Jane Goodall (1934-2025) en la portada del libro ‘Conversaciones con Jane Goodall’. /WMagazín
Murió Jane Goodall, la mujer que estudió a los chimpancés y nos recordó de dónde venimos
La etóloga y primatóloga británica fallecio a los 91 años. Fue una pionera en el estudio de primates salvajes y descubrió múltiples aspectos relacionados con sus emociones y sus vínculos con los humanos. Su trabajo se hizo popular gracias a su colaboración con National Geographic y sus documentales asombrosos. Su experiencia se aprecia en varios libros como 'A través de una ventana' que recordamos
Gracias, Jane Goodall. Nos asombró con sus estudios, su valentía y su humanidad al recordarnos de dónde venimos. Sus estudios durante sesenta años sobre los chimpancés en el Parque Nacional de Gombe Stream, en Tanzania, no solo son un avance para la interpretación de la vida, sino que, sobre todo, son una invitación a un mejor trato con los animales, con la naturaleza.
Jane Goodall, la etóloga y primatóloga murió a los 91 años, el 1 de octubre de 2025, en California (Estados Unidos). Nació el 3 de abril de 1934 en Londres. Algunos de sus múltiples hallazgos hablan de que los chimpancés tienen emociones y que también fabrican y utilizan herramientas como los humanos.
Jane Goodall tenía 26 años cuando llegó a Gombe, en 1960. Su interés científico y humano eran indiscutibles. Su curiosidad admirable. En esa década empezó a colaborar con National Geographic, a compartir con el mundo su experiencia y sus descubrimientos y análisis. En 1965 su primer artículo apareció en la portada de la revista. Luego llegaron los documentales que nos dejaron a todos asombrados y conmovidos. Fue una excelente divulgadora.
Fundó el Instituto Jane Goodall en 1977 como apoyo a sus investigaciones en África y para promover la preservación de los ecosistemas y la biodiversidad. Era Mensajera de la Paz de las Naciones Unidas. El siguiente es el tráiler de un documental sobre su vida:
En el prefacio de una reedición de su gran libro A través de una ventana. Treinta años estudiando a los chimpancés (Alianza) escribió:
“En 2010 se cumplieron cincuenta años de investigación, conservación y educación sobre la fauna salvaje del Parque Nacional de Gombe, en Tanzania. Mientras reflexiono aquí sentada sobre esas cinco décadas, me sorprende cómo la ciencia ha ido paulatinamente comprendiendo y aceptando cada vez más el parecido entre los chimpancés y los humanos, no sólo en su biología, sino también en sus comportamientos e inteligencia. Ahora sabemos que el ADN de los humanos y de los chimpancés difiere sólo en algo más del uno por ciento, y a partir de las investigaciones de los últimos años, al desentrañar primero el genoma humano y luego el de los chimpancés, parece que la principal diferencia en nuestra composición genética radica en la expresión de los genes.
Cuando comencé mis observaciones en 1960 todavía se pensaba que existía una diferencia de tipo, no sólo de grado, que separaba a los humanos del resto del mundo animal, que entre nosotros y ellos existía una línea divisoria. Se utilizaba a los chimpancés en las investigaciones médicas debido a sus similitudes genéticas, la composición de la sangre, el funcionamiento del sistema inmunitario y la estructura del cerebro –y era aceptable colocarlos en situaciones de aislamiento, en jaulas de laboratorio de 1,5 × 1,5 metros y 2 metros de altura, porque ellos (eso decían), al contrario de nosotros, no tienen personalidades reconocibles, mentes capaces de pensamiento racional o emociones”.
Pero si los documentales maravillaron a todo el mundo, sus palabras escritas sobre su experiencia y la capacidad literaria para contar y transmitir lo vivido y la belleza de lo sentido es magistral. Mejor leerla, escucharla, en un pasaje de A través de una ventana:

A través de una ventana
“Cinco minutos después se oyó en lo alto un susurro de hojas. Miré hacia arriba y vi las ramas moviéndose contra el cielo iluminado. Allí era donde Goblin, el macho dominante de la comunidad, había hecho su nido. Luego volvió la tranquilidad. Debía de haberse dado la vuelta, tumbándose después para un último y breve sueño. Inmediatamente después se produjo movimiento en otro nido, a mi derecha; luego, en otro a mi espalda, más arriba, en la pendiente. Ruidos de hojas, el crujido de una ramita: el grupo comenzaba a despertar. Mirando a través de los prismáticos hacia el árbol en el que Fifi había hecho su nido para ella y para su hijo, Flossi, pude ver la silueta de su pie. Un momento más tarde Fanni, su hija de dieciocho años, trepó desde su cercano nido y se sentó justo más arriba de su madre, una pequeña mancha oscura contra el cielo. Los otros dos vástagos, el adulto Freud y el adolescente Frodo, habían hecho el suyo más arriba, en la cuesta.
Nueve minutos después de su primer movimiento, Goblin se incorporó súbitamente y, casi enseguida, abandonó su nido y empezó a saltar salvajemente por el árbol, agitando vigorosamente las ramas. El pandemonio estalló. Los chimpancés más cercanos a Goblin dejaron sus nidos y se apresuraron a apartarse de su camino. Otros se incorporaron a mirar, tensos y preparados para salir corriendo. La paz de la primera hora de la mañana fue interrumpida por los feroces gritos y gruñidos que los subordinados de Goblin emitían para inspirar respeto o temor. Momentos más tarde finalizaba la parte arbórea de la exhibición; Goblin saltó abajo y cargó delante de mí, manoteando y pateando el suelo húmedo, poniéndose en pie y agitando la vegetación, cogiendo y tirando una piedra, un viejo pedazo de madera, otra piedra. Luego se sentó, con el pelo erizado, unos cinco metros más abajo. Respiraba pesadamente. Mi corazón latía a toda velocidad. Mientras él se movía, yo me había levantado, abrazándome a un árbol, rezando para que no me golpeara como hace algunas veces. Pero, por suerte, me había ignorado; así que volví a sentarme.
Con suaves gruñidos y jadeos, el hermano menor de Goblin, Gimble, bajó y vino a saludar al macho alfa o dominante, tocando su cara con sus labios. Luego otro macho adulto se acercó a Goblin y Gimble se apartó del camino. Era mi viejo amigo Evered. Mientras se acercaba con sonoros y sumisos gruñidos, Goblin, lentamente, alzó un brazo en señal de saludo y Evered se lanzó hacia delante. Los dos machos, abrazados, gritaban ruidosamente en la excitación de esta reunión matinal, de forma que sus blancos dientes brillaban en la penumbra. Durante unos momentos se acicalaron el uno al otro y luego, calmado, Evered se apartó y fue a sentarse tranquilamente.
Sólo bajó del árbol otro adulto más: Fifi, con Flossi colgando de su vientre. Evitó a Goblin, pero se acercó a Evered gruñendo suavemente; alzó su mano y tocó su brazo. Luego empezó a acicalarle. Flossi se subió al regazo de Evered y contempló su cara. Él le echó una mirada, acicaló su cabeza con ahínco durante un momento y luego se giró para devolver a Fifi sus atenciones. Flossi se acercó a Goblin, pero su pelo continuaba erizado, así que pensó que más le valdría trepar a un árbol cerca de Fifi. Pronto empezó a jugar con Fanni, su hermana.
La paz volvió a reinar, pero no el silencio del amanecer. Arriba, en los árboles, los otros chimpancés del grupo empezaban a moverse, preparándose para el nuevo día. Algunos empezaron a comer y oí el golpe suave producido por las semillas y las pieles de los higos al ser arrojadas al suelo. Me senté, llena de felicidad por haber vuelto a Gombe después de una larga y desacostumbrada ausencia; casi tres meses dedicados a conferencias y reuniones en Estados Unidos y Europa. Aquél iba a ser mi primer día con los chimpancés y mi plan era disfrutarlo completamente, ponerme al corriente de todas las novedades de mis viejos amigos, tomar fotografías y recuperar mi forma física para la escalada.
Evered tomó la iniciativa de la marcha, treinta minutos después, deteniéndose dos veces para mirar atrás y comprobar que Goblin también se ponía en marcha. Fifi los siguió, con Flossi a sus espaldas como un pequeño jinete, y Fanni inmediatamente detrás. En aquel momento los otros chimpancés bajaron y caminaron tras ellos: Freud y Frodo, los machos adultos Atlas y Beethoven, el magnífico adolescente Wilkie y dos hembras, Patti y Kidevu, con sus hijos. Había otros más, pero iban más arriba, por la cuesta, y no pude verlos. Nos dirigimos hacia el norte paralelamente a la playa; después nos internamos en el valle de Kasekela y, con frecuentes pausas para comer, subimos por la ladera opuesta. Por el este el cielo se iluminó, pero hasta las ocho y media el sol no rebasó los picos de la escarpada pendiente. Para entonces nos encontrábamos muy por encima del lago. Los chimpancés se detuvieron y se acicalaron unos momentos disfrutando de los cálidos rayos del sol de la mañana.

Aproximadamente veinte minutos después se produjo un súbito estallido de gritos de chimpancé, una mezcla de jadeos y huts. Distinguí la voz peculiar de la grande y estéril hembra Gigi por encima de las del grupo de hembras y jóvenes. Goblin y Evered se detuvieron gruñendo, y todos los chimpancés dirigieron sus miradas al lugar de donde procedían los sonidos. Luego, con Goblin ahora en cabeza, la mayor parte del grupo se movió en esa dirección.
Fifi, sin embargo, se quedó detrás y continuó acicalando a Fanni, mientras Flossi jugaba sola colgando de una rama baja, cerca de su madre y de su hermana mayor. Decidí quedarme también, aprovechando que Frodo, que no dejaba de molestarme, se había marchado con los demás. Él pretendía divertirse conmigo y comenzó a volverse agresivo al ver que yo no le seguía el juego. A sus doce años es mucho más fuerte que yo y su conducta es peligrosa. Una vez me golpeó en la cabeza con tanta fuerza que casi me rompió el cuello. Y en otra ocasión me empujó cuesta abajo. Solamente puedo esperar que, a medida que crezca y deje la infancia atrás, madure y abandone estos hábitos irritantes.
Pasé el resto de la mañana vagando pacíficamente con Fifi y sus hijas, trasladándonos para comer de un árbol a otro. Los chimpancés se alimentaron de distintos tipos de fruta y de algunos brotes. Durante unos tres cuartos de hora arrancaron de los arbustos bajos unas hojas que enrollaban, masticando después las orugas que se movían dentro. Una vez pasamos por delante de otra hembra, Gremlin, y su nuevo hijo, el pequeño Galahad. Fanni y Flossi corrieron hacia ellos para saludarlos, pero Fifi apenas miró en esa dirección”.
- A través de una ventana. Treinta años estudiando a los chimpancés. Traducción: Jacinto Nadal Puigdefábregas y Patricia Teixidor Maisell (Alianza).
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