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Miguel de Cervantes, en un retrato atribuido a Juan de Jáuregui, sin que haya sido auténticado. /Foto Wikipedia

Miguel de Cervantes: vida, obra, venturas y desventuras del autor de Don Quijote

El director de la Real Academia Española publica un ensayo clave sobre uno de los genios de la literatura. Traza no solo su vida, sino la manera como esta ha sido reflejada a lo largo de la historia. WMagazín publica un pasaje donde explica que el éxito de la obra cervantina no repercutió en el ensalzamiento de la figura de Cervantes como escritor

Presentación WMagazín Se sabe casi todo y poco de Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares,​ 29 de septiembre de 1547-Madrid, 22 de abril​ de 1616). Se sabe, sobre todo, lo que se ha dicho de su obra maestra El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, reconocida desde la aparición de la priemra parte, en 1605, como una creación literaria importante, mientras la figura de su autor quedaba poco iluminada. Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española de la Lengua, soluciona buena parte de esa especie de disociación en el ensayo Cervantes, en editorial Crítica. Sin duda uno de los libros sobre literatura más interesantes del año, y sobre el genio español.

WMagazín publica dos pasajes del Cervantes, de Muñoz Machado, donde se muestran estos aspectos. La manera como «el éxito de su obra no repercutió en el ensalzamiento de la figura de Cervantes como escritor». El libro está acompañado de un muy útil y amplísimo aparato de notas, diccionario del vocabulario, índice de nombres y bibliografía. Este Cervantes consta de once capítulos, con varios subcapítulos cada uno, con temas que van desde Una vida azaroza y novelesca, hasta El viejo y buen Derecho.

Más de la mitad de este libro, destaca la editorial Crítica, «está dedicado a indagar sobre las fuentes del Príncipe de los Ingenios. Se nutrieron sus creaciones con su imaginación portentosa y asombrosa capacidad narrativa. Ambas servidas por la información del lector curioso y constante que fue Cervantes y por las vicisitudes de su azarosa vida, que convirtió entera en literatura. Hay inclinaciones fáciles de detectar en los libros del escritor de Alcalá de Henares: la literatura popular, cuentos, consejas y refranes; la política y la sociedad de su tiempo, sometidas a transformaciones muy profundas, pero lentas, que permitían a los hombres de su época mantener un pie en el pasado mientras se formaba el Estado moderno. Le interesaron sobremanera las relaciones de pareja, que llenan su obra más que ningún otro argumento. Se valió gozoso de algunas de las creencias más extendidas en la Europa de su tiempo, como la brujería y los encantamientos. Y supo mucho de leyes y de justicia. Con estos ingredientes principales y una gran facilidad para seducir y entretener amasó su deslumbrante literatura».

Te invitamos a acercarse al mundo de Miguel de Cervantes Saavedra:

Cervantes de carne y hueso

Por Santiago Muñoz Machado

El aforismo, muy invocado en los siglos XVI y XVII, de que para un hidalgo las únicas salidas posibles eran «Iglesia o Mar o Casa Real» lo tuvo bien presente Cervantes, pero acortando su ámbito, porque no se conoce que intentara, de ningún modo, la carrera eclesiástica. Redujo a dos las posibilidades: las armas y las letras. Lo repitió mucho en el Quijote como opciones para un hidalgo. Don Quijote tuvo clara su elección, que declara al ama y a la sobrina al empezar la segunda parte de su novela: «Dos caminos hay, hijas, por donde puedan ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras. Otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras». Cervantes fue más versátil, quiso dedicarse a las letras (entendidas como oficio público al servicio de la monarquía), aunque solo consiguió empleos mediocres, y fue soldado enrolado en la Armada.

El cambio de posición a través de la creación literaria no fue tampoco posible: las letras a que se referían los discursos sobre las armas y las letras no eran las resultantes de la actividad literaria, sino las concernientes al oficio de letrado, que emergía entonces con fuerza en una monarquía cada vez más burocratizada. Por el ejercicio de la literatura se podía conseguir el apoyo de protectores o mecenas, incluso su afecto, pero no un salto de «linaje». Súmese en el caso de Cervantes que ni siquiera era universitario, aunque, para cubrir ese expediente, algunos de sus hagiógrafos le hayan querido hacer estudiante de Salamanca.

La vida y entorno familiar del alcalaíno tampoco se prestaron a que alcanzara el prestigio social que su formidable imaginación literaria y su pluma inigualable merecían. El peligroso oficio de recaudador lo llevó, al menos, dos veces a la cárcel, en Castro del Río y en Sevilla, y la mala suerte, otra vez más en Valladolid. Siempre se trató de encierros cortos y cautelares, pero encarcelamientos fueron al fin y al cabo. Su entorno familiar daba continuamente que hablar y fue poco prestigioso. Sus hermanas Andrea y Magdalena, como ya sabemos, tuvieron continuas relaciones de barraganía y amancebamiento; la primera tenía una hija, Constanza, nacida de una de esas relaciones. La hija natural de Miguel, Isabel, fruto de sus amores con Ana Franca, emularía las costumbres sexuales de sus tías. Hubo una época de la vida de Cervantes en la que compartió casa en Valladolid con las dos hermanas, además de con la hija de Andrea, con Isabel y con su esposa, Catalina de Palacios. Un plantel familiar que dio mucho que hablar en Valladolid a partir de 1600.

De todo esto supo mucho la caterva de sus enemigos y pudo ser usado para alimentar la difamación. Paradójicamente, la circunstancia de que nadie escribiera una biografía de Cervantes llevó a no utilizar esos datos negativos. Se olvidó la vida novelesca del autor del Quijote, y cuando se empezó a restablecer su historia, al final de los años treinta del siglo XVIII, el propósito principal de los autores fue ensalzar la vida «heroica y ejemplar» (como la calificó en el mismo título del libro, en los años cuarenta del siglo XX, la más extensa y documentada biografía del príncipe de los ingenios, la de Astrana Marín en siete tomos) de Miguel de Cervantes. De modo que algunos de ellos, como hemos de ver, disimularon, rebajaron la importancia, o simplemente prescindieron de los datos incómodos que iban apareciendo en los archivos, entendiendo por tales los que hacían a Cervantes un ser humano, con sus errores, tropiezos, desgracias y azares.

Tardó la bibliografía cervantina en percatarse de que la vida de un gran escritor no tiene por qué ser necesariamente santa y que la mala fortuna de Miguel no resta un ápice a su gloria de autor inigualable. Considerando los altibajos de su vida, y las debilidades que dejó abiertas a la crítica de los contemporáneos que lo envidiaron, que fueron muchos, tampoco tiene nada de extraño que, cuando dejó este mundo, hubiera poca disposición a que se escribieran sus aventuras personales, novelables pero prescindibles e incomparables con las que su imaginación creó. Él, con menos poder e influencia que Lope de Vega, no pudo disponer de hagiógrafos que perpetuaran su memoria; al fin y al cabo, ya lo estaban haciendo, con miglior plectro, don Quijote y Sancho.

En el contexto que acabo de referir también hay que tomar en consideración la contribución de Juan Blanco de Paz a la mala fama de Miguel de Cervantes. Fue el primero de sus críticos y el más perverso de sus enemigos. Procedía de los aciagos tiempos del cautiverio en Argel donde ambos coincidieron.

El escritor estuvo allí desde 1575 a 1580, año en el que fue rescatado por los trinitarios Juan Gil y Antón de la Blanca, tras el pago de un rescate desorbitado que habían conseguido reunir entre la familia, los frailes y algún benefactor espontáneo de última hora. Blanco de Paz había llegado un año después, cuando Cervantes tenía por completo conquistada fama de valiente, solidario, generoso y buen compañero. Cervantes fue capturado cuando viajaba hacia España, con su hermano Rodrigo y otros compañeros que habían servido en la armada que comandó don Juan de Austria en la batalla de Lepanto (1771) y otras acciones bélicas menores. Había partido la Sol, la galera en la que estaban embarcados, de Nápoles y viajaba agrupada con otras tres.168 Pero se separó del rumbo, a causa de dos tempestades, y navegaba en solitario, cuando una flotilla de embarcaciones de piratas berberiscos, más rápidas y ligeras, se interpuso; los abordaron e hicieron prisioneros, y los llevaron a Argel, donde los turcos mantenían cientos de cautivos encerrados en edificios hedihondos (llamados baños), donde los retenían hasta que alguien se interesara por ellos y pagara el rescate establecido. En el caso de Cervantes quinientos ducados, una cantidad elevadísima (a cuya fijación contribuyó el hecho de que el manco de Lepanto portara cartas de recomendación de don Juan de Austria y del duque de Sessa, que hicieron creer a sus capturadores que era un personaje muy importante en la corte de Felipe II; por eso se ordenó que lo trataran como «caballero principal, y como a tal siempre encerrado y cargado de cadenas») en comparación con la media, que solía situarse en doscientos por unidad.

Al mando de los asaltantes iba un renegado albanés, capitán de las galeras turcas de Argel, llamado Arnaute Mamí. Los prisioneros se repartieron a la llegada a Argel y Cervantes pasó a ser propiedad de Dalí Mamí, lugarteniente de aquel.

El cautivo Miguel de Cervantes fue, esencialmente, un rebelde durante su estancia en los baños. No habían terminado de aherrojarlo en el baño correspondiente cuando ya estaba conspirando con algunos compañeros para organizar la fuga. Nunca lo consiguió y, al final, salió de allí rumbo a España, en 1580, porque los frailes trinitarios lo rescataron. Las fugas variaron los métodos y escenarios, pero se frustraron habitualmente a causa de las delaciones.
Cervantes intentó cuatro veces fugarse.

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A la altura de 1615, cuando completa el Quijote, su autor es perfectamente consciente de la importancia de la novela que ha escrito y de su éxito inmediato. También pudo percibir el efecto de arrastre que tuvo sobre el resto de su obra que se edita, muy concentradamente, en el último lustro de su vida, cuando ya sentía que la suya «se va acabando». Con tanta acumulación que incluso su última gran novela, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, en cuyo maravilloso prólogo incluye una emocionada despedida («Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos, que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida»), sería publicada póstumamente, con licencia obtenida por su viuda, Catalina de Palacios y Salazar, en 1617.

El éxito de su obra no repercutió en el ensalzamiento de la figura de Cervantes como escritor. Este hecho es manifiesto; pero las razones no son fáciles de entender. Recorriendo las dedicatorias de cada una de sus obras se aprecia, como ya he comentado, que tardó en encontrar mecenas estables que lo apoyaran económicamente y permitieran que se concentrase en escribir, por lo que tuvo que dedicarse, durante una época central de su vida, a trabajos duros y de riesgo, como fueron los bastimentos para la armada y la recaudación de impuestos. Ambos precisaban el concurso de medidas de autoridad muy poco bienquistas por el pueblo. Eran duros porque generaban enconos desagradables con los obligados a contribuir, y de riesgo porque llevaban consigo una supervisión estricta sobre las recaudaciones y el destino de los fondos que, al menor error contable o descuido, podían arrastrar penas de excomunión, si daban con la Iglesia, o de cárcel, si afectasen a los recursos de la Monarquía. Cervantes conoció bien estas consecuencias porque sufrió injustamente medidas de excomunión y encarcelamiento.

Nadie de importancia política o social acompañó a Cervantes en su entierro, ni se celebraron grandes funerales, ni se cerró la fosa o nicho donde fue depositado su cuerpo con una piedra que llevara inscrita, junto a su nombre, una hermosa frase que recordara su grandeza. Había ingresado en 1609 en la Hermandad de Esclavos del Santísimo Sacramento, fundada el 28 de noviembre de 1608 por fray Alonso de la Purificación, trinitario descalzo, y don Antonio de Robles y Guzmán, aposentador y gentilhombre del rey. Fue enterrado en la iglesia de las Trinitarias Reales de Madrid, muy cerca de la casa donde él vivía en la calle de León, esquina a Francos, amortajado con el sayal franciscano, con la cara y una pierna descubiertas según era práctica en la orden. Con el tiempo se perdería la memoria del lugar exacto del enterramiento dentro de la iglesia. Lo más plausible es que sus huesos fueran movidos de la primera sepultura y amontonados con otros en un osario común en el que se han buscado, sin éxito. Ha quedado la sola constancia de que está enterrado en las Trinitarias. El 10 de marzo de 1870, la Real Academia Española aprobó el «probatorio del enterramiento de Cervantes», fruto de una comprometida investigación de su director, marqués de Molins, y se acordó fijar en la fachada una placa de mármol de Carrara, esculpida por Ponciano Ponzano, uno de los grandes escultores de la época, en la que se incluyó una leyenda que dice: «A Miguel de Cervantes Saavedra, que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria, a la cual debió principalmente su rescate, la Academia Española». Se refiere, naturalmente al rescate del cautiverio en Argel. En el interior se instaló, en 2015, otra lápida en la pared izquierda del atrio para tapiar un montón de huesos de personas no identificadas. En la lápida de mármol, costeada también por la Real Academia Española, se recoge su hermosísima despedida escrita en la dedicatoria del Persiles al conde de Lemos, aunque con un garrafal error del lapidario, que cambió el nombre de Sigismunda por Segismunda: «El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir».

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