Ilustración de la portada del libro ‘El mundo después de Gaza’, de Pankaj Mishra (Galaxia Gutenberg). /WMagazín
Pankaj Mishra, Gaza, Israel y la descolonización como el hecho clave del siglo XX y sus efectos en el XXI
El intelectual y escritor indio publica 'El mundo después de Gaza' (Galaxia Gutenberg) donde condena el terrorismo de Hamás y analiza la historia de la región, su presente incendiario, la reacción desproporcionada de Israel ante los ataques de 2023 y la geopolítica. Mishra ofrece una mirada transversal que suscita preguntas sobre qué es ser humano
Presentación WMagazín Nadie discute la condena a cualquier acto de terrorismo ni a los criminales ni que los asesinatos ni la violencia son la solución a nada, ni contribuyen a nada, y que debe velarse por el orden y la seguridad, al mismo tiempo que garantizar la libertad y la igualdad de todas las personas. Situaciones que ponen a prueba, continuamente, a los estados, a la sociedad y al propio concepto de humanidad. Y el atentado atroz de Hamás contra Israel, el 7 de octubre de 2023, donde asesinaron a 1.195 personas (766 civiles, entre ellos 36 menores, y 373 militares) fue un acto salvaje, inhumano, injusto, desestabilizador y repudiado por todos. Por ello, según el Derecho Internacional de la Carta de las Naciones Unidas, Israel tiene el derecho legítimo a defenderse de la agresión. Pero su reacción ha llevado a que la comunidad internacional se pregunte dónde están los límites de la respuesta que en este caso ha sido catalogada por un estudio de la ONU como genocidio con más de 67.000 muertos y el desplazamiento de la población gazatí. Una situación que ha despertado varias preguntas y reflexiones en Pankaj Mishra (India, 1969), que interpelan a todas las personas, en su ensayo El mundo después de Gaza. Una breve historia (Galaxia Gutenberg) como:
¿El ser humano es tan civilizado y humano como dice? ¿Es válido el ojo por ojo, diente por diente, hasta el exterminio del que atacó primero? ¿Cabe en un mundo civilizado, democrático y que anhela la paz, la armonía y la fraternidad, la violencia atroz del estado, de quienes se supone que tienen el mando oficial y deben dar ejemplo? ¿Es cierto aquello de que si no estás conmigo al cien por ciento estás contra mí? ¿No hay cabida para los matices y el señalamiento de posibles errores? ¿Cómo se construye la identidad en nuestras sociedades multiculturales? ¿Cuál debería ser el papel del Estado-nación?…
La situación de la franja de Gaza pone a prueba la calidad del ser humano y de la lectura e interpretación de la propia historia hecha hasta hoy. Ahora todos son preguntas que definirán buena parte del futuro de la humanidad. Porque este conflicto ha sacado a relucir cicatrices y suturas sin terminar, remiendos mal hechos y causas o motivos tergiversados, manipulados o malinterpretados.
El conflicto en Gaza ha puesto en evidencia la realidad de la geopolítica internacional basada en intereses y manipulaciones militares, económicas, sociológicas o históricas. Y todos los estados, instituciones o personas que no comparten la respuesta desproporcionada de Israel dejan claro que son sus amigos, que no son antisemitas, solo están señalando su desaprobación a una reacción concreta, y que condenan la violencia y el terrorismo de Hamás. Así quedó demostrado en la conferencia anual de las Organización de las Naciones Unidas (ONU) en septiembre de 2025. Además, otros países como Canadá, Francia o Reino Unido, España ya lo hizo en 2024, reconocieron el Estado de Palestina, y ya van más de 150, como una solución justa a este conflicto y una manera de dejar sin argumentos la violencia y el terrorismo de Hamas.
Pankaj Mishra toma el caso de Gaza y su polarización para preguntarse si Israel, o cualquier país atacado, deben tener un cheque en blanco para su defensa. El intelectual y escritor indio empieza por invitar a una nueva lectura de lo ocurrido en el siglo XX donde siempre se ha dicho que lo más trascendental fue el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, pero él amplía el panorama con asuntos de mayor penetración individual, cotidiana y colectiva: la descolonización, el racismo…
“En un momento en el que el equilibrio del poder mundial está cambiando y el Norte Global ya no tiene la máxima autoridad, es de vital importancia que comprendamos cómo y por qué las dos mitades del mundo no logran comunicarse entre sí”, señala la editorial.
Pankaj Mishra (Jhansi, Uttar Pradesh, India, 1969) es ensayista y novelista. Se graduó en la Universidad de Allahabad y, más adelante, se doctoró en Literatura Inglesa por la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi. Es miembro de la Royal Society of Literature y en 2014 recibió el premio literario Windham-Campbell de la Universidad de Yale. Actualmente colabora en The New Yorker, London Review of Books, The New York Times Book Review y The Guardian, entre otros.
Los siguientes son algunos extractos de El mundo después de Gaza:

El mundo después de Gaza
Por Pankaj Mishra
La Shoah marcó a varias generaciones de judíos; los judíos israelíes vivieron en 1948 el nacimiento de su estado nacional como un asunto de vida o muerte, igual que en 1967 y en 1973, entre la retórica aniquiladora de sus enemigos árabes. A muchos judíos que han crecido sabiendo que la población judía de Europa quedó prácticamente eliminada sólo por el hecho de ser judía, el mundo tiene que parecerles un lugar frágil. Y entre otras cosas, las masacres y la captura de rehenes perpetradas en Israel el 7 de octubre de 2023 por parte de Hamás y otros grupos palestinos han reavivado el temor a otro Holocausto.
Pero estaba claro desde el principio que el liderazgo israelí más fanático de la historia no iba a dejar de explotar esa sensación sempiterna de violación, pérdida y horror. Los dirigentes de Israel reclamaban su derecho a defenderse de Hamás, pero como reconoció en agosto de 2024 Omer Bartov, gran historiador del Holocausto, lo que buscaban desde el comienzo era “dejar inhabitable toda la Franja de Gaza y debilitar a su población hasta acabar con ella o hasta que se viera obligada a salir del territorio de cualquier forma posible”. De manera que, durante meses, a partir del 7 de octubre, miles de millones de personas contemplaron un ataque contra Gaza de dimensiones extraordinarias y cuyas víctimas –como dijo Blinne Ní Ghrálaigh, un abogado irlandés que era además el representante de Sudáfrica en la Corte Penal Internacional de La Haya– estaban “emitiendo su propia destrucción en directo y en tiempo real, con la esperanza inútil y hasta el momento vana de que el mundo pudiera hacer algo”.
El mundo, o más específicamente Occidente, no hizo nada.
(…)
La disputa sobre cómo calificar la violencia de Israel –legítima defensa, una guerra en medio de unas condiciones urbanas muy duras o una limpieza étnica y una serie de crímenes contra la humanidad– no se resolverá nunca. Sin embargo, no es difícil reconocer en la constelación de infracciones morales y legales cometidas por Israel signos de una atrocidad suprema: las decisiones directas y rutinarias que han tomado los líderes israelíes para erradicar Gaza; el apoyo implícito de parte de una opinión pública que deplora la inadecuada retribución del ejército israelí en Gaza; el hecho de que se identifique a las víctimas con un mal irreconciliable; que la mayoría de las víctimas fueran completamente inocentes, muchas de ellas mujeres y niños; la magnitud de la devastación, mucho mayor en proporción que la infligida por los bombardeos aliados sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial; la velocidad a la que se cometen las masacres, con lo que se llenan infinidad de fosas comunes por toda Gaza, y la forma de actuar, siniestra e impersonal (basada en los algoritmos de la inteligencia artificial) o personal (francotiradores que disparan a los niños a la cabeza, en ocasiones dos veces); la negación del acceso a medicinas y alimentos; las varillas de metal caliente que insertan en el recto de los prisioneros desnudos; la destrucción de escuelas, universidades, museos, iglesias, mezquitas e incluso cementerios; la puerilidad del mal personificado por unos soldados del ejército israelí que bailan ataviados con la ropa interior de mujeres palestinas muertas o huidas, la popularidad de este tipo de actuaciones en TikTok en sustitución de las noticias contrastadas y la ejecución metódica de los periodistas que se encuentran en Gaza documentando la aniquilación de su propio pueblo.
(…)
La tozudez perversa y cruel de Biden hacia los palestinos no ha sido más que uno de tantos enigmas espeluznantes presentados por los políticos y periodistas occidentales. No ha tenido que ser difícil para los líderes occidentales mantener su apoyo incondicional hacia el régimen extremista que gobierna Israel sin dejar de reconocer al mismo tiempo la necesidad de perseguir y poner ante la justicia a los culpables de los crímenes de guerra perpetrados el 7 de octubre. Entonces, ¿por qué repetía Biden una y otra vez que había visto vídeos que no existían? ¿Por qué aseguraba Keir Starmen, quien fuera abogado defensor de los derechos humanos, que Israel tiene derecho a «quitar el poder y el agua» a los palestinos y a castigar a todos los miembros del Partido Laborista que pedían un alto al fuego? ¿Por qué se manifestó Jürgen Habermas, elocuente bastión de la Ilustración europea, en defensa de quienes a todas luces estaban llevando a cabo una limpieza étnica? ¿Qué llevó al Atlantic, uno de los periódicos con más historia de los EE.UU., a defender tras la matanza de casi 8.000 niños en Gaza que «matar niños no tiene por qué ir contra la ley»? ¿Qué significa el uso de la voz pasiva en los principales medios de prensa occidental cuando se refieren a las atrocidades israelíes, para que sea más complicado determinar quién está haciendo lo que está haciendo y a quién o en qué circunstancias (“La solitaria muerte de un gazatí con síndrome de Down”, titulaba la BBC uno de sus reportajes en el que se hacía eco de la actuación de un grupo de soldados israelíes soltando a un perro para que atacara a un discapacitado palestino)? ¿Por qué lanzaron los multimillonarios estadounidenses una serie de campañas para desacreditar a los manifestantes de los campus universitarios, contribuyendo a que se les aplicaran sin piedad las medidas más duras? ¿Por qué fueron despedidos los académicos y periodistas, destituidos artistas y pensadores, vetado el acceso de la gente joven a un puesto de trabajo sólo por mostrarse desafiantes ante el consenso a favor de Israel? ¿Por qué Occidente, al tiempo que defendía y protegía a los ucranianos de un ataque tan cruel, excluía a los palestinos de manera tan flagrante del grupo de los que merecen alguna obligación y responsabilidad humana?
Las respuestas, para mucha gente de todo el mundo, tenían que estar inevitablemente viciadas por una amargura racial que se venía gestando desde hacía mucho tiempo. Palestina, como señaló Orwell en 1945, “es una cuestión de color”. Así es como lo vio Gandhi, que, aunque empatizaba con la exigencia de una patria por parte de los judíos, suplicó a los líderes sionistas que no recurrieran al terrorismo para combatir a los árabes. Casi todas las naciones poscoloniales se negaban a reconocer el Estado de Israel: India, China e Indonesia fueron algunos de los países que en 1975 aprobaron una resolución en la Asamblea General de las Naciones Unidas declarando que el sionismo era “una forma de racismo y de discriminación racial”. Las desigualdades raciales que habían quedado sin resolver también pesaron sobre Nelson Mandela cuando dijo que la liberación de Sudáfrica del apartheid no estaría completa “sin la libertad de los palestinos”, y aún pueden provocar a la NAACP (Asociación nacional para el progreso de las personas de color), un poderoso grupo, muy bien asentado, que lucha por los derechos civiles en Estados Unidos para materializar una intervención poco común en la política exterior; el grupo se unió a los principales líderes religiosos afroamericanos para pedir a Biden que cesara de enviar ayuda militar a Israel.
(…)
Baldwin acababa de resumir una larga experiencia histórica: un judío no es un hombre blanco en sentido estricto, y rara vez le han considerado así los demás hombres blancos. Gran parte de la población de Israel está compuesta por judíos cuyos antepasados proceden de Oriente Medio. Sin embargo, en 2024, la gran mayoría de la gente asimila a los judíos a la mayoría blanca de las naciones occidentales. Miles de millones de personas no occidentales se han visto politizadas en los últimos años por la furia de una calamitosa guerra de Occidente contra el terror, que con el expolio de grandes zonas del sur de Asia, Oriente Medio y el Norte de África, matanzas con drones y un gulag en el Caribe, han demostrado la facilidad con la que todo cuerpo que no sea blanco se puede agarrar, destrozar y destruir dejando al margen todas las normas y las leyes de la guerra. A ojos de quienes no son blancos el hecho de que Occidente negara a los países pobres la tecnología necesaria para fabricar sus propios antídotos contra la COVID-19, y la cantidad de vacunas que se enviaron superada la fecha de caducidad –lo que se dio en llamar “apartheid de las vacunas”–, confirmó una vez más que lo que busca siempre Occidente es proteger sus propios intereses bajo un manto de retórica universalizadora de democracia y derechos humanos: ven la llamativa discrepancia que existe entre la generosa hospitalidad que ofrece Occidente a los refugiados ucranianos y las barreras que erige para impedir el paso a quienes tienen la piel oscura, víctimas de sus guerras fallidas.
(…)
La formación del estado de Israel con los judíos europeos de Oriente Medio en un momento en que Europa acababa de abandonar Asia y África siempre iba a tener mayor repercusión que la creación de cualquier otro estado nuevo. La descolonización es el principal acontecimiento del siglo XX para una apabullante mayoría de la población del mundo. Cumplir un sueño milenario en Palestina justo cuando asiáticos y africanos se acababan de liberar del colonialismo europeo prácticamente garantizaba que la normalización, que era el más ardiente deseo de los sionistas europeos, no se llegaría a alcanzar; que el siglo más dramático de la historia judía iba a continuar, y que los judíos, tanto si estaban en Israel como en la diáspora, seguirían siendo sujetos pasivos y activos en el corazón mismo de las enormes y fatales confrontaciones del mundo moderno: y si no eran entre tradición religiosa y modernidad secular, entre capitalismo y socialismo o entre democracia y totalitarismo, como había sido siempre, serían entre árabes y judíos, entre el Norte y el Sur globales, entre gente de raza blanca y gente de otras razas.
(…)
Y tienden a preguntar: ¿Acaso el hecho de que Occidente se haya centrado en los crímenes del nazismo y del totalitarismo comunista le ha impedido hacer un examen más detallado de su pecado original, que es la supremacía blanca? En todo el mundo han surgido nuevas formas de antisemitismo, pero ¿qué justifica esas nuevas y beligerantes formas de filosemitismo dentro de estos países occidentales que en otro tiempo consideraron a la población judía ajena e inaceptable y la extirparon casi en su totalidad? Explorar esta transformación no puede ser un mero ejercicio académico, mientras la ultraderecha resurge en todo Occidente emborronando la imagen de democracia liberal que quiere ofrecer al mundo y los nacionalistas blancos históricamente antisemitas, desde la Hungría de Viktor Orbán a los evangélicos estadounidenses, se unen con fervor en la defensa de Israel.
- El mundo después de Gaza. Una breve historia. Pankaj Mishra. Traducción: Amelia Pérez de Villar Herranz (Galaxia Gutenberg).
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