Por qué los océanos pueden ser la salvación del ser humano
'Océano. El último refugio salvaje de la Tierra', de David Attenborough y Colin Butfield, es un viaje maravilloso y divulgativo sobre la historia y la vida de los mares. Sobre la importancia crucial de cuidarlos por nuestro propio bien
Presentación WMagazín Somos agua, venimos del agua. Las dos terceras partes del cuerpo humano son agua, la misma proporción del planeta. Sobre todo de agua salada, con un 97.5% y solo agua dulce un 2.5%. Es decir que parte del futuro de la Tierra está en el mar, en los océanos, que son los que regulan gran parte de la temperatura y del tiempo del planeta, generan el aire que respiramos, son responsables de la estabilidad de la vida como la conocemos. Y de los alimentos que nos garantizarán la existencia. Sin embargo, los océanos están amenazados. ¿Cómo salvarlos? ¿Cómo salvarnos? David Attenborough, el prestigioso divulgador y naturalista, y Colin Butfield, cofundador y director de Open Planet Studios, lo cuentan en Océano. El último refugio salvaje de la Tierra (Ariel).
Este libro es una inmersión fascinante por la historia de los océanos, sus hábitats, sus bondades y las amenazas que viven por culpa de las acciones humanas: desde problemas medioambientales y contaminación hasta la sobreexplotación en la pesca, además de la alteración de sus componentes por el cambio climático.

Parte de esto lo sabemos y lo hemos visto porque David Attenborough ha filmado todos los mundos oceánicos. Océano. El último refugio salvaje de la Tierra nos acerca al misterio, la maravilla y la fragilidad del hábitat más inexplorado de nuestro planeta. “Y muestra su notable resiliencia: es la parte de nuestro mundo que puede recuperarse más rápido, en algunos casos lo ha hecho, y durante nuestras vidas podríamos ver un mundo marino completamente restaurado, incluso más rico y espectacular de lo que podríamos esperar… Si actuamos ahora”.
Los océanos son la parte más inexplorada y desconocida del planeta. Aun así, se conocen alrededor de 230.000 especies, pero se calcula que podría albergar a más de 2.2 millones de especies animales y vegetales. Las especies terrestres se calculan en 6.5 millones.
WMagazín publica un pasaje de este libro de David Attenborough y Colin Butfield que invita a tomar conciencia de la realidad del océano y del trato o la relación que deberíamos tener con él:
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Océano. El último refugio salvaje de la Tierra
Por David Attenborough y Colin Butfield
De hecho, para describir nuestro mundo el término “Océano” resulta mucho más apropiado que el de “Tierra”. En la actualidad, la superficie del globo cubierta de agua salada es ligeramente superior al 70 %, y toda ella forma una masa ininterrumpida, por lo que es perfectamente pertinente decir que el planeta cuenta con un “único océano”. El desplazamiento de las placas tectónicas y la sucesión de períodos glaciales e interglaciales ha determinado la cartografía de ese océano, pero en los últimos diez mil años, poco más o menos, los principales puntos de enlace de los grandes espacios marinos han venido siendo los que hoy conocemos. En la época en que nuestra ballena azul vino al mundo, solo podíamos percibir esas conexiones desde la perspectiva que nos ofrecían la superficie marina y las atalayas terrestres. Conocíamos la forma de los continentes que delimitan el océano y habíamos levantado mapas que señalaban la posición de los estrechos por los que se pasa del mar Rojo al Océano Índico, del Mediterráneo al Atlántico, y del Atlántico al Ártico, pero ese océano único solo cobra auténtico sentido en tres dimensiones, así que para comprenderlo de verdad es preciso ver el mundo con ojos de ballena.
En la Segunda Guerra Mundial, los avances del sónar fueron el factor que empezó a hacer realidad esa visión, de modo que fue en los años de adolescencia de nuestro cetáceo cuando comenzamos a «vislumbrar» realmente, y por primera vez, el lecho marino. Los datos proporcionados por el sónar revelaron que el suelo oceánico no era la lisa y desolada planicie que muchos habían imaginado, sino que contenía inmensos plegamientos montañosos, profundas fosas y grandes volcanes. Poseía rasgos característicos y regiones tan claramente definidas como cualquiera de las que puedan encontrarse en tierra, y empezamos a concebir los océanos sobre una nueva base, centrada en la presencia de cinco grandes cuencas interconectadas que formaban una gran masa oceánica: el Ártico, el Atlántico, el Índico, el Pacífico y el Antártico, aunque lo cierto es que hasta el año 2021 no se reconoció oficialmente la existencia del Océano Austral como tal cuenca oceánica diferenciada.
La del Pacífico es, con mucho, la mayor de esas cinco cuencas, ya que no solo abarca casi la mitad de la masa de ese «océano único», sino que es además lo suficientemente grande como para dar cabida a todas las tierras emergidas del planeta. Debe su denominación al explorador portugués del siglo XVI Fernando de Magallanes, que al surcarlo encontró aguas sumamente calmadas. Esto podría resultarle bastante improbable a cualquiera que esté familiarizado con los inviernos que depara el Pacífico frente a las costas de Hawái o el norte de California, pero no hay que olvidar que Magallanes se había internado en esta cuenca oceánica a través del estrecho que corta la punta inferior de Sudamérica — y que todavía lleva el nombre del navegante—, cuyas condiciones climáticas habían sido tan traicioneras como potencialmente letales, así que, comparativamente, un día de bonanza en el Pacífico muy bien pudo haberle parecido idílico. El Pacífico es tan inmenso que uno puede partir de Melbourne, en Australia, y llegar al extremo meridional de Chile, o acercarse al Ártico por el mar de Bering, sin llegar siquiera a abandonarlo.

Sabemos, pues, que las cinco cuencas oceánicas están interconectadas, pero para entender cómo se mueven las corrientes, los nutrientes y la vida salvaje por ese vasto océano lo más relevante es la forma y la ubicación de esos puentes que las conectan. La ruta que conduce desde el Pacífico a la cuenca de menor tamaño, la del Ártico, pasa por el estrecho de Bering, angosto y poco profundo. Los volúmenes de agua que transitan por esta abertura son relativamente reducidos, y lo mismo puede decirse de la fauna o la flora salvaje. En cambio, en el punto en que el Pacífico entra en contacto con la más joven de las cuencas oceánicas — la del Océano Antártico, o Austral— lo que uno encuentra es el equivalente marino de una batidora. Las aguas de las cuencas oceánicas del Pacífico, el Atlántico y el Índico confluyen en este Océano Austral y se mezclan gracias a la corriente circumpolar antártica, que da vueltas en el sentido de las agujas del reloj en torno al continente de la Antártida. (…)
Sean locales o globales, las corrientes oceánicas son un elemento crucial para toda la vida del planeta, no solo para la ballena azul. Aun así, se cree que el afloramiento o emersión de las corrientes ha ejercido un impacto particular en la evolución de las ballenas azules, puesto que los nutrientes que esas surgencias elevan a la superficie alimentan a las presas de estos grandes mamíferos, y, a su vez, la selección de capturas de los cetáceos explica su inmenso tamaño. La ballena azul sostiene su gigantesco corpachón ingiriendo enormes cantidades de algunos de los animales más pequeños del océano. Está claro que no es preciso tener unas dimensiones colosales para dominar a estas presas, pero en el transcurso de sus noventa años de vida nuestra ballena azul habrá engullido miles de millones de kriles (unos crustáceos parecidos a los camarones), y el método que emplea para deglutirlos ha exigido a su especie una transformación física extraordinaria.
- Océano. El último refugio salvaje de la Tierra. David Attenborough y Colin Butfield. Traducción: Tomás Fernández Auz (Ariel).
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