De la exposición ‘Con L mayúscula. Mario Vargas Llosa, el lector y su biblioteca’, en Cochabamba (Bolivia). /Foto de Santiago Espinoza A. – cortesía para WMagazín
Mario Vargas Llosa y su descubrimiento de la lectura y pasión por la literatura
EXPOSICIONES LITERARIAS 'Con L mayúscula. Mario Vargas Llosa, el lector y su biblioteca' fue el homenaje que recibió el Nobel de Literatura peruano en una muestra sin precedentes sobre sus orígenes como lector

Una vieja máquina de escribir reposa sobre un escritorio apenas alumbrado. Dos adolescentes que miran al armatoste, cual si fuera el esqueleto de un mastodonte extinto hace milenios, no se cansan de tocar las teclas. Y cuando empujan la letra A, un costado del cuarto se ilumina y, desde un parlante invisible, se escucha la voz de Mario Vargas Llosa: “Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el colegio de La Salle, Cochabamba, Bolivia. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida”.
Es el comienzo del discurso que Mario Vargas Llosa (Arequipa,1936 – Lima, 2025) dio en Estocolmo en 2010 al recibir el Premio Nobel de Literatura. En 2024, unos meses antes de morir, el escritor dio un regalo muy especial a la ciudad donde aprendió a leer: donó 4.600 libros de su biblioteca personal a la Fundación Patiño, una institución cultural y educativa con sede en Cochabamba, la ciudad boliviana en la que el novelista peruano-español pasó su primera infancia y aprendió a leer.
Varios cientos de los títulos donados ocupan hoy paredes, mesones, escaparates y maletas del salón de arte del Palacio Portales donde se ha montado la exposición Con L mayúscula. Mario Vargas Llosa, el lector y su biblioteca. Un recorrido a través de la muestra revela la vocación suprema del narrador fallecido el 13 de abril a los 89 años: la del lector a tiempo completo. Bienvenidos a la génesis de Mario Vargas Llosa:

Mario Vargas Llosa desde sus inicios como lector
Con L mayúscula
La exposición le debe su nombre al texto “L mayúscula. Libre, lectora, literaria, leguleya y libertad”, en el que Vargas Llosa escribió: “La L es una letra de grafía bella y airosa, parecida a un arbolito, bien plantada en el suelo de la realidad gracias a esa sólida plataforma en que se apoya, pero cuya esbelta figura se levanta hacia las nubes y el cielo, como queriendo volar”.
Este epígrafe da pie a los primeros volúmenes que se exhiben en las paredes del salón de arte, todos de autoría del que fuera uno de los baluartes del boom de la literatura latinoamericana. Ediciones de distintos años y editoriales flanquean un retrato de perfil del escritor, en blanco y negro y compuesto a la manera de un mosaico por piezas que esconden en su reverso otros de sus libros. En la pared del frente se despliega una línea del tiempo dedicada a sus 89 años de vida, uno de cuyos hitos más visibles es su llegada a Cochabamba y posterior matriculación en el colegio La Salle de esta ciudad, donde aprendió a leer con el “hermano Justiniano”.
Como ‘pez en el agua’

La segunda sala de la exposición es un callejón sin salida. O acaso, con una sola salida posible: el refugio del lector. Un sillón, una mesa ratona y una lámpara esperan a los visitantes, que hacen turnos para tomarse fotos arrellanados en el escondite. En el muro del fondo reaparece Vargas Llosa en una foto en blanco y negro, esta vez leyendo un periódico y, a sus pies, una leyenda ineludible: “La literatura me ha permitido convertir en posible lo imposible”. Muchas personas reparan en ese fragmento del discurso de recepción del Nobel de Literatura, en 2010, pero no así en el ejemplar recostado sobre la mesita de lectura. Es El pez en el agua (1993), el libro de memorias del escritor arequipeño, publicado tras su fracaso en las elecciones presidenciales de 1990 en su país natal. Un título que sabe a revancha: el testimonio de su derrota política es, a la vez, un recordatorio de la palabra escrita como su lugar en el mundo. Antes que un pescado de los pasillos del poder, Vargas Llosa seguiría siendo un pez nadando con libertad en las aguas de la literatura.
Las maletas de la escritura

Aunque celebrado mundialmente por sus novelas, Mario Vargas Llosa dejó una obra ensayística casi tan vasta como la de la narrativa ficcional. Con L mayúscula da cuenta de los ensayos que el autor de La civilización del espectáculo (2012) publicó en formatos más o menos académicos: de su tesis de doctorado dedicada a Cien años de soledad (García Márquez. Historia de un deicidio, 1971) a su puesta en valor de Benito Pérez Galdós (La mirada quieta, 2022). Amén de los libros resultantes de sus lecturas, la biblioteca donada a la Fundación Patiño incluye títulos de los autores que lo formaron y deslumbraron, así como de otros estudiosos que publicaron sobre ellos.
La tercera sala de la exposición exhibe en maletas antiguas, de cuero repujado y hebillas afiladas, libros propios y ajenos que hablan de la rigurosidad con que Varguitas enfrentaba la lectura, sobre todo si estaba encaminada a escribir de sus héroes literarios. Una de esas maletas guarda, por ejemplo, evidencias de su devoción por Jorge Luis Borges: una edición de 1952 de Otras inquisiciones (de la mítica Editorial Sur) y otra más reciente de sus Cuentos completos (2012). Ambos ejemplares rebosan de páginas con apuntes de puño y letra del escritor que nunca dejó de ser lector. En la página 98 de Otras inquisiciones escribió: “Las citas de libros y autores son, en Borges, una manera de hipnotizar al lector, de desmoronarle todas sus defensas. Crear un ambiente, un entorno, un paisaje de libros y autores en que la literatura es la reina suprema”. Mientras que, al final de El Aleph, apuntó: “Algo falta en este cuento, tal vez la cercanía de la realidad de un personaje inverosímil”.
En otras de las maletas, la dedicada a William Faulkner, un pequeño ejemplar de ¡Absalón, Absalón! (publicado originalmente en 1936, el año en que nació Vargas Llosa) se prodiga en impresiones que se extienden a lo largo de más de una página. “El estilo de Faulkner trasciende toda la historia, porque no es sintético sino expansivo, salta del presente a distintos momentos del pasado, acercándolos, subjetivizándolos, incorporando en esas frases (que a veces son muy largas) los hechos, los pensamientos, los paisajes. Ese estilo no respeta la ordenación temporal, la transgrede todo el tiempo, esa es la dificultad para el lector”, se lee al final de la novela, no sin cierta dificultad, en una caligrafía no siempre inteligible.
Hay más maletas. Una para Pérez Galdós, otra para los franceses del siglo XIX Gustave Flaubert y Victor Hugo, a cuyas obras Vargas Llosa dedicó sendos libros. En su interior conviven los textos de los autores venerados, los de especialistas en sus vidas y obras y los firmados por el autor de La casa verde (1966) tras la lectura de todos ellos. Al final de cada libro ajeno hay una calificación, que va del 1 al 20. Los escritos por Borges y Faulkner exhiben inocultables “20”, mientras que los de sus biógrafos apenas superan la nota de aprobación. Apuntes a mano y calificaciones son las huellas de un lector exigente con los otros y consigo mismo, que, lo recuerda una de las paredes de la sala, nunca se sintió “extraño gracias a los libros”.
Las teclas de la memoria

Un escritorio apenas alumbrado espera a los visitantes en la siguiente sala. Sobre él reposa una antigua máquina de escribir que invita a presionar sus teclas. Dos adolescentes teclean un ay otra letra. Cuando empujan la A el cuarto se ilumina y, desde un parlante invisible, la voz de Vargas Llosa comienza a leer su discurso del Nobel: “Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el colegio de La Salle, Cochabamba, Bolivia. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida”.
El otro chico aprieta la letra F, se ilumina un rincón distinto y una versión más joven del peruano recuerda: “De Cochabamba tengo muchas imágenes muy distintas. Uno de los recuerdos más lindos que tengo de esos primeros años es el de los carnavales”.
El primero digita la G y una voz incluso más juvenil evoca: “A García Márquez lo conocí antes por carta que en persona. Me mandó un telegrama muy divertido que decía: ‘Veintiún cañonazos de champaña por el jurado más justo del mundo”.
Los archivos sonoros de entrevistas, discursos y conferencias son un viaje a través de la memoria del autor, a veces destilada por la ficción, otras recuperada sin mayores filtros. Solo una de las letras del teclado de la máquina no contiene la voz de Varguitas: al apretarla se escucha el rugido adormecido del océano Pacífico y el graznido oscilante de las gaviotas que sobrevuelan la costa peruana.
Leer para escribir

Las dos últimas salas de la exposición están pegadas una a la otra. La primera es amplia e iluminada. Una de sus paredes pregunta: “¿Cuál es tu historia?”. Un interrogante para el que hay miles de respuestas estampadas en las cuatro paredes por los visitantes, en forma de grafitis minúsculos. Hay esbozos de cuentos, declaraciones de amor, corazones de todo tamaño, poemas a medias… En medio de la sala, una mesa cuadrada con cuatro sillas materializa el deseo expresado por Vargas Llosa en la carta dirigida a la Fundación Patiño al aceptar donar parte de su biblioteca a Cochabamba: “Nada me alegraría tanto como saber que los cochabambinos, una querencia que guardo siempre en mi memoria, están leyendo muchos libros de mi biblioteca personal”.
Más de una veintena de títulos del Nobel peruano se ofrecen a los lectores para ser leídos ahí mismo, sin prisa ni pausa. Un niño se anima a Sables y utopías (2009), una voluminosa colección de artículos sobre la realidad latinoamericana. Solo abandona el libro cuando su madre, que escribe su historia en una de las paredes, lo llama y lo lleva al cuarto oscuro de al lado, donde una tía y un primo menor ven un video que rememora la relación de Vargas Llosa con Cochabamba. Mientras observan las imágenes, la mujer y su niño se abrazan de rato en rato. A los pocos minutos, la familia, solo integrada por mujeres y niños, como esa que cobijó al futuro novelista durante su niñez cochabambina, se marcha.
No son los únicos ni los últimos visitantes. Al salir se topan con un veinteañero solitario que fotografía y filma las paredes con leyendas. No llegan a verse, porque el joven se detiene frente al mosaico fotográfico del autor de La guerra del fin del mundo (1981). Está de espaldas y, en la parte posterior de su sudadera, tres grandes letras impresas dicen/piden: “Lee”. Es la marca de su prenda, pero, adentro de esta exposición consagrada al lector mayúsculo que fue Mario Vargas Llosa, solo puede ser el llamado definitivo de Varguitas, el imperativo categórico del escritor que se hizo leyendo: Lee con L mayúscula.
- Santiago Espinoza A., boliviano, es periodista y crítico de cine. Escribe para medios de su país y el exterior. Es autor de los libros de crónicas y artículos Operación Fracaso (2023) y Eso que miramos los bobos (2024).
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Marcel Proust: diálogo con las artes y la belleza en su literatura.
Alicia en el País de las Maravillas: por qué fascina y sigue vigente.
García Márquez: génesis, proceso e impacto de un genio de la literatura.
Paco Roca: la importancia de la vejez, la memoria, el humanismo y la ética.
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