Detalle de la obra ‘The Exhibition Stare-Case’, de Thomas Rowlandson (ca. 1800) en la portada del libro ‘Nuevo elogio de la estupidez’, de Pino Aprile (Gatopardo). /WMagazín
Por qué el ser humano traiciona la inteligencia y abraza la estupidez y la mediocridad
El escritor y periodista italiano publica 'Nuevo elogio del imbécil' (Gatopardo), un ensayo como espejo del presente donde se pregunta si la inteligencia vive su ocaso y por qué los necios ganan terreno en la política, los negocios y la sociedad. Reseña y extracto del libro
Presentación WMagazín En un momento en que el mundo insiste en cometer los mismos errores y es empujado hacia el abismo en nombre de intereses posneocapitalistas, nacionalistas y egoístas que aceleran el neo colonialismo y el neo feudalismo en todas las esferas, sobre todo por parte de mandatarios de países o regiones y grandes empresarios y tecnológicas, resulta muy oportuno el libro Nuevo elogio del imbécil, de Pino Aprile, con traducción de Juan Manuel Salmerón, en Gatopardo Ediciones.
Un ensayo que es como un espejo de la realidad sobre el entorno más próximo o macro al recordar el deterioro de la inteligencia y la armonía y de la ayuda entre unos y otros, en favor de la entronización de la necedad y la mediocridad. En suma, del resquebrajamiento del sentido común que alientan una distorsión y ampliación del síndrome de pulsión hacia el abismo, o la pulsión de muerte de la cual hablaba Sigmund Freud: solo que aquí la auto aniquilación se lleva por delante a otros en una tendencia de desunión y autodestrucción masiva.
¿Es posible que estemos asistiendo al ocaso de la inteligencia? ¿Por qué los necios parecen ganar terreno en la política, los negocios y la sociedad en su conjunto? Son algunas de las preguntas planteadas por Pino Aprile, escritor y periodista de medios como el Europeo, Oggi, en algunos periódicos italianos y en la RAI.
Tras una gran investigación propone una teoría provocadora y sorprendente: en el mundo moderno, la estupidez no es un defecto evolutivo, sino una ventaja adaptativa. Así como la selección natural despojó a nuestros ancestros de la cola y del vello corporal, la selección cultural tiende a reducir las capacidades intelectuales que durante milenios nos permitieron sobrevivir.
Nuevo elogio de la estupidez entabla un diálogo con las ideas de Darwin y del Premio Nobel Konrad Lorenz, el gran etólogo. Aprile nos invita a reflexionar sobre una paradoja inquietante: «los inteligentes han construido el mundo, pero son los imbéciles quienes triunfan y lo disfrutan. Para ello, despliega cinco leyes fundamentales que revelan cómo los sistemas jerárquicos y burocráticos de nuestra era premian la mediocridad y castigan el talento. Y así, a través de un análisis tan perspicaz como cargado de ironía, aventura una hipótesis incómoda: “nuestra supervivencia depende ahora de la imbecilidad, por mucho que moleste a los inteligentes que queden”.
A continuación, algunos extractos del libro sobre el porqué de la era de la imbecilidad, con sus buenas dosis de humor y sátira:

Nuevo elogio del imbécil
Pino Aprile
Después de dedicar varios años y mucho estudio a alumbrar este libro, he descubierto en carne propia (y en la vuestra, pero en la mía duele más…) una verdad desalentadora: la imbecilidad es seguramente el único ámbito en el que el conocimiento resulta del todo inútil. Dicho de otro modo: saber cómo funciona la estupidez, cómo actúa y se multiplica, debería, en rigor, ayudarnos a evitar sus consecuencias. Pues bien: no es así. La teoría de la necesidad evolutiva del incremento del número de imbéciles (tal como se afirma en este libro) explica el porqué del fenómeno, pero no nos libra de él. Y os lo asegura el padre de la teoría, que podría demostrárosla con un puñado de anécdotas personales. Siendo así, ¿por qué ocurre esto? Muy sencillo, porque no nos resignamos. Sabemos que en general los ejemplares de Homo sapiens sapiens se comportan como imbéciles y que ese es el camino de la especie, pero seguimos negándonos a aceptarlo. Cueste lo que cueste. Vamos a ver, ¿cuándo entenderemos que ir contra la estupidez es también estúpido? (…)
A los pocos años de concluir este estudio he visto confirmada una vez más una de las principales características de la estupidez: su carácter epidémico y la aceleración con la que se propaga. La frase que más oímos es: “El mundo ha perdido la cabeza” (ya la idea de que tuvo cabeza, aunque fuera hace mucho, mucho tiempo, casi parece sorprendente). (…)
La inteligencia cuestiona las causas, estudia los efectos, se propone fines posibles a partir de determinadas premisas; la estupidez se ocupa de los medios para alcanzar esos fines: suministra números, cantidades de herramientas y máquinas, de hombres, de bienes y dinero, de poder y obediencia, de barbarie y cadáveres. Tras la borrachera ideológica de finales del pasado milenio, lo nuevo ha abandonado las ideas y se ha concentrado en las cosas (lo único que queda).
***
¿Por qué hay tantos imbéciles? No me lo quitaba de la cabeza: me sorprendía la naturalidad con que toleramos la estupidez. Me preguntaba: ¿se dan o no se dan cuenta los demás del poco sentido que tienen muchas de las cosas que hacemos? Y dado que no todos somos tontos, ¿cómo es que no nos importa?
Entonces conocí a Charles Darwin y me quedé deslumbrado. En la escuela me habían inculcado una idea elevada del ser humano y de su “suerte progresiva y soberana”, como dice Leopardi. Darwin me enseñó a dudar de ella. La obra que me impresionó, más incluso que El origen de las especies, fue El origen del hombre, la menos conocida de sus obras maestras. Tuve la sensación de que se me revelaba un secreto.
El ser humano es un animal muy parecido a los grandes simios. Somos el producto de un larguísimo proceso evolutivo regido por las mismas leyes que siguen marcando el camino de todas las especies (incluidas las vegetales). Nos distingue de los demás animales, incluso de los más próximos, la cantidad y la calidad de nuestra inteligencia. Ningún otro animal del planeta tiene tanta. Me fascinaba la idea de que el mismo mecanismo que nos había otorgado esta potencia cerebral se la hubiera negado a otros. O sea, ¿por qué nosotros? (¿Y por qué, me preguntaba acto seguido, este hermoso don se usa tan poco?)
La ley evolutiva es la misma para todos: la selección natural, la supervivencia del más apto. Así prevalecen las características que permiten a la especie (a cualquier especie) responder ventajosamente al entorno. La selección natural no sigue un camino trazado: avanza al azar y de una serie ininterrumpida de intentos exitosos genera aquellas características que garantizan la supervivencia de la especie. En nuestro caso, fue la inteligencia. (…)
Pero el razonamiento de Darwin era mucho más complejo. En realidad, la idea de descender del mono no es tan terrible, pues al fin y al cabo ya no somos monos, que es lo que importa. Muchas familias tienen antepasados inconvenientes y, cronológicamente, más recientes. Del pensamiento de Darwin creía poder deducir algo más: una explicación plausible de la inteligencia humana basada en razones puramente naturales. ¡Qué chasco para el hombre que se considera el centro del universo!: su potencia mental, en el teatro de la vida, no vale más que el mimetismo, la fuerza física o la envergadura de otros animales. Así, más en serio que en broma, empecé a preguntarme: si hubo especies acuáticas que se hicieron terrestres y animales reptantes que ahora vuelan, ¿quién nos asegura que no habrá nuevas adaptaciones que alteren la calidad y la cantidad de nuestras características, incluidas las cerebrales? Somos el único ser pensante del planeta, pero ¿quién nos asegura que seguiremos siéndolo?
Ahí caí en la cuenta de que hasta con la teoría de la evolución humana podíamos alimentar nuestro orgullo de animales inteligentes, la necesidad de sentirnos especiales: la arrogancia de la especie…
Tras mi amor juvenil por Darwin, emprendí, ocasionalmente, como todo el mundo, por gusto y sin gran empeño, mi propia investigación sobre las tres preguntas fundamentales: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. No hice ningún descubrimiento capital, pero con mayor frecuencia me sorprendía la naturalidad con la que el ser más inteligente del planeta tiende a actuar de manera completamente irracional. (…)
De Lorenz había leído algo y me había gustado. Para conocerlo mejor, me hice con todo lo que encontré de él y me zambullí en su lectura: primero por obligación, luego con interés, después con tal voracidad que lamenté que no hubiera más que leer. Fue otra revelación, comparable a la que tuve con Darwin. Me preguntaba cuál sería el resultado de un estudio del comportamiento humano hecho según los principios y métodos de la etología. O sea: si el hombre no es más que un animal (y, aparte del orgullo de especie, no hay ninguna razón para pensar que es el mejor), ¿por qué no someterlo a observación como hacemos con los demás animales y juzgar sus acciones con los mismos criterios científicos y el mismo distanciamiento con los que estudiamos a los lobos y a los gansos?
Un día, el director de la revista en la que trabajaba y yo decidimos hacer un reportaje sobre Konrad Lorenz: era un “alma grande”, al que habían galardonado con el Premio Nobel por su contribución al nacimiento de una nueva ciencia, la etología (que estudia el comportamiento de los animales), pero que era conocido en todo el mundo por su manera divulgativa de contar observaciones científicas como si fueran fábulas de animales. (…)
Instintivamente supe que de ese modo podría comprender mejor las razones que nos mueven a actuar como estúpidos. Para entonces, la frecuencia con la que, en todos los niveles, encontraba imbéciles —o incluso personas que no lo eran, pero que, sorprendentemente, actuaban como si lo fueran— era tan alta que no podía deberse a la casualidad. Aunque me juzgaba con benevolencia, no podía menos de advertir que mis propias decisiones no siempre eran razonables y en ocasiones incluso comprendía perfectamente que iba a cometer una estupidez. Lo comprendía y, sin embargo, la llevaba a cabo. ¿Qué fuerza latente nos impulsa a actuar así, a comportarnos como tontos, aunque lo sepamos y queramos evitarlo? ¿Existe —esta es la pregunta— una razón más poderosa que la razón capaz de engendrar estupidez? Si nuestra característica es la inteligencia que nos ha permitido sobrevivir y dominar un medio hostil, ¿por qué reina la imbecilidad? ¿Qué la justifica y hasta la hace necesaria?
(…)
Pero de pronto rompí el silencio y le pregunté: “Profesor, ¿no cree usted posible que muchos comportamientos humanos tiendan a limitar el uso de la inteligencia, en lugar de aumentarlo? ¿Y que esto pueda ser debido, o impuesto, por la misma sociedad, por la cultura? ¿No cree que puede haber una especie de selección cultural (e incluso natural) que nos condiciona, que nos obliga a ser imbéciles?”.
Se lo solté de un tirón. Al punto deseé no haberlo hecho. Me invadía esa horrible sensación que nos acomete cuando, contentos de la buena impresión que estamos dando, de pronto metemos la pata y pensamos: “Ahora ya saben que soy tonto de remate”. Lorenz me lo vio en los ojos y sonrió. Me cogió del codo con una mano y con la otra hizo un amplio ademán que indicaba vastedad, ausencia de límites. “No se imagina usted lo que tiene entre manos”, respondió. Y, aun a riesgo de confundir esperanza con experiencia, juraría que su voz sonó grave. (…) No recuerdo exactamente qué más nos dijimos. Sí recuerdo que enumeró algunas pruebas de la estupidez humana: la locura europea de la Segunda Guerra Mundial, algunas de las decisiones políticas de Reagan, el delirio de poder que supone dotarse de armas cada vez más sofisticadas e incontrolables.
Pero lo que más me impresionó de aquella conversación fue el sentido, la idea básica de lo que decía Lorenz: en el ser humano, la selección cultural es muy poderosa y quizá más decisiva que la selección natural; la conducta social, o en cualquier caso la conducta socialmente inducida, tiende a condicionar y orientar las decisiones individuales.
Y no me pareció que el profesor descartara la posibilidad de que esta selección opere para reducir nuestras facultades intelectuales. Me explicó que esto ocurre, de forma macroscópica, a través de un mecanismo sencillo e inexorable. El genio humano concibe soluciones para (casi) todas las necesidades de la vida y, una vez hallada la solución del problema, ya no necesitamos usar la inteligencia: nos basta con copiar. Pero repetir no es inventar y, como no las estimulamos, nuestras dotes intelectuales se marchitan.
- Nuevo elogio del imbécil. Pino Aprile. Traducción: Juan Manuel Salmerón (Gatopardo Ediciones).
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estamos ya en la mayor estupidez imaginable, esto es, renunciar a pensar por nosotros mismos y sustituir eso que nos distingue por lo que ‘deduce’ un engendro tecnológico, creado por los que casi siempre son solamente expertos en tecnología