos y vida lo desencadena una magdalena mojada en té.

Es la vida modelada por los sentimientos, el tiempo marcado por el amor. «Porque los trastornos de la memoria tienen mucho que ver con las intermitencias del corazón», escribe Proust.

Empezó a escribir En busca del tiempo perdido a comienzos del siglo XX. La Primera Guerra Mundial aún no se avistaba. Proust ve un modelo de vida que empieza su jubilación, una sociedad que se transforma de manera acelerada ante los cambios de la industrialización; analiza la vida que cae como una gota en un estanque cristalino y se expande y cambia ante lo nuevo, las preguntas existenciales, el avance protagónico de lo individual, la conciencia de la importancia de los afectos y sentimientos para avanzar e interconectar el mundo interior e individual con el colectivo.

“El libro aumenta y resume todas las posibilidades de la literatura en un momento en el que esta, en su instante álgido en Europa, va a iniciar dentro de poco su declive, a decir adiós en cualquier caso a su omnipotencia. Es exactamente el momento en el que el alba se convierte en crepúsculo, y viceversa, como si ni la noche ni el día existiesen”, dijo en una ocasión Philippe Lançon, escritor francés y quien fuera crítico del diario Libération.

Marcel Proust recurrió, como pocos autores, a los cinco sentidos para captar la vida en su esferidad; todo ello armonizado con sus emociones, sentimientos, pensamientos, reflexiones, conocimientos, experiencias, intuiciones. Supo compartir la idea de que un detalle contiene el universo.

‘En busca del tiempo perdido’, de Proust, en edición de Alianza. /WMagazín

Uno de los hallazgos de Proust, ha dicho el poeta portugués Nuno Judice, es que fue capaz de convertir al lector “en un espectador que a menudo tiene que entrar en el juego escénico. Eso hace que sea una obra que rescata la superficie y lo cotidiano, y nos obliga a disfrutar de este Proust y su magdalena que nos ofrece para revivir los recuerdos que, con el tiempo, llegan a ser también nuestros”.

Lo antiguo y lo nuevo, la realidad y lo recordado, lo exterior y lo íntimo, el espacio y el tiempo… Todo resguardado en la memoria que hace con todo eso lo que quiere para crear una nueva verdad, una nueva belleza. Sus palabras insuflan vida.

Una forma de entrar en su mundo y tratar de comprenderlo es a través de sus propios conceptos expresados en En busca del tiempo perdido. Con Proust abrimos la serie Los años 20 del XX: la década prodigiosa que cambió la literatura:

Manuscrito de 'En busca del tiempo perdido', de Marcel Proust. /Fuente Wikipedia

Los temas clave del universo Proust

Verdad: “Para dar a conocer la verdad no es necesario decirla, y quizá podamos captarla con mayor certidumbre, sin necesidad de esperar a las palabras y sin siquiera tenerlas mínimamente en cuenta, en mil señales externas e incluso en determinados fenómenos invisibles, que son, en el mundo de los caracteres, lo mismo que los cambios atmosféricos en la naturaleza física. Quizá podría haberlo sospechado, pues yo mismo, a la sazón, solía decir a menudo cosas totalmente ajenas a la verdad, mientras la daba a conocer mediante tantísimas confidencias involuntarias de mi cuerpo y de mis actos». (Volumen III).

Memoria: «Porque los trastornos de la memoria tienen mucho que ver con las intermitencias del corazón. Es seguramente la existencia de nuestro cuerpo, que nos parece semejante a una vasija donde está encerrada nuestra espiritualidad, lo que nos anima a suponer que siempre están en posesión nuestra todos los bienes interiores, las alegrías pasadas, todos los dolores. Quizá carece no menos de exactitud creer que estos huyen o que regresan (Vol. II).

Edición francesa de ‘Por el camino de Swan’, de Proust. /Tomada de la web de Ediciones Gallimard

Pasado: «Los días van cayendo poco a poco encima de los anteriores y, a su vez, los entierran los siguientes. Pero todos los días pasados se quedan depositados en nosotros como en una inmensa biblioteca donde hay libros más viejos, y algún ejemplar que seguramente nadie pedirá nunca. No obstante, si ese día pasado, cruzado por el espacio traslúcido de las épocas siguientes vuelve a la superficie y nos cubre, tapándonos del todo, entonces, por un momento, los nombres recuperan el significado antiguo; y las personas el rostro antiguo; y nosotros nuestra alma de entonces; y sentimos, con un sufrimiento inconcreto, pero que se ha vuelto tolerable y no durará, los problemas que hace mucho se tornaron insolubles y tanto nos angustiaban a la sazón. Se compone nuestro yo de la superposición de nuestros estados sucesivos. Pero esa superposición no es inmutable como los estratos de una montaña. Hay perpetuamente plegamientos que hacen aflorar las capas antiguas». (Vol. VI).

Magdalena: «Esa era la razón de que hubiese cesado las preocupaciones referidas a mi muerte en el preciso momento en que reconocí, inconscientemente, el sabor de la magdalenita, ya que en ese momento la persona que yo había sido era un ser extratemporal y, por lo tanto, despreocupado de las vicisitudes del porvenir. Aquel ser nunca había acudido a mí, nunca se había manifestado sino fuera de la acción, del disfrute inmediato, en todas las ocasiones en que el milagro de una analogía me había permitido evadirme del presente. Solo él tenía el poder para hacerme recuperar los días pasados, el tiempo perdido, ante el que los esfuerzos de mi mente y mi inteligencia siempre iban a encallarse». (Vol. VII)

Recuerdo: «El tiempo que cambia a las personas no modifica la imagen que de ellas nos ha quedado. Nada resulta más doloroso que esa oposición entre la alteración de las personas y la fijeza del recuerdo cuando caemos en la cuenta de que tenemos una vida vagabunda, pero una memoria sedentaria». (Vol. VII)

Imagen: “Nuestro error es creer que las cosas suelen presentarse tal y como son en realidad, los nombres tal y como se escriben, las personas según esa noción inmóvil que proporcionan de ella la fotografía y la psicología. De hecho, no es eso en absoluto lo que vemos habitualmente. Vemos, oímos, concebimos el mundo de mala manera. Repetimos un nombre tal y como lo oímos hasta que la experiencia rectifique el error, cosa que no siempre sucede (…) No tenemos del universo sino visiones informes, fragmentadas, y que completamos con asociaciones de ideas arbitrarias, que crean sugestiones peligrosas”. (Vol. VII)

Edición francesa de ‘A la sombra de las muchachas en flor’, de Proust. /Tomada de la web de Ediciones Gallimard

Amor: “No cabe duda de que pocas personas entienden el carácter puramente subjetivo de ese fenómeno que es el amor y que consiste en algo así como la creación de una persona añadida, diferente de esa que lleva en sociedad el mismo nombre que nosotros y cuyos elementos proceden en su mayoría de nosotros mismos”. (Vol. II).

Amar: “… amar es un maleficio como esos que salen en los cuentos, contra los que nada se puede hasta que concluye el sortilegio”. (Vol. VII)

Impresión: “La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el científico, con la diferencia de que en el científico la labor de la inteligencia es anterior y en el escritor llega después. Lo que no hemos tenido que descifrar ni aclarar mediante un esfuerzo personal, lo que ya estaba claro anteriormente a nosotros, no es nuestro. Solo procede de nosotros lo que sacamos de la oscuridad que llevamos dentro y de la que nada saben los demás”. (Vol. VII)

Arte: «Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber qué ve otra persona de ese universo que no es igual que el nuestro y cuyos paisajes habrían sido para nosotros tan desconocidos como los que puedan existir en la luna. Gracias al arte, en vez de ver un único mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, contamos con tantos mundos a nuestra disposición como artistas originales hay, y son más diferentes unos de otros que los mundos que ruedan por el infinito y que, muchos siglos después de que se haya apagado la lumbre de que brotaban, ora se llamase Rembrandt, ora Vermeer, nos envían su particular rayo de luz». (Vol. VII)

Escribir: “…para escribir el libro esencial, el único libro auténtico, un gran escritor no tiene que inventárselo, en el sentido usual, puesto que existe ya en todos y cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor” (Vol. VII)

Libro: “…los libros auténticos tienen que ser hijos no de la plena luz y la charla sino de la oscuridad y del silencio”. (Vol. VII).

 

@winstonmanrique

Autores clásicos en la portada de WMagazín.

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