Detalle de la portada de Pep Carrió para ‘Europa encadenada’, de Sami Naïr (Galaxia Gutenberg). /WMagazín
Por qué Europa debe unirse y controlar su propio destino sin depender de Estados Unidos
Sami Naïr publica 'Europa encadenada. El neoliberalismo contra la Unión'. Un análisis que habla de aciertos, errores, advierte del cambio de era y pide a los europeos asumir su defensa sin complejos para depender de sí mismos. Oportuno ahora que Trump parece dar la espalda a la UE
Presentación WMagazín Es la hora de que Europa se una, de verdad, y asuma las riendas de su propio destino, de sus valores, principios, soberanía, seguridad e ideas de democracia, igualdad, justicia, libertad, bienestar, integración o armonía que la han convertido en una excepción en el mundo. Es lo que afirma Sami Naïr en su libro Europa encadenada. El neoliberalismo contra la Unión (Galaxia Gutenberg), más allá de otros aspectos como la economía y la moneda única que es lo que más caracteriza a la Unión Europea. Este ensayo del prestigioso politólogo, filósofo y sociólogo francés llega en un momento oportuno cuando Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha dado, en su primer mes de gobierno, un vuelco desconcertante a la geopolítica mundial con su distorsión de la realidad que le ha servido para atacar a Europa, su aliado tradicional. Trump parece estar más alineado con la filosofía imperialista del presidente ruso Vladimir Putin. El invierno de 2025 marca el fin de una era para Europa y el mundo, inaugurando otra de inestabilidad e incertidumbre.
“Es preciso encarar este debate con el objetivo de avanzar hacia una Europa política que sea capaz de existir por sí misma. Porque si no se dispone de un sistema de defensa común, la política exterior está condenada al fracaso”, alcanzó a advertir Sami Naïr (Argelia, 1946) en su libro, antes de este volantazo de Trump. Todos los ensayos, teorías, vaticinios y análisis de la geopolítica transatlántica se han resquebrajado de golpe; nadie esperaba un cambio de rumbo tan drástico por parte de Estados Unidos con Europa, al acercarse más a Rusia, desdeñando al continente y tratando de castigarlo o someterlo. ¿Por qué exactamente? El experto pide conjurar la “debilidad de conjunto frente al mundo exterior”.
WMagazín publica algunos fragmentos de Europa encadenada. El neoliberalismo contra la Unión en los que Sami Naïr explica los orígenes de la UE, sus logros, al tiempo que señala algunos de sus errores y puntos a enmendar. Aunque este libro, escrito antes del último movimiento de Estados Unidos, necesitaría un noveno capítulo para analizar este presente vertiginoso e imprevisible, sus ocho capítulos muestran el panorama para conocer y entender el proyecto europeo y los motivos por los cuales debe ser más político, o tan político como económico, social y de integración. Una Europa sin complejos ni prejuicios frente a su defensa, sin depender de la ayuda de Estados Unidos. Porque el desdén de Trump hacia Europa, reflejado en las negociaciones de paz con Putin por la guerra de Rusia y Ucrania -iniciada por la primera en 2022 al invadir el país- donde no la ha tenido en cuenta y de paz con Putin por la guerra de Rusia y Ucrania -iniciada por la primera en 2022 al invadir el país- donde no la ha tenido en cuenta y al asumir el discurso del presidente ruso de que Ucrania es la culpable de la guerra al amenazar con que su presidente Volodímir Zelenski «se puede quedar sin país», señalar a Europa como antidemocrática, interferir en las políticas nacionales de algunos países apoyando a partidos de ultraderecha y con la exigencia de aumentar el presupuesto en defensa para la OTAN, deja a la UE y a Reino Unido en un escenario de asumir su propia defensa, soberanía, autonomía y destino o convertirse en vasallos de Estados Unidos. ¿O acaso va el mundo hacia tres bloques mundiales, Estados Unidos, Rusia y China, donde cada uno se puede repartir el mundo a la fuerza sin la interferencia del otro? ¿El desplante de Estados Unidos a América Latina, por ejemplo, se le puede convertir en un boomerang y llevar a aquel continente a acercarse más a China?

La pregunta hoy es Europa y el porqué de este desconcierto: “El proyecto de un conjunto europeo unido, pese a todas sus carencias y contradicciones, es lo mejor que han inventado las naciones de Europa en su secular historia”, asegura Sami Naïr. Pero, advierte que, aunque la Unión Europea haya conseguido notables logros –moneda única, un gran mercado, libre circulación de los ciudadanos, etc.–, las desigualdades entre naciones dentro del mercado único, la desindustrialización o la aniquilación de los servicios públicos nacionales están provocando un profundo malestar, y generan el auge del escepticismo antieuropeo. Hay una relación directa entre neoliberalismo y neopopulismo. Ha llegado el momento, sostiene el autor, de iniciar políticas públicas mutualizadas entre Estados para salir de este atolladero. Y dar a Europa el papel mundial que merece: superar su impotencia ante los grandes bloques (EE.UU., China), elegir la transición ecológica, fortalecer su solidaridad con Ucrania y afrontar los retos en África, Oriente Medio y en el Mediterráneo.
Los siguientes son algunos fragmentos de Europa encadenada. El neoliberalismo contra la Unión:

Europa encadenada. El neoliberalismo contra la Unión
Sami Naïr
¿Hasta qué punto Europa, proyecto de unión de los Estados-nación europeos, nace como solución a los problemas seculares de las relaciones conflictivas entre ellos? El alegato de sus «padres fundadores», como cauce para «evitar», ante todo, futuras guerras fratricidas, omite, deliberadamente, el deber de consultar a las poblaciones sobre los aspectos sociales y políticos de un proyecto «común» en el que se verían involucradas. De hecho, todo parece haber sucedido como si, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, las élites y clases dirigentes de antaño, sobrecogidas por la carga sangrienta que impusieron a los pueblos de Europa desde las guerras napoleónicas del siglo XIX hasta los estragos de 1914 y 1940, se vieran obligadas a reorganizarse, ahora sin la violencia del pasado, en un sistema mundial radicalmente nuevo, que ya no controlaban. La originalidad de la decisión por una Europa unida reside tanto en esta voluntad de redistribución de los poderes nacionales como en la presencia de un tercer país –Estados Unidos de América–, surgido en el tablero europeo como tributo a su participación victoriosa y decisiva en la guerra contra el eje nazi-fascista y, luego, como garante de un sistema de seguridad frente a la Unión Soviética, potencia elevada al rango de principal enemigo de las democracias liberales. Fueron precisamente los vínculos entre estos tres polos –redistribución pacífica de las relaciones de fuerza entre las naciones europeas, papel estratégico determinante de EE.UU., y la necesidad de formar un bloque económico capitalista y liberal frente a la URSS– los que sustentaron la necesidad de una unión europea después de 1945. Por otro lado, tampoco es casualidad que la desaparición de la amenaza soviética marcara, a la vez, el comienzo de la crisis interna del bloque europeo a partir de la década de 1990, lo que creó las condiciones para reprogramar el proyecto europeo en virtud, sobre todo, de la política de adhesión de los países del Este. Se inauguraba así una era de nuevos conflictos con la Rusia postsoviética.
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Es preciso decirlo claramente: la voluntad de procrastinar la cuestión sobre la naturaleza política de la Europa en vías de construcción constituía el signo de la época. Se declinaba la construcción política democrática en favor de un enfoque de la Unión Europea estrictamente tecnocrático y económico, destinado a extender, en lo posible, el mercado hacia el Este: la Europa resultante es un cuerpo sin cabeza, fruto, en realidad, de su condición de ser crisol y vector de la globalización neoliberal. La guerra que Rusia declaró a Ucrania en 2022 muestra el enorme coste que supone la falta de un cuerpo político, tanto en materia de política exterior común como de defensa. Paralizada en su crecimiento político, todo parece indicar que la Unión Europea tendrá grandes dificultades para salir de esta situación si no se enfrenta a la crisis existencial que la embarga.
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La decisión de los países del Este y del Norte de establecer una alianza estructural con Estados Unidos en el seno de la OTAN es comprensible tanto por razones históricas –conflictos seculares con Rusia– como estratégicas (debilidad militar implícita frente al gigante ruso, proximidad geográfica, etcétera). Sin embargo, dicha determinación, precipitada por la invasión rusa de Ucrania, hace de Suecia, Finlandia y Letonia, al igual que Polonia, países en primera línea de fuego en el caso de un hipotético enfrentamiento nuclear con Rusia. De ellos, sólo Polonia puede convertirse, en un tiempo relativamente próximo, en una potencia militar que incluso, según sus sucesivos gobiernos, coquetea con ser el primer ejército de la UE. Sin perjuicio de los respectivos proyectos de estos países, lo cierto es que, con su entrada en la OTAN, Estados Unidos reafirma su poder dirigente de la defensa europea por mucho tiempo. Un nuevo escenario que ha impulsado a Francia, única de los veintisiete Estados miembros con armamento nuclear, a fortalecer su posición en el seno de la Alianza Atlántica; su desafío estratégico sigue siendo cómo convencer a los países recién adheridos para que custodien una visión no servil de los intereses de la UE. De ahí el proyecto de una Europa autónoma y soberana.
La pregunta acerca de lo que podría ser la construcción de una Europa soberana había sido planteada por Francia, pero sin respuestas claras. Hay que esperar a los dos discursos ya mencionados de Macron y Scholz para poner de relieve algunos datos que podrían arrojar un haz de luz. Ambos mandatarios abogan por una defensa europea, por el incremento de los presupuestos militares (hasta el 2% del PIB , según los deseos de Estados Unidos, para financiar también la OTAN) y por secundar la estrategia atlantista, es decir, norteamericana, pero con una diferencia de matiz importante: Alemania (Scholz) sostiene una integración completa de la defensa europea en el sistema de la OTAN, pretendiendo que este sea el escudo común de seguridad, mientras que Francia (Macron) subraya la necesidad de reforzar el poder de EE.UU. por la vía de la producción de armamento y el desarrollo de una defensa basada en la interoperabilidad entre los ejércitos europeos, lo que supondría un primer paso hacia la instauración de un ejército europeo autónomo.
Sea como fuere, es preciso encarar este debate con el objetivo de avanzar hacia una Europa política que sea capaz de existir por sí misma. Porque si no se dispone de un sistema de defensa común, la política exterior está condenada al fracaso; sabemos que las directrices representadas por el Alto Comisionado para la Política Exterior y de Seguridad Común son, sobre todo, programáticas, es decir, que no sirven para marcar, de forma efectiva, el papel de la UE en las relaciones de fuerza mundiales.
De hecho, no todos los Estados miembros rechazan a priori la idea de soberanía europea; las dudas surgen en torno a su viabilidad en el actual contexto geopolítico mundial y el desequilibrio entre las fuerzas europeas y las de los territorios potencialmente aliados o adversarios. Son muchas las cuestiones a debatir. ¿Cuál es el grado de autonomía con respecto a la OTAN y la estrategia mundial de Estados Unidos? ¿Qué posibilidades hay de establecer sistemas militares europeos interoperativos, ahora que la guerra en Ucrania pone en evidencia la dificultad de aunar culturas militares tan diferentes? ¿Cómo posicionarse de manera conjunta en las modernas tecnologías de la ciberguerra y cómo liberar los fondos para responder a la carrera armamentística ahora que se han suspendido los acuerdos entre Estados Unidos y Rusia para limitar la proliferación de armas estratégicas (es decir, el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas)? ¿Qué hacer para que la guerra comercial y tecnológica actual entre China y Estados Unidos no obligue a la UE a caer incondicionalmente en manos del aliado norteamericano que le aporta su garantía militar de seguridad? Interrogantes fundamentales que ensombrecen el corazón de la soberanía europea y la autonomía estratégica.
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El «neoliberalismo» se opone plenamente al liberalismo histórico. No necesita la democracia para lograr sus objetivos, ni la soberanía de los Estados-nación para legitimarse: de ahí el intrínseco «déficit democrático» y la falta de soberanía europea. El Parlamento Europeo, que procede de la soberanía directa en unos comicios en los que los ciudadanos no aciertan a saber qué hay detrás de la integración europea, no dispone del poder legislativo, ni puede encarnar una suerte de contrafuerza efectiva (aunque ha conseguido el poder de aprobar el presupuesto europeo) pese a sus enormes esfuerzos. En definitiva, se dan todas las condiciones para que el neoliberalismo se erija como bandera de la UE: para propagarse y consolidarse, no sólo demanda reducir el papel del Estado en todos los sectores de la actividad económica y social, sino transferir poderes esenciales (presupuesto, moneda, déficit público, etcétera) del Estado-nación a la instancia supranacional que los pone al servicio del mercado neoliberal. Objetivo logrado, cuya consecuencia histórica más importante es la imposición, o, mejor dicho, la “naturalización”, de una cultura general de restricciones sociales en nombre del éxito económico del conjunto europeo. Este libro traza un rápido recorrido por esta transformación histórica, en el que se distinguen dos ciclos fundamentales, entre 1953 y 1986, y entre 1986 y 2019.
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La irrupción en la escena de nuevas formas de movilización política (verdes, alternativas, movimientos ciudadanos de reconocimiento de derechos, etcétera), junto a una profunda crisis del capitalismo internacional y la escalada irrefrenable del populismo de extrema derecha, son indicios que nos advierten de que la alianza estratégica entre la derecha y la socialdemocracia está cada vez más cuestionada. Los sectores más dinámicos de la socialdemocracia, aquellos que han sabido renovarse parcialmente (España es un buen ejemplo de ello), avanzan ahora hacia la conformación de bloques de transformación integradores de las corrientes que se han mantenido fieles a la idea de emancipación social. Es cierto que aún no existe, como tal, un paradigma alternativo al neoliberalismo dominante, pero el camino recorrido puede contribuir a trazar un futuro deseable para la izquierda progresista. Por el contrario, la derecha europea tiende a buscar alianzas con la extrema derecha, y acabará, salvo si la izquierda renovada sabe hacerle frente, por legitimarse para gobernar la Unión Europea. En cualquier caso, es un retorno histórico a la realidad de las luchas sociales e ideológicas en Europa
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La respuesta a la pregunta planteada al comienzo de este prefacio parece obvia: la Unión Europea sólo tiene una función histórica, que es la de servir a los pueblos europeos y mejorar su condición social y política. Sin una identidad política común, Europa seguirá siendo lo que es hoy: una maquinaria que apenas disimula las duras, y a menudo implacables, relaciones de poder y de dominación entre las naciones que la constituyen, pero también su debilidad de conjunto frente al mundo exterior.
- Europa encadenada. El neoliberalismo contra la Unión. Sami Naïr. Traducción: Esther Pomares Cintas (Galaxia Gutenberg).
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