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Jardín en Neiva (Colombia). /WMagazín

Por qué las plantas ayudan a la felicidad y a garantizar la vida del planeta

Alessandra Viola publica 'Pregúntale a una planta. Cómo las semillas, los árboles y las flores nos enseñan a ser felices' (Ariel). Es un ensayo que nos recuerda la importancia del reino vegetal y nos invita a descubrir o redescubrir sus beneficios y su cercanía en nuestros espacios privados

Presentación WMagazín Las plantas están en la Tierra millones de años antes que los vertebrados y, por supuesto, que los seres humanos, que llevamos unos pocos años en la Historia. El reino vegetal sostiene nuestro planeta, lo hace amigable, garantiza nuestra respiración y lo utilizamos como sustento de vida. Además del espectáculo que significa ver las plantas en su conjunto, una selva, un jardín, un parque, o de manera individual en el campo o en la calle o en nuestras propias estancias de vivienda o de trabajo. De todo esto nos habla la periodista científica italiana Alessandra Viola en Pregúntale a una planta. Cómo las semillas, los árboles y las flores nos enseñan a ser felices (Ariel).

A todo lo anterior hay que sumar la energía y buenas sensaciones que transmiten las plantas. Son las cuidadoras del planeta. Sin ellas no estaríamos aquí: “Ha sido la respiración vegetal, al producir el oxígeno libre, la que ha propiciado la evolución de la vida hasta convertirse en lo que es hoy”, explica Alessandra Viola.

La pregunta es: ¿Qué hacemos nosotros por ellas? Parte de las respuestas, porque son varias, están en este libro que funciona como un vademécum científico y sensorial de los beneficios terapéuticos de la naturaleza. “Alessandra Viola explora la inteligencia de las plantas y su impacto en nuestra vida cotidiana, combinando ciencia con literatura y artes. A través de citas, explicaciones y ejercicios, nos invita a encontrar en ellas un modelo de serenidad, equilibrio y resiliencia. Las plantas nos hablan… solo debemos aprender a escucharlas”, señala la editorial Ariel.

Las plantas, además de ayudar a descontaminar los espacios privados (casas, oficinas, etc.), pues suelen estar más contaminados que el exterior, nos proporcionan calidad de vida, afirma Alessandra Viola: “Respirar no es un acto privado, individual: es ante todo una relación. No inhalamos un simple compuesto de gases químicos: el aire es también el aliento vital de las plantas que entra en nosotros y que se halla en constante mutación. En cada una de nuestras cerca de veinte mil respiraciones diarias intercambiamos literalmente el aliento con el del reino vegetal. La atmósfera es la gran casa común en la que este intercambio lleva produciéndose millones de años y solo los más fervientes reduccionistas pueden pensar que se trata de un mero trueque gaseoso”.

Alessandra Viola, colaboradora de varios periódicos y revistas, recibió, en 2007, de la Fundación Armenise-Harvard una beca de estudio por el mejor artículo científico del año. En 2011 dirigió el Festival della Scienza Live de Génova. Documentalista y guionista de programas de televisión para la RAI, es doctora en Ciencias de la Comunicación por la Universidad La Sapienza de Roma.

El siguiente es un fragmento de este libro que nos recuerda la necesidad de reconocer la importancia de las plantas en la vida del planeta, de nuestras vidas:

Pregúntale a una planta

Por Alessandra Viola

Estábamos a finales de los años ochenta. En Estados Unidos, la National Aeronautics and Space Administration (NASA para los amigos) había concluido Clean Air Study, una investigación sobre cómo purificar el aire en ambientes cerrados. Pasados menos de veinte años desde el primer viaje exitoso de un hombre a la Luna, y de haber pisado la superficie lunar, todos soñábamos con viajar por el sistema solar, y la NASA se volcaba en identificar las especies vegetales más aptas para acompañar a los humanos en sus exploraciones espaciales. Se buscaba en particular la forma de hacer habitables a largo plazo los ambientes cerrados de las misiones orbitales, porque se había descubierto que el aire contenido en una cápsula queda contaminado enseguida por las sustancias químicas liberadas por los materiales utilizados para construirla. Fueron analizadas hojas, raíces, tierra y microorganismos asociados a una decena de especies (Sansevieria trifasciatalaurentiiHedera helixSpathiphyllum ‘Mauna Loa’AglaonemamodestumChamaedorea seifriziiFicus benjaminaGerbera jamesoniiChrysanthemum morifolium Dracaena marginataderemensis y fragrans) y fue diseñado un sistema vegetal, combinado con un filtro de carbón activado en una concentración capaz de eliminar elevadas concentraciones de sustancias volátiles peligrosas tales como benceno, formaldehído, xileno, tolueno y tricloroetileno simplemente gracias a las plantas. Dirigía la investigación Bill Wolverton, ingeniero de la NASA que quedó fascinado con la capacidad de las plantas y que, a lo largo de los años ochenta, empezó a divulgar el contenido de los estudios realizados abogando por la utilidad de compartir oficinas y habitaciones con las especies vegetales más idóneas. De las naves espaciales a los hogares: fue un pequeño gran salto. (…)

¿Alguna vez has entrado en una habitación y al cabo de un rato te has sentido irritable, has estornudado o te ha dolido la cabeza? Estos contaminantes o los muchos otros que desprenden la pintura de las paredes y los pegamentos de los suelos, los muebles y las pantallas de ordenador, la tapicería de los sofás y los cartuchos de impresora podrían ser los culpables. Es inútil esperar a librarse de todos esos objetos: la lista es realmente larga y estas sustancias actúan incluso sin provocar síntomas. La buena noticia es que las emisiones se van reduciendo y suelen extinguirse en pocos años; solo que muchas veces, para entonces, ya hemos comprado objetos semejantes para sustituir a los anteriores.

Por otra parte, es difícil obtener información precisa sobre la calidad del aire de los espacios que habitamos. (…) Aparentemente, por alguna extraña razón, creemos que el aire interior es más limpio, cuando lo cierto es más bien lo contrario: los estudios afirman que, de media, presenta entre dos y tres veces más contaminación que el aire exterior. Esto no debería sorprendernos: al fin y al cabo, es el mismo aire que hay en el exterior, pero además con polvo, moho y las varias emisiones tóxicas que antes he mencionado. Para mejorar la calidad del aire que respiramos en interiores debemos mantener siempre las ventanas abiertas, lo que por supuesto conlleva otros inconvenientes.

Afortunadamente, nos queda otra solución todavía: procurar la ayuda de las plantas. La Sansevieria trifasciata y la hiedra común, entre otras, eliminan el formaldehído, el benceno, el tolueno y el tricloroetileno. La Gerbera jamesonii, cuyas flores se parecen a grandes margaritas, remueve específicamente el tricloroetileno que se encuentra, por ejemplo, en la ropa lavada en seco, mientras que el Ficus benjamina absorbe, además del formaldehído, el xileno y el tolueno que emiten muchas pantallas de ordenador. Entre las especies vegetales con mayor capacidad de depuración encontramos también el potos común (Epipremnum aureum), la palmera de bambú y el árbol de la felicidad (Dracaena deremensis), que además son capaces de eliminar el monóxido de carbono.

Aún no sabemos a ciencia cierta cuántas plantas son necesarias, proporcionalmente al tamaño de la estancia, para obtener resultados efectivos, pero este es uno de los pocos casos en los que no hay contraindicaciones o riesgo de sobredosis. Añadir vegetación a los espacios interiores que habitamos no solo los hace más bonitos y agradables para vivir, sino que funciona como el mejor purificador de aire enchufable del mercado. (…)

INTERCAMBIO NOCTURNO DE GASES

Respirar es un proceso fisiológico al que está íntimamente vinculado nuestro bienestar de diversas formas que todavía no comprendemos plenamente, como nos recuerda James Nestor en su libro Respira: la nueva ciencia de un arte olvidado (Planeta). Considerarla una simple función vital es sin duda muy reductor. Cada 3,3 segundos (de media), desde el momento en el que llegamos al mundo y hasta que nos morimos, al inspirar y espirar abrimos un canal entre el interior y el exterior de nuestro cuerpo, a través del cual entramos en contacto con otras formas de vida. Respirar no es un acto privado, individual: es ante todo una relación. No inhalamos un simple compuesto de gases químicos: el aire es también el aliento vital de las plantas que entra en nosotros y que se halla en constante mutación. En cada una de nuestras cerca de veinte mil respiraciones diarias intercambiamos literalmente el aliento con el del reino vegetal. La atmósfera es la gran casa común en la que este intercambio lleva produciéndose millones de años y solo los más fervientes reduccionistas pueden pensar que se trata de un mero trueque gaseoso.

En cada tradición, en cada cultura, la respiración se considera generadora, capaz no solo de sanar y de matar, sino también de transmitir consciencia y sabiduría. La palabra griega de la que deriva el término latino anima, ἄνεμος, quiere decir aire, soplo, aliento, por lo que este mismo aliento, sin el cual todo sería materia inanimada, es a todos los efectos una respiración. Divino, a la vez que vegetal, porque si recorremos la historia de la vida en nuestro planeta descubriremos que han sido las plantas las que generaron el aliento. Ha sido la respiración vegetal, al producir el oxígeno libre, la que ha propiciado la evolución de la vida hasta convertirse en lo que es hoy.

“El alma es respiración y la planta es el espacio físico y metafísico de esa respiración”, escribe el filósofo Emanuele Coccia en el ensayo La vida de las plantas. De ese espacio proviene el pneuma, el aliento vital: las plantas son en cierto modo lo que anima el mundo: su alma.

Los estudios más recientes indican que ellas contribuyen a la concentración, bajan los niveles de estrés, reducen la presión y funcionan como ansiolíticos totalmente naturales.

Quién sabe cuántos más efectos positivos tienen sobre nosotros. Entonces, ¿cómo sabemos lo que ocurre cuando hacemos caso a Wolverton y decidimos compartir casa con las plantas? Bien, reducen los contaminantes volátiles de la habitación donde las ponemos. ¿Algo más?

Adentrémonos en lo desconocido. Asomémonos a un mundo en el que las plantas manipulan insectos y otros animales en legítima defensa para polinizar o para esparcir sus semillas. Acerquémonos como ninguna investigación ha hecho jamás para plantear la hipótesis de que las plantas tienen poder sobre los seres humanos.

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