El escritor portugués António Lobo Antunes. (Lisboa, 1942-2026) /Fotografía cortesía Penguin Random House
Muere António Lobo Antunes, maestro portugués de la literatura contemporánea
El escritor, de 83 años, deja un legado de más de cuarenta libros en los que combinó su experiencia personal con la historia de Portugal. Fue un eterno candidado al Nobel
La vida ha perdido a uno de sus confidentes más especiales, una de las personas que mejor supo contar sus secretos desde la sensibilidad, la crudeza, la intimidad, la vulnerabilidad y la humanidad: murió António Lobo Antunes, uno de los más grandes escritores contemporáneos, y otro autor a quien el Nobel de Literatura ninguneó. Tenía 83 años. Nació en Lisboa (Portugal) el 1 de septiembre de 1942 y falleció en esa misma ciudad el 5 de marzo de 2026.
Era una especie de Hermes entre su memoria y su escritura. En sus novelas, los recuerdos emergen entre penumbras y corren a su encuentro. Él los detiene, los evoca, los ordena y los devuelve a la vida. Los cinco sentidos habitan sus historias, como también toda la fragilidad del ser humano, los sueños, los miedos, las incertidumbres, las decepciones, las esperanzas. Y a ese universo se suman la ternura, el humor y la ironía, sus mejores cómplices.
Claves literarias de Lobo Antunes
Dos claves de su obra literaria las reveló con diez años de diferencia:
“Un día vi a un hombre mayor, que los médicos decían que era esquizofrénico, y me dijo: ‘Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás’. Si quieres escribir, hay que hacerlo por detrás, porque estás trabajando con cosas anteriores a las palabras, como las emociones, con todo eso que por definición no es traducible en palabras”.
Y
“Un libro dentro de ti es como un niño dentro también: piensas cómo va a ser, qué color tendrán sus ojos, cuál será su comportamiento. Un libro es una cosa viva, vive dentro de ti, de tus costumbres, hábitos y caprichos, es una cosa contra la que vas a luchar todo el día”.
El primer secreto lo reveló en 2008, cuando recibió el Premio Juan Rulfo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México) y el segundo, una década más tarde, en un homenaje celebrado allí mismo.
Pero hay una idea que conecta las dos anteriores. La escribió hace 25 años, en 2001, en Babelia, del diario español El País:
“Creo que heredé de mi abuelo el gusto de sentarme callado, a mirar. Él lo hacía en el jardín. Como no tengo jardín lo hago en casa, en los bancos de la calle, en los parques, en los centros comerciales. Durante la época de la facultad, apenas acababa la clase en el depósito de cadáveres, bajaba a la Avenida da Liberdade y, nalga a la derecha, nalga a la izquierda, conquistaba un pequeño espacio de tablas entre dos jubilados. Los jubilados hablan poco y yo también. Sólo me faltaba la pantufla del pie derecho, el cigarrillo liado y el bastón. Normalmente era el último en marcharme. Con la bata en las rodillas veía la ciudad iluminarse”.
El lector completa el libro
Pero su proceso literario no terminaba ahí. Faltaba el elemento principal, el que da verdadera vida a sus relatos: “dar un margen de creatividad al lector, con pocos elementos para que pueda escribir su novela”. En cada libro hay menos adjetivos, “para intentar acercarse al silencio”. “Con el paso del tiempo intentas decir la misma cosa con menos palabras. No escribo complejo. Es la vida la que es compleja y recoger sus contradicciones es difícil”, reconoció a Fernando Samaniego en la entrevista a El País con motivo de su novela Exhortación a los cocodrilos (2000).
Y fue aquel día cuando compartió otra visión de su literatura: “Se puede decir que la imaginación es la memoria fermentada, la manera de arreglar los materiales de la memoria”.
António Lobo Antunes estudió medicina y luego sirvió en el ejército de Portugal durante la guerra de Angola, en 1975. Una experiencia que lo marcaría para siempre. Memoria de elefante fue su debut novelístico en 1979. A partir de entonces escribiría más de cuarenta de libros en los que está presente la historia de su país, la dictadura y sus secuelas y la sociedad, entrelazada con la suya.
Entre sus obras más notables figuran En el culo del mundo, Auto de los condenados, Tratado de las pasiones del alma, La muerte de Carlos Gardel, Manual de inquisidores, Esplendor de Portugal, ¿Qué haré cuando todo arde?, Buenas tardes a las cosas de aquí abajo, Yo he de amar a una piedra, De la naturaleza de los dioses, Para aquella que está sentada esperándome en la oscuridad…
El mundo literario de António Lobo Antunes permanece en cada lector, porque cada frase de su cuidada narrativa es un universo entero.
Autobiografía de Lobo
Mejor escuchar su voz. En algunos pasajes de su crónica Datos para una biografía de Lobo Antunes, de noviembre de 2001, publicada en Babelia, demostró cómo ese niño del que hablaba vive en cada uno:
“Creo que heredé de mi abuelo el gusto de sentarme callado, a mirar. Él lo hacía en el jardín. Como no tengo jardín lo hago en casa, en los bancos de la calle, en los parques, en los centros comerciales. Durante la época de la facultad, apenas acababa la clase en el depósito de cadáveres, bajaba a la Avenida da Liberdade y, nalga a la derecha, nalga a la izquierda, conquistaba un pequeño espacio de tablas entre dos jubilados. Los jubilados hablan poco y yo también. Sólo me faltaba la pantufla del pie derecho, el cigarrillo liado y el bastón. Normalmente era el último en marcharme. Con la bata en las rodillas veía la ciudad iluminarse. Las palomas emigraban hacia el tejado del anuncio Sandeman, un hombre con capa y sombrero que sostiene una copa de oporto. En mi opinión, formada a los cinco o seis años de edad, nunca existió nada más bonito. Me gustaba Mandrake porque se parecía a él: ‘Mandrake hizo un gesto mágico y…’. Al alzar la copa el anuncio Sandeman hacía un gesto mágico y la noche aparecía. Este milagro cotidiano sigue encantándome. Además estaban las fachadas de los cines y las lámparas que corrían alrededor de los nombres de los actores: Esther Williams, Joan Fontaine, Lana Turner. Concebí por Lana Turner una pasión absoluta, exclusiva. En momentos de desánimo llego a pensar que no me correspondió. Pero el desánimo, claro, es pasajero, y el pelo platinado, las cejas evasivas dibujadas a lápiz, en semicírculos perfectos, los vertiginosos escotes de satén, los labios rojo escarlata, todo me asegura un amor eterno, eternamente compartido. Su hija mató al gánster Johnny Stompanato, supuesto amigo de Lana (nunca amante, el amante era yo), y aún hoy le estoy agradecido por eso. Usó el cuchillo de la cocina donde Lana Turner, seguro, preparaba salchichas con lombarda, mi almuerzo favorito, pensando en mí. Tampoco me gustaba que besase a los otros en las películas. Pero tal vez fuese mejor de esa manera porque, si llegase a casa con restos de carmín y me disculpase ante mi madre
(…)
asegurándome que ella misma hablaría en casa de lo inevitable de nuestro matrimonio mientras Nat King Cole, cantando, de fondo, Imitación de la vida, disolvía las últimas resistencias de una educadora preocupada sin motivo. Incluso intenté una conversación exploratoria: me acerqué con desenvoltura al tejido, la toqué en el brazo, mi madre dejó de contar los puntos
-¿Qué hay?
anuncié con un tonillo casual
-Creo que Lana Turner y yo somos novios
mi madre volvió a contar los puntos, setenta y seis, setenta y siete, setenta y ocho
-¿Ah, sí?
prueba de que aceptaba el hecho sin discutir, me dirigí a mi habitación, anuncié a mi novia, con abrigo de piel en un cartel de la pared
-Ya está
y oficialicé el compromiso con el anillo de aluminio que me salió en la sorpresa del roscón de Reyes. Debo añadir que fue una unión feliz, sin manchas, hasta encontrar a Anne Baxter, a los doce años, en Los diez mandamientos, mujer de Yul Brynner, el faraón, y enamorada de Moisés, Charlton Heston. Aparté a Yul Brynner y a Charlton Heston con un capirotazo y olvidé a Lana Turner. No habrá sido bonito, pero el alma humana es así. Temí la reacción de mi madre, que vivía hacía siglos con mi padre y supuse que era conservadora. Le expliqué el asunto con miedo, tocando el brazo del tejido. Felizmente ella, persona evolucionada, se limitó a preguntar
-¿Ah, sí?
añadió
-Si no paras con esa vida de playboy, me saldrá mal el jersey (…)
Anne Baxter y yo sólo nos separamos en Eva al desnudo, cuando comprendí la horrible maldad de su carácter al hacer sufrir a Bette Davis, que se parecía a mi abuela. Como recurso desesperado, intenté volver a Lana Turner, que había desaparecido de los cines por el disgusto que le di. Si la encontráis, decidle que estoy muy arrepentido y le pido disculpas. Decidle también que telefonee a casa de mis padres: debe de andar por ahí un chico con un anillo de roscón de Reyes en el dedo que atiende la llamada.
Traducción de Mario Merlino.
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