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El 25 de noviembre es el Día Internacional de la Violencia Contra la Mujer. /WMagazín

Origen del patriarcado y de la violencia contra la mujer: cómo cambiar para mejorar el futuro

Angela Saini, periodista científica, publica 'El Patriarcado: los orígenes de la dominación masculina' (Kairós), un ensayo clarificador sobre las raíces y motivos cambiantes, a lo largo de la historia, sobre el poder que se han atribuido los hombres a través de la fuerza y que daña a la humanidad

Presentación WMagazín Gran parte de la violencia contra la mujer, en todos los sentidos y dimensiones, procede de un sistema milenario que se conoce como patriarcado. Esa dominación masculina ha sido impuesta y no es algo natural, como se ha querido vender durante muchísimo tiempo. ¿Y si viéramos, no obstante, la desigualdad de género como algo más frágil que ha tenido que ser constantemente reconstruido y reafirmado?

Esa es la pregunta central que formula y desarrolla la periodista científica Angela Saini en su ensayo El Patriarcado: los orígenes de la dominación masculina (Kairós, con traducción de Silvia Alemany Villalta). El título lo dice todo, la exploración de las raíces del llamado patriarcado. Y Angela Saini lo hace a partir de documentos, estudios y análisis de todos los tiempos. Descubre “una historia compleja de cómo se incrustó por primera vez en las sociedades y se extendió por todo el mundo, desde la Prehistoria hasta el presente. Saini viaja a los asentamientos humanos más antiguos, analiza los últimos hallazgos de la ciencia y la arqueología y rastrea las historias culturales y políticas desde las Américas hasta Asia. El patriarcado es un libro profundamente esperanzador, que revela una multiplicidad de arreglos humanos que socavan las viejas narrativas grandiosas y exponen la supremacía masculina como no más (y no menos) que un elemento en constante cambio en los sistemas de control”.

Angela Saini es una periodista científica y presentadora de radio británica muy galardonada. Su anterior libro, Superior: El retorno del racismo científico, fue finalista del Premio al Libro del LA Times y nombrado libro del año por Nature, el Financial Times y el programa Science Friday de NPR. Su libro Inferior ha sido traducido a 14 idiomas.

El siguiente es un extracto muy clarificador sobre El patriarcado que permite conocer sus raíces para poder cambiar el futuro en igualdad entre todos los géneros:

El Patriarcado: los orígenes de la dominación masculina

Por Angela Saini

El filósofo Kwame Anthony Appiah preguntó en una ocasión, siguiendo esta misma línea, por qué algunos nos sentimos en la necesidad de creer en un pasado más igualitario para representarnos un futuro más equitativo. Tanto historiadores como científicos, antropólogos, arqueólogos y feministas se han sentido fascinados por esta pregunta. Como periodista de divulgación científica especializada en temas de racismo y sexismo, a menudo me planteo esta cuestión. Queremos saber la razón de que nuestras sociedades se hayan estructurado de esta manera, y cómo eran en tiempo pasados. Cuando contemplamos a Kali, me pregunto si no estaremos refiriéndonos a la posibilidad de que hubo un tiempo en que los hombres no gobernaban, un mundo perdido en el que la feminidad y la masculinidad no significaban lo que significan en la actualidad.

El deseo de contar con un precedente histórico también nos está diciendo otra cosa. Indica que nuestras vidas nos pueden parecer faltas de sentido en determinados momentos. La palabra que ahora usamos para describir la opresión de las mujeres, «el patriarcado», se ha convertido en una palabra devastadoramente monolítica, que describe todos los escenarios en los que las mujeres y las niñas de todo el mundo sufren maltratos e injusticia, y me refiero a la violencia doméstica y a las violaciones, pero también a la brecha en los salarios debido al género y a los postulados de la doble moral. Tomado en su conjunto, la escala y la magnitud de todo esto parece que escapan de nuestro control. La opresión por causa del género empieza a parecernos una gran conspiración que se extiende hasta los confines de los tiempos. Debió de ocurrir algo terrible en nuestro pasado ya olvidado para que hayamos terminado situadas donde estamos en la actualidad. Las personas llevan muchos años intentando entender el origen del patriarcado.

Fue en 1680 cuando el teórico político inglés sir Robert Filmer luchó para defender la norma divina de los reyes argumentando en su Patriarca o El poder natural de los reyes que el estado era como una familia, y con ello implicaba que los reyes en realidad eran los padres y sus súbditos, los hijos. La cabeza visible del estado era el patriarca terrenal por antonomasia, por la gracia de Dios, cuya autoridad se retrotraía hasta los tiempos bíblicos de los patriarcas. En la visión que tiene Filmer del universo (muy conveniente para él, como aristócrata que deseaba defender al rey de sus críticos), el patriarcado era algo natural. Empezaba a pequeña escala en las familias de los pueblos, en las que el padre ejercía su dominio en el hogar, y terminaba a gran escala, en las marmóreas instituciones de la política, la ley y la religión.

Durante un tiempo, a mediados del siglo XIX, y también durante la segunda mitad del siglo XX, los intelectuales volvieron a interesarse por lo que era el patriarcado y por qué surgió. ¿Era por el dominio global de los hombres sobre las mujeres, o era algo más específico? ¿Concernía al sexo, o concernía al trabajo? ¿Estaba apoyado por el capitalismo o era algo independiente del sistema? ¿Tenía su propia historia o era un patrón universal determinado por nuestra propia naturaleza?

Centenares de años después, la explicación fractal de Robert Filmer seguía ejerciendo un cierto atractivo. En Política sexual, un texto feminista clásico de 1970, la activista americana Kate Millet definía el patriarcado como el control de los hombres más jóvenes por parte de los hombres más maduros, así como el control de las mujeres por parte de los hombres en general. Empezando por el padre, el poder en función del género se creía que se irradiaba desde el hogar hasta la comunidad y el estado.

Sin embargo, seguía existiendo la cuestión de cómo era posible que los hombres hubieran llegado a conseguir ese poder en un inicio. En 1979, explorando en lo que hasta entonces había llegado a ser una veta muy rica de escritos feministas sobre el padre ejercía su dominio en el hogar, y terminaba a gran escala, en las marmóreas instituciones de la política, la ley y la religión.

Durante un tiempo, a mediados del siglo XIX, y también durante la segunda mitad del siglo XX, los intelectuales volvieron a interesarse por lo que era el patriarcado y por qué surgió. ¿Era por el dominio global de los hombres sobre las mujeres, o era algo más específico? ¿Concernía al sexo, o concernía al trabajo? ¿Estaba apoyado por el capitalismo o era algo independiente del sistema? ¿Tenía su propia historia o era un patrón universal determinado por nuestra propia naturaleza?

Centenares de años después, la explicación fractal de Robert Filmer seguía ejerciendo un cierto atractivo. En Política sexual, un texto feminista clásico de 1970, la activista americana Kate Millet definía el patriarcado como el control de los hombres más jóvenes por parte de los hombres más maduros, así como el control de las mujeres por parte de los hombres en general. Empezando por el padre, el poder en función del género se creía que se irradiaba desde el hogar hasta la comunidad y el estado.

Sin embargo, seguía existiendo la cuestión de cómo era posible que los hombres hubieran llegado a conseguir ese poder en un inicio. En 1979, explorando en lo que hasta entonces había llegado a ser una veta muy rica de escritos feministas sobre el patriarcado, la socióloga británica Veronica Beechey se dio cuenta de que la dominación masculina a menudo se consideraba que estaba basada en el sexo y la reproducción. La opresión de las mujeres parecía radicar en la premura patológica de los hombres por controlar los cuerpos de las mujeres. «Sin embargo –escribió Beechey–, nunca ha terminado de aclararse qué es lo que convierte a los hombres en opresores sexuales, ni, lo que es más importante, cuáles son las características de determinadas formas de sociedad que sitúan a los hombres en posiciones por las que son capaces de ejercer el poder sobre las mujeres».

Como Beechey descubrió, lo que complica cualquier teoría universal del patriarcado es que la desigualdad y la opresión entre los géneros nunca han sido las mismas para todos y en cualquier parte del mundo. En la diosa Kali tenemos un símbolo del poder femenino. Quizá pertenezca al ámbito de lo legendario, pero no tendría tanta popularidad si no reconociéramos en ella una parte de nosotras mismas. (…)

Las excepciones son lo que en realidad pone a prueba lo que presuponemos. No es en los grandes y muy simplistas relatos históricos donde descubrimos quiénes somos, sino en los márgenes de estos, donde las personas viven de una manera distinta a como cabría esperar. En todas las culturas se demuestra que lo que imaginamos que son unas normas biológicas fijas o unas historias lineales claras, por lo general, son todo lo contrario. Somos una especie que muestra una enorme variación en la manera en que elegimos vivir, con un increíble margen de maniobra para cambiar. Pensando que la desigualdad de géneros está arraigada en algo inalterable que está en nuestro interior no conseguimos verla tal como es: algo más frágil que debe rehacerse y reafirmarse constantemente.

Estamos en vías de rehacer todo eso, incluso ahora.

Parece que hay muy pocas pruebas convincentes de la existencia de unas utopías matriarcales que fueron derrocadas de un solo plumazo. Y tampoco hay pruebas de que la opresión de las mujeres empezara en casa. Al contrario, vemos en los registros históricos datados de la misma época que los primeros estados e imperios empezaron a crecer mientras intentaban expandir su población y conservar los ejércitos para defenderse. Las élites que gobernaban esas sociedades necesitaban mujeres jóvenes para que tuvieran el máximo número de hijos posible, y en cuanto a los jóvenes, se les educaba para que fueran unos guerreros solícitos. Es en este punto donde es posible vislumbrar la aparición de las reglas de género que doblegan el comportamiento y la libertad de los individuos en su día a día. Las virtudes como la lealtad y el honor son reclutadas al servicio de estos objetivos básicos. Las tradiciones y las religiones, a su vez, se desarrollaron en torno a los mismos códigos sociales.

Las presiones sociales se filtraron en los hogares domésticos, e influyeron en la dinámica de las relaciones personales. En esas partes del mundo donde las novias abandonaban su familia de origen para irse a vivir con la familia de su marido, parece ser que la institución del matrimonio fue conformada a partir de la extendida y deshumanizadora práctica de la captura de cautivas y de la esclavitud. Las esposas podían ser tratadas como forasteras en sus propias comunidades, y solo ascendían de posición social a medida que iban creciendo y tenían hijos propios. La opresión de las mujeres quizá no empezara en el hogar, pero sí terminó recalando allí.

Los escombros del pasado implican que la realidad de las ideologías y las instituciones dominadas por los hombres a medida que iban surgiendo no debieron de ser un único sistema plano en el que todos los hombres ejercitaban el poder sobre todas las mujeres a la vez, sino que las diferencias dependían de las circunstancias locales. El poder patriarcal podía interpretarse de mil y una maneras distintas por todos y cada uno de los miembros de una misma sociedad. Sin embargo, mientras todo eso sucedía, las personas también se iban retrayendo. Siempre hubo resistencias y compromisos. Los cambios que vemos en el tiempo son graduales e irregulares, se apoderan de las vidas de las personas a lo largo de las generaciones hasta que estas ya no consiguen imaginarse vivir de otra manera distinta. Después de todo, así es como suele funcionar la transformación social: normalizando lo que antes habría sido impensable.

Por último, esta es la historia de unos individuos y de unos grupos que luchan por tener el control sobre el recurso más valioso de este mundo: los demás. Si las maneras patriarcales de organizar la sociedad son sospechosamente parecidas en todos los puntos del planeta en la actualidad, no es porque las sociedades aterrizaran mágicamente (o biológicamente) en ellas al mismo tiempo, o porque las mujeres de todo el mundo se doblegasen y aceptaran la subordinación; es porque el poder es inventivo. La opresión de género fue cocinada y refinada no solo en el seno de las sociedades, sino que también fue exportada deliberadamente durante muchos siglos a través del proselitismo y el colonialismo.

Lo más insidioso de este fraude es el modo en que ha llegado a modelar la cantidad de creencias que sostenemos sobre la naturaleza humana. Si la diosa hindú Kali nos cuenta algo de nuestro pasado es que la representación del mundo que nos hemos hecho jamás ha sido estática. Los que se hallan en el poder han trabajado desesperadamente a lo largo de los tiempos para proporcionarnos la ilusión de una solidez ante los códigos y jerarquías de género que inventaron. En la actualidad, estos mitos han pasado a convertirse en nuestras propias convicciones. Vivimos a través de ellos. No nos atrevemos a preguntar si la razón de que Kali sea contemplada como una deidad tan radical, una deidad que rompe con las normas de la feminidad, podría ser porque procede de una época en que las normas eran distintas.

Después de varios siglos viviendo en las sociedades que hemos construido, damos a lo que vemos una etiqueta única: «el patriarcado». A partir de aquí, el término parece casi conspiratorio, como si todo estuviera astutamente planificado desde el inicio, cuando, en realidad, siempre ha sido una apropiación muy lenta. Podemos verlo con nuestros propios ojos en los patriarcas que todavía siguen intentando alargar sus tentáculos hacia nuestras vidas actuales. Podemos verlo en el resurgimiento de los talibanes de Afganistán, ver sus garras en las libertades de género en Rusia y Europa del Este, en la abolición del derecho al aborto en Estados Unidos. No es esta una historia de los orígenes terminada y revisada. Es una historia que estamos en proceso de escribir, y el proceso es activo.

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