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María José Ferrada retrata cómo la sociedad es cruel con la clase obrera en ‘El hombre del cartel’

AVANCES LITERARIOS DE VIVA VOZ La escritora chilena habla en primicia en vídeo sobre su novela que saldrá este fin de año y lee un pasaje. WMagazín, con apoyo de Endesa, continúa esta serie con los autores y libros que más sorprenderán

Presentación WMagazín ¿Qué lleva a una persona a vivir debajo de un cartel publicitario? ¿Cómo reacciona la sociedad ante esta decisión? La escritora chilena María José Ferrada (Santiago, 1977 – 44 años) vuelve en su segunda novela, El hombre del cartel (Alianza), a abordar el mundo de la clase obrera y la precariedad a la cual la sociedad y el Estado tiende a darles la espalda hasta abismarla en la marginalidad y en nombre de la paz recurren a la burla y la violencia. Con esta novela, WMagazín con apoyo de Endesa, continúa su serie de verano Avances literarios de viva voz donde el escritor habla en primicia en vídeo de su libro y lee un pasaje del mismo.

El hombre del cartel, cuenta Ferrada en este vídeo, narra una historia que «comienza con risas y con burlas, poco a poco, se va oscureciendo y se va convirtiendo en un rechazo cada vez más violento y desproporcionado como bien lo nota el pequeño narrador de esta historia. Una novela que intenta hablar sobre cómo en nombre de una buena causa los seres humanos, sobre todo cuando actuamos al amparo del grupo, podemos volvernos bastante violentos y crueles«.

Su nuevo libro es una novela breve de gran intensidad escrita en tres años a través de la mirada de un niño, y sobrino del protagonista y obrero, que ve y observa cómo alguien que trata de superarse y ser libre se topa con la burla y incomprensión de la sociedad.

En una entrevista al diario La tercera, de Chile, Ferrada dijo que la imagen del hombre en el cartel es real: «La leí en la prensa hará unos diez años y me pareció que ese personaje era una especie de estilita, uno de esos monjes del Medio Oriente que se subían a las columnas para observar el mundo desde arriba. Un estilita contradictorio, como todo lo moderno, porque estaba en el reverso de un cartel publicitario. Pero más que su búsqueda lo que me interesaba era profundizar en las reacciones de los demás frente a su decisión. Cómo esa acción, inofensiva en apariencia, podía ir removiendo dolores que estaban guardados por generaciones”.

María José Ferrada es una de las escritorias latinoamericanas más premiadas en su debut literario de los últmos años con Kramp (2017). Ha sido traducida a una decena de idiomas y obtenido distinciones en Chile como el Premio a la Mejor Novela del Círculo de Críticos de Arte, el Premio a las Mejores Obras del Ministerio de Cultura y el Premio Municipal de Literatura de Santiago.

María José Ferrada es conocida, sobre todo, como autora de literatura infantil y juvenil editada por Planeta Chile. Tras su debut con novelas para adultos, Ferrada ha dicho que la separación y etiquetas de obras para niños o adultos la hacen los demás, porque para ella «todo parte de una misma cosa”.

La elección de un narrador niño en sus dos novelas se debe a que le interesa «abordar desde la literatura la forma en la que un niño podría experimentar las incoherencias del mundo adulto».

El siguiente es el vídeo en el que María José Ferrada describe El hombre del cartel y lee un pasaje en primicia:

La escritora chilena María José Ferrada habla de su próxima novela 'El hombre del cartel' (Alianza) y lee un pasaje en primicia para WMagazín.

'El hombre del cartel'

por María José Ferrada

Voy a hablarles de El hombre del cartel, que publicará editorial Alianza en España en septiembre. La novela cuenta la historia de un hombre que decide irse a vivir a lo alto de un cartel publicitario, de Paulina su pareja y de Miguel, un niño que observa este hecho y cómo esta decisión es recibida por los vecinos de los edificios que miran hacia el cartel. Lo que comienza con risas y con burlas, poco a poco, se va oscureciendo y se va convirtiendo en un rechazo cada vez más violento y desproporcionado como bien lo nota el pequeño narrador de esta historia. Una novela que intenta hablar sobre cómo en nombre de una buena causa los seres humanos, sobre todo cuando actuamos al amparo del grupo, podemos volvernos bastante violentos y crueles.  También de cómo las historias personales y sus dolores personales y colectivos cuando no se resuelven se van reproduciendo y van prolongando un poco ese dolor del que hablan estos personajes. Voy a leer las primeras páginas de esta novela:

Primera semana. Lunes.

Ramón subió al cartel de Coca-Cola que está en la orilla de la carretera un lunes. Y ese mismo día, mientras el sol se escondía detrás de los cerros que rodean los edificios de la villa, decidió que se quedaría a vivir ahí. Aunque era tarde seguía haciendo calor, un calor que parecía más seco en ese pedazo de ciudad para el que no habían alcanzado el pavimento ni los árboles. Un desierto, dijo. Y notó que el armatoste de fierro que le recordó al esqueleto de un mamut era lo suficientemente grande como para poner en él algunos muebles, un colchón debajo de lo que hace cinco millones de años habían sido costillas, una mesa donde estuvo la clavícula y una lámpara pequeña en la cuenca del ojo. El sistema de agua lo instalaría siguiendo el entramado de lo que alguna vez fue un bosque inmenso de venas y nervios.

Martes.

Con ayuda de unas cuerdas y un sistema de poleas, que él mismo inventó, hizo la mudanza de su departamento hasta el cartel en tiempo récord: no más de tres o cuatro horas. Al terminar pronunció palabras que solo él escuchó porque ahí arriba, Ramón, además de tener una visión panorámica de la ciudad, estaba tal como quería: solo. La luz de la casa del cartel se encendió cerca de las diez, justo en el agujero de la letra O de la frase «Comparte la felicidad» escrita con letras blancas en una de las puertas del descapotable rojo como la lata de bebida que conduce la mujer gigante del anuncio. Lo recuerdo porque coincidió con el momneto en que apagué mi lámpara.

-Duérmete de una vez por todas, Miguel.

-Sí, mamá, dije.

Pero en lugar de hacerle caso apoyé la oreja en la pared y escuché la historia de Ramón. La que hablaba por teléfono en el departamento de al lado era mi tía Paulina que durante los últimos diez años, yo tengo once, había vivido con él. A Ramón le pagarían lo mismo que en la fábrica de PVC donde trabajaba de lunes a viernes de 8 a 6. Al cartel, en cambio, podría subir cuando se le ocurriera. ¿Que si lo obligaban a dormir ahí arriba? No, dormía ahí porque quería. ¿Que si lo contrataba la Coca-Cola? No, lo contrataba una empresa que se dedicaba a enterrar carteles en las carreteras de toda Latinoamérica. ¿Que si había más vacantes? La verdad no sabía. Que si Ramón había terminado de volverse loco, eso había que preguntárselo a él y no a ella.

 

 

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