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Camarón amarillo o planta pirulí, es un arbusto tropical de América del Sur. / WMagazín

Noticias que el ser humano necesita saber para salvarse: Elizabeth Kolbert y ‘La vida en un planeta poco conocido’

La periodista de ‘The New Yorker’ y ganadora de un Pulitzer crea un mosaico científico, periodístico y literario de esa autodestrucción del ser humano a través de los efectos del cambio climático. Es un viaje a lugares clave con testimonios asombrosos

Si la historia del planeta se pudiera imaginar en un solo día que comenzó a las doce de la noche, o a las 00 horas, los primeros mamíferos aparecieron 23 horas después, a las once de la noche. Y si el Homo erectus podía hablar, el lenguaje surgió medio minuto antes de la medianoche, y las palabras, unos diez segundos antes, y las palabras escritas, alrededor de una décima de segundo antes de la medianoche.

Esto lo recuerda Elizabeth Kolbert en su libro La vida en un planeta poco conocido. Mensajes de un mundo en transformación (Debate). La prestigiosa periodista ambiental de The New Yorker, ganó el Premio Pulitzer en 2014 por su libro La sexta extinción.

Kolbert reconstruye la situación del planeta combinando el rigor científico con el trabajo de campo. Recorre algunos de los territorios donde la crisis climática ya es una realidad y recoge los testimonios de quienes la viven cada día: desde Groenlandia hasta los Andes peruanos, pasando por Nueva Zelanda. Historias de supervivencia, pero también de especies desconocidas y situaciones asombrosas que recuerdan el milagro de la vida y de cómo se comporta la Tierra.

Elizabeth Kolbert crea un mosaico científico, periodístico y literario de esa autodestrucción del ser humano a través de los efectos del cambio climático. La especie que presume de ser la más civilizada continúa avanzando hacia un abismo que ella misma ha contribuido a abrir. La escritora logra armonizar lo especializado con lo literario con una escritura amena y poblada de imágenes y voces que asombran al lector y lo invitan a tomar conciencia de la realidad.

Este es un viaje de asombro, incredulidad y de creciente preocupación por lo que sucede, sin que, en realidad, se tomen medidas para evitar un gran cambio acelerado en cuyo trayecto asoma la catástrofe.

La vida en un planeta poco conocido. Mensajes de un mundo en transformación es eso: la verdad terrible de lo que está provocando el ser humano, su insensatez y el miedo que de ella se desprende. Pero también recuerda la luz y la belleza de la naturaleza, la esperanza.

La Tierra ha atravesado innumerables transformaciones a lo largo de su historia. El ser humano es apenas un instante en esa escala temporal, pero sus acciones están alterando el equilibrio del planeta a una velocidad sin precedentes. Como recuerda Kolbert, el problema no es que la Tierra deje de existir, sino que nuestras condiciones para habitarla se deterioren.

Sin embargo, hay personas, partidos políticos o instituciones que no solo niegan el cambio climático como consecuencia de las acciones humanas, sino que lo potencian con hechos concretos, con sus obstáculos y con su indiferencia.

Pero la historia demuestra que la Tierra funciona como un sistema complejo capaz de autorregular muchos de sus procesos. Por eso, el planeta no necesita que lo salvemos, nosotros necesitamos salvarnos.

Esa es, precisamente, una de las ideas que atraviesa este ensayo. El siguiente fragmento resume con claridad el espíritu del libro.

 

La vida en un planeta poco conocido

Mensajes de un mundo en transformación

Por Elizabeth Kolbert

Vivimos en una época extraordinaria. Esto no solo es cierto desde el punto de vista provinciano estadounidense (o australiano), sino desde una perspectiva planetaria. Un estudio reciente sugiere que todos los seres vivos —tú, yo, los pájaros y las abejas, la serpiente en la hierba, el gusano en la manzana, así como la astilla procedente de tal palo— descienden de un organismo unicelular que evolucionó hace unos cuatro mil millones de años. Desde los días de LUCA (abreviatura en inglés de “último antepasado común conocido”), han pasado muchas cosas. La atmósfera se ha llenado de oxígeno. Los continentes han chocado entre sí y se han separado. El planeta entero se ha congelado y descongelado. Las plantas y los animales han salido del agua para establecerse en la tierra. La era de los reptiles ha dado paso a la de los mamíferos.

Sin embargo, en los últimos cuatro mil millones de años solo en muy raras ocasiones el cambio ha tenido lugar a la velocidad a la que se produce hoy. Y probablemente nunca hayan sucedido tantas formas diferentes de cambio. Debido a las acciones de una especie, que es, por supuesto, la nuestra, el mundo se está ahora calentando, al tiempo que los océanos se acidifican, los bosques se reducen, las aguas subterráneas desaparecen, proliferan los microplásticos y se extienden los llamados “químicos eternos”. Cada día las personas transportamos miles de especies de un lado a otro del mundo, sobre todo junto con mercancías. Las que encuentran que su nuevo hogar es agradable —como los gatos en Australia— a menudo causan estragos. Muchos geólogos creen que el ser humano se ha convertido en la fuerza dominante del planeta, hasta el punto de que hemos entrado en una nueva era, el Antropoceno.

Entretanto, al tiempo que alteramos el mundo natural, empezamos a comprenderlo cada vez con mayor detalle. En el Antropoceno, los científicos pueden extraer ADN de los huesos de animales que desaparecieron hace miles o incluso decenas de miles de años, como los mamuts. Pueden hacer un seguimiento de las migraciones de las aves y los movimientos de las mariposas mediante diminutos transpondedores. Pueden reconstruir la historia del clima a partir de conchas encontradas en el fondo del mar, y la historia de los mares a partir de la orientación magnética de la corteza oceánica.

O. Wilson describió en una ocasión la “trayectoria humana” —de impactos cada vez más destructivos y conocimientos cada vez más sofisticados— como la “ironía definitiva de la evolución orgánica”. Es esta ironía la que da vida a este libro. Casi todos los relatos aquí recogidos aparecieron primero en The New Yorker, donde he tenido la suerte de trabajar durante los últimos veinticinco años. Han sido años malos para gran parte de la vida en la Tierra y apasionantes para quienes escriben sobre ella. Informar sobre la «trayectoria humana» me ha llevado a la capa de hielo de Groenlandia, los Andes peruanos y la Isla Sur de Nueva Zelanda, entre otros muchos lugares espectaculares. En el transcurso de mis reportajes, he sido testigo del descubrimiento de especies por entero nuevas y he visitado a los últimos miembros vivos de especies que habían estado muy extendidas. También he conocido a decenas de personas brillantes y entregadas que trabajan para que el mundo siga una trayectoria mejor; entre ellas hay investigadores como Moseby, y también activistas, naturalistas aficionados y ciudadanos de a pie. Muchos de ellos aparecen en las páginas siguientes. Muchos otros han orientado mi modo de pensar, pero permanecen en el anonimato. Uno de los grandes privilegios de ser periodista es que te permite telefonear a casi todo el mundo y a casi cualquier lugar. Estoy muy agradecida a todos los que han respondido a mis llamadas.

Por último, unas palabras sobre las palabras. Desde un punto de vista global, las palabras acaban de llegar. Si uno se imagina la historia del planeta comprimida en un solo día que comenzó a las doce de la noche, entonces LUCA apareció casi enseguida, hacia las dos de la mañana. Los primeros peces no empezaron a nadar hasta que comenzó a anochecer, y los primeros mamíferos no aparecieron hasta casi las once de la noche. Nadie sabe si los primeros humanos como el Homo erectus podían hablar, pero, de ser así, el lenguaje se originó más o menos medio minuto antes de la medianoche. Si no, las palabras, en sentido figurado, solo han existido durante unos diez segundos, y las palabras escritas, alrededor de una décima de segundo.

Tratar de plasmar en palabras un mundo al que, durante miles de millones de años, le fue bien sin ellas no es, hay que reconocerlo, nada fácil. «No se puede meter el desierto en un libro, igual que un pescador no puede atrapar el mar con sus redes», señaló Edward Abbey en un libro sobre el desierto. Lo mismo puede decirse de una bahía caribeña, un glaciar alpino o un matorral en el oeste de Texas. Los humanos solo percibimos una brizna de la variedad (casi) infinita del planeta, y solo una parte de esa brizna puede condensarse en frases. Al mismo tiempo, el relato es lo que utilizamos para dar sentido a las cosas, la forma en que nos transmitimos unos a otros lo que pensamos que es divertido, importante, urgente o trágico. Puesto que el mundo natural no puede contar sus propias historias, nos corresponde a nosotros intervenir. Los ensayos y artículos que siguen representan mi esfuerzo en este sentido.

 

Elizabeth Kolbert (1961) es periodista, autora y profesora visitante del Williams College. Reconocida por su labor divulgativa sobre la crisis climática, es una de las voces más influyentes del periodismo ambiental contemporáneo. Desde 1999 escribe para The New Yorker, donde aborda temas de ciencia, ecología y sociedad. Su libro La sexta extinción (2014), galardonado con el Premio Pulitzer, consolidó su prestigio internacional. También es autora de Field Notes from a Catastrophe y Bajo un cielo blanco, obras que exploran el impacto humano en el planeta. Ha recibido distinciones como el Premio Heinz, la Beca Guggenheim y el Premio SEAL de Periodismo Ambiental. Kolbert reside en Williamstown, Massachusetts, con su familia.

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En homenaje a Félix Manrique Perdomo (Colombia, 1937 – 2025), apicultor, periodista, fundador del Periódico y Radioperiódico Agrohuila y pionero del periodismo agropecuario, medio ambiental y de todo lo relacionado con el bienestar y conocimiento del planeta:

En recuerdo de Félix Manrique Perdomo. /WMagazín

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