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El escritor español José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1926 – Madrid, 2021) retratado por Hernán Cortés Moreno para la Biblioteca Nacional de España, en Madrid tras recibir el Premio Cervantes en 2012. /WMagazín

Muere el poeta José Manuel Caballero Bonald, la voz rebelde de la vida y exploradora de la palabra

El escritor español tenía 94 años. Era uno de los últimos representantes de la Generación del 50. Poeta, narrador y ensayista recibió en 2012 en Premio Miguel de Cervantes. Para el autor la poesía era “una mezcla de música y matemáticas: tonalidad y rigor”

No te preocupes no me he ido,
¿cómo iba a irme sin saber?
Somos el tiempo que nos queda
.

José Manuel Caballero Bonald ha muerto a los 94 años, el 9 de mayo de 2021. Es uno de los poetas, narradores y ensayistas españoles más relevantes desde los años cincuenta del siglo XX. Nació en Jerez de la Frontera, Cádiz, el 11 de noviembre de 1926. Caballero Bonald se inscribe dentro de esos escritores entusiastas por la exploración del lenguaje y la forma de comunicar y transmitir. Un explorador de la palabra y su significado, su sonido, su mensaje e influencia en cada época; atento al impacto que podría causar en la gente. Esta búsqueda la empezó en la poesía, la continuó en la narrativa, después en el ensayo, hasta que le tocó el turno a las memorias y diarios para, finalmente, crear desde ese lugar fronterizo y mestizo de la literatura más allá de géneros y etiquetas.

En 2012 fue distinguido con el Premio Miguel de Cervantes: “Su primera dedicación fue poética y la ha mantenido viva hasta hoy mismo. No ha guardado la pluma y sigue presente en nuestro repertorio de hoy. Fue evolucionando hacia una novela que nunca renunció a la poesía de la palabra, es un fabulador de historias y un maestro en el uso del idioma”, dijo Darío Villanueva, secretario de la RAE y presidente del jurado del Cervantes.

En su discurso al recibir el Cervantes, Caballero Bonald dijo: «Mi palabra escrita reproduce obviamente mis ideas estéticas, pero también mi pensamiento moral, mis litigios personales, mi manera de buscar una salida al laberinto de la historia. El prodigio instrumental del idioma me ha servido para objetivar mi noción del mundo, y he procurado siempre que esa poética noción del mundo se corresponda con mi más irrevocable ideario». (Puedes leer gran parte de su discurso al final de este artículo).

Entre los múltiples galardones que recibió destacan el Nacional de las Letras (2005), el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2004), obtuvo tres veces el de la Crítica, por los poemarios Las horas muertas (1959) y Descrédito del héroe (1977) y por la novela Ágata ojo de gato (1974).

Caballero Bonald entró pisando fuerte en la poesía al tener el accésit del premio Adonais de 1951 con Las adivinaciones, y diez años después, 1961, debutó en la novela con Dos días de setiembre con la cual ganó el Premio Biblioteca Breve. Esta novela fue escrita en Colombia donde fue profesor de Literatura en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, una época que recordaba con mucho cariño.

Su bibliografía incluye doce poemarios, cinco novelas, cuatro libros de memorias y 26 ensayos de literatura, vino, folclore español y flamenco del que era un experto. Además, en 1969 fue el responsable del álbum de seis discos Archivo del cante flamenco. En los años setenta trabajó como productor de la discográfica Ariola con discos de artistas como Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute y Lluís Llach y María del Mar Bonet.

Dos de sus último libros fue la autobiografía Entreguerras (Seix Barral-2012), un excepcional ejercicio literario y dominio de la palabra en narración, razón y emoción construida en un solo poema de 3.000 versos. El autor dijo: “Ahí está todo lo que he escrito y todo lo que he vivido, ahí está como el compendio de mi literatura y mi vida y eso le da un valor estético especial”. Y es verdad. Es una prueba de su intelgencia, compromiso, sensibildiad y pasión por la literatura.

El otro libro es el ensayo Oficio de lector (Seix Barral -2013) donde muestra su pasión y conocimiento por escritores y libros a través del compendio de artículos, conferencias, prólogos y reseñas de autores como Juan de la Cruz, Cervantes , Góngora, Quevedo, Mallarmé, Kafka, Juan Ramón Jiménez, Gabriel Miró, César Vallejo, Juan Carlos Onetti, Álvaro Cunqueiro y José Ángel Valente.

Sus memorias están reunidas en tres libros: Tiempo de guerras perdidas (1995), La costumbre de vivir (2001) y Examen de ingenios (2017).

José Manuel Caballero Bonald no fue solo ese poeta admirado y ciudadano rebelde y contestatario de la vida, sino que siempre fue aquel niño que quería ser Flash Gordon y que luego pasó a ser el joven que soñaba con surcar los mares.

En su libro Anatomía poética (Círculo de Tiza) con ilustraciones del pintor José Luis Fajardo, el escritor señala varias conceptos que definían su concepción de la vida:

De utopías: “Nunca está de más reiterar que la utopía es una esperanza consecutivamente diferida, una especie de obstinada promesa que se ha ido demorando en virtud de alguna continuidad argumental no precisamente encomiable”.

De la patria: “Patria, palabra triste como termómetro o ascensor’, dijo un testigo eminente”.

De la alegría: “La alegría está hecha de un material maleable y el menor roce con la intemperie la desfigura hasta hacerla irreconocible, o la fragmenta en múltiples sucedáneos emparentados con la barbarie”.

El escritor español José Manuel Caballero Bonald. /Fotografía de Galaxia Gutenberg

WMagazín le rinde homenaje con el recuerdo de algunos de sus poemas y pasajes narrativos.

EL TIEMPO QUE NOS QUEDA

Ligeramente tumefacta
pero ofrecida con codicia,
llegó la boca hasta el lindero
de la precaria intimidad.
Iban reptando las parejas
que se apiñaban en lo oscuro:
no se miraban, se sumían
en un compendio de sudores,
se convertían en secuaces
de la penumbra suspensiva.
Como un furtivo postulado
brilló el mechero de los cómplices.

No te preocupes no me he ido,
¿cómo iba a irme sin saber?
Somos el tiempo que nos queda.

Y ya los cuerpos se anudaban
bajo la oscura marquesina,
sin decidir con qué argumentos
recobrarían su ansiedad.
Era una esquirla el clarinete,
un estertor de la armonía.

Toda la noche resonando
como una sábana en tus pechos,
toda la noche entre emboscadas
buscando llaves que no abrían.

Chorros de gritos tan vehementes
que entrechocan con los vasos
iban tiñendo de lujuria
los cortinajes y butacas.
Entre el estruendo de los rótulos
unas caderas rebullían
como impulsadas por la piel
incandescente del tambor.

Mira qué prendas, qué proclamas
de irremediable soledad.
Habla más alto, no se escucha
más que el furor de los licores.
Todo está lleno de luciérnagas
y de insufribles fumarolas,
todo parece confiscado
por los que nunca saben nada.

Pero la boca ya ofrecía
sus rezumantes terciopelos,
boca promiscua, saturada
de zumos ávidos y esguinces.
Está invadida de jadeos,
no se parece a las demás.
No se parece, no es mentira.

Pisando vidrios, esgrimiendo
restos de yerbas y de músicas,
llegaron nuevas avalanchas
de adormilados oficiantes.
Era la hora del suicidio
y algunos miembros de la secta
se desnudaron en la sala
con voluptuosa dejadez.

¿Cómo evitar el simulacro,
cómo vivir sin desvivirnos?
Surcan los días por tu vientre.
Somos el tiempo que nos queda.

ENTREGUERRAS

(fragmento final)

no sé si finalmente podré sobrevivir a las plurales índoles del miedo
los miedos inducidos los miedos oriundos de alcurnias impensables
los miedos olvidados los largos los ingentes los acérrimos miedos olvidados
que regresan con uñas con ocelos para reabrir el pozo de la desazón
los rigurosos miedos que tanto se parecen al ejercicio de la valentía
y todos esos miedos mudables subalternos
la salud la justicia el desamor la soledad la muerte la maquinaria de la vida
que ocurren de repente en la martirizante esquina de la fragilidad

tengo miedo ahora mismo madre miedo de llegar de no poder llegar
tengo miedo de lo acumulativo y lo disperso de no callar de estar callado
de la memoria de la desmemoria de lo inminente de lo antojadizo
de regresar ya anciano hasta tu vientre madre
de perderme en las equidistancias de todos los pretéritos
y oír allí definitivamente la voz universal que alienta en lo más íntimo
la común propiedad en que confluye la voz de cada uno madre

me asilo en los amenos territorios nativos donde ya todo es póstumo
y dejo en las afueras los artefactos honorables los lastres del oficio
tantas y tan efímeras disonancias urdidas con la rabia y con la idea
me alejo de mi nombre de inmediato me alejo igual que un ala de su aire
o tal vez como el árbol talado sólo para probar la solvencia del hacha

cierro las negras puertas de la historia los cartapacios del pasado
de todo lo demás no queda nada
apenas el guarismo desigual irrestricto de unas privadas entreguerras
el monocorde olvido el tiempo el tiempo el tiempo
mientras musito escribo una vez más la gran pregunta incontestable
¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?

Discurso al recibir el Cervantes

Los siguientes son los últimos párrafos del discurso de José Manuel Caballero Bonald, el 23 de abril de 2013, cuando recibió el Premio Miguel de Cervantes en el paraninfo de la Universidad Alcalá de Henares. Aquí traza un autorretrato de su literatura e influencias:

«Y no deseo finalizar este recuento de emociones sin hacer una mención fugaz a mis débitos personales con la poesía, ese engranaje de vida y pensamiento que tanto amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó. La poesía también tiene algo de indemnización supletoria de una pérdida. Lo que se pierde evoca en sentido lato lo que la poesía pretende recuperar, esos innumerables extravíos de la memoria que la poesía reordena y nos devuelve enaltecidos, como para que así podamos defendernos de las averías de la historia. Afirmaba Pavese que la poesía es una forma de defensa contra las ofensas de la vida y ese es para mí un veredicto inapelable. Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón.

Más de una vez he comentado que mi palabra escrita reproduce obviamente mis ideas estéticas, pero también mi pensamiento moral, mis litigios personales, mi manera de buscar una salida al laberinto de la historia. El prodigio instrumental del idioma me ha servido para objetivar mi noción del mundo, y he procurado siempre que esa poética noción del mundo se corresponda con mi más irrevocable ideario. Como suele decirse, en mi poesía está implícito todo lo que pienso, y hasta lo que todavía no pienso, que ya es meritorio. Cada vez estoy más seguro que la poesía en la que creo, esa que ocupa más espacio que el texto propiamente dicho, me retrata y me justifica. Incluso podría añadir que me ha enseñado todo lo que sé sobre mí mismo a medida que he ido valiéndome de ella para elegir mis propios diagnósticos sobre la realidad.

Creo honestamente en la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia. En un mundo como el que hoy padecemos, asediado de tribulaciones y menosprecios a los derechos humanos, en un mundo como éste, de tan deficitaria probidad, hay que reivindicar los nobles aparejos de la inteligencia, los métodos humanísticos de la razón, de los que esta Universidad -por cierto- fue foco prominente. Quizá se trate de una utopía, pero la utopía también es una esperanza consecutivamente aplazada, de modo que habrá que confiar en que esa esperanza también se nutra de las generosas fuentes de la inteligencia. Leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro, son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro acceso a la libertad y la felicidad. Tal vez se logre así que el pensamiento crítico prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador. Quiero creer -con la debida temeridad- que el arte también dispone de ese poder terapéutico y que los utensilios de la poesía son capaces de contribuir a la rehabilitación de un edificio social menoscabado. Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción. Que así sea».

…Artículo en elaboración…

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