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En septiembre de 2017 Puerto Rico vivió la tragedia de los huracanes ‘Irma’ y ‘María’. Mayra Santos-Febres reconstruye aquel episodio de supervivencia de los puertorriqueños en ‘Antes que llegue la luz’. /WMagazín

Mayra Santos-Febres cuenta cómo sobrevivió Puerto Rico a la pesadilla de los huracanes Irma y María

En 'Antes que llegue la luz' la escritora puertorriqueña reconstruye el terror de los dos fenómenos naturaleza de 2017 que pusieron en jaque a la isla y cómo sus habitantes resistieron con acciones como las que lideró ella de llevar cultura y esperanza a muchas zonas

Mayra Santos-Febres es todos los personajes principales que ha creado en su literatura, pero ninguno tan real como el de Antes que llegue la luz (Planeta). Aquí es ella más que nunca, desde la intimidad de su propia casa, dibujando un cuadro realista del drama que vivió Puerto Rico en septiembre de 2017 cuando los huracanes Irma y María, dos de los más mortales que han atacado la isla, dejaron el país desconectado del mundo y sumergido en la zozobra de un sempiterno apagón y cerca de cinco mil muertos y millares de damnificados. 

En Antes que llegue la luz Santos-Febres (Carolina, Puerto Rico 1966) se ubica en el mismo ojo del huracán y como caja de resonancia de una polifonía de voces que atestiguan los recursos de los que se valieron los puertorriqueños para sobrevivir a la peor de sus tragedias naturales. Y cómo un grupo de personas llevó optimismo y esperanza a través de la cultura a millares de damnificados.

En una entrevista de 2008, la escritora confiesa la curiosa intimidad de la que surgen los protagonistas de sus novelas: “Yo soy Sirena Selena, yo soy Isabel la Negra, y yo soy ‘M’ de Cualquier miércoles soy tuya, y soy un montón de gente… un narrador es eso: mucha gente que te habita, que sale del barro de tu piel y pide que cuentes su historia…”.

Para quienes no hayan conocido al personaje que es Mayra Santos-Febres, los matices de la afirmación podrían escaparse. Los y las protagonistas de sus novelas comparten con la escritora la extraordinaria astucia que despliegan para desafiar la marginalización que suponen sus identidades. En el caso de Santos-Febres, la batalla capital ha sido abrirse camino en el mundo académico y editorial, desde su posición como mujer negra e intelectual en el Caribe. Hay algo de esa batalla de Santos-Febres en el muchachito travesti de su exitosa Sirena Selena (2000), reinventándose como cantante de boleros y blandiendo como arma contra la precariedad su voz – palabra y silbido, razón y poesía. También hay algo de Santos-Febres, quien se doctoró en la Universidad de Cornell, en la mujer atrapada en el disfraz de historiadora que protagoniza Fe en Disfraz (2009), y algo de la celebridad mediática que ha sido la escritora en Puerto Rico en la enfermera mulata de La amante de Gardel (2015), debatiéndose entre su affair con la cultura popular encarnada por su amante y su afán de ser tomada en serio por la comunidad científica. La escritora puertorriqueña ha obtenido varios premios internacionales como el Letras de Oro en 1994 y el Juan Rulfo en 1996, ambos por sus cuentos. 

La protagonista de Antes que llegue la luz es ella, asumida en primera persona, junto a los puertorriqueños y Puerto Rico. Nunca fue mayor el reto a sortear, nunca más esquivas las fuerzas a negociar. Nunca fueron más vulnerables los actores de las voces que se abren campo con la escritora en esta crónica, literalmente saliendo del barro, y nunca fue más bella su destreza para sobrevivir con dignidad y hacer brillar la esperanza.

La escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres en la contraportada de su libro ‘Antes que llegue la luz’ (Planeta). /WMagazín

Entre la oscuridad y el brillo 

El libro empieza con el apagón del huracán Irma a comienzos de septiembre de 2017. Los protagonistas son, en principio, la escritora y sus dos hijos adolescentes, Lucián y Aidara, y Alexia, amiga y vecina, situados en un condominio de Ocean Park, un vecindario venido a más descrito en el furor de sus contradicciones –su opulencia americanizada y sus borrosos límites con un San Juan adormecido por múltiples formas de consumo-. Menos de una semana dura el apagón que preludia lo aún inconcebible dose semanas después: María, un huracán sin precedentes, un despojo incuantificable, una pérdida de cuyas dimensiones no puede dar cuenta la escritora que había sido hasta entonces Santos-Febres. Quizás por ello el registro personal y realista elegido para este libro.  

Quienes seguimos el desastre de María desde afuera, reconocemos las líneas básicas del drama que siguió a la devastación gestada por el viento y la lluvia: El abandono federal de un país cuyo protectorado constató su inquina en el momento de mayor necesidad, y Donald Trump, el presidente de tiras cómicas que la expuso ante el mundo; la corrupción del gobierno local, devorando con su gula ancestral la poca ayuda recibida; la fidelidad agónica de la diáspora puertorriqueña, abocada a apoyar desde afuera la reconstrucción de su isla de ensueño, la de los tíos, las abuelas y los recuerdos, la que no se le acaba de ir a uno del alma pese a los muchos inviernos en el Norte; y el éxodo masivo de los que no vieron otra salida que lanzarse a los brazos de la madrastra poderosa.  

Lo que no conocemos es la fuerza de los que se quedaron adentro. Los embrollos, embates y logros de aquellos que se alzaron en almas no solo para sobrevivir sino para garantizar la persistencia de los otros, porque como dice la autora, no había otra opción: “En este clan se pierde en colectivo. Ser ‘individuo’ es un lujo al que no hemos accedido todavía. Los pobres, los caídos, son la carga de los que van subiendo. La escalada es difícil, cuestarriba. La caída es empinada y sin frenos”. Esa es la historia que brilla en el testimonio a múltiples voces que presenta Santos Febres en Antes que llegue la luz. 

Actividades con niños en Puerto Rico tras elpaso del huracán María. /Foto cortesía Mayra Santos-Febres

“Mucha gente que te habita” 

En medio de los árboles y postes desarraigados, las fachadas y casas despedazadas, y la razón desgarrada, surge un rayo de luz cuando las organizaciones comunitarias locales se conglomeran en un refugio para quiméricos llamado El Colaboratorio.  

Desde allí se lanzan, entre otras iniciativas de ayuda colectiva, la del equipo de Mayra. Un grupo de amigos y cómplices que otrora llevaba escritores a los barrios durante un evento anual titulado el Festival de la Palabra, se lanza a refugios y escuelas para donar libros, leer en grupo y hacer talleres de escritura. Nuestro interés no era hacer arte, impresionar con el manejo de la forma, agitar estéticas institucionalizadas, ni educar”, aclara, “solo queríamos convocar a la gente, reírnos, comprobar que estábamos vivos, contarnos las historias y las aventuras, compartir experiencias, comenzar a sanar”. Esta declaración explica además la prosa diáfana del libro mismo, cuya polifonía resulta no de un artificio estético sino de los rumores y clamores compartidos en medio del desastre.  

La historia personal de la escritora es el puente por el que se cuelan las reacciones de los otros. De la escritora vemos desplegarse sus orígenes en un barrio de obreros, las muertes tempranas de su madre y hermano, sus dos divorcios y su devoción de “madre moderna”.

Entre las reacciones de los otros, leemos los testimonios de camioneros convocados a recoger escombros; electricistas y rescatistas (tanto oficiales como improvisados) aterrados ante la insuficiencia de sus esfuerzos; agentes abocados a vender casas destruidas por el vendaval o abandonadas por los protagonistas del éxodo; huérfanos repentinos, niños y adultos, traumatizados tanto por el horror pasado como por la turbiedad del presente y la incertidumbre del futuro. Protagonista total es el calor absoluto, sin el consuelo de los abanicos o aires acondicionados, contribuyendo a las alucinaciones de un mundo que se va llenando de espectros.

Actividades en los colegios de Puerto Rico tras el paso del huracán María, en 2017. /Foto cortesía Mayra Santos-Febres

 

La isla espectral 

A los fantasmas recientes se unen otras figuras sombrías. Santos-Febres registra la emergencia de los adictos sin hogar, tomándose las calles de la ciudad desierta para cosechar entre los escombros, y de otra gente “borracha de cosas” útiles e inútiles, libradas en la desolación repentina de los centros comerciales. La reflexión de la escritora remite estos otros espectros a las luchas inconclusas de la colonia más antigua de las Américas, y al desastre agazapado tras la ilusión de una isla latina “modernizada” bajo el patronazgo estadounidense: “La imagen se refractaba hermosa, de playas majestuosas contra hileras de edificios de vidrio y metal, construidos para gozar de la vista panorámica del mar. Pero por cada esquina de las grietas del cristal, debajo de cada puente de metal y cemento, dormía un adicto. Los hijos de la industrialización parían adictos, desempleados, emigrantes, aunque también hijos de obreros negros, pardos y mulatos, jíbaros de los campos que hace dos o tres generaciones lograron convertirse en “profesionales universitarios’’. Estos hijos de la industrialización hablaban inglés sin acento y comían “suchi”, pero terminaban no cabiendo en el país. Se regresaban al Norte a encontrar el lugar para que tanto habían trabajado y que no se manifestaba en la Isla astillada. The showcase of the Americas paría su propia deserción”. 

El clímax de esa isla doblemente espectral coincide con la llegada de la luz, cuando la autora lee en la prensa el resultado del conteo extraoficial de los muertos dejados por María y su secuela, entre ellos los muchos suicidios que sucedieron al desastre. Los cerca de cinco mil caídos podrían parecer poco en un mundo en pandemia, pero no lo son en el recuento de Santos-Febres. El lirismo de “un tropel de alas” de libélulas contra un cielo pintado por un atardecer feroz fija poderosamente la tensión no solo entre la muerte y la vida, sino entre la realidad y la imaginación.  

Una isla que lee 

Quizás la mayor revelación de este libro es la atestiguada ya no por el conteo espectral sino por el de los libros donados y el de los participantes en los talleres organizados por la escritora y su combo de artistas, autores y gestores. El descubrimiento de Puerto Rico como una isla que, pese a todo, lee, juega con las palabras y clama por ser vista y oída: “Visitamos, repartimos suministros y libros, y dimos talleres a nueve mil seiscientas treinta y ocho personas. Escriba, escritora, escriba. No se olvide de mi.” 

Con la usual destreza narrativa de Santos-Febres, y en un tono excepcionalmente íntimo, Antes que llegue la luz nos ofrece, en últimas, una ventana a lo incontable –lo inenarrable y lo inconmensurable—tanto de las pérdidas que dejó María, como de la vida y la imaginación, prevaleciendo en últimas ante la inusitada devastación.

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