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Detalle de la portada del libro ‘La sociedad decadente’, de Ross Douthah (Ariel). /WMagazín

Por qué el éxito ha convertido al mundo en una sociedad en decadencia

"Cómo nos hemos convertido en víctimas de nuestro propio éxito" es el centro del ensayo del columnista de 'The New York Times'. WMagazín avanza en primicia un pasaje de este libro esclarecedor y necesario para comprender el presente

Presentación WMagazín A partir de la nave espacial Apolo la sociedad moderna «ha entrado en la decadencia. La sociedad decadente es, por definición, una víctima de su propio y significativo éxito», explica Ross Douthat, columnista en The New York Times y exdirector de la revista The Atlantic. Esta afirmación es el centro de su libro La sociedad decadente. Cómo nos hemos convertido en víctimas de nuestro propio éxito, editado en España por Ariel.

WMagazín publica en primicia un avance de esta radiografía original y necesaria sobre el mundo que habitamos y cómo hemos llegado hasta aquí, y sobre todo, hacia dónde parece dirigirse esta sociedad del siglo XXI.

El escritor Ross Douthah, autor de ‘La sociedad decadente’ (Ariel).

La obra «revela lo que sucede cuando una sociedad rica y poderosa detiene su avance, y cómo la combinación de riqueza y dominio tecnológico con el estancamiento económico, la parálisis política, el agotamiento cultural y el declive demográfico crean una especie de ‘decadencia sostenible».

La editorial recuerda que «muchos de los descontentos actuales, así como el devenir absurdo y errático que caracteriza a la realidad —desde los transbordadores espaciales en tierra hasta los villanos de Silicon Valley, desde el cine y la televisión de insulso reciclaje hasta el escapismo mediante el consumo de drogas o la realidad virtual—, reflejan un sentimiento de futilidad y decepción, de que los caminos que nos quedan por recorrer llevan únicamente al ocaso».

El siguiente es el avance literario:

Portada de 'La sociedad decadente', de Ross Douthah (Ariel). WMagazín

'La sociedad decadente'

por Ross Douthat

En cualquier caso, el cierre de la frontera estelar, tanto si tuvo algo que ver con el viraje de Occidente hacia el pesimismo tras los años sesenta como si simplemente interactuó con las inclinaciones que ya había en circulación, no deja de ser un punto de inflexión en la historia del mundo contemporáneo. Antes del Apolo resultaba fácil imaginar que tardía era un término inadecuado para definir nuestra fase de la modernidad, que la historia de nuestra civilización se encontraba en realidad en sus albores, que los imperios terrenales de Europa y América no eran más que el primer acto de una función continua de expansión y desarrollo.

A partir del Apolo hemos entrado en la decadencia.

(…)

A riesgo de sonar presuntuoso, permítaseme tratar de pulir un poco más la definición de Barzun. La palabra «decadencia», bien utilizada, hace referencia al estancamiento económico, al deterioro institucional y al agotamiento cultural e intelectual en un elevado grado de prosperidad material y de desarrollo tecnológico. Describe una situación en la que la repetición es más corriente que la innovación; en la que la esclerosis aflige en la misma medida a las instituciones públicas y a las empresas privadas; en la que la vida intelectual parece avanzar en círculos; en la que los nuevos avances científicos, los nuevos proyectos de exploración, resultan insuficientes en comparación con las recientes expectativas de la población. Y, algo crucial, el estancamiento y el deterioro acostumbran a ser consecuencia de un desarrollo anterior.

La sociedad decadente es, por definición, una víctima de su propio y significativo éxito.

Ahora bien, puede que todo esto —tanto la reflexión de Barzun como mi propio intento de definición— siga sonando demasiado ambiguo: ¿Acaso la «esclerosis» no depende del cristal con que se mira? ¿Quién decide qué constituye «lo absurdo»? Pero lo cierto es que ayuda a concretar un poco las cosas en aspectos bastante útiles. Primero, darle un énfasis al elemento económico limita el radio de acción de la decadencia a sociedades que en realidad están estancándose de forma mensurable y nos exime de la simple costumbre de asociar la decadencia a todo aquello que no nos gusta de las sociedades ricas o a cualquier época (la dorada, la del jazz) de lujo, corrupción y exceso. De igual modo, destacar el deterioro de las instituciones nos exime de la trampa de considerar un caso individual (ya sea un Nerón, un Bill Clinton o un Donald Trump) como una sinécdoque de una civilización entera. Poner el foco en la repetición en la esfera cultural e intelectual nos exime (bueno, un poco) de los problemas del gusto intelectual y estético individual, y aligera la obligación de decidir qué estilo literario o cambio intelectual concreto conforma el momento crítico que da paso a la decadencia.

En todo caso, el objetivo es definir la decadencia como algo más específico que cualquier simple moda social o moral que no nos guste. Una sociedad que genera un montón de películas malas no tiene por qué ser decadente; una sociedad que simplemente reproduce una y otra y otra vez las mismas películas, tal vez sí. Una sociedad cuyos mandatarios son crueles y arrogantes no tiene por qué ser decadente; una sociedad en la que ni siquiera los sabios y los buenos pueden legislar, tal vez sí. Una sociedad pobre y dominada por el crimen no tiene por qué ser decadente; una sociedad que es rica y apacible, pero que está agotada, deprimida y acuciada por fogonazos de violencia nihilista parece acercarse a nuestra definición.

Y lo más importante, poner el énfasis en el estancamiento significa que podemos hablar de decadencia sin dar a entender que hace falta que haya alguna clase de colapso cerniéndose en el horizonte. Esto hace que la palabra sea compatible con la realidad de que hay civilizaciones no decadentes que caen en un abrir y cerrar de ojos histórico, mientras que otras civilizaciones decadentes duran y duran. Nos exime de la suposición de que existe una lógica férrea que asocia las orgías en la capital con las invasiones bárbaras en la frontera, a los líderes pusilánimes con ciudades bombardeadas, a la corrupción en las altas esferas con guerras que dejan fuera de combate a esas altas esferas. Permite que la decadencia sea decadencia sin dar por hecho que la caída conduce inexorablemente a un colapso catastrófico en toda regla. Y, si bien es cierto que determinados rasgos propios de la decadencia favorecen un posible Götterdämmerung, lo cierto es que deja abierta la opción más optimista, con la que concluye este libro: que una época decadente puede, sin embargo, dar paso a una recuperación del crecimiento, de la creatividad y del provecho.

(…)

Eso significa que la redacción de este libro se ha visto inevitablemente ensombrecida por el curioso fenómeno de Donald Trump y las irrupciones populistas que se extienden por Europa y Estados Unidos. Como líder de una era decadente, Trump contiene multitudes. Es a la vez una personificación de los vicios característicos de nuestra sociedad y un aspirante a rebelde que se encara a nuestro letargo, repetición y decepción; un personaje que accedió al poder atacando al sistema por su esclerosis al tiempo que explotaba esa misma decadencia hasta la saciedad. «Make America Great Again» (Hagamos que América vuelva a ser grande) es una declaración calibrada al milímetro de lo que podríamos llamar «futurismo reaccionario», un clamor en contra de un presente que no ha resultado ser lo prometido, la mezcla de nostalgia y ambición que uno espera que invoque una era decadente.

La pregunta es si, al invocarlo a él, nuestra política no habrá destapado a su vez la inestabilidad que subyace en nuestra decadencia; la posibilidad no tanto de que nuestro sistema esté estancado, aunque sí sea sostenible, sino más bien de que su capacidad para deteriorarse sea mucho más rápida y que pueda caer en el autoritarismo o simplemente hundirse en el caos; o si por el contrario Trump es, en esencia, más una farsa que una amenaza, si no es él mismo demasiado decadente como para convertirse en una amenaza real para el sistema, un ejemplo de la «futilidad y el absurdo» de Barzun trasladado a la realidad con especial viveza.

Lo mismo sucede con el momento populista que se extiende ampliamente por Occidente, las inquietudes del centro y el atractivo de las periferias iliberales. ¿Representa esto una crisis ideológica real, una coyuntura genuinamente revolucionaria, o no es más que una especie de pantomima de la era digital en la que los jóvenes insatisfechos con la decadencia simulan ser fascistas y marxistas en internet, recreando los años treinta y sesenta, pero con menos lucha callejera y más memes?

Gran parte del asunto depende de la respuesta que se le dé. Ningún periodo de decadencia es eterno; ninguna sociedad decadente deja atrás la decadencia exactamente por los mismos medios. Pero si queremos escapar a nuestra particular forma de decadencia sin que medie una catástrofe, alcanzar el renacimiento sin una era oscurantista de por medio, hace falta claridad con respecto a nuestra situación básica, necesitamos acabar tanto con el falso optimismo como con la histeria.

La verdad sobre Estados Unidos y Occidente en las primeras décadas del siglo XXI, una verdad que contribuyó a la presidencia de Trump pero que seguirá siendo una verdad cuando él se haya ido, es que no hemos estado lanzándonos en picado a ninguna parte (tal vez solo hayamos estado avanzando en círculos). Más bien nos estamos haciendo mayores, estamos cómodos y encallados, hemos desconectado del pasado y perdido el optimismo por el futuro, hemos desdeñado la memoria y la ambición mientras esperamos a que alguna innovación o revelación venga a salvarnos, encerrándonos en capullos de los que no es probable que emerja ninguna crisálida, envejeciendo juntos e infelices ante la luz resplandeciente de una pantalla diminuta.

«Lo que nos fascina y nos aterra acerca del Imperio romano no es que acabase hecho trizas —escribió W. H. Auden sobre el último imperio mundial en su otoño infinito—, sino que consiguiera aguantar cuatro siglos desprovisto de creatividad, entusiasmo y esperanza.» «A Roma no le quedaba nada por conquistar —escribió G. K. Chesterton sobre el mismo tema—, pero tampoco quedaba nada que pudiera mejorarla […]. Fue el fin del mundo, y lo peor de todo es que no tenía por qué acabar nunca.» Tanto si esperamos a los cristianos como a los bárbaros, un renacimiento o la Singularidad, el dilema que describieron Auden y Chesterton ya no es el de Roma, sino el nuestro.

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