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Lago de Zug, en Suiza. /WMagazín

Principio y fin del dominio humano sobre la naturaleza que trae su autodestrucción, según Philipp Blom

El historiador alemán analiza en su libro 'La tierra sometida' la biografía de la mala relación de la humanidad con el resto de seres y elementos del planeta. Los desastres del antropocentrismo obligan a un replanteamiento urgente

La idea de progreso del ser humano, sobre todo desde el Neolítico, con el sedentarismo, no ha tenido a la naturaleza como una verdadera compañera de viaje de vida a la cual respetar y cuidar, y no solo utilizar y explotar. La mayoría de cosmovisiones han puesto al ser humano en el centro y en un pedestal. Un antropocentrismo que ve a la naturaleza como un elemento exclusivamente para su beneficio y servicio. Es un pensamiento tan arraigado que la gente no ha sabido ver ni incorporar, de verdad, la importancia y necesidad de vivir en armonía con el entorno y sí, en cambio, potencia la idea de superioridad y sometimiento del resto de seres y elemento del planeta. Esa concepción, que lleva dentro la semilla del individualismo y del egoísmo, es lo que ha conducido a la humanidad hacia el abismo, hacia su propia autodestrucción. Es la incapacidad humana de interrelacionarse de manera sana y armónica con el planeta.

Esto es parte de lo que relata y analiza el historiador alemán Philipp Blom (Hamburgo, 1970) en La tierra sometida. Principio y fin del dominio humano sobre la naturaleza (Anagrama). Se trata de un ensayo en el cual recorre la evolución de ese vínculo desigual y conflictivo implantado por la humanidad frente a la naturaleza. Un viaje malentendido que empieza en la antigüedad y llega hasta hoy. Blom apoya sus reflexiones en obras de arte, literatura, pensamiento, anécdotas, episodios o hechos históricos que muestran la desarmonía y disonancia con la vida.

Una frase universal y muy popular que condensa ese malentendido está en el Génesis de la Biblia: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla”. Los mitos mesopotámicos, Gilgamesh, el pensamiento grecolatino y otros textos antiguos ya incidían en si el ser humano debía mantener una posición de superioridad con respecto a la naturaleza. Una libertad mal entendida, un espejismo de superioridad.

Incluso, añade el libro, “la llegada del pensamiento moderno y racional —la Ilustración, el empirismo— no supuso el cuestionamiento o la disolución de ese mandato divino, que sirve para justificar el colonialismo y la esclavitud, porque hay seres sin alma y, por tanto, más cercanos a la naturaleza que a la humanidad. Y de este modo llegamos al tiempo presente, asomados al abismo y necesitados de un replanteamiento urgente”.

Philipp Blom, a partir de ese repaso de la historia sobre la relación humanidad-naturaleza, recuerda el lugar que ocupamos en el planeta y se pregunta si de verdad seguimos creyendo que somos los amos del planeta. El historiador alemán es autor de títulos como El coleccionista apasionadoEncyclopédieAños de vértigoGente peligrosaLa fracturaEl motín de la naturalezaLo que está en juego El gran teatro del mundo.

A continuación, un pasaje de La tierra sometida:

La tierra sometida

Philipp Blom

Mira el cielo, mira el infinito y, delante, el tumulto en la alta cúpula de las nubes. Da igual lo que se extiende abajo, en la franja de tierra: un panorama alpino, el atasco de todos los días en Sunset Boulevard, las ruinas de una fábrica, océanos azotados por tempestades, trigales o rascacielos de vidrio y cromo. Arriba, el viento sopla en libertad; allí también las ideas deben de ser libres y adquirir una y otra vez nuevas formas. Allí debe de imperar la máxima expresión de lo salvaje.

Los pintores han vivido desde siempre enamorados de las nubes, de sus impetuosas metamorfosis, de la sensualidad de sus formas, del juego de luces y sombras, de los dramáticos cambios de estado de ánimo que sobrevienen cuando, de repente, el sol desaparece o se filtra por entre las altas y plomizas masas de nubes como una revelación.

Los más grandes virtuosos de las nubes fueron los holandeses, que a mediados del siglo XVII empezaron a ver su propio estado de ánimo en el desgarro y en la poesía de los paisajes celestes, sobre todo porque el terrestre no tenía mucho que ofrecerles: a duras penas una colina, y mucho menos cumbres y desfiladeros espectaculares, ríos majestuosos y panoramas imponentes. Abajo todo era pequeño y húmedo, de un marrón teñido de gris, sin grandes acentos, sin ruinas de la Antigüedad ni nada que provocase un estremecimiento sublime. Ahí vivían campesinos o pescadores de arenques.

La tierra era una franja en el horizonte interrumpida apenas por algunos árboles o una hilera de molinos de viento. Buena parte de ese paisaje lo había creado la mano del hombre; no solo los campos con sus bordes trazados como con regla, sino también los canales, las ciudades y la tierra misma, que ingenieros, presidentes de juntas del agua y el duro trabajo de brazos anónimos habían arrebatado al mar del Norte. «Dios creó la tierra –rezaba un viejo dicho– y los holandeses crearon la suya.» Confianza en sí mismos no les faltaba.

Los pintores, en cambio, buscaban algo más que unidades de producción trazadas con compás, dehesas boyales y parcelas para cultivar verduras. (…)

Pintores como Rembrandt, Ruisdael y sus colegas vieron el último espacio virgen de un mundo artificial trazado con compás y cortado en franjas. El mar, eterno proveedor y enemigo eterno de todos los pueblos costeros, representaba la naturaleza que no se deja domeñar y cuya fuerza hay que respetar si se ama la vida, pero fue siempre también el espacio donde pescar y por el que transportar mercancías, un lugar de trabajo y en el que hacer carrera. Se tenía, con el debido respeto, una relación pragmática con el mar del Norte. El cielo era el último lugar en que se podían proyectar las tormentas del alma.

Primero de julio de 2021: Centenario del Partido Comunista Chino. Una guardia de honor desfila en la plaza de la Paz Celestial ante setenta mil invitados, todos exaltados y uniformados, y cincuenta y seis cañones de artillería y pasan por una gigantesca puerta coronada con las cifras 1921 y 2021 y una hoz y un martillo dorados. Los soldados se mueven con la disciplina de un solo hombre, cada escuadra formada con precisión; el metal de los fusiles reluce al sol; la mirada rígida fijada en un punto, dirigida hacia un futuro glorioso. Cuando se iza la bandera, los cañones disparan cien salvas. La Juventud Comunista y los Jóvenes Pioneros rinden entusiasta tributo al Partido ante un gigantesco retrato de Mao Zedong. Los jóvenes llevan un diminuto auricular para recitar a la perfección los coros y los himnos del partido. Nada se ha dejado al azar. Los helicópteros sobrevuelan la plaza formando el número 100.

Al margen de la ceremonia y los omnipresentes pósteres, estandartes y anuncios luminosos de la gran fiesta sigue la vida normal y caótica de la ciudad. La oprimente campana de esmog que por lo general dificulta la respiración se ha disipado; para muchos habitantes de Pekín es un bienvenido efecto colateral de los festejos. Hoy el cielo es de un azul radiante y, aunque las fotografías permiten ver claramente un humo gris amarillento por encima de las casas, la visibilidad y la calidad del aire son mucho mejores de lo habitual porque varios días antes las fábricas con emisiones de gases fuertemente contaminantes tuvieron que interrumpir la producción.

Algunos científicos internacionales encontraron otro factor que explicaba ese buen tiempo en tan señalado día. El Gobierno había utilizado una tecnología en la que llevaba años invirtiendo grandes sumas: el cloud seeding, consistente en sembrar las nubes desde aviones con yoduro de plata y otros productos químicos para estimular la formación de gotas y provocar precipitaciones en el lugar deseado. Así pues, el día anterior a la ceremonia se limpió el aire con lluvia artificial y el cielo sobre la plaza de la Paz Celestial brilló casi azul. El mismo procedimiento se había utilizado con ocasión de los Juegos Olímpicos de 2008 a fin de ofrecer bellas imágenes para la televisión.

Según datos oficiales chinos, solamente entre 2012 y 2017 se provocaron precipitaciones artificiales equivalentes a doscientos mil millones de metros cúbicos de agua; en 2019, los disparos de artillería con yoduro impidieron que el granizo causara estragos. Objetivo: seguir ensanchando la extensión del cambio climático mediante la técnica del cloud seeding hasta que cubra un territorio igual a 1,5 veces la superficie de la India para así asegurar la producción agrícola y eventos de valor propagandístico.

 

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